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29.12.09
Religión en Libertad inició hace tiempo una meritoria campaña para pedir al Rey que no firmase la futura Ley del Aborto, que convierte esta barbarie sangrienta en un derecho. Como es lógico, no podría estar más de acuerdo en que el Rey, como monarca, como cristiano y como ser humano, no debe firmar esta Ley inicua y repugnante (más aún, si cabe, que la que actualmente está en vigor).
Temo, sin embargo, que los cristianos caigamos en la tentación de entender de forma equivocada y simplista la cuestión y dejemos que otros elijan el campo de juego de la misma. Me refiero con esto a un error que creo que está muy extendido y que se refleja incluso en la encuesta que publica la propia Religión en Libertad sobre el tema, formada por una única pregunta con dos posibles respuestas:
¿Cree que el Rey debe firmar la Ley del Aborto?
—- Sí, es su obligación constitucional y tiene que respetar lo que digan las Cortes.
—- No, porque si no firma, la ley no entra en vigor: él es ya el único que puede evitarlo.
La pregunta, así planteada y con esas dos posibles respuestas, constituye un dilema engañoso. Ante todo, porque las dos respuestas son falsas.
La primera opción ofrecida es risible a poco que se reflexione sobre el tema, aunque he observado que hay católicos que se han dejado engañar por ella. En efecto, confunde dos conceptos totalmente diferentes, como son la responsabilidad legal y la responsabilidad moral. La obligación legal de hacer algo nunca ha eximido a nadie de la responsabilidad moral de su actuación, que es la que nos interesa como cristianos.
Pongamos un ejemplo evidente. Cuando, en los siglos I - III, los diversos emperadores romanos desataron terribles persecuciones, la ley estaba de su parte. Es decir, los cristianos tenían la obligación legal de realizar sacrificios a los ídolos. ¿Qué sucedió? Algunos, con valentía y con la gracia de Dios, se negaron a hacerlo y dieron su vida como mártires por Cristo. Otros se atemorizaron y renegaron de su fe para salvar la piel, en muchos casos arrepintiéndose después de haber actuado así. Sin embargo, ni a los mártires ni a los apóstatas se les ocurrió afirmar que, porque la ley obligaba a sacrificar a los ídolos, quien lo hiciera no tenía ninguna responsabilidad.
También la ley exime de responsabilidad por su participación en los abortos a los médicos abortistas o a las personas que colaboran con ellos y, sin embargo, sabemos que su colaboración es gravísima y está penada eclesialmente con la excomunión latae sententiae. Como ya dijo San Pedro a los que querían obligar a los Apóstoles a traicionar su fe, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. No debemos dejar que el lenguaje jurídico nos distraiga de lo que es, ante todo, una cuestión moral.
La segunda opción, que es claramente la que promueve de forma bienintencionada Religión en Libertad, tampoco es correcta. ¿Por qué? Porque centra la cuestión en los resultados esperados, los cuales son, como mínimo, muy dudosos. Afirma que el Rey es el único que puede evitar la entrada en vigor de la Ley y que, si él no la firma, no entrará en vigor. El problema de estas afirmaciones es que no son en absoluto algo seguro. Si el Rey no firma la Ley, es muy posible que se prescinda simplemente de su firma o que se le obligue a abdicar y se nombre en su lugar a su hijo o que se reforme la Constitución para hacer innecesaria su firma o incluso para crear una república… o cien otros resultados posibles.
Es decir, la discusión se traslada de una cuestión moral precisa a una cuestión política incierta y opinable. Con ello se confunde el problema, al centrarlo únicamente en sus supuestos resultados y se olvida un principio moral esencial: la moralidad de una acción depende de la calificación moral de sus fines y sus medios. Una moral de resultados es una moral indefensa ante la “razón de Estado”, que acepta cualquier mal siempre que el resultado final vaya a ser bueno para una nación. O, como sucede en este caso, está abierta a la objeción de que la previsible ausencia de resultados significativos hace que la acción en sí sea irrelevante, a pesar de ser moralmente inaceptable.
La verdadera respuesta de este aparente dilema es mucho más sencilla. El Rey no puede firmar la Ley porque, al hacerlo, estaría colaborando con un mal gravísimo, de forma directa y premeditada. Y los cristianos sabemos que, antes de cometer un pecado mortal, es preferible perder trabajo, dineros, reputación y hasta la vida, si llega el caso. Da igual que su firma sirva de algo o no y da igual lo que diga la Constitución: firmar le coloca de lleno en el bando de las tinieblas, de la muerte y de la maldad.
Además, por razón de su cargo, cualquiera de sus actos tiene una visibilidad y una influencia que agravan aún más el escándalo y el mal ejemplo causados. Es cierto que los reyes actuales carecen de verdadera Potestas, como indica la falta de contenidos y verdaderos efectos sustanciales de sus actuaciones, incluida la firma de una ley. Sin embargo, por ser Reyes tienen una Auctoritas, una autoridad moral singular, que confiere una gravedad especial a todos sus actos. A quien mucho se le concedió, mucho se le pedirá.
Por otra parte, la autoridad, como explica San Pablo, viene de Dios y, por lo tanto, ser Rey no es sólo un trabajo, sino una verdadera vocación, una misión dada por Dios. Y una parte fundamental de la misión de un Rey consiste en defender a los indefensos. Como dijeron San Isidoro y los primeros concilios españoles y recordaba el otro día Embajador en el Infierno: “Rex eris si recte facies, si non facies, non eris”. Es decir, serás Rey si actúas con justicia y, si no lo haces, no serás Rey. Un monarca que abandona a las más indefensas de las personas que le han sido encomendadas, no es un Rey, sino un tirano de la peor especie, que pierde cualquier derecho a la lealtad de sus súbditos.
En resumen, si Su Majestad firma esta Ley que transforma el aborto en un derecho, estará, de hecho, traicionando su misión de Rey, convirtiéndose en un tirano, escandalizando a todos los españoles y guiándolos por un camino que va hacia la muerte, como un ciego que guía a otros ciegos. Y, si tiene la intención de defenderse en el Juicio Final con un ejemplar de la Constitución o con la excusa de que negarse a firmar no iba a servir de nada, me temo que ya puede ir comprando ropa interior de amianto. Recemos por él, como es nuestra obligación, para que el Espíritu Santo le ilumine y le dé fuerzas para ser un verdadero Rey.
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con dos hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
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desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
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