9.12.13

Un sacerdote especialmente incómodo para Hitler

JAKOB GAPP, REVOLUCIONARIO EN SU JUVENTUD, AL LLEGAR EL MOMENTO “SUPO DÓNDE TENÍA QUE ESTAR”

La expresión es de Juan Pablo II, pronunciada en 1996 con ocasión de la beatificación de este religioso austríaco, y haciendo referencia a sus devaneos de juventud con las ideologías ateas que llegaron a subyugar su mente y su corazón inquieto -concretamente el comunismo- y su elección valiente cuando años después se le presentó la terrible disyuntiva de elegir entre otra ideología atea -en este caso el nazismo- y Dios, a pesar del peligro de muerte, que se hizo efectivo hace 70 años, en 1943.

Había nacido en Wattens, (Tirol austríaco) el 26 de julio de 1897, de una familia obrera pobre y cristiana, fue el último de siete hijos. Sacrificándose, sus padres le dieron todos los estudios posibles, pero en 1914, estalló la “gran guerra” y sus estudios se vieron truncados. En 1915 Italia atacó a Austria y Jakob con sus 18 años fue al frente de batalla, en el que fue herido, por lo cual sería condecorado con una medalla al valor. Al final de la contienda, derrotada su patria, fue hecho prisionero y sufrió nueve meses de cautiverio antes de regresar a casa en 1919. Aquellos meses, tras su regreso al hogar familiar, fueron amargos. En ellos la utopía marxista, sedujo su alma de joven generoso y lleno de deseos de justicia, alejándole de la práctica religiosa. Su madre, desolada al ver a su hijo alejado de Dios, rezaba y lloraba y, como una nueva santa Mónica, consiguió del Señor su conversión.

Tenía veintidós años y su conversión fue tan fuerte que decidió hacerse religioso, presentándose a los Marianistas, congregación fundada por Guillermo José Chaminade en 1817 y que tan ejemplarmente se dedicaba a la educación de la juventud. A los superiores Marianistas les dijo sin reparos que era socialista y quería ser sacerdote, pero ellos no se asustaron y supieron ver los valores y el potencial de este joven confuso: había nobleza, deseo de verdad, piedad… Poco a poco se fue purificando de ideologías, pero se quedó con lo esencial: el amor a la verdad, el deseo de justicia y un amor muy grande a los pobres.

Jakob comenzó su noviciado el 13 de agosto de 1920 y un año más tarde hizo sus primeros votos. Estudió y trabajó en Graz, en un colegio Marianista y posteriormente, durante cuatro años (1925-1930) cursó sus estudios teológicos en el seminario internacional Marianista y en la Universidad Católica de Friburgo de Suiza, ordenándose sacerdote el 5 de abril de 1930. Vuelto a su patria, durante varios años ejerció un intenso apostolado entre la juventud de varios colegios marianistas, pero eran años duros, de crisis social y de confusión ideológica por la fuerte instigación de los nazis alemanes, lo que hacía el trabajo apostólico especialmente difícil.

El plan del partido nazi para Austria era semejante al ejecutado en Alemania, pero allí no tuvieron la misma suerte. Se presentaron por primera vez en las elecciones generales de 1927, obteniendo únicamente 779 votos. El ascenso en las siguientes elecciones de 1930 no fue tan grande como se esperaba, llegando tan sólo al 3% de los votos posibles. En las elecciones que tuvieron lugar en 1932 en varios distritos austriacos, el partido nazi comenzó a recibir gran cantidad de votos, llegando a ser el segundo partido más votado. Siguiendo ese crecimiento, posiblemente el partido nazi hubiera conseguido algo en las siguientes elecciones generales, pero el canciller electo Engelbert Dollfuss, viendo el panorama, disolvió el parlamento en 1933 e instauró una dictadura.

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28.11.13

La intervención que salvó la ortodoxia de la Misa

EL CAMINO QUE LLEVÓ A LA SANA RENOVACIÓN DE LA LITURGIA DE LA MISA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Como se sabe, el concilio ecuménico Vaticano II (1962-1965) emprendió hace cincuenta años la reforma de la liturgia católica, cosa que ya estaba en los planes del venerable Pío XII, quien en 1948 (un año después de publicar su encíclica Mediator Dei, había instituido una comisión con ese objeto. En realidad, no tenía nada de extraordinario el que la Iglesia revisara sus ritos: lo ha hecho siempre y, después de la gran reforma tridentina, no cesó de ponerlos a punto cuando lo estimó necesario (el Misal Romano tuvo varias ediciones típicas después de la de 1570; el Breviario fue ampliamente modificado por san Pío X; el mismo Pío XII encargó una nueva traducción de los salmos opcional para el rezo del oficio). Lo que pasa es que siempre en el pasado se había respetado la tradición (que no hay que confundir con conservadurismo). En las liturgias orientales es un principio sacrosanto la intangibilidad de los ritos. En la Iglesia latina, sin llegarse a esto, sí que existe un respeto por lo que ha sido transmitido a través de los siglos, adaptándolo –cuando se juzga necesario– a las legítimas exigencias de los tiempos. Pero una justa adaptación no implica nunca una revolución. El Vaticano II así lo comprendió y estableció la puesta al día (aggiornamento) de la liturgia en su constitución Sacrosanctum Concilium de 1963. Si se lee atentamente este documento nada hay en él contrario a la sana tradición de la Iglesia y la reforma en él planteada era razonable y podría haber dado buenos frutos si no se la hubiera adulterado a continuación.

El venerable Pablo VI, con el objeto de llevar a la práctica la reforma litúrgica querida por el concilio, instituyó el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, independiente de la entonces Sagrada Congregación de Ritos, el dicasterio encargado de velar por la liturgia. Durante las sesiones conciliares, el ala liberal había acusado constantemente a la Curia de ser conservadora (lo cual era cierto de algún modo) y de obstaculizar los trabajos conciliares (lo cual era falso e injusto, pues precisamente fueron los llamados progresistas los que sabotearon sistemáticamente el reglamento del Vaticano II, aprobado por el beato Juan XXIII). A Pablo VI lo convencieron, pues, de la conveniencia de quitar a Ritos (presidido por el cardenal cordimariano Arcadio Larraona, considerado tradicional) la competencia en la actuación de la reforma litúrgica y darla a un organismo que no tuviera que dar cuenta sino al Papa directamente. El Consilium estaba presidido por el cardenal Giacomo Lercaro, arzobispo de Bolonia y significado líder liberal del concilio, y tenía por secretario al P. Annibale Bugnini, vicentino, propulsor del movimiento litúrgico (aunque no el de Dom Guéranger, sino el arqueologista y ecumenista de Dom Beaudoin).

El aspecto de la reforma litúrgica que nos interesa ahora y hace a nuestro tema es el de la misa, por lo cual dejamos aparte la reforma de los demás libros litúrgicos. La del misal romano se llevó a cabo en dos fases. La primera consistió en el desmantelamiento del rito clásico codificado por san Pío V y cuya última edición típica fue la del beato Juan XXIII de 1962, justo el año en el que comenzó el Vaticano II. En 1965 y en 1967 el Consilium publicó sucesivas instrucciones en fuerza de las cuales se mutilaba el ordinario de la misa y se relegaba peligrosamente el uso del latín (considerado, sin embargo, por el propio concilio como la lengua propia de los ritos latinos). Estos cambios ya pusieron sobre aviso a los católicos fieles a la tradición (a los que se comenzó a llamar “tradicionalistas”). Fue en estos años cuando comenzó a organizarse la defensa del rito antiguo, principalmente en torno a la revista francesa Itinéraires (Louis Salleron, Jean Madiran) y a la Federación Internacional UNA VOCE. Hay que decir que estas iniciativas provenían de los seglares, aunque en el ámbito del clero se seguía también con preocupación la evolución de la reforma litúrgica. La segunda fase fue la creación de un Novus Ordo que substituyera al antiguo, para lo cual fueron admitidos a los trabajos del Consilium observadores no católicos (un talmudista judío y algunos expertos protestantes), que a menudo rebasaron su carácter meramente consultivo. El caso es que en 1967, el P. Bugnini propuso al sínodo de los obispos la llamada missa normativa, que no llegó a ser aprobada debido a los reparos de la mayoría de los padres sinodales. Dos años más tarde, sin embargo, ese mismo rito, con algunos retoques, era promulgado por Pablo VI mediante la constitución apostólic aMissale Romanum de 3 de abril de 1969.

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11.11.13

Los cardenales Bea y Ottaviani en el Vaticano II

¿FUERON REALMENTE TAN DIFERENTES AQUELLOS A QUIENES SE PRESENTÓ COMO OPUESTOS? LA RESPUESTA DE MARTÍN DESCALZO

Dos de los padres conciliares del Vaticano II que han dejado mayor huella en la historia contemporanea de la Iglesia han sido, en opinión de muchos, los cardenales Agostino Bea S.J. y el cardenal Alfredo Ottaviani. Sobre la diferencia de estilos y posturas entre ambos cardenales en algunos temas de los que trató el Concilio se ha escrito mucho y comentado, sobre todo el episodio referente al esquema llamado De las fuentes de la Revelación, que el secretario del Santo Oficio defendía con brío. El ala más avanzada de los padres conciliares logró que una mayoría de los prelados lo rechazaran, pero no se alcanzaron los dos tercios necesarios de votos para eliminar un esquema presentado con la autoridad del Papa. Según alguno, Bea habría dicho que semejante propuesta “cerraría la puerta a la Europa intelectual y las manos extendidas de amistad en el Viejo y en el Nuevo Mundo". El cardenal Bea acudió a Juan XXIII y éste decidió retirarlo, nombrando una comisión bicúspide presidida por Ottaviani y Bea, para que se pusieran de acuerdo las dos corrientes enfrentadas en el Concilio sobre un nuevo esquema, que fue la base de la constitución Dei Verbum.

Como recuerda Rodolfo Vargas Rubio en un artículo suyo sobre el cardenal Ottaviani, la libertad religiosa también fue un capítulo polémico. El cardenal del Santo Oficio, que era un excelente canonista, era partidario de la doctrina tradicional de la tolerancia, porque, de otro modo, admitido un derecho irrestricto a la libertad religiosa se lesionaba el Derecho público de la Iglesia. La Declaración conciliar que el cardenal Bea quería sacar adelante sobre el tema, cambiando el concepto tradicional de “tolerancia religiosa” por el nuevo de “libertad religiosa", que al final se impuso en las votaciones, le parecía a Ottaviani que anulaba los concordatos que la Santa Sede tenía con países como Italia y España, en los cuales la Iglesia gozaba de una posición privilegiada, y así lo manifestó dramáticamente en el aula conciliar, provocando una fuerte discusión, que atajó el cardenal Ruffini que aquel día presidía la sesión.

Bea y Ottaviani, distintos por formación, trayectoria y personalidad eran sin duda estos dos purpurados. El primero, tres años después de su ordenación sacerdotal en 1918, ya era superior provincial de los jesuitas de Alemania; enviado a Roma en 1924, fue catedrático en la Pontificia Universidad Gregoriana, especialista en exégesis bíblica y arqueología bíblica; sirvió al papa Pío XII como su confesor durante trece años y se le acreditó un influjo crucial en la redacción de la encíclica Divino Afflante Spiritu. El segundo, empleado en la Curia romana desde prácticamente su ordenación sacerdotal, en 1919 fue llamado a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide en calidad de minutante bajo la guía del cardenal holandés Willem van Rossum, que quería desgajar la acción evangelizadora de los misioneros del colonialismo europeo aí adquiriría ese sentido misional y de universalidad que plasmaría años más tarde Pío XII en su gran encíclica Fidei donum; dos años más tarde, fue señalado por monseñor Borgongini-Duca a la atención del papa Benedicto XV, que lo transfirió a la primera sección de la Secretaría de Estado, y en 1922 entraba a formar parte de la corte pontificia como chambelán privado de Su Santidad, para llegar en 1935 al Santo Oficio, en el que permaneció la mayor parte de su vida.

Dos prelados que aparecen en la historia del Concilio como contrapuestos por su mentalidad y visión de la renovación de la Iglesia, pero ¿Eran en realidad tan diferentes? Esta pregunta se hizo el sacerdote periodista españos José Luis Martín Descalzo, testigo excepcional del gran evento conciliar, y que precisamente en su libro “Un periodista en el Concilio” (editorial PPC), en el volumen 4, aborda el tema de los dos cardenales. Interesantísimas sus palabras que reproducimos aquí:

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25.10.13

También entre los liturgistas hubo algún gran santo

EN EL TERCER CENTENARIO DEL CARDENAL TOMASI, PRÍNCIPE DE LOS LITURGISTAS

RODOLFO VARGAS RUBIO

(El título, desenfadado, va con todo nuestro aprecio hacia los liturgistas y su imprescindible labor en la Iglesia)

Santo poco conocido es Giuseppe Maria Tomasi, pero no por ello menos digno de ser recordado en los fastos de la Historia de la Iglesia en este año en que se han cumplido trescientos años de su tránsito. Este eximio cardenal de la Santa Iglesia Romana puede ser considerado con justicia como uno de los grandes liturgistas romanos, si no el príncipe de todos ellos. Sin embargo, curiosamente, su obra es hoy apenas conocida, a pesar de podérsela considerar como una verdadera anticipación del movimiento litúrgico tal como fue concebido por Dom Prospero Guéranger y cuya doctrina fue plasmada magistralmente por el venerable Pío XII en su encíclica Mediator Dei, fundamental para el conocimiento y la comprensión de la liturgia.

Giuseppe Maria Tomasi nació el 12 de septiembre de 1649 en Alicata (hoy Licata), frente al Canal de Sicilia (que separa esta isla de la costa tunecina, siendo la puerta natural que comunica Europa con África). Su familia, de antigua prosapia, pertenecía al patriciado romano y a la Grandeza de España y poseía uno de los señoríos más importantes de la Sicilia occidental, que comprendía, entre otros feudos: el principado de Lampedusa, el ducado de Palma y la baronía de Montechiaro. El blasón gentilicio era de azur con un leopardo leonado de oro sostenido por un monte de sinople de tres cimas y el lema “Spes mea in Deo est”. Este distintivo nobiliario inspiraría siglos después el nombre de la novela que hizo famoso al penúltimo descendiente de la casa, el príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957): Il Gattopardo (El Guepardo).

Don Giulio Tomasi, il “Duca Santo”

El padre de nuestro santo, Don Giulio, era un hombre de acendrada virtud, cumplidor exacto de sus deberes de estado, benigno y paternal para con sus servidores y subordinados. Su fama de cristiano ejemplar le había granjeado la admiración del pueblo que hablaba de él como “el Duque Santo”. Había heredado los títulos y feudos familiares por renuncia de su hermano mayor Carlo, el cual había entrado en religión y profesado en la orden de Clérigos Regulares llamados Teatinos, fundada por san Cayetano de Thiene en 1524 y que se hallaba por entonces muy extendida gracias a las misiones papales.

Don Giulio Tomasi se unió en matrimonio a Donna Rosalia Traina, de noble estirpe napolitana y emparentada, entre otras ilustres familias, con los príncipes del Drago y los Falconieri de Florencia. De esta unión nacieron seis hijos: Francesca (1643), Isabella (1645), Antonia (1648), nuestro biografiado Giuseppe Maria (1649), Ferdinando (1651) y Alipia (1653). Recibieron una educación esmerada y cristiana y, viendo, el ejemplo vivo de lo que se les predicaba en sus progenitores, no es de extrañar que, salvo el hijo que iba a perpetuar la estirpe, todos siguieran la vida religiosa. Isabella, convertida en sor Maria Crocifissa, mantendrá toda su vida un fuerte nexo religioso-afectivo con su hermano mayor.

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14.10.13

San Pío V, el papa de las reformas tridentinas

HIJO FIEL DE SANTO DOMINGO Y PAPA REFORMISTA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Antonio Ghislieri nació en Bosco (localidad entonces dependiente del ducado de Milán y hoy perteneciente a la provincia piamontesa de Alessandria), el 17 de enero de 1504, siéndole impuesto en el bautismo el nombre del santo del día: san Antonio, abad e iniciador de la vida cenobítica. Hijo de Paolo Ghislieri y Domenica Augeria, su familia paterna era originaria de Bolonia y descendía de estirpe senatorial, pero había caído en decadencia hasta el punto que se dice que el padre del futuro papa se dedicaba al pastoreo de ovejas (patre opilione). Ello no fue óbice para que a los catorce años postulara a la Orden de Predicadores, en cuyo convento de Voghera fue admitido a los catorce años gracias a su inteligencia, su seriedad y su rectitud de costumbres, notables en una época en que la juventud se daba fácilmente a la disipación y la conducta de muchos clérigos dejaba mucho que desear. Recordemos que es ésta la época de la rebelión de Martín Lutero contra Roma. Como dominico, el joven fraile tomó el nombre de Michele, el del santo arcángel batallador, presagio quizás de la intrepidez que iba a desplegar en la defensa de la Iglesia y de la Cristiandad, combatiendo a herejes e infieles. En 1519 emitió los votos solemnes en Vigevano, continuando su formación intelectual en la Universidad de Bolonia.

Ordenado sacerdote en Génova en 1528, fue durante dieciséis años profesor de teología en Pavía. También se desempeñó como maestro de novicios y prior de algunos conventos dominicos, en los que anticipó las reformas que habría de poner en práctica como pontífice. Pero no sólo en el ámbito disciplinario destacó como partidario de la severidad; también en el doctrinal (de lo que había ya dado pruebas en sus años de aprendizaje al sostener en Parma públicamente treinta proposiciones contra los herejes y en defensa de la Sede Apostólica): pidió y obtuvo el cargo de inquisidor de Como y Bérgamo. El norte de Lombardía (ya infestado por las herejías de los valdenses, patarinos, arnaldinos y humillados) era, en efecto, un campo peligrosamente propicio a la expansión del Protestantismo por su proximidad y estrechas comunicaciones con el Imperio (en el que había prendido la rebelión de Lutero como fuego en estopa). Fue tal su celo en la defensa de la ortodoxia que el papa Julio III lo nombró comisario general de la Inquisición Romana por recomendación del cardenal Gian Pietro Caraffa. Convertido éste en papa con el nombre de Pablo IV, preconizó a fray Michele Ghislieri obispo de Sutri y Nepi el 4 de septiembre de 1556. El 14, en la festividad de la Exaltación de la Cruz, el celoso dominico recibía la consagración episcopal en la Capilla Sixtina, de manos del cardenal Giovanni Michele Saraceni, asistido por los obispos Giovanni Beraldo de Telese y Nicola Majorano de Molfetta.

Contemporáneamente al gobierno pastoral, Pablo IV le confió también la Inquisición de Milán y Lombardía. El aprecio que le tenía el Romano Pontífice se hizo patente cuando lo creó cardenal del orden presbiteral en el consistorio del 15 de marzo de 1557, entregándole el rojo capelo y asignándole el título de Santa María sopra Minerva (hermosa iglesia gótica de los dominicos) nueve días más tarde. Al año siguiente, el cardenal Ghislieri era nombrado Gran Inquisidor. En 1559, a la muerte de su benefactor el papa Caraffa, participó en el cónclave que eligió a Giovanni Angelo de Médicis (que, a pesar de su apellido, no pertenecía a la dinastía florentina, sino a una familia del patriciado milanés). El nuevo papa tomó el nombre de Pío IV y uno de sus primeros actos fue crear cardenales a dos de sus sobrinos (consistorio de 31 de enero de 1560), lo que le valió el ser considerado favorecedor del nepotismo y le enfrentó con los espíritus reformistas de la época (recordemos que el Concilio de Trento se encontraba ya muy avanzado y en sus fases finales), uno de los cuales era el cardenal Alejandrino (como era conocido Ghislieri a causa de su patria). En descargo del pontífice hay que decir que, al menos por lo que respecta a uno de sus nepotes, la promoción a la sagrada púrpura fue afortunada, ya que se trataba nada menos que de Carlos Borromeo, hijo de su hermana Margherita.

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3.10.13

A los 55 años de la muerte de Pío XII

VENERABLE PÍO XII (1939-1958): PASTOR ANGELICVS

RODOLFO VARGAS RUBIO

El triple título de doctor optimus: Ecclesiae sanctae lumen: divinae legis amator, bien conviene a la memoria bendita de Pio XII, Pontífice de nuestra afortunada época” (Beato Juan XXIII: Radiomensaje de Navidad del 23 de diciembre de 1958)

Pacelli: Pax coeli, la paz del cielo. La que fue anunciada a Noé bajo la forma de ramita de olivo llevada en su pico por una paloma blanca. La que Dios dio al orbe significándola mediante el arco iris, puesto entre el cielo y la tierra. La que es obra de la justicia, producto de la santidad. La paz no del mundo, sino la de Cristo, levantado también entre el cielo y la tierra para reconciliar a la Humanidad con su Creador. La paz del alma, la paz interior, la que es presupuesto de toda otra clase de paz. Eugenio Pacelli nació para ser heraldo de esa paz. Y no pudo escoger mejor nombre que el de Pío, que evoca la devoción, la mansedumbre, la santidad, la mediación entre Dios y los hombres. Pío es, además, el epíteto de los grandes civilizadores, aquellos que levantaron ciudades sobre los cimientos de la religión: Pius Aeneas, Pius Romulus. Eneas, salvando los penates de Troya, y su descendiente Rómulo, reparando el sacrilegio de su hermano Remo, fundaron nuestra civilización sobre la concordia con Dios, presupuesto de toda verdadera paz. Romano de Roma, legítimo heredero de esta tradición, Pío XII fue el gran defensor de la civilización cristiana, de la ciudad católica, aquella que –como decía su predecesor San Pío X en la Carta Notre charge apostolique de 1910– “no está por inventar” ni “por edificarse en las nubes”, sino que “ha existido y existe”, no tratándose sino de “establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo.

Un hijo de la Roma papalina

Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli vino al mundo el 2 de marzo de 1876, tercero de los hijos (segundo varón) del abogado de la Sacra Rota y más tarde abogado consistorial Filippo Pacelli (1837-1916) y de Virginia Graziosi (1844-1920). Por ambos costados se hallaba vinculado a tradicionales servidores de la Santa Sede, pero fue su abuelo paterno Marcantonio Pacelli (1804-1900) el que hizo la fortuna de los suyos. Llegado a Roma con tan sólo 15 años desde su natal Onano (en provincia de Viterbo), bajo la protección de su tío monseñor Prospero Caterini, realizó brillantemente sus estudios en ambos Derechos, convirtiéndose en 1834 en abogado de la Sacra Rota y, entrando así en el poderoso círculo de los abogados laicos al servicio del Papado. Gregorio XVI lo tuvo como secretario de Finanzas. Bajo el pontificado del beato Pío IX apoyó decididamente el poder temporal de la Iglesia, puesto en cuestión por el Risorgimento. Acompañó al Papa Mastai en su exilio de Gaeta de 1849 (lo que le valdría más tarde los títulos de noble de Acquapendente y Sant’Angelo in Vado en premio a su lealtad). Al regreso recibió el nombramiento de ministro substituto del Interior, cargo desde el que tuvo que afrontar la escalada revolucionaria desde fuera y dentro del Estado Pontificio y en el que se mantuvo desde 1851 hasta la caída de Roma en 1870. Durante su gestión, intervino decisivamente en la fundación del diario oficioso de la Santa Sede L’Osservatore Romano, cuyo primer número vio la luz el 1º de julio de 1861. Marcantonio Pacelli era consciente de la importancia creciente del periodismo, por lo que había querido que, al lado del boletín oficial del gobierno papal –Il Giornale di Roma– se añadiera la publicación de un periódico de opinión, polémico y aguerrido como lo exigían las difíciles circunstancias de una época que todo lo ponía en cuestión.

El pequeño Eugenio fue bautizado a los dos días de nacer, el 4 de marzo, por don Giuseppe Pacelli, tío paterno, en la iglesia parroquial de los Santos Celso y Juliano (hoy suprimida y cuya pila bautismal se conserva en la Basílica romana de San Pancracio). Criado en un entorno de piedad, fomentado por su madre, y en el respeto a las tradiciones de la Roma papal de su familia, fue confirmado a los cinco años por un amigo y paisano de los Pacelli, monseñor Costantini, obispo de Nepi y Sutri. Se cuenta que el niño Eugenio solía jugar a decir misa en un pequeño oratorio que se había instalado en un rincón de la casa paterna. Los Pacelli se habían mudado, a la sazón, del apartamento que ocupaban en el tercer piso del Palazzo Pediconi, en el número 34 de la via degli Orsini (casa natal del futuro Pío XII), a otro en el número 19 de la via de la Vetrina, no lejos del Palazzo Taverna. El pequeño frecuentaba la bella Chiesa Nuova (Santa Maria in Vallicella), sede del Oratorio de San Felipe Neri, en la que solía servir la misa como monaguillo.

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26.09.13

Lo que puede hacer un sacerdote en tiempos de crisis

FORMADOR DE TRABAJADORES Y EMPRESARIOS CRISTIANOS

En estos tiempos de crisis económica queremos presentar el ejemplo de un sacerdote español del siglo pasado, José María Arizmendiarrieta, párroco vasco que en tiempos de profunda crisis económica para su parroquia usó su imaginación para promover todo tipo de inciativas, algunas de las cuales traspasaron los límites parroquiales y hoy son conocidas en el mundo entero.

Don José María, cuyo apellido se acorta frecuentemente en Arizmendi, nació el 22 de abril del año 1915 en el caserío Iturbe de la anteiglesia de San Pedro de Barinaga, perteneciente a Markina-Jeméin (Vizcaya), en el seno de una familia modesta, hijo de José Luis Arizmendarrieta y Tomasa Madariaga. Era el mayor de cuatro hermanos, además de él su hermana María, Francisco y Jesús. Su infancia transcurrió en el característico ambiente sacrificado del campo vasco de entonces, en el que el exigente trabajo cotidiano quedaba regido por el ritmo de las estaciones que ordenaban las faenas agrícolas y ganaderas. El pequeño tomó de su madre una profunda vida espiritual en la que trabajo y fe constituían dos valores asociados y esenciales. Esta espiritualidad era renovada diariamente con el rezo del rosario antes de la cena, así como con la participación en los sacramentos en la vecina Iglesia de San Pedro de Barinaga.

A los cuatro años comenzó a ir a la escuela, que era un local anexo a la parroquia que costeaban los vecinos de aquel barrio de Barinaga. Pensativo, dotado para el pensamiento abstracto, hábil en el dibujo y los trabajos manuales, interesado por la lectura y con una curiosidad innata, el mayor de los Arizmendiarrieta pronto destacó como uno de los mejores estudiantes de la escuela. Su habilidad con las letras y su afán de conocimiento fueron alentados por su querida madre, Tomasa, así como por su maestra, Patrocinio.

En 1922, el Obispo de Vitoria, Leopoldo Eijo Garay, convocó por primera vez a los jóvenes vizcaínos a comenzar los estudios sacerdotales en el nuevo seminario provincial, recién inaugurado. En 1927, con doce años de edad, José María cedió el mayorazgo al siguiente hermano ingresando en el Seminario Menor de Castillo-Elejabeitia, para estudiar sobre todo latín y cultura general. Cuatro años más tarde, en 1931, se incorporó al Seminario Conciliar de Vitoria donde estudió Filosofía y Teología, estudios que tuvo que interrumpir al estallar la Guerra Civil de 1936 cuando era época de vacaciones.

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16.09.13

Conversiones, multitudes y persecución de los buenos

PADRE PÍO, A LOS 45 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN

San Francesco Forgione, más conocido como el P. Pío de Pietrelcina, fue uno de los fenómenos espirituales más grande del s. XX. Conocido en todo el mundo por sus estigmas, sus milagros y su clarividencia, corre sin embargo el peligro de ser encorsetado en un mero pietismo milagrero que esconda su honda humanidad. Nada más lejano de su vida y su experiencia espiritual. Nació en Pietrelcina, en el Benevento, el 25 de mayo de 1887, su madre, devota y sencilla católica que influiría en él de forma decisiva, le puso por nombre Francesco en honor de san Francisco de Asís. Fue bautizado al día siguiente en su pueblo, donde pasaría su infancia.

Como en tantas otras familias humildes de la zona, Francesco no pudo asistir regularmente a la escuela. El trabajo de la tierra, necesario para la supervivencia, le retenía muchos días en el campo. Sólo cuando tuvo doce años comenzó a estudiar regularmente de la mano del cura del pueblo, Domenico Tizzani, quien vio en él un futuro candidato al sacerdocio. En dos años aprendió toda la escuela elemental, pudiendo pasar con normalidad a realizar los estudios de Secundaria.

El encuentro con Fray Camillo, un fraile capuchino del vecino convento de Morcone, a 30 kilómetros de Pietrelcina, que iba de pueblo en pueblo pidiendo limosna, hizo que expresase su deseo de hacerse capuchino. Corría el año 1902 y Francesco había tenido una niñez débil y enfermiza, lo cual en un primer momento disuadió a los frailes. Sólo en otoño de 1902 llegó el consentimiento para entrar en el convento, dejando a su madre y a sus hermanos, pues su padre había emigrado a América en 1898. El 6 de enero de 1903 entró oficialmente en el convento.

Días antes, el 1 de enero, había tenido una visión después de comulgar que le anunciaba una continua lucha contra Satanás. El 5 de enero, la noche antes de entrar en los capuchinos, declaró haber tenido una aparición de Jesús y la Virgen que le aseguraban su protección y predilección. Las visiones serían desde entonces una constante en su vida, así como los ataques por parte del demonio. El 22 de enero, con tan sólo 15 años, tomó el hábito, con el nombre de fray Pío.

En 1904, pronunció sus votos simples y el 25 de enero de ese mismo año se trasladó al convento de Sant’Elía para continuar con sus estudios. Es en este convento donde se produjo su primera bilocación, asistiendo al nacimiento de Giovanna Rizzani, futura hija espiritual suya, nacida en Udine, Venecia, lejos de donde físicamente se encontraba el padre Pío en ese momento.

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28.08.13

El gran siglo misionero de la Iglesia

RECORDANDO A ARNOLD JANSSEN A LOS DIEZ AÑOS DE SU CANONIZACIÓN

Se ha considerado el siglo XIX como el gran siglo misionero de la Iglesia, y con razón. Europa, al comienzo del siglo XIX, vivía convulsionada una situación de cambios profundos en todos los órdenes de la vida de la sociedad: la Revolución francesa y las revoluciones políticas e industriales en el resto de Europa, el nacimiento de los imperialismos, etc. En este contexto la Iglesia había perdido mucho de su poder de influencia y tuvo que hacer frente también a crisis internas y de relación con los poderes políticos que absorben muchas de sus energías. El resultado fue que la actividad misionera de la Iglesia conoció, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, uno de los momentos más bajos de la Historia.

A partir de 1815 el interés por las misiones comenzó a aumentar en Francia. No fue obra de la jerarquía eclesiástica, más interesada en la necesidad de reevangelizar Francia después de los tiempos de la Revolución y el Imperio, fue obra fundamentalmente de los laicos. Las noticias que llegaban de los pocos misioneros que había suscitaron de nuevo el interés de algunos fieles laicos por colaborar con ellos. En 1817 las Misiones Extranjeras de París fundaron una asociación de ayuda; Pauline Jaricot tomó la responsabilidad de la misma, que en 1822 desembocó en la fundación de la Asociación para la Propagación de la Fe en Lyón (origen de la actual Obra Pontificia), la cual se extendió con rapidez por Francia primero y luego por toda Europa. La fundación de numerosas obras misioneras, asociaciones, revistas, etc., en esta época fue un signo claro del renovado interés que suscitaban las misiones, en un momento en que las informaciones y los viajes se habían facilitado mucho en comparación con el pasado.

El renovado interés por las misiones reclamó el envío de nuevos misioneros. Para ello se restablecieron las antiguas sociedades misioneras francesas. También las grandes órdenes antiguas, una vez restauradas volvieron a enviar misioneros. Pero la gran novedad del siglo XIX fue la fundación de un gran número de congregaciones religiosas de hombres y, sobre todo, de mujeres que se dedicaron a las necesidades pastorales de la época: la asistencia sanitaria, la educación y los pobres. Muchas de esas congregaciones enviarán a sus miembros a misiones o surgirán, incluso, con fines exclusivamente misioneros.

A finales del siglo XIX, la fecha de 1880 supuso un punto de referencia. Indicaba un cambio en la situación política de Europa que influyó notablemente en el desarrollo de la actividad misionera de la Iglesia. Los imperialismos coloniales fueron fruto de una conjunción de factores de muy diversa índole, como fueron los descubrimientos geográficos, las necesidades de materias primas y comerciales, los sueños utópicos, los intereses humanitarios y misionales. Todo ello condujo a una verdadera fiebre colonialista que tuvo que ser regulada por la Conferencia de Berlín (1884-1885), que condujo al reparto de África entre el Reino Unido, Francia y Alemania, dejando a Italia, Portugal y España relegados.

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12.08.13

Hace 1025 años Rusia se hizo cristiana

EL INFLUJO DE UNA ABUELA EN EL ESPÍRITU DEL NIETO LLEVÓ A LA CONVERSIÓN DE RUSIA

Los orígenes de la actual Rusia hunden sus raices en la historia a través de un personaje poco conocido para los occidentales y sobre el que realmente se sabe poco, el jefe Riurik (Rodrigo, en castellano), nacido en 830. Probablemente danés de Jutlandia, de la casa real de Haithabu, hay quien lo identifica con el príncipe Hrorek de Dorestad, hijo del noveno monarca de este linaje. Hay debate sobre la forma en la que Rurik llegó a controlar el Ladoga y Nóvgorod. La única información sobre él se encuentra en la Crónica de Néstor del siglo XII, que afirma que chuds, eslavos, merias, veses y krivichs “llevaron a los varegos más allá del mar, rechazaron pagarles tributo, y se establecieron para gobernarse a si mismos”.

Después las tribus comenzaron a pelear entre sí y en 862 decidieron invitar a Rurik para restablecer el orden. Éste acepto la invitacion y, tras someter la zona del lago Ladoga, fundó en 859 la ciudad de Veliki Novgorod, que gobernó hasta su muerte en 879. De este modo tuvo inicio el principado que, trasladada su capital a Kiev, en 882 por Oleg, uno de sus descendientes, fue conocido como la Rus de Kiev, que perduró hasta 1240, la época de la invasión mongola. Una serie de familias principescas supervivientes descienden por vía patrilineal de Rurik, hasta el último pariente suyo que gobernó Rusia, Basilio IV, murió en 1612.

De modo independiente, cuenta la tradición que poco tiempo de la fundación de Kiev, mucho antes que la conquistase Oleg, llegó de Grecia a dicha ciudad un obispo que comenzó a predicar a sus habitantes el Evangelio y a hablar de los milagros de Dios relatados en el Antiguo y Nuevo Testamento. Sigue narrando la tradición que los rusos -que así llamaremos a los varegos, según una etimología bastante posible- al oír decir que los tres niños no se quemaron en el horno encendido de Babilonia según el libro de Daniel, interrumpieron al predicador y dijeron: “Si no vemos algo parecido, no creeremos en tu historia”. El obispo, después de rezar a Dios, se atrevió a poner el Evangelio en el fuego y el libro sagrado permaneció intacto, hasta las cintas que marcaban las hojas preparadas para la lectura, no se quemaron. Parece ser que debido al impacto de este milagro, muchos de ellos se bautizaron.

Después de Riurik, fue su pariente Oleg quien gobernó el país. Éste fue tomando el control de las ciudades del Dniéper y capturó Kiev, controlada anteriormente por los varegos Askold y Dir, a donde finalmente trasladó su capital desde Nóvgorod. La nueva capital era un lugar idóneo para lanzar una incursión contra Constantinopla en 911. Según la Crónica de Néstor o Primera Crónica Rusa, los bizantinos intentaron envenenar a Oleg, pero el líder varego demostró sus poderes proféticos rechazando beber de la copa con vino envenenado. Tras haber clavado su escudo en la puerta de la capital imperial, Oleg ganó un tratado comercial favorable, que finalmente fue muy beneficioso para ambas naciones. Aunque las fuentes bizantinas no registraron estas hostilidades, el texto del tratado ha sobrevivido en la Crónica de Néstor. Lo que sí sabemos es que en Constantinopla concertó Oleg un tratado muy ventajoso para Rusia, un contrato comercial con los griegos.

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