Otra vez el papa

Acabo de imprimir la “Conferenza Stampa” del papa Francisco en el vuelo de regreso de Manila a Roma. Me han salido nueve páginas. Muchas más no empleó Einstein cuando propuso la teoría de la relatividad general.

 

Hay que ser un genio para, a bordo de un avión, contestar a once preguntas, sobre temas muy diversos. El papa hace el esfuerzo y es de agradecer que lo haga. Pero ese esfuerzo, muy loable, entraña riesgos. La voracidad de la comunicación no es muy amiga de los matices; sí lo es de los titulares.

 

Y, claro, no es lo mismo lo que pueda decir cada uno de nosotros que lo que diga el papa. Y, sometiéndose a esos exámenes por parte de la prensa mundial, tendría que ser un “súper-papa” para salir siempre airoso en todo; hasta en el fondo y en la forma.

 

No parece que sea el caso. Suele salir bien parado, pero no siempre – porque es imposible – sale bien de esa especie de reválida que ha querido pasar ante los medios.

 

El viaje a Sri Lanka y a Filipinas ha sido todo un éxito. El papa se ha conmovido en este viaje. Y no solo en este viaje. Le ha emocionado, por ejemplo, que alzasen a los bebés para que él, el papa, los bendijese. Los padres y las madres decían con ese gesto: “Este es mi tesoro, mi futuro, mi amor, por él vale la pena trabajar, por él vale la pena sufrir”.  Así lo ha sentido el papa. Así lo ha contado.

 

Al igual que le ha impresionado ver a madres que no se retraían a la hora de mostrar a sus hijos enfermos o con discapacidades: “Es mi niño, es así, pero es mío”. El papa se ha conmovido con un pueblo que sabe sufrir.

 

Se ha conmovido – no en este viaje, sino siempre – con los pobres, condenando la cultura del descarte; la proximidad entre los restaurantes de lujo y la miseria; una proximidad física, compartiendo la misma geografía urbana.

 

Ha condenado, también, la colonización ideológica; es decir, el condicionar una ayuda a quien lo necesita, exigiendo como contrapartida inexcusable aceptar un determinado modo de ver el mundo y la vida.

 

Ha elogiado a Pablo VI por haberse opuesto al neo-malthusianismo .

 

Ha reforzado la necesidad de ser prudentes, porque la prudencia es una virtud de la convivencia humana. Si provocamos a los demás, podemos recibir una reacción no justa, pero a la postre humana. Por eso la libertad de expresión ha de ser prudente y educada: la libertad ha de estar acompañada de la prudencia.

 

Luego ha mencionado los países que quiere visitar próximamente: EEUU, quizá México, y tal vez Ecuador, Bolivia y Paraguay.

 

Ha condenado, con palabras muy claras, la corrupción, que es una forma de robar al pueblo.

 

Ha clarificado por qué no recibió en Roma al Dalai Lama. Y ha reiterado la petición a los líderes religiosos musulmanes para que condenen el terrorismo.

 

Y ya, casi al final, la pregunta sobre la concepción de los niños, teniendo en cuenta la supuesta relación entre crecimiento de la población y pobreza en un país como Filipinas. Y ahí el papa, sin decir nada en contra de la enseñanza católica, quizá se ha expuesto demasiado a ser malinterpretado. Ha defendido la paternidad responsable, aunque empleando una imagen que, por expresiva que sea, no deja de ser inoportuna: “Algunos creen que – perdónenme la palabra – para ser buenos católicos debemos ser como conejos”.

 

No ha estado, en esto, muy acertado el papa. Un desliz, no en el fondo, pero sí en la forma, tras muchas respuestas adecuadas. De todos modos ha recordado que para la gente pobre un hijo es un tesoro, alabando la generosidad de los padres que ven en cada hijo un tesoro.

 

Y ha evocado, finalmente, sus emociones más fuertes. La emoción de un creyente, del papa, que se asombra al constatar la presencia del pueblo de Dios y la presencia del Señor en medio de su pueblo, junto a su pueblo. Y la emoción de recordar el valor de las lágrimas y del llanto.

 

Con sus aciertos y con sus errores, más de forma de que de fondo, algo tiene el papa para que, pese a todo, yo le siga queriendo.

 

Es humano, pero es el papa. Y no es fácil, ni para él, someterse a una reválida constante.

 

Apoyémosle con nuestra plegaria. Por él, por la Iglesia y por el bien del mundo.

 

Guillermo Juan Morado.

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