| « Y no nos introduzcas en la tentación | Santo Tomás de Aquino apóstol de la verdad ante los errores mentales que envuelven el mundo de hoy » |
3.02.10

Celebramos hoy con toda la Iglesia la fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la purificación de la Santísima Virgen María. Este episodio, relatado por San Lucas en los primeros capítulos de su Evangelio, contiene gran riqueza espiritual. Contemplamos a la Sagrada Familia que sube a Jerusalén para dar cumplimiento a la Ley de Moisés: Por una parte, el rescate del hijo primogénito que, según lo mandado por la Ley, debía ser consagrado al Señor. Por otra, la purificación de la madre, que al dar a luz quedaba impura. Con toda humildad Madre e Hijo se someten a los mandamientos de la ley, aun cuando la condición divina del Hijo y la pureza virginal de la Madre, no menoscabada por el nacimiento, los hacía quedar exentos de tales prescripciones.
El encuentro en el Templo con el anciano Simeón nos introduce en lo más profundo del misterio que entraña la encarnación del Verbo. El santo varón, por una efusión del Espíritu Santo, ve en aquel Niño casi recién nacido al Mesías que había de venir al mundo para redimirlo. La profecía hecha a la Madre de Dios es realmente sobrecogedora y nos revela lo que será la vida de Jesucristo en la tierra. «Éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamiento de muchos corazones» (Lc 2, 34-35). Estas palabras predicen ya de alguna manera la infidelidad y ceguera de muchos en Israel, que no querrán reconocer al Mesías redentor en la persona de Jesús.
Podemos también deducir de las palabras de Simeón el anuncio de los sufrimientos de la Pasión de Cristo. Es de notar que esta predicción no se hace sobre el Niño, sino sobre Su Madre: «A ti misma la traspasará una espada». Quisiera que en esta ocasión, dejando de lado tantos otros aspectos, considerar el gran sacrificio y oblación que de sí misma hizo María Santísima, al ofrecer a Dios la vida de su Hijo. Pues es ciertísimo que María «ofreció realmente a su Hijo a la muerte, y sabía muy bien que el sacrificio que entonces hacía de la vida de Jesucristo se había de consumar un día en el ara de la cruz; de manera que, ofreciendo María la vida de su Hijo por el inmenso amor que le tenía, hizo a Dios perfecto holocausto de sí misma» (San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, 2ª p, disc. VI).
María conoce el sacrificio de Cristo. Este punto es importante de considerar. De la misma manera que Cristo, desde el instante de su encarnación conoce perfectamente la finalidad por la cual ha asumido la naturaleza humana (cf. Hb 10, 5-10), María es consciente desde el comienzo de la misión redentora de Su Hijo. De esta manera, Simeón anuncia a María «que deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n° 16). Sabe muy bien que en el Hijo que ha concebido por obra del Espíritu Santo han de cumplirse todas las promesas mesiánicas, también aquellas del siervo sufriente de Yahvé del profeta Isaías. Llena de gracia y conocedora de la Sagrada Escritura, tiene luz como nadie para comprender en profundidad lo que en ellas se dice acerca del Mesías. Así pues, la ofrenda del Niño Jesús en el Templo es imagen de la ofrenda del Cordero pascual, inmolado para rescatar al mundo de la esclavitud del pecado y de la muerte.
María se inmola con su Hijo. María no solo aceptó el sacrificio de su Hijo, sino que también le acompañó voluntariamente al Calvario y al pie de la Cruz hizo ofrenda de sí misma «a fin de que en un solo y perfecto holocausto fuesen inmolados la vida del Hijo y el Corazón de la Madre» (San Alfonso María de Ligorio, cit.). Es esta oblación de sí misma lo que la hace merecer el título de corredentora de la humanidad y Madre de todos los cristianos, tema del que hemos tratado en otra ocasión.
Los cristianos han de asociarse al sacrificio de Cristo. Pues Cristo «quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Esto lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor» (CEC, n° 618). La perfecta oblación de María es modelo de lo que debe ser la vida de todo cristiano: una continua ofrenda de sí mismo al Padre Celestial por Cristo en el Espíritu Santo. Dado que Él «sufrió por nosotros dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21) los cristianos debemos unir nuestros sufrimientos de cada día a su Cruz salvadora, en humilde sumisión a la voluntad de Dios.
El sacrificio eucarístico. Es este el momento por excelencia en el cual podemos asociarnos a la pasión de Jesús. La Misa no es otra cosa que la renovación incruenta del único sacrificio redentor. Cuando asistimos a la Santa Eucaristía, asistimos al monte Calvario. Por esta razón, cuando el sacerdote ofrece al Padre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, también nosotros nos ofrecemos con Él como víctimas expiatorias para remisión de nuestros pecados y los del mundo entero.
Pidamos a la Santísima Virgen María que en este día nos una especialmente a los sufrimientos de su Corazón Inmaculado. Que ella nos alcance la gracia de ser verdaderas víctimas gratas a Dios y que nuestros padecimientos, unidos al Corazón de su Hijo, sirvan para la conversión de los pecadores. Amen
P. Petrus Paulus Mariae Silva
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(Santiago de Chile, 1959-). Se formó en una familia profundamente arraigada en la tradición católica de Chile y ligada al campo. Hizo sus estudios de Agronomía en la Universidad Católica de Chile, Santiago. Ingresó en el Monasterio Benedictino de San Benito de Llíu-Llíu, Limache, el 24 de septiembre de 1983. Hizo sus estudios sacerdotales en el Seminario de Lo Vásquez bajo la guía de Santo Tomás de Aquino. Hizo una experiencia vocacional en la Cartuja de Nª Sª Medianera desde 1990-1996. Se reintegró a la Abadía benedictina de la Santísima Trinidad de Las Condes, Santiago, a su vuelta. Estudió filosofía en la Universidad de Los Andes. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Jorge Medina Estévez el 29 de junio de 2005. Fundó en 2008 la Asociación Privada de Fieles Schola Veritatis en la diócesis de Tarazona, España.
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