8.04.17

Satanás, el Anticristo y el Gran Impostor.

 

Los católicos sabemos que hay un fin de la historia temporal o terreno que coincide con la apostasía general de los últimos tiempos y que ya había sido revelada en las Sagradas Escrituras. Se trata del fin del reino del Anticristo. Porque existen dos historias, una historia de la vida que conduce a la plenitud del ser y otra de la muerte que arrastra al abismo. El asunto central es que hay un punto culminante del mal que tiene su plenitud en los niveles más altos de iniquidad. Mientras el bien tiene su plenitud en la Encarnación del Verbo, el mal tiene su punto máximo. Este mal sigue un camino opuesto al de la caridad. Y es que, así como la caridad puede crecer o decrecer en esta vida, la iniquidad también puede crecer o decrecer. Pero no olvidemos que esa historia de la iniquidad tiene un punto máximo que coincide con el último embate del mal contra el bien. El amor egoísta de sí mismo contra el amor de Dios. Se trata nada más y nada menos que del Anticristo contra Cristo.

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29.03.17

El fin de los tiempos históricos.

En su obra: “La ciudad de Dios”, San Agustín nos enseña que tanto la ciudad de Dios como la ciudad de los hombres, tienen fines opuestos. Mientras la ciudad de Dios tiene como fin la paz eterna, la ciudad de los hombres tiene como fin la destrucción. Porque en la medida en que la ciudad terrena busca el fin en sí misma, no puede sostenerse en algo que sea permanente. El error de la ciudad del mundo radica en colocar en el lugar de lo absoluto y de lo inmutable, lo relativo y mudable que conduce a la nada. De modo que mientras la ciudad de Dios se encamina a la paz que trasciende esta vida, la ciudad del mundo tiene su fin aquí. Los ciudadanos de la ciudad de Dios están en el mundo sin ser del mundo. Están en la ciudad temporal, pero sin ser de la ciudad temporal. Por eso para los ciudadanos de la ciudad de Dios, es muy importante reflexionar sobre el tiempo.

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17.03.17

Los malos cristianos y la Ciudad de Dios de San Agustín

En su libro titulado “La Ciudad de Dios”, San Agustín nos alerta del hecho de que hay ciudadanos que son de la ciudad del mundo que se encuentran infiltrados dentro de la Iglesia. Se trata de cristianos falsos que atacan el misterio de la Encarnación. Un misterio de iniquidad que lucha por la destrucción del orden de la gracia y que se ejerce con muchísimo poder dentro de la Iglesia. Como un abismo de tinieblas que lucha en el interior de cada hombre concreto.

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10.03.17

Antagonismo entre las dos ciudades de San Agustín

San Agustín nos presenta dos ciudades: la ciudad del mundo que busca el amor de sí y la ciudad de Dios que busca el amor de Dios. Estas dos ciudades producen una tensión que corresponde a los dos amores antagónicos. Por una parte, el amor santo que tiende a la comunión en Dios, que es émulo de Dios, que es tranquilo, pacífico… Y por otra parte el otro amor inmundo individual que busca el bien a partir de la dominación, que es violento, sedicioso… De suerte que al convivir los dos se genera una tensión en el mundo. Por eso dice San Agustín: “de aquí procedieron dos ciudades entre sí diferentes y contrarias, porque unos vivían según la carne y otros según el espíritu”.[1] Los que viven según la carne han sido producidos por la naturaleza corrompida por el pecado, mientras los ciudadanos de la ciudad celeste han sido engendrados por la gracia que libera a la naturaleza del pecado.[2] La lucha entre Caín y Abel pone de manifiesto esa enemistad entre las dos ciudades que son: la de Dios y la de los hombres.[3]

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3.03.17

Los dos pueblos de las dos ciudades de San Agustín.

San Agustín, siguiendo a San Pablo nos enseña que, así como Cristo es la cabeza de la Ciudad de Dios y el demonio es cabeza de la ciudad terrena, del mismo modo hay dos pueblos: el de los hombres que ponen su fin en la tierra esperando todo de ella, y el de los hombres que todo lo esperan del espíritu. Los que tienen su corazón en la tierra y los que lo tienen en las cosas del cielo.

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