Turull, cautivo de su ambición


Escribo estas líneas desde ese afecto que, me atrevo a decir sin excepción, todos en nuestra diócesis de Barcelona sentimos por Mons. Carrera, nuestro obispo auxiliar. Más si cabe en estos momentos en los que su persona se debate entre la vida y la muerte. Junto a todas las virtudes humanas, cristianas y sacerdotales que debemos reconocerle, y que no son pocas, hemos de añadir el “crítico reconocimiento” que siempre ha manifestado hacia Germinans. El obispo Joan es uno de nuestros lectores más asiduos. Desde primera hora de la mañana, la entrada desde su ordenador en su humilde piso del barrio badalonés de Bufalá, nos hace saber que nuestro buen obispo auxiliar ha leído el artículo de cada mañana. Y eso nos ha llenado de gran satisfacción. Si algún día no puede hacerlo desde temprana hora, por sus múltiples ocupaciones y los numerosos encargos pastorales que lleva en sus manos, siente inquietud y le hace fácilmente comentar con una casi ingenua sencillez de espíritu: “Avui encara no els he llegit, no els he llegit” (Hoy aún no les he leído, no les he leído).

No quiero decir con ello que Mons. Carrera comulgue incondicionalmente con nuestras posiciones, pero eso no es obstáculo para que reconozca, públicamente además, la tenacidad de nuestro propósito, la profundidad de muchos de nuestros artículos, la verosimilitud de muchas de nuestras informaciones y sobretodo la necesidad de no hacer el vacío, si no a todas, si a algunas de las inquietudes manifestadas en nuestra página.

Lamenta esencialmente dos cosas: por una parte, siente con dolor que haya sacerdotes que experimenten esa sensación de marginalidad y de rechazo, es decir que haya un grupo de sacerdotes con ese sentimiento tan fuerte de incomodidad y desazón respecto al Arzobispo Martínez y la marcha de la diócesis. Él mismo no es que se sienta como para “echar cohetes” y lanzar las campanas al vuelo siendo el auxiliar de un Arzobispo con pocas ganas “de ser auxiliado”, como tantas veces ha comentado.

Nuestro n.s.b.a. Cardenal nunca se ha valido de él para grandes consultas ni siquiera para alguna confidencia o consejo. Sistach se ha servido de él como comodín en todas las jugadas. Allí donde le cuesta dar la cara, envía a Carrera. Allí donde a él no le apetece ir, delega en Carrera. Él es el único de los que tienen “cara y ojos” para poderle representar. ¡No va a delegar su presencia en gente de tan poquita talla intelectual como Bacardit, Sanz o Segismundo! ¡O de un empaque tan fingido como Galtés, con su pose de “quiero y no puedo”!

Ahora con este desafortunado e inesperado incidente en la salud de Mons Carrera, un terrible lastre de conciencia hace aflorar una escandalosa evidencia, que incluso aquellos elementos progresistas que aún poseen algo de sentido común y un mínimo espíritu de compasión saben comprender: si no se hubiera defendido a capa y espada la candidatura de Turull y a Mons. Carrera se le hubiese aceptado la renuncia desde un primer momento, ahora hubiera tenido sustituto y de este modo hubiera podido disfrutar de una más que merecida jubilación después de toda la vida bregando como un campeón.

Pero la última estocada la ha constituido la designación por parte de n.s.b.a. Cardenal Martínez de aquel que como su representante se mantiene a la puerta de la U.V.I del Hospital del Valle de Hebrón. Ese designado, vestido ahora por cierto con un clergyman negro de cuello romano alto como Carpanta, no es otro que el inefable Turull, que siempre está donde está el candelero de la noticia, siempre en el ojo del huracán. Y donde puede promocionarse ante el alud de visitantes que tienen que pasar ante él como filtro protocolario. Todos los muchos que desean expresar su cercanía al auxiliar en estos momentos no tienen otro conducto que aquel que con su ambición desmedida ha sido el principal impedimento para la jubilación y salud del ahora gravísimamente enfermo obispo auxiliar. No digáis que la sarcástica situación no roza los límites de la desvergüenza. Turull es un egocéntrico personaje henchido de personalismo. La misma foto que la web del Seminario muestra con el escuálido grupo de seminaristas en el retiro de inicio de curso en la Casa de Ejercicios de Tiana, donde el rector Turull acota la centralidad del posado, ninguneando prácticamente a los chicos, es un reflejo psicológico de su personalidad. Hasta nuestro mismo obispo Joan llegó a comentar más de una vez que no se hubiera jamás imaginado que “este chico llegase a ser tan ambicioso”. También nuestro Cardenal Arzobispo, y nos duele evidenciarlo, vive arrollado por un culto tal a su imagen que le hace depositar sus predilecciones en aquellos que son prisioneros de su ambición y que están dispuestos a todo con tal de que contribuyan a alimentar el desmesurado ego de su padrino y mentor.

Creo firmemente que en la vida hay cosas que un ministro del Señor no debe hacer por decencia. Otras, por decoro. Otras, por caridad cristiana. Y finalmente hay cosas que jamás debe hacer por vergüenza. En esta ocasión, Turull, y el Cardenal Martínez de quien ha recibido el encargo, han rebasado los límites de la decencia, del decoro, de la caridad y de la vergüenza. Y mientras el Seminario bajo el mando de Mn. Andreu Oller. Abandonado a la insidia y torpeza de unos formadores de los que habría que escribir un libro con sus despropósitos

Os puedo asegurar que no son sólo mis ojos los que juzgan la realidad presente de tal manera, sino también los de muchas personas de corazón compasivo, sin diferencia ni distinción de posiciones ideológicas.

Muchos hablan ya de una caricatura que resumiría la personalidad del rector Turull: como alguien que vive con una calculadora en una mano y con unas tijeras en la otra. Con la calculadora pondera sus intereses personales. En cuanto siente dependencia afectiva y real que coarte su autosuficiencia, sus planteamientos de futuro y sus decisiones, es decir en cuanto ve experimenta algún tipo de dependencia que no le interesa, con las tijeras corta.

Arropado por todo el progresismo eclesial, Turull piensa bastarse a sí mismo, se considera suficientemente sensato y libre para acometer el camino de sus ambiciones. Sabe lo que quiere y no necesita a nadie que le tutele. .

Ya podemos buscar otra lógica. No la encontraremos. La lógica de la compasión y de la decencia se rompe ante el muro de las obsesiones de las que Turull es prisionero.

Prudentius de Barcino

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