¿Turull, obispo? No, gracias
En pleno debate sobre la ubicación de residuos nucleares en territorio catalán, me viene a la memoria aquella gran campaña contra la energía nuclear que se realizó hace unos años (y que aún colea) en todos los países y en todos los idiomas y que tenía como principal logotipo un sol rojo sonriente sobre fondo amarillo con la pregunta: "¿Nuclear?" y la respuesta: "No, gracias". Aprovecho aquella inteligente campaña para recuperar aquella insignia que se popularizó en miles de vehiculos de todas las naciones, para expresar mi sentimiento y el de tantos católicos catalanes y no catalanes, de que no queremos ver al Rvdo. Josep María Turull como obispo ni en pintura.
Como ya comenté en mi escrito de la semana pasada, los movimientos por parte de n.s.b.a. cardenal Martínez Sistach por colocar al Rvdo. Turull como obispo (en Solsona, o como auxiliar de Barcelona) son fuertes, probablemente porque es consciente de que puede ser su última oportunidad y porque cree que se encuentra en estado de gracia y que se le mira con mejores ojos desde Roma, después de la beatificación del Dr. Josep Samsó.



El lector tendrá en estas líneas un ejemplo monstruoso del estado de espíritu actual en nuestra Archidiócesis de Barcelona y sus instituciones. Los responsables pastorales al frente de la mayoría de los centros e instituciones “de Iglesia” (así los llaman): Facultad de Teología, Delegaciones Diocesanas, Seminario, Centros de Estudios Pastorales y de Pastoral Litúrgica, Fundación Joan Maragall y demás, llevan a cabo un proceso dialéctico muy sutil. En ellos se encuentran mezclados, como en el marxismo, los objetivos desvelados y los fines últimos inconfesados. Los objetivos desvelados son: ir hacia los hombres, conocer la Palabra de Dios y hacerla vivir, hacer comprender la Liturgia, facilitar la práctica religiosa, establecer unos cauces de diálogo entre la sociedad civil y la Iglesia, contribuir al desarrollo integral de nuestro mundo con las aportaciones de la fe cristiana, potenciar unos lazos de fraternidad, hacer la unidad y propagar la paz. Con este lenguaje tal cual. 

Vamos a tomarnos las cosas con algo de humor, porque si tuviéramos que tomárnoslas en serio, sería para llorar de rabia, de vergüenza y de impotencia al comprobar cómo nuestra amada Cataluña está a la cola del mundo católico por lo que se refiere a la sintonía con el papa Benedicto XVI. Concretamente nos vamos a referir a la Liturgia, tema en el que la situación es verdaderamente dramática. Y no hablamos sólo de la celebración según los ritos anteriores a la reforma postconciliar, cosa perfectamente legítima a estar a la letra y al espíritu del motu proprio Summorum Pontificum ; principalmente hay que tratar de la penosa manera en la que esa misma reforma se ha llevado a cabo y se aplica en las diócesis catalanas, principalmente en Barcelona.