« Ay de los que no se escandalizan con los escándalosEl camino de la humillación como respuesta a la actual apostasía »

20.09.09

La persecución y el martirio, ¿son para todos los cristianos de hoy?

A las 12:45 PM, por P. Petrus Paulus Mariae
Categorías : Homilías Schola Veritatis

  Hace unos 19 años atrás, estando de Retiro en un Monasterio trapense, el Superior de aquella Casa tuvo a bien hacerme una confidencia sorprendente por su sinceridad. Era como confiarme un examen de su propia conciencia de cara a la Palabra de Dios. Me dijo, saliéndole muy de adentro: «Cuando leo los Evangelios, veo que a Nuestro Señor lo perseguían, lo rechazaban, lo despreciaban por todas partes». Y luego agregó con una expresión de profundo dolor: «a mí  no me pasa nada de eso…». Y concluyó con verdadera compunción: «… ¡¡y ya me estoy volviendo viejo!!».

  La primera lectura de este domingo XXV nos muestra la actitud de los impíos frente al justo, que obra conforme a la ley de Dios.  «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados…» (Sb 2, 12). El justo, que es el santo, el que es fiel a Dios y a sus preceptos es molesto para el infiel, para el que obra según los criterios del mundo pecador, para quien se opone a Dios. «Lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente» (Sb 2, 15). Su sola actitud resulta odiosa, puesto que es un reproche para los hijos de las tinieblas.

  En el Evangelio, San Marcos nos relata el segundo anuncio de la Pasión. Cristo va de camino instruyendo a sus discípulos y les explica: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc 9, 31). Acto seguido aparece la actitud de los discípulos, que «no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle». Ya se ve que el anuncio de los sufrimientos del Señor era inadmisible para el universo mental que ellos tenían del Mesías, y preferían huir de este tema guardando silencio. Oír hablar de persecuciones y sufrimiento les ocasionaba cierto escándalo, como pudimos comprobarlo en el Evangelio del domingo pasado, cuando Pedro se pone a increpar a Jesús (…) al oír que Éste tenía que ser entregado a manos de las autoridades judías de su tiempo (cf. Mc 8, 31).

  A la luz de estos textos que nos regala la Sagrada Liturgia podríamos hacernos algunas preguntas que nos ayuden a la meditación. ¿Es normal que los cristianos que vivan fieles al Evangelio sufran persecución? Si es así, ¿hay excepciones? ¿Puede o debe el cristiano capitular y renegar de algunos principios para no resultar tan molesto para el mundo que le rodea, o bien para sacar adelante la causa de Cristo y de la Iglesia? Hoy, cuando todo se opone con tanta violencia a Cristo y a su mensaje de salvación, cuando el ambiente se vuelve cada vez más adverso, ¿qué actitud debe tomar el que desea ser verdaderamente fiel a Dios?

  Lo primero que habría que decir al respecto es que las persecuciones y enfrentamientos con el mundo no son ninguna novedad ni debieran extrañarnos. Podemos encontrarlo anunciado a lo largo de toda la Sagrada Escritura. Ya en el Antiguo Testamento los profetas fueron atacados, perseguidos y muertos por los hombres de su tiempo, que no querían oír los reproches por su mala conducta. El pueblo de Israel se había prostituido con los falsos dioses y el llamado a la conversión, para no caer en toda clase de desgracias, les resultaba profundamente molesto. Elías, por citar un ejemplo, huye de Jezabel, que ha dado muerte a todos los demás profetas de Israel (cf. 1Re, 19). Así, también encontramos innumerables pasajes que predicen los padecimientos y la muerte redentora de Cristo.

  Al mirar la vida de Nuestro Salvador desde esta perspectiva, se hace manifiesta de una manera muy clara, su «vocación al martirio», un martirio que se consuma en la Cruz. El verdadero cristianismo, si quiere ser fiel a su Señor, no puede pretender encontrar un camino legítimo que lo dispense del martirio y de la Cruz. El Señor nos responde diciendo con toda claridad: Quien no toma su cruz y me sigue, no puede ser discípulo mío (Cf. Mt 16, 24). Y San Pablo no deja lugar a dudas cuando dice: «Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones» (2 Tim 3, 12).

  Conviene recordar que el Salvador del mundo tuvo que nacer en un pesebre propio de animales, porque en la posada, es decir, en los corazones de los hombres, no se encontró un lugar para Él (cf. Lc 2, 7). «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (cf. Jn 1, 11). A los pocos días de nacer sufrió la persecución del rey Herodes que acabó con la muerte de los Santos Inocentes, y la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto. En la primera Pascua, Jesús al entrar en el Templo expulsó violentamente a quienes allí comerciaban, acusándolos de haber convertido el Templo, un lugar sagrado, en cueva de ladrones (Mt 21, 12-13). Desde entonces lo sacerdotes del Templo lo odian, y este choque de Jesús con ellos no augura para Él grandes triunfos y prosperidades. La casta sacerdotal era muy poderosa en el Sanedrín y ante el pueblo. Denunciarla públicamente era convertirse en feroz enemigo, y esto era colocarse en grave peligro de muerte. ¿No hubiera podido proceder Jesús más suavemente, con una gradualidad más prudente, con más diplomacia o con una actitud política más correcta —diríamos hoy?

  Cuando sube a Jerusalén para la segunda Pascua, en día sábado sana, en la piscina de Betesdá, a un hombre que llevaba enfermo 38 años. Allí les dice a los judíos que su creencia en Moisés debiera llevarles a la fe en Él, pero como el amor de Dios no está en ellos, lo rechazan (Jn 5,37-47). Son palabras muy duras.

  Deja Judea y viene a Cafarnaúm. Allí tampoco faltan los enemigos. Pero Jesús, una vez más no calla ante ellos. Se declara «Señor del sábado», curando en ese día a un hombre que tenía la mano seca. El evangelista agrega que los escribas y fariseos se concertaron con los herodianos en contra de Él para matarlo.

  En la mitad de su segundo año de su ministerio público, predica el Sermón de la montaña, lleno de luz y de gracia. En él, sin embargo, incluye Jesús la trágica bienaventuranza de la persecución por la justicia. Y en ese mismo Sermón, Jesús se atreve a decir cosas durísimas sobre los que entonces eran guías espirituales del pueblo judío (Mt 5, 20; 6, 16; 6, 24-26; 7, 13-14). Textos de esta naturaleza, los hay numerosos en los Evangelios, para el que tenga oídos para oírlos.

  A lo largo de su vida pública, entonces, Jesús choca muchas veces con la soberbia, el formalismo y la hipocresía de los fariseos. Así queda claro que fariseísmo y Evangelio son irreconciliables. El Señor sabe que la sombra de la Cruz se proyecta cada vez más sobre su vida. Pero Él no se espanta por eso, ni lo mueve a buscar actitudes consensuadas de «adaptación» o de «equilibrio» para no perder adhesiones, ni tampoco hace cálculos humanos, ni busca lo que quiere la gente para ganárselos. Si lo hubiese hecho, es evidente, no habría muerto en la Cruz. Sencillamente hace la voluntad del Padre, esto es, ¡busca apasionadamente la salvación de los hombres, que no puede conseguirse sin decirles la verdad, y les da la verdad que puede salvarles, aun arriesgando gravemente su propia vida; ¡les dice la verdad que a ellos les dará la vida y a Él la muerte!

  La historia de la Iglesia está marcada por las persecuciones por parte del mundo, que no quiere escuchar el mensaje de salvación. Desde los primeros tiempos la vida de la Iglesia está regada con la sangre de los mártires, los cuales resistieron a los ataques del enemigo y dieron su vida por Cristo y por el Evangelio. Ya lo decía el Señor en la Última Cena a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros». Y a continuación: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo» (Jn 15, 18-19).

  Este texto —que no debería olvidarlo ningún cristiano, sea laico, religioso, sacerdote, obispo o cardenal—, nos ayuda a comprender por qué el verdadero cristiano sufre persecuciones hoy y siempre. Cristo, por su muerte redentora, nos ha sacado del inicuo proceder del mundo. El mensaje del Evangelio implica una conversión total, una metanoia (cambio de mente), que nos lleva a obrar de una manera diametralmente opuesta al mundo. Es por eso que quien quiera seguir a Cristo fielmente debe prepararse para ser tachado de «extremista», «cerrado», «inadaptado», «antisocial», etc. Se hará lo posible por «quitarlo de en medio», excluirlo, porque su sola presencia es ya «piedra de tropiezo» para los que concilian el Evangelio con el mundo, Evangelio y liberalismo en cualquiera de sus formas.

  Ahora bien, frente a esta situación, que hoy se acentúa cada vez más por el rechazo generalizado a Dios, comprobamos con profundo dolor la creciente debilidad de los cristianos. Temerosos de verse relegados y apartados de la vida «normal», prefieren ocultar su fe o simplemente renegar de aquellos principios que confronten con el común modo de pensar y de obrar. Prefieren ahorrarse problemas y convivir «pacíficamente» con los hijos de las tinieblas (cf. Mt 8, 12; 1 Tes 5, 5). Estos cristianos conciliadores, «moderados», no hacen sino facilitar el avance de la apostasía del mundo, abriéndole las puertas de la Iglesia. Prefieren soportar con paciencia los horribles males de nuestro tiempo, antes que oponerse frontalmente a ellos. En palabras del Cardenal Pie, Arzobispo de Poitiers, una de las personalidades más relevantes del siglo XIX, se trata de una «generación sin principios fijos, sin doctrina definida, que no tiene voluntad y ardor sino para la negación y que finalmente está más dispuesta a sufrir el mal que a poner el remedio».

  Por el contrario, los verdaderos hijos de la luz no se acobardan ante la adversidad. Saben que si a Cristo le han perseguido, no les espera a ellos menor suerte y que, al compartir sus padecimientos, merecerán compartir también la gloria de su resurrección. Escuchan y ponen por obra aquellas palabras de San Pablo: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente» (Rm 12, 2), no confiando en sus propias fuerzas, sino poniendo toda su esperanza en el auxilio de la gracia. Así lo han hecho los santos a lo largo de toda la historia, permaneciendo fieles al Señor en medio de las incomprensiones y sufrimientos. Ellos no han vivido atemorizados y tristes, sino llenos de santa alegría, seguros de heredar con Cristo la vida eterna.

  Recordemos la más grande de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5, 10-12).

  Pidamos al Señor, por la mediación de María Santísima, nuestra Madre, que nos conceda una humilde fortaleza. Humildad para someternos a su santa ley y fortaleza para perseverar inconmovibles en ella. Permanezcamos firmes y llenémonos de gozo cuando nos ataquen y persigan, pues hemos sido hallados dignos de padecer por el nombre de Cristo (cf. Hch 5, 41).

P. Petrus Paulus Mariae Silva

 

www.scholaveritatis.org

http://petruspaulus.wordpress.com

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16 comentarios

Comentario de Luis Fernando
Hay dos formas de "evitar" la persecución:
Apostatando o convirtiéndonos a un tipo de cristianismo tibio, políticamente correcto, que no molesta demasiado al "mundo".

Pues bien, tengo la sensación de que el Señor "prefiere" a los apóstatas antes que a los tibios. Y lo que hoy vemos en parte de la Iglesia, sobre todo en determinados niveles, tiene mucho más de tibieza que de apostasía.

Nótese que digo parte, y no toda, y que digo en determinados niveles, no todos.
20/09/09 1:02 PM
Comentario de Yolanda
Norado, LF:

pero no me seas tibio: Di qué parte y di que niveles.

;)
20/09/09 3:49 PM
Comentario de Luis Fernando
Pues la "parte" y los "niveles" que encajan con ese tipo de cristianismo tibio, políticamente correcto, que no molesta demasiado al "mundo".
20/09/09 6:48 PM
Comentario de Yolanda
Te veo tibio y políticamente correcto, LF. ¿Desde cuádo te da miedo dar nombres o señalar instituciones?
20/09/09 10:45 PM
Comentario de Luis Fernando
Yolanda, cualquiera que lea mi blog sabe que he dado nombres y señalado instituciones, así que el que quiera saberlos que acuda al mismo para encontrarlos.

Pero mi comentario acá es generalista y no tengo por qué hacer una lista de "acusados".
21/09/09 11:10 AM
Comentario de Marcia
Tengo un buen trabajo y una buena familia. La salud es de hierro macizo, casi nunca me ha dolido nada. Muchas veces me pregunto , al no tener mayores problemas o cruces (como les llama mucha gente) si estaré haciendo las cosas bien:Dios a los que quiere especialmente los hace partícipes de su Cruz.
Intento llevara una vida cristiana coherente y eso ya me ha ocasionado ciertos problemas, pequeños. ¿Sería capaz del martirio por amor a Dios? Espero y le pido que así sea.
21/09/09 7:13 PM
Comentario de Norberto
Creo que sí,La persecución y el martirio, son para todos los cristianos de hoy...y de siempre.

Enternecedora la confesión del trapense,con la durísima vida que llevan,además, siendo Superior, seguro que más de un sapo debió de tragar.

Lo tenemos bien fácil,en una sociedad intolerante y fanática con el laicismo,tenemos la persecución asegurada en cuando abramos la boca y digamos:"...Es que yo pienso así porque soy cristiano...",¡con armadura porque la lapidación dialéctica,en tropel,está garantizada.
21/09/09 10:51 PM
Yo no me apresuraría a condenar a quienes, ante las persecuciones, sienten miedo. El mismo Cristo lo sintió y de manera muy intensa, la noche de la Pasión. También Santo Tomás Moro dejó escrito que lo importante en esto no es tanto no sentir miedo (algo muchas veces inevitable), sino mantenerse firme en el bien, incluso a pesar del miedo. Y dijo todavía más: Que el que se porta bien venciendo el miedo tiene aún más mérito que el que no ha tenido que vencer tal sentimiento, pues el miedo es un obstáculo más a vencer.
22/09/09 12:14 AM
Comentario de Raffaelo
Muchos estamos bautizados en España pero una parte importante no se siente cristiana porque su fe se ha quedado en pañales y no ha perseverado por la razón que sea, quizá para darnos tarea de ser sal a quienes sí hemos perseverado.

Entre quienes hemos perseverado y sentimos la Iglesia como nuestra familia y un verdadero tesoro que vale la pena guardar y a la vez mostrar, algunos no hemos sentido la persecución hasta relativamente poco. No es una persecución como la de los cristianos en tiempos de Nerón pero sí que sigue otras pautas.

Veo importante contar con la Iglesia para apoyarnos en ella y así presentar a la Iglesia como nuestra madre en todos los sitios, que sepamos y demos a conocer que Dios nos ama y que amamos a quienes no nos aman bien.
22/09/09 11:37 PM
Pondré como muestra un botón y dejaremos a la probidad del articulista la búsqueda de casos similares. Para perseguidos las víctimas de la cruzada contra los Albigenses. Si buscas, como te pide el deseo sagrado de aspirar al conocimiento, verás que los cristianos han sido más perseguidores que perseguidos con muchísima diferencia.
23/09/09 1:29 PM
Comentario de Luis Fernando
Los albigenses o cátaros ponían en peligro la supervivencia de la sociedad al considerar el matrimonio como cosa pecaminosa. Esa fue la razón de que fueran perseguidos. Si una nación entera se volvía cátara, podría dar por segura su desaparición en tan solo una generación.

En realidad, el tema de las persecuciones tiene más que ver con los abusos de poder. Por ejemplo, los que tan pomposamente llamaron Ilustración a lo que era una simple revuelta contra el poder establecido, una vez en el gobierno desataron una represión brutal.
Es el eterno problema del pecado en el mundo, del cual no siempre han sido ajeno los cristianos.

Pero no hay en la historia de la humanidad nada tan salvaje como lo que los regímenes ateos (o el pagano de Hitler) cometieron en el siglo XX. Por no hablar de que el concepto cristiano del hombre como ser hecho a imagen y semejanza de Dios es por sí mismo un elemento capaz de acabar con la violencia institucional indiscriminada. O al menos moderarla.
24/09/09 11:18 AM
LF:
¿Eliminar a los sacerdotes ya que si todos se hicieran sacerdotes desaparecería la población de una región?
No hace falta llegar a eso, hasta los sacerdotes tienen hijos. No hay quien pueda contra el mandamiento cero ·"creced y multiplicaros...".
Astuto retórico, vuelve y repasa las persecuciones propiciadas por la Iglesia y te doy una pista que conoces perfectamente: la desencadenada en contra de paganos ( pueblerinos ) y herejes una vez que el cristianismo pasó a ser la religión oficial del imperio romano. Esto para empezar por el principio.
24/09/09 1:51 PM
Comentario de Luis Fernando
Demuestra usted un grave desconocimiento de la doctrina católica sobre el matrimonio y el celibato entre el clero de rito latino, cuando pretende compararla con la barbaridad cátara, de raíz gnóstica, que afirmaba que NADIE debía de casarse. Nadie es NADIE.

La persecución del Imperio contra los paganos, muy limitada y para nada comparable con la sufrida por los cristianos hasta entonces, no fue propiciada por ningún Patriarca ni desde luego por el Papa.

Y le vuelvo a decir que nada hay en la historia de la Cristiandad que se acerque ni por un casual a lo que los regímenes ateos hicieron el siglo pasado. Es más, no hay que salir de España para comprobar lo que un régimen ateo y anticlerical hizo en apenas tres años: perpretar la mayor matanza contra cristianos conocida en Europa.
24/09/09 2:42 PM
Luis Fernando, estaban en contra del matrimonio pero sobretodo procuraban no tener descendencia. Era un grupo que convivía entre los católicos. De hecho los obispos de la región se opusieron a su exterminio. No prohibian, no estaba en su mano, como tampoco lo hacen los sacerdotes, que los demás se reprodujeran como Dios les daba a entender. Las expresiones "Demuestra usted un grave desconocimiento" sobre todo cuando no vienen a cuento sobran. Yo no te la voy a aplicar a propósito de los párrafos restantes porque no hace falta.
24/09/09 6:41 PM
Comentario de Luis Fernando
Vuelve a demostrar total ignorancia sobre la doctrina católica acerca del matrimonio y del celibato. Que los cátaros no prohibieran casarse a los no cátaros no esconde el hecho de que si, a través del proselitismo, sus ideas se hubieran extendido por todas partes, el resultado habría sido nefasto para la supervivencia de la raza humana. Sin embargo, los sacerdotes no sólo no prohíben casarse a quienes no lo son, sino que les animan a "llenar la tierra".
El celibato no tiene nada que ver con una concepción de la sexualidad por la cual ésta es perversa hasta en el matrimonio. Sí tiene que ver, como dijo san Pablo, con la condición de quien quiere servir al Señor y sólo al Señor. No todos están llamados a ello, pero los que reciben ese don son la joya de la corona de la Iglesia de Cristo.
25/09/09 11:19 AM
Luis Fernando : la joya de la corona de la Iglesia de Cristo son los santos, de toda condición.

No volvamos a hacer vocaciones de primera y de segunda. Si bien es cierto que "objetivamente" es más perfecto el celibato eso no quiere decir que estén llamados a otro grado "distinto" de santidad, puesto que subjetivamente tan santo puede llegar a ser un casado como un consagrado.

Esto no agota toda la explicación y será incompleta porque esto requiere una larga charla, pero espero que se pueda entender suficientemente lo que digo.

Un saludo cordial.
29/09/09 5:38 PM

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P. Pedro Pablo

P. Pedro Pablo

(Santiago de Chile, 1959-). Se formó en una familia profundamente arraigada en la tradición católica de Chile y ligada al campo. Hizo sus estudios de Agronomía en la Universidad Católica de Chile, Santiago. Ingresó en el Monasterio Benedictino de San Benito de Llíu-Llíu, Limache, el 24 de septiembre de 1983. Hizo sus estudios sacerdotales en el Seminario de Lo Vásquez bajo la guía de Santo Tomás de Aquino. Hizo una experiencia vocacional en la Cartuja de Nª Sª Medianera desde 1990-1996. Se reintegró a la Abadía benedictina de la Santísima Trinidad de Las Condes, Santiago, a su vuelta. Estudió filosofía en la Universidad de Los Andes. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Jorge Medina Estévez el 29 de junio de 2005. Fundó en 2008 la Asociación Privada de Fieles Schola Veritatis en la diócesis de Tarazona, España.

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