19.06.09

Persecución religiosa

Revuelta González, M. La exclaustración. Madrid 1976. BAC.503 págs.

Madrid y 17 de julio de 1834, a golpe de blasfemia las turbas asaltan el convento de Santo Tomás y el Colegio Imperial de los jesuitas. Se dividen en dos bandas, una se dirige al convento del Carmen y la otra al de san Francisco. Es de noche y buscan con antorchas a los indefensos franciscanos. Los enfermos y los enfermeros son degollados en la enfermería. Algunos son asesinados en el coro y otros que se esconden no van a correr mejor suerte: al ser descubiertos, tras los insultos y las blasfemias, la voz del jefe se hace escuchar: No hay necesidad de gastar pólvora con esta canalla; a éstos los tenemos seguros; cuchillada, bayonetazo, sablazo y ¡firme con ellos! (pág. 218). En la noche del 17 al 18 de julio fueron asesinados en Madrid ochenta religiosos. Cualquiera que conozca un poco el plano de Madrid, me dará la razón si digo que a paso ligero los militares del palacio real se hubieran podido presentar en lugar de los acontecimientos en menos de diez minutos. Pero el régimen dejó hacer y las turbas de asesinos, cuando iban de un convento a otro en busca de más sangre, le agradecieron su pasividad con esta copla blasfema:

Muera Carlos
Viva Isabel
Muera Cristo
Viva Luzbel

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10.06.09

Santos de pantalón corto

Santos de pantalón corto es el libro más breve de cuentos he escrito; son 150 páginas de un libro de bolsillo, que se lee en media tarde. Y sin embargo, de cuantos he escrito, Santos de pantalón corto es del que más orgullosos me siento. Cierto que está escrito en un tono divulgativo para que lo puedan leer todos los públicos, incluidos los niños, pero esto no puede llevar a pensar que el libro sea fruto de una inspiración de un momento. Santos de pantalón corto es la consecuencia de cuarenta años de oficio de historiador.

Todo empezó en 1969, cuando comencé mi carrera de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid. Durante cinco años fui formado por una mayoría de profesores marxistas que hacían transitar el pasado por este par de raíles: Primero, la historia, y por lo tanto el hombre concebido como parte de un colectivo, obedecen a una leyes necesarias que nos conducen hacia la sociedad sin clases. Y segundo, para descubrir esas leyes hay que desalienarse mediante la crítica; y la crítica primera, la crítica de toda crítica es la crítica de la religión, que consiste en convencerse que el hombre es para el hombre el ser supremo. Y durante cinco años dale que te pego con la misma cantinela para poder aprobar.

Esa era la moda intelectual si querías hacer carrera universitaria, lo políticamente correcto que diríamos ahora, contra la que me rebelé y por eso mi tesis doctoral consistió en hacer una biografía, que en 1978 era tanto como escupir a la cara del marxismo. Sostuve entonces y sigo manteniendo ahora, que el hombre no es parte de un colectivo, sino persona, criatura de Dios; que la historia no se rige por ninguna ley necesaria porque la Historia es la historia de libertad; y que el fin de la Historia no es ni la grandeza de la Corona, ni la unidad del partido, ni la fortaleza del sindicato, sino que el fin de la historia es que el hombre llegue a ser plenamente hombre, que vuelva a Dios, que sea santo. Por eso, si la Corona, el partido o el sindicato impiden ese fin lo que hay que hacer es transformar la Corona, el partido o el sindicato o destruirlos si fuera necesario.

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3.06.09

La otra Inquisición

Sube al trono la hija de Enrique VIII y Ana Bolena, Isabel I (1558-1603), y una de sus primeras decisiones fue ilegalizar la Misa católica, sustituyéndola por los nuevos ritos del Libro de Oraciones. Años después en la visita que hace la reina a la Universidad de Cambridge, el claustro la agasaja con una serie de actos entre los que se incluye una representación burlesca de la Misa, por lo que uno de los profesores, disfrazado de perro , da saltos en el escenario con una hostia en la boca. Dos años después la reina acude a Oxford, donde le presentan a Edmund Campion, un joven talento, que acelera a partir de ese momento una brillantísima carrera académica. Pero cuenta Evelyn Waugh con su prosa vibrante que “Campion tenía eso que le hacía ser más que una persona decente, un embrión en le seno de su ser, madurando en la oscuridad, invisible, apenas móvil: el amor de la santidad, la necesidad de sacrificio. El no podía transigir” (págs. 40-41). Y a partir de ese momento las páginas del libro desprenden la grandeza y le dramatismo que siempre acompañan a las almas santas. Campion abandona el anglicanismo, huye hacia el continente donde se hace jesuita y se ordena sacerdote, para volver de nuevo a Inglaterra, a sabiendas que se dirige a un martirio seguro.

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