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31.12.17

Un pseudo órgano electrónico para la liturgia pontificia

Dice el director de la Capilla Musical Pontificia “Sixtina” que la reforma litúrgica confeccionada después del último concilio ha creado unas “nuevas necesidades sonoras” en la Basílica de San Pedro que sólo pueden ser satisfechas por un sucedáneo electrónico del órgano. A lomos de semejante premisa (muy en la línea del hegelianismo cronolátrico tan caro a la más conspicua clerecía hodierna), no ha cabido sino rendirse agradecidos ante la dadivosa, filantrópica y altruista donación que una poderosa compañía estadounidense del ramo ha tenido a bien efectuar a los cantores vaticanos. Un conmovedor gesto de desprendimiento, que para el donante no ha supuesto más recompensa que la de ver su marca comercial, humildemente estampada en un lateral de la consola del pseudo-órgano, retransmitida por las cadenas de televisión de todo el mundo durante la misa de Nochebuena.

No había dado yo hasta ahora demasiada importancia a la historia esta del sacrofónico electrodoméstico. Tenía entendido que sólo iba a ser utilizado a la intemperie, durante las eucaristías celebradas en la plaza de San Pedro. Para este uso la Santa Sede recibió en tiempos de Juan Pablo II la donación de un órgano de verdad, es decir, de tubos. En tiempos posteriores me ha parecido ver por televisión alguna vez un sucedáneo electrónico, de modo que la reciente ofrenda no suponía un cambio cualitativo.

Las eucaristías masivas al aire libre se han extendido en las últimas décadas. Deben de ser el tributo al gusto por lo masivo -de masa, no se olvide- que pertenece a la “cultura actual”. Yo personalmente no simpatizo nada con estas exhibiciones cuantitativas. Mi irrelevante opinión coincide en este punto con la de liturgistas fiables. También con la del cardenal Robert Sarah, verdadero profeta de nuestro tiempo, quien en su maravilloso y auténticamente moderno libro La fuerza del silencio denuncia la degradación eucarística que suelen suponer esas misas masivas. Ciertamente, en medio de decenas de jacarandosos concelebrantes descasullados, ataviados con gorras de turista y gafas de sol, sacando fotos con el móvil y repartiendo la comunión en vasos de plástico a todo quisque, no parece proporcionado esperar grandes vuelos de las melopeas cultuales. Pero parece  que el último grito en pastoral litúrgica quiere hacerse oír también dentro de los muros petrinos. A juzgar por las palabras del director de la Capilla Sixtina, parece que sólo después del Vaticano II las celebraciones presididas por el papa  interesan a la totalidad de la gente que llena la basílíca. Antes, por lo visto, bastaba el órgano de tubos para que lo oyesen los cardenales sentados cerca…

Estoy viendo ya las muecas torcidas y quizá las severas contradicciones en el sector de los comentarios. ¿Acaso no son frecuentísimos los órganos electrónicos en tantas iglesias actuales? Ciertamente. El coste que supone la construcción de un órgano, como obra de artesanía consumada que es, no está al alcance de todas las economías eclesiásticas. Por eso es totalmente comprensible que en un grandísimo número de lugares de culto no quede más remedio que usar para la liturgia un sucedáneo electrónico.

Pero seamos serios. ¿Es esa la situación del Vaticano?

Por si acaso, recordemos:

Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales. (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, n.º 120)

Muchos lectores españoles recordarán una película de Paco Martínez Soria titulada, si no me falla la memoria, “Se armó el Belén”. Está ambientada en los albores de la reforma litúrgica de Pablo VI, y en ella se ve cómo un entrañable párroco tradicional es manipulado por un enteradillo progresista de aquellos años, quien le convence para que, en aras del progreso y la utilidad práctica, elimine de su iglesia todos los elementos tradicionales incluidos el retablo y todas las imágenes. Como resultado su templo queda convertido en una gélida sala de reuniones despiadadamente moderna en su desnudez y funcionalidad.

En el caso del pseudo-órgano vaticano encontramos un servil e innecesario tributo a la tecnología industrial dentro del campo artístico, justo en un momento en que nuestra sociedad empieza a  manifestar ciertos síntomas de hartazgo al respecto, en forma de un nuevo aprecio por lo artesanal y lo ecológico, de reticencia frente al abuso de los dispositivos electrónicos en la educación y fuera de ella, de crítica al modo de vida deshumanizado a que conduce nuestra sociedad hipertecnificada, etc.

Cambiar el órgano de tubos por un sucedáneo electrónico es como sustituir un retablo, un fresco o una escultura por una presentación de diapositivas; como cambiar las campanas por un altavoz que emite un sonido de carrillón grabado en mp3; como cambiar una vela por una bombillita que la imite. Es optar por lo virtual frente a lo real. Es un planteamiento paupérrimo que insinúa no ya una triste metafísica, sino una desconsoladora y nada católica incomprensión de la belleza de lo real en cuanto vestigio e indicio del Creador.

Por desgracia, debo confesar que no me ha sorprendido del todo. En estos últimos años se vienen prodigando las exhibiciones romanas de mal gusto. Este año se ha montado un belén -nunca mejor dicho- a cuenta de la sombría, antropocéntrica y antitradicional figuración del belén vaticano. Lo último, la lavadora pontificia. Estamos en racha, a ver qué es lo próximo. Que Dios nos coja confesados, pero, por favor: que no sea por Skype.

11.11.17

Qué se debe hacer y quién lo debe hacer, en la música de la liturgia (II)

Como continuación del artículo anterior, en este trataré de lo que establece la Instrucción General del Misal Romano respecto a la música. Como verán, en diversos apartados se establece la distinción entre quiénes deben cantar la parte en cuestión, y qué deben cantar. El orden de aparición de las opciones, según me fue confirmado por personas de autoridad, indica el orden de preferencia e importancia. Es decir: la opción 1 es a priori preferible a la 2, la 2 a la 3 etc.

Verán citados repetidamente el Graduale Romanum y el Graduale Simplex, por lo que procede una explicación siquiera breve.

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1.11.17

Qué se debe hacer y quién lo debe hacer, en la música de la liturgia (I)

Como acto conmemorativo de la instrucción Musicam Sacram (1967-2017), han tenido lugar recientemente en Santander las Jornadas Nacionales de Liturgia sobre Música Sagrada, organizadas por la Comisión Episcopal de Liturgia. Seguramente se ha tratado de uno de los acontecimientos más importantes para la música sacra de cuantos han ocurrido en España desde la reforma litúrgica de Pablo VI. Es de esperar que  vayan surgiendo frutos que puedan verse en un futuro más o menos próximo.

En el vídeo siguiente puede verse la exposición de sus conclusiones finales:

 

También en estas jornadas se presentaron los resultados de la encuesta efectuada recientemente sobre el estado de la música litúrgica en España, a la que hice referencia en este artículo anterior. En este enlace pueden verse los gráficos de los principales resultados, y en el vídeo siguiente la presentación de los mismos con los interesantes comentarios al respecto por parte de D. Óscar Valado, responsable de Música del secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia:

Habrán podido observar la llamativa diferencia entre lo que se sabe o se cree que hay que hacer, y lo que en la práctica se hace. No es cosa menor el que, al menos, exista la conciencia entre los encuestados sobre qué es lo que se debe hacer, aunque no se haga. Sabemos bien que el ser precede al obrar, del mismo modo que el entendimiento precede a la voluntad, a la que debe mostrar el bien que ha de ponerse por obra. No está en las manos de quien esto escribe remediar las voluntades remisas o vacilantes en lo que a música litúrgica se refiere. Pero sí es posible tratar de fortalecer los entendimientos, recordando una vez más qué es lo que se debe hacer en materia de música litúrgica, y quién lo debe hacer. Dedicaré a ello varios artículos. En este primero me propongo trazar una introducción general a la cuestión, reservando para más adelante la exposición exacta de los criterios vigentes a día de hoy.

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27.07.17

Encuesta sobre el estado de la música sacra en España

Este año, amén de otras muy enjundiosas conmemoraciones de las que ya se ha dado cuenta puntual en InfoCatólica, se cumplen cifras también redondas respecto a dos documentos vinculados a la música litúrgica: 50 años de la instrucción Musicam sacram (1967) y 25 años del Directorio “Canto y Música en la celebración” de la Conferencia Episcopal Española. Con este motivo, desde el Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal se ha lanzado una encuesta para conocer el grado de aplicación de dichos documentos en la liturgia de las iglesias españolas. O, lo que es lo mismo, para conocer el estado actual de la música sacra en nuestro país. La encuesta puede rellenarse hasta 1 de septiembre. Bastan unos 8 minutos para ello.

Bienvenida sea esta iniciativa que, siquiera a título informativo, podrá ser beneficiosa en este campo. Entre los diversos aspectos de la reforma litúrgica efectuada por Pablo VI, sin duda el de la música es uno de los que más deficientes resultados ha obtenido. Es cierto que en el campo específico del canto gregoriano, y atendiendo al punto de vista técnico-musicológico, no han faltado buenos trabajos en la restauración y recuperación de antiguas melodías, conforme al mandato del último concilio: Thesaurus musicae sacrae summa cura servetur et foveatur (Sacrosanctum Concilium, nº 114).

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27.08.16

Dificultades actuales con la música sacra. Algunas hipótesis

La música litúrgica actual se caracteriza por la parquedad en el uso del tiempo. Hay preocupación porque las celebraciones no se prolonguen. Se dice que la liturgia es la fuente y la culminación de la vida cristiana, y que la eucaristía dominical es el centro de toda la semana, pero estos no parecen ser argumentos poderosos para quebrar el dique de los 45 minutos en la misa dominical. Menos de la mitad de una película o un partido de fútbol, donde los asistentes no parecen en principio preocupados por el reloj.

Los españoles estamos habituados a ello, porque es lo que hemos conocido desde siempre, incluso de generaciones anteriores. Pienso que la imagen de los varones del pueblo apostados junto a la puerta de entrada de la iglesia, debajo del coro, prestos a salir en estampida en cuanto el preste recuperase el bonete para descender las gradas del altar, no ha sido tan escasa como nos podría parecer a los que hemos nacido después de la última reforma litúrgica.

Sin embargo, sabemos que no en todas partes es así. De África nos llegan testimonios de lo prolongado y exuberante de sus celebraciones. No faltan entre nosotros quienes lo atribuyen a lo marcado de sus ritmos y danzas, en contraste con el canto tradicional de la Iglesia romana, que impugnan como mortecina cantinela insípida para la modernidad.

Ciertamente éstos ignoran, primero, el altísimo aprecio que en África se tiene por el canto gregoriano y por el lenguaje litúrgico tradicional; y segundo, parecen desconocer el profundo instinto de lo sagrado de que allí gozan, y que otorga un sentido a sus ritmos danzantes que el occidental medio está absolutamente incapacitado para comprender. Recomiendo que vean en este vídeo al cardenal Arinze, africano de pies a cabeza, cuando era Prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, hablando con total claridad sobre la cuestión:

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