InfoCatólica / Que no te la cuenten / Categoría: Personas y personajes

17.02.17

Católicos fachas

- “¡Fachas!”

- “¡Nazi!”

- “¡Fundamentalista!

- “¡Trogdolita!" 

- “¡Derechoso!"…

Más de una vez quisimos analizar qué diablos nos querían decir cuando nos decían esto… y encontramos hace poco la respuesta en un párrafo inolvidable del -aún no declarado- mártir argentino, el Prof. Jordán Bruno Genta:

Hablo de la derecha en el sentido del arraigo a la tradición espiritual e histórica de las naciones cristianas. Hablo de derecha en el sentido de adhesión al orden natural y cristiano de la vida, en la familia, en el municipio, en la escuela, en la universidad, en la empresa, en el Estado. Hablo de derecha en ese sentido de adhesión a la civilización cristiana occidental, en el orden de sus verdades esenciales, en el orden de sus instituciones, de sus jerarquías naturales (…). El otro día un profesor peronista, católico, theilardista, le comentaba a otro profesor que (…) (Genta) está cuarenta años atrasado; quería decir que lo que enseño es algo que está cuarenta años atrasado (…). Yo no estoy atrasado cuarenta años, yo estoy atrasado más de veinte siglos porque lo que enseño comenzó allá por el siglo cuarto o quinto antes de Cristo, luego culminó, tuvo una primera culminación decisiva con la venida de Nuestro Señor, luego tuvo otro momento de real grandeza y proyección ecuménica en el siglo XIII que es el gran siglo de la Cristiandad… De manera que lo que yo enseño es realmente anacrónico. Pero no es un anacronismo de cuarenta años, sino de más de veinte siglos. Porque lo que yo llamo derecha, para oponerlo a esa izquierda atea, apátrida y desarraigada de todo orden natural de la existencia humana, es precisamente la restauración en Cristo de todas las cosas, que es restablecerlas en su verdadero orden, en su orden esencial, en su orden natural. Lo cristiano y lo natural, son una y la misma cosa. ¿Quién es el autor de la naturaleza? El autor de la naturaleza es Nuestro Señor Jesucristo, el mismo que nos ha redimido del pecado y de la muerte. Él es el autor de la naturaleza. De modo que todo lo que es natural, es cristiano. Por eso está bien aquello que el alma humana es naturalmente cristiana”[1].

Jordán Bruno Genta

Filósofo y profesor argentino asesinado por odio a la Fe,

durante la década de los ’70.

Aún aguarda la gloria de los altares

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi


[1] Jordán B. Genta, Asalto terrorista al poder, Buen Combate, Buenos Aires 2014, 270-271. 

6.02.17

Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (5-5). Verdaderas razones del odio contra Borgia

Las razones de los ataques

Así como enumeramos antes las acusaciones, digamos ahora cuáles fueron sus orígenes.

 

1) La calidad de sus enemigos y el férreo gobierno en el Papado

Es necesario advertir que la principal diferencia de este Papa con los otros del Re­nacimiento está dada por la calidad de los enemigos po­líticos que tuvo. Es aquí donde aparecen las figu­ras que cuentan en este entresijo público. Un Carlos VIII, Rey de Francia, o un fray Jerónimo Savonarola O.P., el dicta­dor rigorista de Florencia, quien, al tiempo que atacaba al Papa, hipostasiaba la imagen del rey francés. Y, por supuesto, la lucha del clan de los «catalanes» (en realidad, valencia­nos de Játiva), con las otras facciones romanas.

Alejandro VI hizo política temporal en los Estados Pontificios, conforme a las circunstancias del Renacimiento, e intentó romper las bases de la feudalidad romana. «Yo no acepto ser esclavo de mis baro­nes», dijo; y, con ello, inició una lucha constante con los Colonna, Orsini, Savelli, Conti y otros.

Sus enemigos contaban con un gran aliado: el Rey de Francia, quien intentó someterlo a tutela y a cautiverio en Sant’Angelo. Rodrigo, con auxilio hispano, se liberó de tal dependencia, e impuso su férrea mano sobre los nobles romanos traidores:

Si ahora empieza la lucha, también empieza a crearse la fama de los Borgia. Es ahora cuando todos estos poderosos señores con grandes Cor­tes (…), al verse amenazados, se lanzan a una campaña de descrédito en contra del Papa y los suyos, que se intensifica a medida que van perdiendo los bienes abusivamente retenidos[1].

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4.02.17

Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (4-5). Acusaciones varias

Veamos algunas de las acusaciones lanzadas contra el Papa y el Cardenal Borgia.

 

1) Fiestas mundanas

En primer lugar la acusación del Papa Pío II donde se le acusó de participar en fiestas mundanas. En efecto, en junio de 1460, mientras el cardenal Borgia contaba apenas con veintiocho años, el Papa Pío II, haciéndose eco de ciertas historias, le escribió una carta reprochándole una conducta disipada:

Hemos oído que hace tres días, un gran número de mujeres de Siena, ataviadas con toda vanidad mundana, se reunieron en los jardines de nuestro bien amado hijo Juan Bichas, y que Vuestra Eminencia, descuidando la dignidad de su posición, estuvo con ellas desde la una hasta las seis de la tarde, y que teníais en vuestra compañía a otro Cardenal, a quien, si no el honor de la Santa Sede, al menos su edad, debía haberle recordado sus deberes. Se nos dice que los bailes fueron desenfrenados y que las seducciones del amor no tuvieron límite, y que vos mismo os habéis comportado como si fuerais un joven del montón secular[1].

El Papa Pío II, en efecto, parecía sorprendido de esta actitud desordenada del joven cardenal, considerándolo siempre «un modelo de gravedad y de modestia» (te semper dileximus et tamquam eum in quo gravitatis et modestiae specimen vidimus). Varios escritores han reproducido dicha carta una y mil veces, como era de suponer, e incluso agravándola en sus traducciones y aduciendo una conducta completamente inmoral de Borgia.

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2.02.17

Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (3-5). Notas biográficas breves

El caso del «Papa Borgia»

El problema de la familia Borgia ha dado mucha tela para cortar por los libelistas anticatólicos… Asesinos y envenenadores para Leibniz, Gordon, Bayle, Voltaire, Federico II de Prusia, Rousseau, Víctor Hugo, Ale­jandro Dumas, Jules Michelet, etc., parecería que no hu­biera habido peores gobernantes que ellos ni peor Papa que Alejandro VI.

El célebre elogio de Maquiavelo a César Bor­gia («hijo» o sobrino de Alejandro VI) ha sido tan gravoso para esa familia valenciana como las malignidades del «Diario» («LiberNotarum» o «Diarium») del maestro de ceremonias pontificio Juan Burckard. Los rumores y panfletos que este sacristán anotó contra Alejan­dro VI han sido tomados al pie de la letra por generaciones de historiadores, desde Francesco Guicciardini hasta Jacobo Burckhardt. En suma, que casi no hay cronista, ensayista o novelista anticatólico que no haya escrito algo contra los Borgia.

A partir de Gregorovius y de Ludwig von Pastor, dos historiadores de fuste, puede decirse que la real historia de este Pontífice comienza a es­cribirse en serio, aunque también adhieran a algunas historias no probadas. Recién en el siglo XX una serie de historiado­res ha rehabilitado la memoria del cuestionado Papa: Frederick William Rolfe, Emile Gebhart, Louis Gastine, Emmanuel Rodocanachi, J. Lucas Dubreton, Fred Berence, Giovanni Soranzo, etc. Entre ellos se destacan las obras de los historiadores Monseñor De Roo[1] y del cubano Orestes Ferrara, quien ha presentado el tema del siguiente modo:

El nombre «Borgia» es, en la vida diaria, sinóni­mo de veneno y asesinato, astucia malévola, in­cesto y fratricidio, engaño constante; y, dentro de la Iglesia, es expresión de simonía, nepotis­mo, negación de fe, y hasta de la idea de Dios (…). Si, como muchos equivocadamente opinaron, Maquiavelo fue el teórico de métodos repulsivos a las conciencias honradas, los Borgia representaron la maldad en acción (…) historia que, des­pués de haber salido de la pluma de los escrito­res, se ha transformado en tradición popular, en drama y hasta en morbosa emotividad poética. Es la leyenda negra que se forja caprichosamen­te en muchos sucesos de la Historia[2].

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31.01.17

Alejandro VI (Papa Borgia) y la leyenda negra (2-5). Nepotismo y poder

Monarca electivo, rodeado de tronos dinásticos, general­mente anciano, soberano de una ciudad extraña, gobernada por facciones nobiliarias (los Colonna, los Orsini, los Savelli, etc.), ligadas a su vez por cambiantes alianzas con los señores de Florencia, Milán, Venecia y el reino de Nápoles, y acostum­brados a depender de hecho del Rey de Francia, el Papa no hallaba modo de controlar ese enjambre político.

Entre las pinturas, esculturas y latines, uno de «los imperativos fundamentales, una de las grandes urgencias para la conquista de un verdadero po­der pontificio es abatir primero el poderío de estos clanes romanos, o al menos apaciguar sus conflictos, resolver sus pleitos»[1].

En tales circunstancias, el Poder del Pontífice se recorta, en primer lugar, por la ausencia de continuidad:

Caso único en Occidente, este poder sólo dura una vida y, lo que es más, toda la corte se siente igualmente amenazada por caídas brutales. El Papado es así un principado poco firme; toda su his­toria se encuentra inevitablemente salpicada, a intervalos no previsibles, por dramáticas fractu­ras en el curso cotidiano de los negocios y lleva la marca de las inseguridades y dramas provoca­dos por las sucesiones. A la muerte del Papa todo se trastorna[2].

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