Y puestos a oler..., mejor a santidad

Otro año más que le han dado la vuelta al verdadero sentido del día 14 de febrero, festividad de San Valentín, patrón de los enamorados, pero de los enamorados de verdad, de quienes entregan por amor toda su vida a Dios y a los demás viviendo célibes o casados; no vayamos a confundir el amor con el sentimentalismo, que es el cáncer más grave que mata las relaciones humanas mediante el engaño, al instalar a las personas en una perpetua adolescencia. El sentimentalismo desfigura la realidad de tal modo, que conduce a las gentes a situaciones esperpénticas, de manera que para que estas personas sentimentaloides no sigan haciendo el ridículo hay que enseñarles –aunque tengan muchos años- que las niñas sólo huelen a colonia…, si se la echan. Y por decir al completo lo de la colonia: a los chicos también nos pasa otro tanto.

La vida de San Valentín se mantuvo muy lejos del sentimentalismo, porque estuvo muy próxima a Dios, al Amor con mayúscula, tanto que murió mártir en la primavera del año 270 en la Vía Flaminia, cerca de la entrada a Roma, por lo que la puerta Flaminia, cambió su nombre por el de puerta de San Valentín. El papa Julio I, en el siglo IV, construyó allí una basílica para conmemorar su martirio.

San Valentín fue un sacerdote que gozaba de un enorme prestigio en la ciudad de Roma, en la época del emperador Claudio II. Y se había granjeado ese prestigio por su caridad con los menesterosos, por lo que era conocido como el padre de los pobres. Pero, ante todo, San Valentín era admirado por su valentía en defender el matrimonio cristiano. Vivía la Roma de entonces una situación en muchos puntos muy parecida a la de la sociedad española de ahora, en las que el paganismo desnaturaliza la institución del matrimonio. Situación que exigía y exige una actitud heroica como la de San Valentín, en defensa del matrimonio cristiano de palabra y de obra, como camino de santidad. Por eso, desde poco después de su muerte se le comenzó a invocar como patrono de los esposos y de la vida matrimonial, esa realidad que cuando se vive de cara Dios, aunque haya problemas o escasez de bienes económicos, aunque falte la colonia…, siempre desprende olor de santidad.

 

4 comentarios

  
Néstor
Hoy día se sienten algunos aromas bastante característicos.

Saludos cordiales.
16/02/17 12:48 PM
  
Ricardo de Argentina
Recuerdo haber leído que un santo español, creo que del XVI o del XVII, habiendo recibido de Dios el don de poder "oler" la santidad o el pecado de quienes con él se cruzaban, se veía así obligado a soportar los olores nauseabundos que despedían ciertos personajes que mundanamente, lucían muy bien aderezados.
16/02/17 4:29 PM
  
Ricardo Seguí
Oloroso artículo ha escrito usted esta vez, profesor Paredes. Cuando lo que este mundo desprende hoy es olor a podredumbre. Gracias por desmitificar a S. Valentín. Siendo santo, Valentín no puede ser un gilí del Corte Inglés.
17/02/17 1:33 PM
  
Javier Ejías
Nunca está de más oler a jabón del bueno.
Lo de la santidad es otra cosa
28/02/17 10:32 AM

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