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9.02.10
Leo en InfoCatólica y otros medios que José Luis Mazón y la Asociación Preeminencia del Derecho piden la demolición del Sagrado Corazón que hay en Monteagudo, en Murcia. No me extraña, la verdad, que lo pidan, porque opiniones hay siempre para todos los gustos. Algunas claramente absurdas y disparatadas. Por otro lado, si el mismo Cristo fue azotado, burlado, coronado de espinas y crucificado, no puede sorprendernos que una estatua suya despierte enemistades.
En cambio, me han resultado muy curiosas las razones que se dan para apoyar esta petición. Dichas razones pueden resumirse en estas tres:
- El Sagrado Corazón atenta contra la aconfesionalidad del Estado, al ser un símbolo religioso en un espacio público.
- La estatua “profana el castillo hispano-musulmán del último rey islámico” de Murcia.
- Se trata de una reliquia del Franquismo.
Empecemos a analizarlas por el final. Es muy posible que, para algunas mentalidades, el hecho de que algo haya sido construido en tiempos de Franco sea razón suficiente para destruirlo. Sin embargo, un mínimo sentido de la justicia nos obligaría a hacer lo mismo con otras construcciones del franquismo. Supongo que los autores de la petición estarían encantados, por ejemplo, de demoler el Valle de los Caídos. Claro que, siguiendo en la misma línea, también deberíamos destruir la inmensa mayoría de los embalses de España, una gran parte de las casas de nuestras ciudades, buena parte de nuestros edificios públicos, el Santiago Bernabeu, el Vicente Calderón, el Camp Nou y la mayoría de los estadios de fútbol españoles, la mitad de nuestras carreteras… No sé, pero me da la impresión de que no se trata de una buena razón.
La razón de la “profanación” es tan graciosa que daría para un chiste. Ya resulta curioso el uso de una palabra religiosa como es profanar, es decir usar indebidamente algo sagrado, vejarlo o destruirlo, es decir, exactamente lo que quieren hacer estos señores. Pero lo más gracioso es que, para no “profanar” las ruinas de un castillo musulmán de hace cinco siglos, propongan destruir una imagen religiosa de los católicos actuales de España. Es decir, se quiere acabar con algo que una gran parte de los españoles consideran sagrado, para defender algo que nadie considera sagrado en lo más mínimo y que, por cierto, no necesita defensa alguna en este sentido. ¿A qué oscuro cerebro se le puede ocurrir algo así? Es difícil saber si el último emir de Murcia, Muhammad ibn Hûd Biha al-Dawla, dondequiera que esté, se sentirá satisfecho por expulsar de las ruinas de su castillo esta estatua del Sagrado Corazón, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que muchísimos murcianos y españoles de otras regiones se sentirían profundamente heridos si algo así sucediese.
La última razón que nos queda por analizar utiliza un lenguaje más aséptico y puede parecer más sensata, pero, en realidad, es más de lo mismo. Afirman los promotores de la destrucción del Cristo de Monteagudo que esta imagen atenta contra la aconfesionalidad del Estado. Se intenta aprovechar, además, la inicua sentencia del Tribunal de Derechos Humanos contra los crucifijos en las escuelas públicas.
Bien, es cierto que en la Constitución se establece la aconfesionalidad del Estado (por cierto, algo muy diferente del laicismo que promueven estos señores, pero dejémoslo estar). Ahora bien, si no recuerdo mal, la Constitución, en su primer artículo, afirma que “la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”. Por lo tanto, por las mismas razones del Señor Manzón, habría que destruir con saña cualquier resto de las Repúblicas que ha habido en España. Por ejemplo, los monumentos a Prieto, Largo Caballero de Madrid, el de Salmerón en Almería o el de Pi i Margall en Barcelona. Y con mucha más razón, ya que el Estado no es neutral o aconfesional en cuanto al republicanismo o monarquía, sino que defiende esta última.
Y la Constitución establece también que el territorio español se limita a parte de la Península, las Islas Canarias, las Baleares, Ceuta y Melilla. Por lo tanto, habría que dinamitar el monumento de la Plaza de Cascorro a Eloy Gonzalo, el héroe de la guerra de Cuba, ya que la Constitución dice muy claramente que Cuba no pertenece a España. Y tirar abajo los monumentos a Colón de Madrid, Barcelona o Sevilla. Lo mismo podríamos hacer con El Escorial o el Alcázar de Segovia, construidos por dinastías que no son la borbónica reconocida en la Constitución. Y, curiosamente, también tendríamos que destruir cualquier huella del castillo islámico que estos Señores dicen querer defender, ya que es un símbolo, como ellos mismos dicen, de un tiempo en que Murcia fue un reino independiente, lo cual es radicalmente contrario a la unidad de la nación española que defiende la Constitución. Lo mismo podríamos decir de prácticamente todo aquello que en España tenga más de cuarenta años, incluidos varios millones de sus habitantes.
En fin, no vamos a seguir, porque ya se ve que lo que piden estos señores es un despropósito. A mi entender, puesto que las razones dadas para quitar el Sagrado Corazón son peregrinas y evidentemente falsas, sólo queda una explicación razonable para la petición y para la saña con la que se realiza: el odio al cristianismo.
No me interpreten mal. Esos señores tienen todo el derecho del mundo a odiar el cristianismo. Dios no nos obliga a amarle, aunque con ello sólo nos hagamos daño a nosotros mismos. Eso sí, creo que conviene tener la decencia de decir la verdad. Si se pide demoler el Sagrado Corazón que vela por Murcia porque se odia a Cristo, a la Iglesia y a todo lo que tiene que ver con la fe, conviene afirmarlo con claridad. Así todos sabremos a que atenernos.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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