Concepción cristiana del mal frente al helenismo y al protestantismo.

Dentro de todos los sistemas del mundo antiguo y moderno, sólo el cristianismo valora a la materia en cuanto creada por Dios. Por eso el cristianismo supera la visión griega y plotiniana, a la vez que supera todas las visiones modernas y contemporáneas de la naturaleza y de mal. Porque lo que añade el concepto de creación a la materia como principio de posibilidad y de indeterminación, en cuanto creada por Dios, es un elemento que la redime de cualquier visión pesimista. Tener la capacidad real de ser, es algo bueno que no puede compararse con el vacío del mal.

La visión cristiana conlleva un realismo optimista y esperanzador. Prueba de esto es que Santo Tomás de Aquino afirma que más vale ser sabio que poder serlo, pero añade que ya es una cualidad muy buena poder llegar a serlo.[1] En el cristianismo la materia es buena porque es obra de Dios.[2] Todo lo que es, en cuanto creado por Dios, tiene una bondad intrínseca y con esto el cristianismo coloca el mal en su verdadero lugar ontológico como algo negativo, accidental y que justo por no ser nada positivo ni sustancial, abre la esperanza a ser eliminado.

El cristianismo nos enseña que entre las cosas buenas unas son mejores que otras; que hay cosas más buenas y menos buenas. Pero simplemente por ser creadas ex nihilo, es decir, de la nada, las cosas son y son buenas porque son creadas, aunque su mutabilidad está inscrita en su esencia porque son creadas de la nada. El hecho de ser creadas, las hace mutables. Todo cuanto es creado, dura y guarda en sí una contingencia esencial que le pone en peligro de volver a la nada si Dios no le mantiene en el ser. Todo lo creado conserva una aptitud intrínseca para no ser. Sin embargo, la visión cristiana no es la de Plotino para quien la materia es mala, ni la de Aristóteles para quien la materia introduce en el mundo el desorden y la contingencia. El cristianismo ayuda a los filósofos a dar un salto a la Metafísica haciendo pasar del plano de la cualidad al plano del ser. El cambio se da porque hay entes y con esto da preeminencia al ser.

En el cristianismo el cuerpo no es malo porque no es el cuerpo el que ha hecho pecar al espíritu, sino el espíritu el que ha matado al cuerpo. Al demostrar que la composición que distingue a Dios de las creaturas no es la de materia y forma sino la de esencia y acto de ser, el cristianismo ayuda a la Filosofía a alcanzar un nivel de profundidad y de claridad mucho mayor. El mal como privación de un bien que debiera ser no puede darse sino en relación al bien al cual le hace falta su propia perfección. Es así como el bien es sujeto del mal, de modo que el mal no puede subsistir ni conocerse sino en relación al ser del bien.[3]

Con estos elementos el cristianismo nos señala el verdadero lugar del mal, incluso en su sentido más crítico, que es el del mal moral. Porque dentro del orden del universo, los entes dotados de inteligencia son capaces de conocer por medio de la consciencia su destino, sus privaciones y sus corrupciones, y en general su miseria, pero también son capaces de conocer y ser conscientes de la beatitud que pueden alcanzar. Por eso el hombre, dentro de la creación es un gran bien, porque es capaz de vivir en sociedad con Dios unido por una inteligencia y una voluntad. Es capaz de los más altos bienes porque es libre y por su libertad es capaz del más grande de los bienes, aunque también por esa libertad sea capaz de perderlo. De hecho, el hombre ha hecho mal uso de su libertad abandonando el mayor bien sustituyéndolo por algo que sólo era bueno.

Habiendo sido creado para Dios, el hombre se prefirió a sí mismo y con eso introdujo el mal moral en el mundo. Un mal que ya había sido introducido por el ángel. El cristianismo nos enseña que el mal moral no es simplemente faltar a la racionalidad de la naturaleza humana como sucede en la Ética de Aristóteles, tampoco se trata de comprometer el destino por una falta como lo propuso Platón. El cristianismo nos muestra cómo la libertad mal usada introdujo el desorden en el orden divino y produjo el terrible espectáculo de un ser que se ha rebelado contra el Ser. El hombre en el uso de su voluntad libre puso en juego la relación fundamental de dependencia que une a la creatura con el Creador. La esencia de la falta fue no reconocer la dependencia radical de la creatura a Dios. Proclamar que el hombre es mejor que Dios. Por eso siempre que el hombre peca, se prefiere a Dios y se separa de Dios privándose del único fin en el que puede encontrar su realización plena. Rechazando a Dios, el hombre se condena a la miseria de modo que con la visión cristiana se puede ver con claridad que todo mal acaba siendo pecado o consecuencia del pecado.[4]

Con su mala elección, el hombre desordenó el cuerpo, lo sacó del orden y del equilibrio propio de su ser físico, introduciendo la descomposición del mismo. El optimismo cristiano es realista porque reconoce que el mal es un hecho que no puede negarse. Pero la solución cristiana del mal es clara porque Dios creó creaturas como participaciones de su beatitud, a la vez que quiso que esa beatitud fuera de ellos. Y para que realmente fuera de ellos los hizo de modo que quisieran esa beatitud de modo que para quererla debían poder rechazarla, porque de lo contrario estarían determinados a ella. Dios creó el universo y los seres espirituales para que participaran de su vida divina en el vínculo de una sociedad verdadera. Los seres espirituales como el hombre y los ángeles, no son seres necesariamente orientados a pecar, pero si con la posibilidad de pecar en cuanto su naturaleza es creada y por lo mismo mutable. La capacidad de beatitud sin posibilidad de pecado es exclusiva de un Bien Absoluto como lo es Dios. Por eso más allá de los alcances de la razón y de la Filosofía, los seres espirituales que no son Dios deben ser confirmados en la gracia. El cristianismo reconoce que es un bien muy grande haber creado seres que con el hecho de querer la beatitud puedan escapar a la miseria y alcanzarla.[5]Y también reconoce que el mal viene de una voluntad que no ha sido creada mala ni indiferente tanto al bien como al mal. La voluntad ha sido creada buena y le bastaba continuar siendo buena sin esfuerzo para alcanzar la beatitud perfecta. Pero la contingencia metafísica del ser una naturaleza creada, conlleva la posibilidad metafísica de pecar, aunque como una mera posibilidad que nunca debió actualizarse. Pero aun con todo, la visión del cristianismo no es la de Lutero, Calvino o Janzenio de un universo cuya naturaleza está corrompida por el pecado. Porque para el cristianismo aun en estado de naturaleza caída, el mundo es bueno y valioso, porque es bueno en cuanto ser y porque el mal no puede subsistir sino en el bien que es. El mal es corrupción del bien de modo que si hay mal es que hay bien. El pecado no aniquiló todo el bien porque no aniquiló el ser. Prueba de ello es que el mundo no ha dejado de existir. El mal no puede destruir la naturaleza, prueba de ello es que el hombre no deja de ser una persona humana por el pecado. De hecho, esa naturaleza, que permanece a pesar del pecado, es la que le permite la adquisición de todas las virtudes.[6] El estatuto ontológico del hombre es inmutable independientemente de todo lo accidental que pueda afectarle.[7] El cristianismo nunca depreció la naturaleza, pero comprendió que en el estado actual está en camino de alcanzar el fin para el que fue creada. Lutero y Calvino fueron quienes negaron su estatuto ontológico y su valor con una visión totalmente pesimista de la naturaleza después de la caída del hombre.

Toda la creación incluido el cuerpo humano es creatura de Dios y por lo tanto es bueno. El cuerpo no es una cárcel como lo comprendía Platón. El cuerpo desde el punto de vista cristiano es un bien precioso que hay que cuidar para darle el orden, la unidad y la belleza. No es cristiano negar el cuerpo ni despreciar la naturaleza, porque en cierto sentido, amar las obras de Dios y amar a Dios, son una misma cosa. El ascetismo cristiano, bien entendido, es el intento de restituir al cuerpo la perfección de su estado antes del pecado original. No se trata de una aversión al Ser, sino al no-ser. Por eso el ascetismo medieval es un intento por reintegrar el mundo a Dios. Y no puede ser de otra forma porque el cristianismo detesta el desorden, la fealdad y el mal que el hombre, en el ejercicio de su libertad mal usada, ha introducido en la creación. Y por eso hace un esfuerzo por limpiar lo malo del mundo fundado en el optimismo y la esperanza que está implicada en el cristianismo. Pero ese optimismo no consiste en negar el mal, ni en aceptarlo como si fuera bien, sino en enfrentarlo con el auxilio de la gracia de Dios que es capaz de rehacer lo que el hombre ha despedazado. Porque lo que quedó es bueno en sí mismo en cuanto ha sido creado por Dios. La naturaleza está caída, pero aun así canta la gloria de Dios en la tensión que implica su restablecimiento.



[1] Cfr. Aquino, Tomás de. De Malo, I, 2, Resp.

[2] Cfr. San Agustín. De natura boni, XVIII (Patr. Lat., t.42, col. 556-557).

[3] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.48, a.1, ad.1.

[4] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.48, a.5, Resp.; De malo, I, 4, Resp.

[5] Cfr. San Agustín, Cont. Iiulian. Op. imp., V, 60.

[6] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I-II, q.98, a.2, Resp.

[7] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.98, a2, Resp.

3 comentarios

  
Jorge
Estimado Manuel

Te felicito por tu post, ayuda a esclarecer el papel del cristianismo en la búsqueda de la verdad ontológica y deontológica.

Sin embargo, en lo personal no comparto la idea de la creación ex nihilo, o creación de la nada.

Dios no tiene poder sobre la nada, pues de la nada, nada puede hacer. Si lo tuviera sería un poder inútil.

La base ontológica de la creación de lo que es y existe, es el propio Dios.

Es desde su Ser de donde, si perder un ápice del mismo, proviene toda la creación.

Creo que la figura de la costilla de Adán, parte de su carne, es ilustrativa para concebir la Creación.

La Creación, salvando las infinitas distancias, proviene de las "costillas" de Dios.

Saludos



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Ex nihilo en la tradición católica no significa de la nada absoluta sino sin materia ni forma previa.
21/07/17 3:19 AM
  
Rufus T. Firefly
La visión aristotélica sobre la materia es una intuición magnífica del segundo principio de la termodinámica, hoy totalmente demostrado.

Además, Max Planck, y su física cuántica ya demostraron que la materia no existe: "La materia no existe.Toda la materia surge y persiste debido solamente a una fuerza que causa que las partículas atómicas vibren, manteniéndolas juntas." (Max Planck)
Algo que el propio Planck dejó claro que es compatible con una visión teísta del mundo, pero la materia, descartémoslo, no existe
21/07/17 1:03 PM
  
Pablo
Dios crea en acto, da el ser en acto, la esencia como potencia de ser (gracias Néstor). Esa es la diferencia entre la esencia de Dios, ser en acto, y la esencia de lo creado, potencia de ser. No participamos de la esencia de Dios en el acto creador más que por la existencia pero sí podemos llegar a participar de su esencia por medio de los actos buenos (actualidad o actualización de las potencias de la esencia).

La cuestión es saber si esos actos buenos son posibles sin recibir la gracia de Dios por el Bautismo. La naturaleza, una vez herida por el pecado, no subsiste si no es con ayuda sobrenatural. No hay, por lo tanto, un orden del ser separado del orden de la gracia. No hay "cristianos anónimos" sin Bautismo. Hay bautizados y no bautizados. El remanente de la Fe es el Bautismo y ahí radica la diferencia entre el "por todos" y el "por muchos".

Me pregunto si se puede nombrar Doctor de la Iglesia a un hombre en vida.
30/07/17 12:50 PM

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