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21.08.07

No tomarás el nombre de Dios en vano

A las 9:30 AM, por Luis Fernando
Categorías : Actualidad, Espiritualidad cristiana, Publicado originalmente en Religión Digital

No sé bien el porqué, pero uno de los mandamientos que más he procurado tomarme en serio desde que era pequeño, es el de no tomar el nombre de Dios en vano. Es muy significativo que en la oración que nos enseñó Jesús, lo primero que decimos tras reconocer la paternidad divina es "santificado sea tu nombre". Los judíos se tomaron tan en serio ese mandato que evitaban -y evitan- llamar a Dios por su nombre -Yavé-, para que así no hubiera posibilidad alguna de usarlo en vano.

Para mí eso de tomar el nombre de Dios en vano tiene muchas "variantes". No creo que se trate solo de evitar la blasfemia, ni de hablar de Dios en términos despectivos. No, hay una forma mucho más sutil y peligrosa de caer en ese pecado. Por ejemplo, cuando usamos el nombre de Dios, especialmente en la persona del Espíritu Santo, para hacerle decir lo que en realidad queremos decir nosotros. En determinados ámbitos cristianos, tanto católicos como protestantes, es típico oír a muchos decir "el Señor me ha dicho esto" o "el Señor me ha dicho lo otro". Por no hablar de aquellos que están con la palabra "espíritu" en la boca a todas horas para justificar cualquier heterodoxia pasada, presente o futura. En ellos el Espíritu se convierte, pues, en el comodín perfecto al que adjudicar una visión eclesial concreta y la mayor de las veces revolucionaria.

A estas alturas del blog no hace falta que explique cuál es mi afinidad con la doctrina católica sobre la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia. Pero a veces no dejo de preguntarme si no se da también el pecado de tomar en vano el nombre de Dios entre aquellos que más deberían dejarse guiar por Él: nuestros pastores. Por ejemplo, estos días hemos visto a unos y otros hablar del mucho bien que el Espíritu Santo ha obrado, o va a obrar, a través de una famosa y polémica asamblea episcopal latinoamericana. No niego que la Santa Paloma aleteara entre las reuniones previas, charlas, más reuniones, más charlas, documentos, revisión de documentos, más reuniones, más debates sobre los documentos, conclusiones parciales y documento conclusivo, del que luego no se sabe si fue conclusivo o lo "conclusivieron" antes o después. Pues no, insisto en que no es imposible creer que el Espíritu Santo estuviera en medio de todo eso. Pero tampoco me parece herético sugerir que no le hicieron mucho caso, y que el espectáculo al que estamos asistiendo en estos días es una señal del poco protagonismo que le dieron al Único que puede de verdad convertir una asamblea probablemente innecesaria, en una asamblea de provecho para la Iglesia en aquel continente. Y sin embargo, ahí tienen ustedes a todos hablando del Espíritu, ya sea para tapar los errores, ya sea para oponerse a la redacción final que ha llegado de Roma. Y digo yo, ¿no harían todos bien en mostrar un poco de temor de Dios, para no convertir al Creador en vocero de sus palabras, en vez de ser ellos verdaderos voceros de la palabra del Señor?

A nivel más personal, conviene tener bien claro una cosa: muy pocos de nosotros hemos alcanzado tal grado de santidad como para que podamos confiar en que conocemos de verdad la voluntad de Dios. Y por ello mismo, debemos ser muy cautos a la hora de atribuir a Dios las decisiones que tomamos. Eso de "hice tal cosa porque el Señor me lo dijo" puede resultar muy atrayente como forma de tapar lo que ha sido un error personal de dimensiones considerables. Más bien habrá que decir "creí obrar conforme a la voluntad de Dios, pero cometí el error de confundir y llamar voluntad divina a la mía propia". No es que debamos de quedarnos paralizados sin dar los pasos que a veces, verdaderamente, el Señor nos impulsa a dar. Pero no tomemos el nombre de Dios en vano asociándole a nuestras equivocaciones, a nuestras acciones inmaduras, a nuestros deseos disfrazados de una santidad que apenas puede esconder nuestra falta de virtud.

Es fuente de agua viva para el cristiano el conocer la voluntad de Dios para su vida. Tanto en los grandes proyectos como en los pequeños detalles. Pero el mejor camino para conocer dicha voluntad es la santidad. Una santidad que nos lleva a conocer cada vez mejor la Escritura -el desconocimiento de la misma es el desconocimiento de Cristo, dijo San Jerónimo-, auténtica lámpara para nuestros pies. Una santidad que nos lleva a luchar de verdad contra el pecado en nuestras vidas. No simplemente a reconocer su existencia, cosa que hoy ya hasta se pone en duda, sino a poner alma y corazón en arrancarlo de nosotros, como si nos fuera la vida en ello, que en verdad nos va. Una santidad que nos acerque más a Dios y, por tanto, nos haga más difícil usar su nombre en vano y más fácil el ser agentes vivos del "santificado sea tu nombre" del Padrenuestro. Y cuantos más santos haya en la Iglesia, más dúctil será la misma a la guianza del Espíritu Santo. Por tanto, nadie lo dude, el único programa que de verdad tendrá éxito para la Iglesia en cualquier continente, tiene este nombre: santidad del pueblo de Dios.

Luis Fernando Pérez Bustamante

11 comentarios

Comentario de Francesc Xavier Sanuy
Se te ha olvidado una de la versiones católicas del tomar el nombre de Dios en vano: "la Virgen me ha dicho...".
21/08/07 9:58 AM
Comentario de Luis Fernando
Bueno, es la versión "hiperdúlica" del mismo fenómeno, je je.
21/08/07 10:33 AM
Comentario de Hermenegildo
Luis Fernando: Yo creo que para que haya pecado contra el segundo mandamiento debe existir verdadera intención de tomar el nombre de Dios en vano, lo que no creo que ocurra en la mayoría de los casos que citas. Parece que en todos esos supuestos el nombre de Dios se utilizó con buena fe, aunque quizá equivocadamente.
21/08/07 11:27 AM
Comentario de Francesc Xavier Sanuy
¿Y la versión bloguera del 2° mandamiento? "No tomarás los comentarios del blog en vano" ('pa los trols).

El fenómeno que citas LF, se da a menudo en la vida religiosa, donde tenemos voto de obediencia, y donde a veces los superiores se arrogan con facilidad la inspiración divina. Por eso yo me suelo decir: para mí, como súbdito, que obedezca al superior es voluntad de Dios (mientras no me mande algo pecaminoso), pero estoy lejos de afirmar que el superior siempre capta nítidamente lo que Dios le pide... no idealizo al superior, un ser humano como yo que hace lo que puede para discernir la voluntad de Dios.
21/08/07 12:11 PM
Querido Luis Fernando:

Estoy de acuerdo contigo en lo de tomar el nombre de Dios en vano, con el atenuante -que no eximente- de la buena voluntad recogido por Hermenegildo.

En cuanto a la autoridad, yo tiro a la Edad Media, que es lo mío.Un señor y su vasallo se debían fidelidad mutua: el vasallo, auxilio y consejo (economíco, militar y político) y el señor estaba obligado a proteger y cuidar de su vasallo. Creo que la autoridad en la Iglesia debía pasar por eso mutatis mutandis, es decir, el pastor manda, pero debe estar obligado a escuchar las opiniones y consejos de sus subordinados y a no lesionarlos indebidamente.

La autoridad debe ser un camino de doble dirección.

Un abrazo.

Dios es AMOR (1 Jn 4, 8).
21/08/07 12:57 PM
Comentario de terraneus
Y tampoco parece muy herético sugerir (utilizo tus palabras) que en la elección de bastantes papas el Espíritu Santo fue tiroteado y convertido en estofado de ave (permítase el símil). Y sin embargo la Iglesia mantiene la acción del Espíritu en los cónclaves, lugares de alta y baja política internacional. Eso sí es utilizar el nombre de Dios en vano.
21/08/07 1:02 PM
Muy bueno, Luis Fernando, todo lo que dices sobre la Asamblea Latinoaméricana.

¿Podría decir que a mí también el Espíritu Santo me había hecho intuir que no iba a valer para casi nada, pura reunionitis y discursos poco substanciosos sin consecuencias posteriores?

Bueno, lo dejaré en mera intuición, sin mentar al ES para respetar el 2º mandamiento.
21/08/07 1:51 PM
Comentario de Luis Fernando
Estoy de acuerdo en que la buena fe es atenuante pero no eximente. Y en algunos casos la diferencia puede estribar entre que el pecado sea mortal o sólo venial.
21/08/07 2:37 PM
Comentario de sofía
Tomar el nombre de Dios en vano es ante todo oprimir en nombre de Dios a las personas con legalismos, de pesos y medidas, y ofrecer una imagen de un Dios enemigo del hombre. El Espíritu de Dios está en nuestra propia voluntad y nuestra inteligencia, y eso es compatible con nuestras equivocaciones de buena fe. No es más Espíritu porque las equivocaciones sean de tu director espiritual en vez de tuyas. Dios nos ha dado la inteligencia para usarla, no para que la enterremos con miedo no sea que vayamos a pecar, venialmente o mortalmente (¡cómo si fuera tan fácil un pecado mortal, que se pudiera cometer casi sin querer!)El mayor pecado contra el Espíritu es ese enterrar el talento "porque sé que eres un Dios exigente", en vez de meterlo en el banco de la misericordia de Dios. El Espíritu es el que nos hace decir Abba, Padre. El Espíritu es el que hace que Jesús pase por la vida sanando las enfermedades...Tomar el nombre de Dios en vano es colocarlo en el tribunal de la inquisición, en la ...
22/08/07 8:16 AM
Comentario de sofía
Tomar el nombre de Dios en vano es colocarlo en el tribunal de la inquisición, en la guerra santa o cruzada, en la lapidación de la adúltera...
Si el árbol da frutos buenos de amor a los demás, está bien regado por el Espíritu de Dios.
22/08/07 8:17 AM
Comentario de Yolanda
Sofía: suscribo lo que dices de principio a fin.
Y añado: cada vez remitimos más a Dios los legalismos. A veces nos referimos a los 613 preceptos farisaicos como un opresión que caía sobre los judíos sencillos "en nombre de Dios". No sé cuántos cánones tenemos que cumplir nosotros, en nombre de Dios.
23/08/07 11:06 PM

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Luis Fernando Pérez Bustamante

Luis Fernando Pérez Bustamante

Seglar, casado y padre de tres hijos. Dedicado durante años a la apologética católica en foros, chats y blogs de internet, en la actualidad es director de InfoCatólica. Los artículos de este blog pueden ser reproducidos citando la fuente, salvo prohibición expresa del autor.



El hilo invisible

El hilo invisible. Un candidato a presidente, Juana la Loca, sectas apocalípticas, tabernas, el genocidio de Ruanda, condenas a muerte, un parto, la Biblioteca de Babel, una tía monja, madres que esperan, padres que sufren, dioses griegos, personas corrientes, mártires y malvados.
Los veintidós relatos cortos recogidos en este libro difícilmente podrían ser más variados, amenos e impactantes. De alguna forma, reflejan la gran riqueza del ser humano, cuyos sentimientos, convicciones, conflictos y vivencias constituyen una fuente de inspiración inagotable para la literatura.

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