| « «Je n'ai jamais cherché que la Vérité» Santa Teresa del Niño Jesús | La persecución y el martirio, ¿son para todos los cristianos de hoy? » |
27.09.09
El Evangelio de este Domingo XXVI nos trae una vez más palabras tremendas de nuestro Señor Jesucristo. «El que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar» (Mc 9, 42). Esto quiere decir que es preferible que alguien muera a que escandalice a los pequeños que profesan la fe en Cristo.
En algunos otros pasajes de los Evangelios nos encontramos que Jesús trata de este tema. Así, por ejemplo, dice: «¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!» (Mt 18, 7).
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave»(nº 2284) Según esto, el que escandaliza es aquel que, por su modo de hablar, de obrar, o incluso por omisión, es ocasión de pecado para otro.
En el mismo texto evangélico el Señor agrega: «Si tu mano (tu pié, tu ojo) te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco (cojo, ciego) en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna… donde el gusano no muere y el fuego no se apaga; pues todos han de ser salados por el fuego» (Mc 9, 43-49), Ya se entiende entonces por qué el Señor, por el amor que nos tiene y deseando salvarnos, hace referencia a la eterna desdicha del infierno. Por eso,manda extirpar cualquier pecado y de paso arrastrar a otros que, por ser más simples y débiles, caen por el mal ejemplo que se les da.
Según esto, podríamos preguntarnos, ¿qué responsabilidad tiene aquellos que son ocasión de escándalo, de pecado para los demás? ¿Por qué son tan pocos los que se escandalizan con los graves males de nuestro tiempo?
El profeta Isaías dice estas palabras que expresan, de alguna manera, el núcleo del problema del mundo presente: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is. 5, 20).
Contemplemos primeramente algunas figuras que son puestas como ejemplo para la juventud en los medios de comunicación social. Los «santos» del mundo de hoy, hablando en general, son aquellos que llevan una vida escandalosa por sus pecados, que aparecen bajo razón de bien. Por ejemplo, la mayoría de los actores de cine son personas que hacen creer públicamente que la felicidad está en el abandonarse al pecado, a las pasiones, que ya han dejado de ser tales: adulterio, fornicación, drogas, alcohol, gastos enormes y toda clase de excentricidades. Éstas son puestas a los ojos de los jóvenes como cosas buenas, dignas de imitación.
Es que el mundo de hoy ha perdido la conciencia de pecado, como decía S. S. Pío XII. A nadie le escandaliza que buena parte de los matrimonios se divorcien y acaben en adulterio. Ya no es ningún pecado, pues «tienen derecho a rehacer sus vidas». O que cada día haya en el mundo miles de abortos. No es un asesinato: «yo tengo derecho a decidir qué hago con mi vida», es parte de lo que se considera « la salud reproductiva de las mujeres». Leíamos estos días que más de la mitad de las adolescentes que quedan embarazadas en España abortan. Hoy el gobierno español aprobó el aborto libre hasta las 14 semanas, sin el consentimiento paterno para las menores a partir de los 16 años. Es así que lo que antes era a los ojos de todos un obrar malo, porque por su propia naturaleza lo es, un mal digno de reproche y castigo, hoy no sólo ya no es malo, sino hasta legítimo y bueno. Hemos llegado en nuestro tiempo a que lo que es malo ha sido convertido en bueno y se ha transformado en un supuesto camino «para alcanzar la felicidad».
Hasta aquí hemos hablado en un plano meramente moral. Pero más grave aun, si puede decirse así, es el escándalo en el orden doctrinal. El Papa Pablo VI llegó a escribir: ««¡Basta con la disensión dentro de la Iglesia! ¡Basta con una disgregadora interpretación del pluralismo! ¡Basta con la lesión que los mismos católicos infligen a su indispensable cohesión! ¡Basta con la desobediencia calificada de libertad!» (18-VII-1975). Este disenso ha llevado a que vastos sectores de la Iglesia han perdido la fe o la ortodoxia de la misma.
Debería escandalizarnos el que hoy no nos escandalicemos por esta situación. Además que sin reconocer el mal no hay posibilidad alguna de salir de él. Buena parte cristianos tenemos la conciencia dormida. San Agustín decía en el Sermón sobre los pastores, a propósito de sus combates contra las herejías: «Sabedlo pues: cuando hablo contra el error, me mueve sin duda el deseo de convertir a alguien que está fuera, el deseo de una conquista exterior; pero más aun me mueve el temor de un desmayo doméstico, de un daño interior. Testigo de mi frialdad, el fiel no tardaría en pensar que es cosa indiferente pasar a la herejía… Viendo mi poco ardor contra las sectas separadas, de pronto se diría: Dios está tanto de un lado como del otro; no importa la elección; son querellas intestinas las que han producido esta diversidad; Dios puede ser honrado en todos los campos» (Sermón 46, 15).
Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de caminar con humildad al amparo de las enseñanzas de la Iglesia. Que, contemplando los dolores de María Santísima en el Calvario, aprendamos a sufrir verdaderamente por los males que invaden el mundo y, con el auxilio de la gracia, no temamos, con fortaleza, poner el remedio allí donde el Señor nos concede hacerlo. Oremos por nuestros pastores. Pidamos en este año sacerdotal pastores santos, con la firme esperanza de que la gracia de Dios les dé la fortaleza y entereza para guiar a sus ovejas hacia la vida eterna. Amén.
P. Petrus Paulus Mariae Silva
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(Santiago de Chile, 1959-). Se formó en una familia profundamente arraigada en la tradición católica de Chile y ligada al campo. Hizo sus estudios de Agronomía en la Universidad Católica de Chile, Santiago. Ingresó en el Monasterio Benedictino de San Benito de Llíu-Llíu, Limache, el 24 de septiembre de 1983. Hizo sus estudios sacerdotales en el Seminario de Lo Vásquez bajo la guía de Santo Tomás de Aquino. Hizo una experiencia vocacional en la Cartuja de Nª Sª Medianera desde 1990-1996. Se reintegró a la Abadía benedictina de la Santísima Trinidad de Las Condes, Santiago, a su vuelta. Estudió filosofía en la Universidad de Los Andes. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Jorge Medina Estévez el 29 de junio de 2005. Fundó en 2008 la Asociación Privada de Fieles Schola Veritatis en la diócesis de Tarazona, España.
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