Fachada de la Gloria: La Iglesia que animada por el Espíritu construye la Ciudad de Dios.
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El obispo Joan Carrera, a quien nadie públicamente ha recordado ni siquiera de soslayo en estos días gozosos, solía recordar el fuerte impacto que causó en su persona la figura de Juan Pablo II y el drama, fácilmente reconocible, de que su pontificado no encontrase ni acogida ni traducción en nuestra realidad eclesial. Nuestra tragedia particular como católicos estriba en el hecho de que durante los 25 años de pontificado del Papa Woytila, una buena parte de la Iglesia visible y representativa en Cataluña se entregaba con ahínco a la llamada a defender la identidad catalana, mientras el Papa llamaba a otra consolidación identitaria: la identidad católica en la sociedad. También el obispo Carrera, que conciliaba ambas, pues no deberían ser excluyentes, vivió esa tensión en su conciencia. Él mismo, que había vivido la subsidiariedad que ejerció la Iglesia durante el franquismo en la preservación de la lengua y la identidad catalanas, era un apóstol de la permanencia y continuidad de ese liderazgo. Fue un hombre de su tiempo.
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