Sacerdotes santos

Cuando se habla de sacerdotes santos, la imaginación de muchos – sacerdotes y fieles laicos- vuela, casi automáticamente, hasta la venerable imagen de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars.

La imaginación no es una magnitud de segunda categoría. El beato John Henry Newman –sacerdote - decía que, a la hora de aceptar la verdad de una proposición, contaba no solo el “asentimiento” - la aceptación incondicional de la verdad de esa proposición- , sino también la “inferencia”, las razones que a favor de esa verdad se pueden exponer y, asimismo, la “aprehensión”, el hacerse cargo imaginativamente de algo. La imaginación, pensaba Newman, lleva a cabo la tarea de conexión entre las palabras como símbolos de las cosas y la propia experiencia.

San Juan María Vianney fue un sacerdote santo. ¿Por qué? No por ser el cura de una aldea. Como él, en eso de ser un cura de aldea, ha habido miles de curas. Y no todos santos. Muchos lo serán, otros tal vez no. Estar destinado en una aldea, en una ciudad, en una sede cardenalicia o en otras tareas, de por sí, no dice nada. Uno no es santo por ser un cura de aldea; en todo caso, uno llegará a ser santo por ser un “santo” cura de aldea.

Un modelo muy diferente, pero no menos santo, es Santo Tomás de Aquino. No era un cura secular; era un fraile. Un fraile dominicano. Vivió 49 años. Pero era un sacerdote. ¿Qué hizo Santo Tomás? Básicamente, dar clase de Teología, en ese siglo XIII en el que la Teología irrumpe como saber universitario. No podemos pensar que Santo Tomás no cumpliese con las obligaciones que, fraile o no, derivaban de su ordenación como sacerdote. Parece obvio que las cumplió sobradamente. Y llegó a santo.

Un tercer ejemplo, entre muchos que se podrían citar, es San Juan de la Cruz. Un religioso, un sacerdote, un místico. Pero un místico que no estuvo dispensado de sus años de estudios en Salamanca. No parece que, entre mística y teología, se pueda establecer una enorme distancia, si nos atenemos al testimonio de San Juan de la Cruz.

Juan Pablo II, en su discurso en la Universidad de Salamanca, decía, a propósito de la enseñanza de la Teología: “Quisiera que no olvidaseis estas palabras: vuestra misión en la Iglesia es tan ardua como importante. Vale la pena dedicarle la vida entera; vale la pena por Cristo, por la Iglesia, por la formación sólida de sacerdotes - y también de religiosos y seglares - que eduquen con fidelidad y competencia la conciencia de los fieles en el seguro camino de salvación”.

“Vale la pena dedicarle la vida entera”. Incluso la vida entera de un sacerdote. El ejemplo del actual papa, Benedicto XVI, es un ejemplo convincente. En el prólogo al “volumen inaugural” de sus escritos como teólogo escribe: “Como materia de estudio escogí la teología fundamental, porque yo quería por encima de todo seguir la pista a la pregunta: ¿Por qué creemos?”.

Mal servicio se les hará a los candidatos al sacerdocio si solo se les pone como ejemplo al Santo Cura de Ars, aunque todos tengan muchísimo que aprender de él. No deben de olvidarse de Santo Tomás y de San Juan de la Cruz. Sean, estos candidatos, seculares o regulares. Al final, curas o frailes, serán sacerdotes. Y, creo yo, ese reto, ser sacerdotes, no es secundario sino esencial.

Guillermo Juan Morado.

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Nuevo libro: “El camino de la fe. Reflexiones al hilo del año litúrgico”.

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