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10.06.09
Santos de pantalón corto es el libro más breve de cuentos he escrito; son 150 páginas de un libro de bolsillo, que se lee en media tarde. Y sin embargo, de cuantos he escrito, Santos de pantalón corto es del que más orgullosos me siento. Cierto que está escrito en un tono divulgativo para que lo puedan leer todos los públicos, incluidos los niños, pero esto no puede llevar a pensar que el libro sea fruto de una inspiración de un momento. Santos de pantalón corto es la consecuencia de cuarenta años de oficio de historiador.
Todo empezó en 1969, cuando comencé mi carrera de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid. Durante cinco años fui formado por una mayoría de profesores marxistas que hacían transitar el pasado por este par de raíles: Primero, la historia, y por lo tanto el hombre concebido como parte de un colectivo, obedecen a una leyes necesarias que nos conducen hacia la sociedad sin clases. Y segundo, para descubrir esas leyes hay que desalienarse mediante la crítica; y la crítica primera, la crítica de toda crítica es la crítica de la religión, que consiste en convencerse que el hombre es para el hombre el ser supremo. Y durante cinco años dale que te pego con la misma cantinela para poder aprobar.
Esa era la moda intelectual si querías hacer carrera universitaria, lo políticamente correcto que diríamos ahora, contra la que me rebelé y por eso mi tesis doctoral consistió en hacer una biografía, que en 1978 era tanto como escupir a la cara del marxismo. Sostuve entonces y sigo manteniendo ahora, que el hombre no es parte de un colectivo, sino persona, criatura de Dios; que la historia no se rige por ninguna ley necesaria porque la Historia es la historia de libertad; y que el fin de la Historia no es ni la grandeza de la Corona, ni la unidad del partido, ni la fortaleza del sindicato, sino que el fin de la historia es que el hombre llegue a ser plenamente hombre, que vuelva a Dios, que sea santo. Por eso, si la Corona, el partido o el sindicato impiden ese fin lo que hay que hacer es transformar la Corona, el partido o el sindicato o destruirlos si fuera necesario.
Por lo tanto el objeto de la historia consiste en estudiar “decisiones”, lo que obliga al historiador a conocer el entorno en el que se mueven los protagonistas de la historia para averiguar si lo aceptan sin mutarlo o lo transforman. Con mi biografía de Pascual Madoz puse en valor histórico la decisión política. Pero no tardé mucho en descubrir que, además o al margen de las decisiones políticas, hay otras decisiones que transforman la sociedad como es el caso de las que toman los empresarios, lo que traté de demostrar con la biografía que hice de ese gran navarro que fue Félix Huarte. Fija mi atención en el estudio de la decisión, hasta se me habían olvidado, por entonces, los dolores intelectuales de las estructuras y las superestructuras marxistas. Y en busca de la gran piedra preciosa, libre de toda impureza, un día la encontré: la decisión religiosa. Fruto del esfuerzo de toda esa búsqueda fue el Diccionario de Papas y Concilios.
Y de todas las decisiones religiosas, las de los niños podríamos decir que se encuentran en estado químicamente puro. Los niños santos no tienen historia, no les ha dado tiempo a tener pasado, sólo tienen alma y Espíritu Santo y responden afirmativamente a sus requerimientos. Por eso desde hace más de seis años estoy recogiendo procesos de canonización de niños santos confesores. Es decir, de niños santos o en proceso, menores de quince años, que no son mártires y que tras vivir confesando la fe en Jesucristo se han muerto en la cama. Y con todo ese material pensaba escribir el gran volumen, cuando un día de repente me decidí a soltarlo en pequeñas entregas y escrito con un lenguaje atractivo, para que lo pueda leer todo el mundo. Me pareció tan importante el hallazgo, son tan buenos y ejemplares estos niños, que lo que pretendo es que lleguen a cuanta más gente mejor.
Santos de pantalón corto contiene un prólogo brillantísimo escrito por el sacerdote Manuel de Santiago, en el que se cuenta la importancia de la santidad de los niños para la Iglesia. La duda de si los niños pueden ser santos o no, queda zanjada en el prólogo: si no se pudiera proclamar santos a los niños, la llama universal a la santidad expuesta por el Concilio Vaticano II no sería universal. Y a continuación del prólogo las tres historias de los Santos de pantalón corto oficiales: Santo Domingo Savio, la beata Laura Vicuña y los pastorcitos de Fátima, también beatos. A todos ellos para ser elevados a los altares, no se les ha rebajado ni un solo milímetro la exigencia de la santidad, de manera que si la santidad fuera un partido de baloncesto estos “pitufillos” no juegan con canasta bajitas, sino que juegan en las mismas canchas de Gasol y hacen triples. ¿Se anima usted a ver el partido? Sólo son 150 páginas que se leen en media tarde.
Javier Paredes
Santos de pantalón corto, Homo Legens
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Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá.
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