6.10.10

Física, química y fórmulas peligrosas ¡Atención, padres y madres de familia!

A mediados del curso escolar pasado, en una visita pastoral que hice en una escuela católica de mi parroquia hice una pequeña encuesta a alumnos de primero y segundo de ESO. Los chicos y chicas, entre doce y catorce años, coincidían en que uno de los programas televisivos que seguían con más interés era una serie llamada “Física y química”. También constaté que muchos niños de sexto curso de primaria, de once años, la veían habitualmente, incluso más pequeños.

La verdad es que debido a mis muchas ocupaciones y por un sentido claro de higiene mental, veo poca televisión. Pero consideré que debía ver un tiempo estas series que los más jovencitos seguían con devoción. Y así lo hice.

Debo confesar la perplejidad e incluso cierto embarazo de muchas escenas que aparecían habitualmente en la serie. En definitiva, un grupo de estudiantes de bachillerato con una obsesión enfermiza por la sexualidad, prácticas sexuales prematuras e inconscientes, un claustro de profesores como yo nunca lo he visto en mis años de docente de bachillerato (incluidas relaciones sexuales de trío entre profesores). También, como no, buenos ejemplos de virtudes como la amistad, el compañerismo, de fortaleza en las dificultades, pero todo profundamente viciado por la filosofía de fondo que incita a una vivencia sexual desquiciada.

Un chico o una chica que ven habitualmente esta serie reciben un fuerte impacto emocional sobre sus patrones de conducta en cuestiones muy serias e importantes de la vida. Habituarse a una sexualidad trivial y banalizada es causa segura de infelicidad en la vida.

Ahora bien, lo más sorprendente es que la mayoría de estos chicos y chicas puedan ver en la sobremesa nocturna estas series profundamente deseducadoras con la avenencia de sus padres. Y mucho más con niños de once años o más pequeños. ¿Qué podrá esperarse de semejante bombardeo ideológico en edades tan tempranas? Y todo esto sustentado en muchos centros con un enfoque muy preciso de ciertas lecciones de EPC y, ya no digamos, con otras “enseñanzas” que van a impartirse pronto si Dios no lo evita y nosotros también.

Un baño constante en estas series televisivas puede destruir muchos años de esfuerzo que las buenas familias y las buenas escuelas intentan ofrecer.

A menudo les hablo a los padres de los niños que asisten al catecismo de la importancia de gestionar bien el uso de la televisión y de Internet. Conozco muchos casos de adolescentes que llegan por la mañana a la escuela con unos ojos como platos porque se han pasado “navegando” toda la noche en su habitación y no precisamente por aguas plácidas.

Y cuando a los catorce años ha penetrado en la mente del joven el virus de una antropología extraviada, se compromete seriamente el éxito de una buena educación y su mismo itinerario vital.

Es hora que muchos padres y educadores tomen conciencia del poder que pueden ejercer medios como televisión o Internet en la educación o desucación de los hijos y que supervisen con mucha atención lo que los hijos deben ver y no deben ver a ciertas edades. Probablemente en algunos casos será difícil controlar lo que se enseña en la escuela, pero hay que empezar controlando en casa.

Y a propósito de la serie televisiva en cuestión y otras por el estilo, con estas fórmulas físicas y químicas solo cabe esperar reaciones muy explosivas y peligrosas.

3.09.10

¿Primera Comunión a los siete años?

¿COMUNIÓN A LOS SIETE AÑOS?

Pregunta:

He oído que el Papa quiere reinstaurar la antigua costumbre de recibir la Primera Comunión a los siete años. ¿Qué mejoraría esto? Veo que hoy los niños y niñas la hacen cerca de los diez años, con bastante preparación y, sin embargo, con muy poca perseverancia, pues después de la Comunión ¿cuántos niños frecuentan la Iglesia?

Respuesta:

De momento el Papa, que yo sepa, no ha dado ninguna disposición al respecto. Recuerdo que hace unos años traté cuando lo planteó el Cardenal Darío Castillón. El actual prefecto de la Congregación para el Culto Divino, Cardenal Cañizares y el Papa, han planteado de nuevo la cuestión. La actual disciplina de la Iglesia formulada en el Código de Derecho Canónico establece que el Párroco, cuando los niños bautizados llegan al uso de razón debe proveer a su preparación para la Eucaristía. ¿Cuándo llega esta edad del uso de razón? En las actuales circunstancias creo que puede afirmarse que alrededor de los seis o siete años. Hoy los niños son muy precoces. Por mi experiencia de veinticinco años de sacerdote y más de treinta de catequista puedo asegurar que hoy los niños a los diez años cumplidos que es la edad que hacen la Primera Comunión llegan pero que muy creciditos, a veces demasiado. Que tengan, como usted dice, bastante preparación, yo lo pondría en cuestión. Cuando yo hice mi Primera Comunión, a los siete u ocho años, sólo fui a catequesis durante tres meses antes de la celebración. Pero ya hacía años que yo iba a Misa cada domingo y mis padres se habían preocupado de que supiera las cosas más elementales: oraciones, mandamientos… Hoy, la mayoría de niños llegan a catequesis sin saber nada. Durante los dos años de preparación, si el Párroco no insta con firmeza a ello, los niños apenas frecuentan una sola Misa dominical y ya no digamos los padres. Me atrevería a decir que en aquellos tres meses que íbamos cada día a catequesis se hacía mucho más trabajo que la sesión semanal actual durante los dos años. Me parece que debemos revisar muchas cosas en la catequesis. Hace unos años, en Roma, oí en una conferencia dictada por el entonces Cardenal Ratzinger, lo siguiente: “Nunca habíamos hecho tanta catequesis, y nunca los resultados han sido tan decepcionantes”. Adelantar la edad de la Primera Comunión supondría, de entrada, y esto no es poco, un interlocutor con más inocencia y receptividad a la Gracia Divina. Es un tema a profundizar con calma y sin prejuicios.

5.07.10

¿Qué és "família"? A propósito de la confusión de cierto lenguaje

Tanto el papa como muchos Obispos han alertado recientemente sobre la “secularización interna de la Iglesia” como uno de los grandes males que nos afligen y que hay que combatir. Efectivamente, el espíritu del “saeculum", del mundo en uno de los sentidos que Jesucristo le da en el Evangelio de San Juan (oposición al Reino de Dios), se ha infiltrado en la mentalidad de muchos cristianos.
Hoy ofrezco a la consideración de los lectores una interesante pregunta que he recibido sobre un concepto tan clave como “família".

Pregunta:

La ralidad actual es que nos encontramos con muchas y variadas modalidades de unión en nuestra sociedad: parejas que conviven sin casarse o “uniones de hecho", personas que optan por el matrimonio civil, otras que se casan por la iglesia e, incluso, “bodas” de personas del mismo sexo. A nuestros hijos se les enseña que todas son “modelos válidos de familia” pero yo me pregunto si cualquier tipo de unión merece el nombre de “familia". ¿Qué dice la Iglesia de todo esto?

Respuesta:

Asunto delicado, complejo e importante el que usted plantea. Efectivamente reina una gran confusión. Hoy, en muchos casos, el lenguaje es equívoco: bajo el mismo nombre o concepto se amparan realidades muy diferentes e incluso contrapuestas. Hasta hace poco, la mayoría podíamos todavía entendernos cuando hablábamos de “matrimonio", “familia” o del “sexo” de una persona. Actualmente, al menos en España, ya no todos entendemos lo mismo al utilizar estas palabras.

La familia, en cuanto célula básica de la sociedad, por su misma naturaleza exige unas propiedades que no pueden atribuirse a cualquier tipo de unión o asociación de personas.
No es lo mismo, para poner unos ejemplos, una pareja que convive una temporada sin ningún ánimo de compromiso que una pareja que contrae matrimonio civil o unos cristianos que se casan por la Iglesia. Ponerlo todo en el mismo saco supone desvirtuar una realidad humana y social de primer orden como es la familia. Es como si dijéramos: miren, a partir de mañana, el oro, la plata, el hierro y el cartón valdrán lo mismo.

Sin menoscabar nunca el respeto que merecen las personas, no podemos bendecir ni valorar igualmente todas las situaciones. Hay uniones que no pueden ser denominadas “familia” y otras, que, sin realizar plenamente la realidad familiar, pueden tender a ella y hay que ayudar para que así sea.

Es importante que no desvirtuemos el lenguaje porque al final ya no podremos entendernos. Yo tengo amigos casados y que han formado su familia. Otros que viven en situaciones diferentes. Todos matizan su lenguaje: cuando uno me presenta a su “amiga” saben lo que dicen, como cuando otros te presentan a su “compañera” o a su “esposa". No es lo mismo. Obviamente, yo miro de animarles a que sus “parejas” lleguen a ser “marido” y “esposa". Recuerdo de un caso de una buena señora ya mayor que vivía con varios perros y me decía “son mi familia". Yo le respondía: No señora, son sus perros pero no son su familia. Hay que matizar.

La doctrina de la Iglesia enseña con claridad que la familia se fundamenta en el matrimonio. Así lo expone, por ejemplo, el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia:

“El servicio de la sociedad a la familia se concreta en el reconocimiento, el respeto y la promoción de los derechos de la familia. Todo esto requiere la realización de auténticas y eficaces políticas familiares, con intervenciones precisas, capaces de hacer frente a las necesidades que derivan de los derechos de la familia como tal. En este sentido, es necesario como requisito previo, esencial e irrenunciable, el reconocimiento —lo cual comporta la tutela, la valoración y la promoción— de la identidad de la familia, sociedad natural fundada sobre el matrimonio. Este reconocimiento establece una neta línea de demarcación entre la familia, entendida correctamente, y las otras formas de convivencia, que —por su naturaleza— no pueden merecer ni el nombre ni la condición de familia“.

Y también se afirma en el mismo lugar:

“Iluminada por la luz del mensaje bíblico, la Iglesia considera la familia como la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios, y la sitúa en el centro de la vida social: relegar la familia a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social. La familia, ciertamente, nacida de la íntima comunión de vida y de amor conyugal fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, posee una específica y original dimensión social, en cuanto lugar primario de relaciones interpersonales, célula primera y vital de la sociedad: es una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social".

Esta doctrina es el “oro” que los católicos debemos vivir y custodiar celosamente en un contexto en que se le quiere equiparar a la “plata, al hierro o al cartón".

7.06.10

Animalismo: Amor desproporcionado a los animales

Ofrezco hoy una breve reflexión a propósito de una consulta que me ha llegado a Cataluña Cristiana. Los lectores pueden aportar sus reflexiones.

Pregunta

¿Qué consideración moral merece la actitud de algunas personas que derrochan ingentes cantidades de dinero para sus mascotas? Una vecina compra carísimos “modelitos” para su perrito ( valen más de doscientos euros) y ya no le digo los gastos de “peluquería” del can… A mí me escandaliza y más en los tiempos que corren cuando muchas personas y familias lo están pasando verdaderamente mal…

Respuesta

Comparto su indignación. Hay que tratar correctamente a los animales, evitarles sufrimientos innecesarios, cuidar su alimentación y otras cosas elementales, pero de ahí a lo que me cuenta hay un verdadero abismo.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:

2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.
2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.
2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.

Yo ya hace tiempo que estoy diciendo que gran parte de nuestra sociedad padece de una grave desviación del pensamiento respecto a los animales. A este modo de pensar me gusta llamarlo “animalismo”. Consiste en atribuir la dignidad propia y exclusiva del ser humano a los animales. Se les considera sujetos de pensamiento, inteligencia y voluntad cual se tratara de personas humanas. Hace poco oía por la radio un programa en que se hablaba de “la amistad” y “virtudes” de los animales. También que, no sé en qué lugar, se había hecho el primer concierto de música clásica exclusivamente para perros. ¿Cómo hemos podido perder el juicio de esta manera? Conozco de personas que tributan más amor a sus animales que a las personas que les rodean. Lo que usted comenta clama al cielo. ¿Qué pensara un pobre mendigo que está pidiendo limosna para malvivir cuando ve que pasa delante suyo un perrito con un vestidito de doscientos euros? ¡Tendrá ganas de comérselo! Es un tema moral que hay que tratar en la catequesis y en la predicación, pues el sentido común y la fe que en otros tiempos eran patrimonio común de los habitantes de nuestro país, hoy escasean en muchísimas personas. Recuerdo que el año 2008 recorté una noticia de un periódico donde se demostraba que, sólo en Cataluña, el abandono de animales costaba al erario público casi ciento cuarenta mil euros al día. Hoy seguro que es mucho más. Y pensaba en mi interior: ¡la cantidad de personas necesitadas que podríamos alimentar cada día con este dinero! ¡Casi veinticinco millones de las antiguas pesetas cada día! ¿No sería mejor dedicar toda esta inversión de recursos pecuniarios y humanos a atender a las personas pobres? Muy mal vamos cuando se ama más a los animales que a nuestro prójimo. Es obvio decir que hoy muchas especias animales están más protegidas por las legislaciones que la persona humana. Sería bueno que le recordara a esta vecina suya la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón y que procure compensar con caridad generosa.

10.05.10

Hermanos de Solsona ¿Cui hoc prodest?

Hace pocos días, en Barcelona, a media mañana entré a tomar un café en un lugar cercano a Balmesiana. A mi espalda había un pequeño grupo de jubilados relativamente jóvenes que hacían tertulia. Me llagaba claramente su conversación: ¿Os habéis enterado lo que han dicho los curas de Solsona? Han dicho que el celibato es inhumano. ¡Ya era hora que se rebelaran! La Iglesia no puede seguir oprimiendo así… Al salir les saludé y quedaron algo confusos al darse cuenta que era sacerdote.

Pocos días después cayó en mis manos un ejemplar de un periódico de Lérida que se caracteriza tanto por su animosidad anti iglesia como por su estilo desabrido. Dedicaban el editorial al celibato, haciendo, como no, gran elogio de los presbíteros de Solsona que forman parte del Fórum Ondara. También publicaron un chiste de lo más chabacano sobre el tema.

Así, entre en la web del grupo y leí el comunicado de la reunión del seis de abril que habían logrado introducir en los medios de comunicación. A propósito del tema escándalos de pederastia, los miembros de fórum introducían confusamente su idea central: cuestionar el celibato.

Según estos buenos presbíteros – que en su mayoría hacen honor al nombre por su avanzada edad – la disciplina del celibato ha comportado suficientes males como para ser derogada ya. Aducen que se han perdido muchos buenos curas i, en cambio, se han aceptado candidatos mediocres e incluso esta legislación ha ahuyentado a muchos jóvenes de la “iglesia institución”. Y, como no, dejan muy claro que el celibato no viene de Jesús.

A mi parecer todo esto resulta bastante penoso. Que unas personas al final de su trayectoria como sacerdotes confiesen que han vivido como coaccionados es profundamente decepcionante. Es como si un abuelo, no ya un padre a sus hijos, alentara a sus nietos a no casarse ni a tener hijos porque todo esto del matrimonio y la paternidad y maternidad son una lata.

Es una pena que estos hermanos sacerdotes no hayan descubierto que el celibato no es una pesada carga sino una gracia para el sacerdote y para el conjunto de la Iglesia.

Hace pocos días tuve un encuentro, invitado por la profesora de religión, con un grupo de estudiantes de cuarto de secundaria del Instituto de mi Parroquia. Me preguntaron de todo. Uno de ellos me lanzó directamente: ¿Oiga, a usted no le habría gustado casarse y formar una familia?

Yo le respondí que todo hombre, y yo no soy excepción, lleva en su corazón una vocación natural a la nupcialidad y a la paternidad. Y les dije que yo había realizado esta vocación siendo sacerdote.

Me parece una tremenda superficialidad teológica reducir el celibato a una disciplina eclesiástica. Es algo mucho más profundo y radical. Hunde sus raíces en el misterio de Jesucristo. En Jesús, todo lo que dice, hace y es, constituye revelación y fundamentación de la Iglesia. A menudo se pasa por alto que Jesucristo fue célibe, por vocación, y que el mismo se auto presentaba misteriosamente como el “esposo”. Él es, efectivamente, el esposo fiel que da su vida por su amada esposa, la Iglesia. Se pasa por alto que el conjunto de los apóstoles llamados por Jesús no estaban casados o eran viudos.

El celibato del sacerdote es muy acorde con su identidad, en cuanto que está llamado a ser icono de Jesucristo, cabeza, pastor, maestro y esposo. Esto se ve muy claro en el caso del episcopado, plenitud del sacerdocio ministerial. El Obispo está llamado a ser esposo fiel de su iglesia particular y el anillo que se le impone en su consagración es signo de su carácter nupcial. Y esto se ve claro incluso en las iglesias de oriente que buscan a sus obispos entre los monjes célibes. Es verdad que existe la praxis de presbíteros casados en las iglesias orientales pero también es cierto que el celibato es más acorde con la voluntad de Jesús.

Así, el presbítero, en la entrega generosa a los fieles y comunidades que le son confiados, vive un verdadero sentido esponsalicio de su existencia, entregándose en cuerpo y alma a sus hermanos como Cristo mismo ama a la Iglesia. Y también es verdad que, en el sacerdote, la vocación a una paternidad natural se abre a una paternidad más grande que sin duda experimenta con gozo a menuda que avanza su existencia sacerdotal.

Yo, personalmente, a mis veinticinco años de sacerdocio que cumpliré este año si Dios quiere, intento vivirlo así y puedo decir que experimento el celibato no sólo como una gracia inmensa a nivel personal sino como una ayuda extraordinaria en mi ministerio sacerdotal. Y constato que los sacerdotes de mi generación y los más jóvenes nos identificamos más con la disciplina de la Iglesia que con las reflexiones de estos hermanos de Solsona.

Finalmente, creo que abrir el debate sobre el celibato en un contexto como el que estamos viviendo denota una falta de tacto y oportunidad increíbles. Y una falta de delicadeza hacia el Obispo, en unos momentos en que se está planteando su posible relevo.

Queridos hermanos de Solsona, seamos sensatos, no echemos carne a la fiera y recordemos que, siempre que ha habido un debate a fondo en la Iglesia sobre el celibato, éste ha salido muy reforzado. Lean, si no, la Coelibatus sacerdotalis de Pablo VI…

Y den un poquito de alegría y tranquilidad a su buen Obispo, Mons. Jaume, eclesiástico culto e inteligente, que se lo merece, y les ha dedicado unos buenos años de su vida. ¡Qué hermosa es la gratitud!

Y siendo más discretos se harán incluso un favor a sí mismos…

Sinceramente ¿a quién aprovecha todo este revuelo suscitado?