El conocimiento humano en el cristianismo frente al helenismo y al modernismo.

Todo pensador cristiano es realista porque el realismo es una exigencia del objeto de su conocimiento. De hecho, frente al mundo de las Ideas platónico en el cual la naturaleza de las cosas materiales no podía ser objeto de ciencia sino sólo de opinión, el cristianismo se enfrenta a la realidad de que el sensualismo es insostenible, porque si lo real se reduce a la apariencia sensible, como la apariencia es contradictoria respecto a sí misma, no podría haber certeza.

En efecto, todo lo sensible no deja de cambiar y lo que cambia se nos escapa para ser percibido. Como en el orden sensible no se encuentra nada necesario e inmutable, resulta un problema encontrar en ello la verdad que es necesaria e inmutable. Por eso la filosofía cristiana empezó promoviendo que la iluminación divina ofrece al intelecto el objeto de la ciencia que la realidad sensible no le puede ofrecer. Sin embargo, es Santo Tomás quien vio claro que el lugar de la verdad es la mente, puesto la verdad es la adecuación entre la cosa y el intelecto, ésta está primordialmente en el juicio. El intelecto humano se adecua a la cosa y en su juicio se establece la adecuación. Y esa adecuación es real y las cosas a las que se adecua el intelecto humano se adecuan al intelecto de Dios. Pero aquí hay algo que Santo Tomás considera muy importante que aclarar: la verdad que está en el juicio y que es la adecuación del intelecto humano a la cosa es posible, porque el intelecto se transformó en el ser de la cosa. Si bien es cierto que los juicios no están en las cosas y por eso no son infalibles, los contenidos de nuestros conceptos sí están en las cosas y los conceptos representan infaliblemente lo real aprehendido. Esto sucede porque el intelecto se transforma en la cosa y esa transformación es el concepto. El concepto es la transformación que sufre el intelecto en la cosa y que es sobre el que se rige el juicio. De modo que: La adecuación entre la cosa y el intelecto humano que sucede en el juicio presupone la adecuación entre el concepto y la cosa. Pero el concepto es la transformación real del intelecto en el objeto que le informa. De aquí que, para Santo Tomás, el término verdad tenga tres sentidos[1]:

1. En un primer sentido verdadero designa la condición fundamental sin la cual ninguna verdad sería posible, y eso es el ser. Sin ser no hay verdad y por eso en un primer sentido verdadero es lo que es.

2. De lo anterior se sigue el segundo sentido que consiste en que lo verdadero es la adecuación del ser al intelecto.

3. Por último, el tercer sentido que es la verdad lógica del juicio que es la declaración de la conformidad entre el intelecto y el ser.

Por eso, en el realismo de Santo Tomás el conocimiento surge como un efecto de la verdad, fundado en una relación real. La verdad lógica se halla primordialmente en el intelecto humano, pero, también está de alguna manera en las cosas, aunque sólo se encuentre en ellas en relación a un intelecto que es primordialmente el intelecto divino. Gracias a la doctrina cristiana de la creación, Santo Tomás concluye que la verdad del intelecto divino subsiste aun cuando la verdad relativa de las cosas desaparezca con ellas y desaparezca con el intelecto humano que la percibe. Santo Tomás reconoce que existe un orden en la verdad de las cosas contingentes, y este orden consiste en que las cosas contingentes poseen una esencia tan estable como la del ser que las posee.[2] Por eso la verdad pertenece a las cosas sensibles y a la percepción que las conoce. Incluso lo sensible como forma de conocimiento es verdad porque, aunque la verdad no se encuentra explícitamente en lo sensible, sí encuentra en su fundamento en lo sensible. El sentido no conoce la verdad, pero lo que conoce es verdad.[3] Para Santo Tomás, el conocimiento sensible es la ocasión del conocimiento intelectual. Existe una certeza empírica fundada en un razonamiento experimental. Se trata la inducción de las leyes a partir de los datos que nos proporciona la experiencia. Santo Tomás es consciente de que estas leyes que provienen de la experiencia no gozan de una necesidad absoluta porque proceden de la experiencia y la experimentación de cierto número de casos y no de todos los casos. Sin embargo, sabe que esas leyes se conocen con certeza y no son susceptibles de error debido a que su estabilidad y necesidad se funda en la estabilidad y en la necesidad de las naturalezas o esencias. Todo aquello que la experiencia nos muestra que sucede con regularidad, producido como efecto de causas naturales, es necesario. Es por eso que la ciencia experimental goza de un carácter necesario.

Definitivamente la herencia realista que los griegos dejaron al cristianismo es de un gran valor. Gracias a los griegos y sobre todo a Aristóteles, los cristianos encontraron una ciencia de este mundo. La diferencia estriba en que la ciencia cristiana se apoya en el reino de Dios para elevarse a Él. El mundo a imagen del creador. Del ser de las cosas el cristiano deduce el Ser de Dios. Lo que Dios nos revela, lo confirma la creación. En esto se diferencia también el cristianismo del luteranismo, que ve la creación como algo totalmente corrompido por el pecado y por lo mismo no ve por qué buscar a Dios en la creación. Por eso el pensamiento protestante no es el realismo filosófico sino el idealismo, porque al protestante le basta experimentar a Dios en su alma. A diferencia del protestante, el católico, aunque reconoce que la naturaleza está caída, lucha contra el pecado con la conciencia clara de que requiere la gracia. Además, ve el mundo no como algo totalmente corrompido sino como algo hecho para que el hombre lo ayude a llegar a Dios.

El cristiano es consciente de que Dios creo el universo que puede ser conocido por el hombre, pero no creado por el hombre porque ha sido creado por Dios.[4] El giro copernicano moderno fue al antropocentrismo radical. Para el pensamiento moderno todo gira alrededor del pensamiento humano y todo toma sus leyes del pensamiento humano. Todo se reduce a las leyes del espíritu humano. Pero Dios ha enseñado al cristiano que el mundo es obra de Él y no del hombre, y por eso sabe que el fin del hombre no es el mundo sino Dios. El pensamiento moderno que se coloca como condición del ser, queda atrapado en sí mismo e incapaz de satisfacer su sed de infinito. En contrapartida, el cristiano reconoce la capacidad de su inteligencia de conocer los entes creados por Dios y de ese modo contribuye con Dios a que todo llegue hacia Él, a la vez que todo lo creado por Dios le sirve para encaminarse hacia Dios como fin de todas sus expectativas.

 



[1] Cfr. Aquino, Tomás de. Quaest. Disp. de Veritate, q.1, a.1 y 2.

[2] Nulla res est suum ese, et tamen ese rei quaedam res creata est; et eodem modo veritas rei aliquid creatum est. Aquino, Tomás de. Q. D. de Veritate. I, 4, ad 3 y 4.

[3] Veritas est in sensu sicut consequens actum ejus; dum scilicet judicum sensus est de re, secundum quiod est. Aquino, Tomás de, Q.D. de Veritate, I, 9, Resp.

[4] “Scientia Dei aliter comparatur ad res quam scientia nostra; comparatur enim ad eas sicut et causa et mesura. Tales enim res sunt secundum veritatem, quales Deus sua scientia eas ordinavit. Ipsae autem res sunt causa et mesura scientiae nostrae. Unde sicut et scientia nostra referetur ad res realiter, et non e contrario, ita res referuntur realiter ad scientiam Dei, e non e contrario.” Aquino, Tomás de, Q.D. de Potentia, VII, 10, ad.5.

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