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31.01.12
He estado unos pocos días fuera de San José disfrutando de la invitación que me hizo mi hermana para pasar con ella la fecha de su cumpleaños en un hotelito en la región del Pacífico Central.
Quepos es el nombre del poblado que visitamos en cuyo distrito y tan solo a siete kilómetros de distancia se encuentra el Parque Nacional Manuel Antonio al que la Revista Forbes en 2011 ha colocado en su lista de los 12 parques más hermosos del mundo.
Nos aventuramos a conducir a más de 150 kilómetros a lo largo de la costa porque también teníamos la imperiosa necesidad de conocer esta región del país de la que tanto se habla dentro y fuera de nuestra tierra.
De camino reíamos al recordar comparándonos con nuestros primos quienes en Nueva York no llegaron a conocer la estatua de la Libertad sino hasta poco antes de sus veinticinco años.
Pues bien, así como a nuestros parientes en NYC a este par de hermanitas ticas no las decepcionó su famoso parque ni el pequeño Quepos.
Tengo esta cosa curiosa que me sucede en relación a viajar. Amo viajar, cerca o lejos, pero no lo he podido hacer, por uno u otro motivo, con la frecuencia que hubiera querido. El caso es que, ante cualquier oportunidad en la que verdaderamente todo se confabula para que lo haga, salgo de paseo.
Esta ha sido uno de esas ocasiones y creo que lo será la peregrinación a Cuba por lo de la Visita del Santo Padre en marzo del 2012, aunque –por el momento- el cielo sigue teniendo la última palabra.
En relación a Cuba y, de rebote, en relación a Quepos, me doy cuenta que mi interés por Cuba no tomaría la intensidad que ha tomado de no ser porque ahí estará el Santo Padre, pero tampoco, que a Quepos lo hubiese disfrutado tanto si allí no me hubiera encontrado en Jesús con mis hermanos en la santa misa y, de paso, recordar a qué Madre pertenezco.
Han de saber que “Manuel Antonio” no es solo conocido por la exhuberancia de su vegetación y vida silvestre sino por ser visitado con regularidad y desde todas partes del mundo por toda clase de turistas pero particularmente por personas homosexuales que han hecho de esa playa lugar de destino así como por nudistas quienes buscan pequeñas playas privadas para disfrutar a su gusto.
En pocos lugares de mi tierra, y quizá del mundo, podrían hallarse conviviendo estilos de vida tan contrastantes, por lo que, me ha gustado mucho que, tanto el párroco como los fieles pero también los lugareños, me hicieran caer en la cuenta de cuán hermoso es el mundo aún cuando los cristianos, inmersos en una realidad que los desafía constantemente, hacen de sus vidas y con la mayor soltura, un lugar de acogida pero, sobre todo, de Esperanza.
Una realidad impregnada de fe fue lo que encontré en Quepos y, de seguro, hallaré en Cuba.
Ansiosa estoy por comprobarlo.
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Vivo en un lugar encantador en las faldas de una cordillera en el Valle Central de San José de Costa Rica a 1300mts sobre el nivel del mar.
Junto a mi hermano, me dedico a la agricultura en hidroponía a mediana escala. Dediqué buena parte de mi existencia a mi profesión:
las Artes Gráficas. Enriquecí mi vida de fe en la Escuela de Ciencias Teológicas de la Universidad Católica de Costa Rica.
Desde hace algún tiempo –mis conocimientos y destrezas– están al servicio de Cristo, de su Iglesia y de su Vicario,
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«En el modo que tenemos de vivir las circunstancias, decimos ante todos, quién es Cristo para nosotros». L. Giussani
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