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8.02.10
Se han usado tanto las frases “España es tierra de misión” o “Europa es tierra de misión” que ya no escandalizan ni sorprenden como lo hacían al principio. Vamos aceptando que la católica España y la cristiana Europa ya no lo son realmente. La sociedad española hace tiempo que dejó de ser católica en cuanto a la forma de ver la vida, la moral, la educación o el mundo, aunque mantenga aún un catolicismo nominal mayoritario. Esto, desgraciadamente, ya no es noticia, aunque haya quien aún no se haya dado cuenta de la necesidad de evangelizar de nuevo Europa.
En cambio, lo que sí que debería ser motivo de escándalo, vergüenza y conversión para nosotros es el hecho de que muchas de nuestras mismas iglesias sean hoy tierra de misión. En ellas no se proclama a Jesucristo. Es decir, aunque se usa mucho su nombre, no se proclama al Jesucristo real del Evangelio y del resto de la Escritura, de la enseñanza de la Iglesia y de la vida de los santos. De quien se habla es de un “Jesús” inventado, políticamente correcto, blandito a más no poder, cuya función principal es decir que nuestros pecados no tienen importancia porque sólo son graves los pecados de los demás, ya sean los ricos, los políticos o los norteamericanos.
Por lo que he leído últimamente de algunos sacerdotes vascos de lugares muy relevantes, como el rector del santuario de Nuestra Señora de Begoña o un franciscano del santuario de Nuestra Señora de Aránzazu, y por la normalidad con que se reciben sus declaraciones por allá, creo que es evidente que bastantes iglesias del País Vasco deben de estar en esa situación (y mucho me temo que esto tampoco es desconocido en el resto de España).
El rector del Santuario de Begoña, Jesús Garitaonandia, afirmó el otro día que no hay que condenar el aborto ni el divorcio y que él da la comunión a gente que aborta o se divorcia, que las ONG son las continuadoras del trabajo de Jesús, que ante un terremoto hay que “dejarse de espiritualidades”, que la verdadera Iglesia es la de la teología de la liberación y que se avergüenza de nuestros obispos cuando enseñan la doctrina de la Iglesia. En fin, era difícil decir más tonterías en menos espacio. Y, si algún lector se escandaliza porque hablo de que este sacerdote dice tonterías, recuerde que, como ya sabía de pequeña Sta. Teresita, es mejor ser tonto que malvado, que es la otra opción que queda para explicar estas declaraciones.
Por su parte, el P. Arregui, franciscano del Santuario de Aránzazu, ha escrito públicamente durante años, afirmando la bondad de la homosexualidad, la posibilidad de que Jesús hubiera sido homosexual, que no sabemos seguro si Jesús fue célibe y, en cualquier caso, no recomendó el celibato, que no era Dios, que la fe no tiene que ver con hechos históricos, que no existen los ángeles, la escasa importancia del aborto, que la resurrección de Cristo fue simplemente recordar lo buena que había sido su vida, que lo que no consuela no es Evangelio, que es imposible condenarse porque todos vamos al cielo y un larguísimo etcétera.
Creo que hay que aceptar que esos santuarios y, probablemente, otros muchos, son tierra de misión. Y hay que aceptarlo con todas las consecuencias. Es decir, debemos evangelizar también en las iglesias, debemos ir a hablar de Cristo donde sólo se habla de las tonterías de moda, de política, de nacionalismo o de ideologías muertas que no pueden salvar.
¿Que estos sacerdotes confusos y desorientados apelan al Evangelio? Pues habrá que darles Evangelio. Quizá sus propios fieles, tras corregir sin resultado a estos sacerdotes, tengan que considerarlos como infieles y publicanos, negándose a participar en liturgias paganas disfrazadas de cristianas y deban salir de esas iglesias para no escuchar homilías en las que el sacerdote se predica a sí mismo. Puede que los blogs, revistas y periódicos católicos tengan que anunciar, a tiempo y a destiempo, que la Iglesia está fundada sobre la roca de Pedro y no sobre las ideologías de moda. O deban recordar que Cristo mismo prohibió el divorcio con terrible dureza, diciendo que quien mira a una mujer casada deseándola ya ha pecado con ella en su corazón, que habló del demonio, del día del juicio, de los ángeles, de su propia divinidad y de la aterradora posibilidad de condenarse.
Por supuesto, esa evangelización debe realizarla la Iglesia entera, encabezada por sus pastores, que son los principales encargados de velar por la enseñanza de la fe en sus diócesis. Y quizá su obispo deberá presentarse ante esos santuarios, calzado con sandalias, apoyado en su báculo y llevando en su dedo el anillo de sucesor de los que fueron nombrados Pescadores de Hombres. Quizá, después de desear la paz a esos sacerdotes, deba anunciarles públicamente ante todo el pueblo la fe de la Iglesia en Jesucristo. Y, si no aceptan esa fe, tendrá que sacudirse las sandalias y recordarles que el día del Juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para el santuario de Begoña y de Aránzazu. Y si, por cualquier razón legal, la Iglesia no puede recuperar para la fe esos santuarios, con todo el dolor de nuestros corazones tendremos que abandonarlos, porque más nos vale entrar sin Begoña y Aránzazu en el Reino de los Cielos que ir a parar, con todas nuestras iglesias, a la gehenna del fuego eterno.
O puede que el obispo tenga que hacer un látigo con unas cuerdas, entrar en las sacristías de esos santuarios y echar de allí a todos los que han convertido la casa del Padre en una cueva de ladrones que viven a costa de la Iglesia mientras odian su fe y su enseñanza. Y mostrarles que actúan como padres indignos que, cuando sus hijos les piden pan, les dan piedras. Y anunciarles, como un verdadero profeta, que por haber escandalizado a los pequeños que creen en Cristo, más les valdría que les atasen una piedra de molino al cuello y les tirasen al mar, porque se han convertido en guías ciegos que extravían al pueblo, en sepulcros blanqueados cuyo hedor se ha hecho insoportable, en nidos de víboras que sólo albergan la muerte.
En cambio, si al anunciarles el Evangelio lo aceptan con alegría, grande será el gozo de los ángeles en el cielo y el obispo podrá abrazar a esos sacerdotes y catequistas, poner en su dedo el anillo de una consagración a Dios renovada y recuperada y en sus pies las sandalias de una nueva misión evangelizadora. Y todos los cristianos bendeciremos a Dios porque otros pecadores como nosotros, han encontrado, como nosotros, la misericordia y el perdón de Dios. Y después, contento por la vuelta de estos hijos a la Iglesia, el obispo celebrará con ellos y con todos los fieles el Banquete de fiesta en el que se ofrece al Padre el Cordero inmolado, a quien sea el poder y la gloria por los siglos de los siglos.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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