No tomarás el nombre de Dios en vano

No sé bien el porqué, pero uno de los mandamientos que más he procurado tomarme en serio desde que era pequeño, es el de no tomar el nombre de Dios en vano. Es muy significativo que en la oración que nos enseñó Jesús, lo primero que decimos tras reconocer la paternidad divina es "santificado sea tu nombre". Los judíos se tomaron tan en serio ese mandato que evitaban -y evitan- llamar a Dios por su nombre -Yavé-, para que así no hubiera posibilidad alguna de usarlo en vano.

Para mí eso de tomar el nombre de Dios en vano tiene muchas "variantes". No creo que se trate solo de evitar la blasfemia, ni de hablar de Dios en términos despectivos. No, hay una forma mucho más sutil y peligrosa de caer en ese pecado. Por ejemplo, cuando usamos el nombre de Dios, especialmente en la persona del Espíritu Santo, para hacerle decir lo que en realidad queremos decir nosotros. En determinados ámbitos cristianos, tanto católicos como protestantes, es típico oír a muchos decir "el Señor me ha dicho esto" o "el Señor me ha dicho lo otro". Por no hablar de aquellos que están con la palabra "espíritu" en la boca a todas horas para justificar cualquier heterodoxia pasada, presente o futura. En ellos el Espíritu se convierte, pues, en el comodín perfecto al que adjudicar una visión eclesial concreta y la mayor de las veces revolucionaria.

A estas alturas del blog no hace falta que explique cuál es mi afinidad con la doctrina católica sobre la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia. Pero a veces no dejo de preguntarme si no se da también el pecado de tomar en vano el nombre de Dios entre aquellos que más deberían dejarse guiar por Él: nuestros pastores. Por ejemplo, estos días hemos visto a unos y otros hablar del mucho bien que el Espíritu Santo ha obrado, o va a obrar, a través de una famosa y polémica asamblea episcopal latinoamericana. No niego que la Santa Paloma aleteara entre las reuniones previas, charlas, más reuniones, más charlas, documentos, revisión de documentos, más reuniones, más debates sobre los documentos, conclusiones parciales y documento conclusivo, del que luego no se sabe si fue conclusivo o lo "conclusivieron" antes o después. Pues no, insisto en que no es imposible creer que el Espíritu Santo estuviera en medio de todo eso. Pero tampoco me parece herético sugerir que no le hicieron mucho caso, y que el espectáculo al que estamos asistiendo en estos días es una señal del poco protagonismo que le dieron al Único que puede de verdad convertir una asamblea probablemente innecesaria, en una asamblea de provecho para la Iglesia en aquel continente. Y sin embargo, ahí tienen ustedes a todos hablando del Espíritu, ya sea para tapar los errores, ya sea para oponerse a la redacción final que ha llegado de Roma. Y digo yo, ¿no harían todos bien en mostrar un poco de temor de Dios, para no convertir al Creador en vocero de sus palabras, en vez de ser ellos verdaderos voceros de la palabra del Señor?

A nivel más personal, conviene tener bien claro una cosa: muy pocos de nosotros hemos alcanzado tal grado de santidad como para que podamos confiar en que conocemos de verdad la voluntad de Dios. Y por ello mismo, debemos ser muy cautos a la hora de atribuir a Dios las decisiones que tomamos. Eso de "hice tal cosa porque el Señor me lo dijo" puede resultar muy atrayente como forma de tapar lo que ha sido un error personal de dimensiones considerables. Más bien habrá que decir "creí obrar conforme a la voluntad de Dios, pero cometí el error de confundir y llamar voluntad divina a la mía propia". No es que debamos de quedarnos paralizados sin dar los pasos que a veces, verdaderamente, el Señor nos impulsa a dar. Pero no tomemos el nombre de Dios en vano asociándole a nuestras equivocaciones, a nuestras acciones inmaduras, a nuestros deseos disfrazados de una santidad que apenas puede esconder nuestra falta de virtud.

Es fuente de agua viva para el cristiano el conocer la voluntad de Dios para su vida. Tanto en los grandes proyectos como en los pequeños detalles. Pero el mejor camino para conocer dicha voluntad es la santidad. Una santidad que nos lleva a conocer cada vez mejor la Escritura -el desconocimiento de la misma es el desconocimiento de Cristo, dijo San Jerónimo-, auténtica lámpara para nuestros pies. Una santidad que nos lleva a luchar de verdad contra el pecado en nuestras vidas. No simplemente a reconocer su existencia, cosa que hoy ya hasta se pone en duda, sino a poner alma y corazón en arrancarlo de nosotros, como si nos fuera la vida en ello, que en verdad nos va. Una santidad que nos acerque más a Dios y, por tanto, nos haga más difícil usar su nombre en vano y más fácil el ser agentes vivos del "santificado sea tu nombre" del Padrenuestro. Y cuantos más santos haya en la Iglesia, más dúctil será la misma a la guianza del Espíritu Santo. Por tanto, nadie lo dude, el único programa que de verdad tendrá éxito para la Iglesia en cualquier continente, tiene este nombre: santidad del pueblo de Dios.

Luis Fernando Pérez Bustamante