21.02.10

La Iglesia al comenzar la Cuaresma nos regala una serie de lecturas que nos ponen de frente a la realidad misteriosa, profunda y tremenda del pecado y de la tentación. El misterio Pascual de Cristo en el que confluye este tiempo de penitencia, solo se entiende desde el misterio del pecado del hombre. Es verdad de fe que, del pecado de Adán y Eva, se deriva todo el mal de la historia del mundo –la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, la guerra-. De alguna manera ellos, como padres primigenios de toda la humanidad, son los responsables del «pecado del mundo».
El pecado: soberbia y desconfianza. La Sagrada Escritura nos revela este primer pecado como un sobrepasar la norma de Dios, hacerse como Dios, querer construir un paraíso en la tierra sin mendigar el don de Dios, sin su gracia. Esto mismo, de un modo aún más explícito, proponen las ideologías liberales democráticas actuales, poniendo al hombre en un abismo de auto-exaltación. Es un querer alcanzar su propio fin no por don sino por sí mismo. ¿Quién puede negar que esto no aparezca como la meta suprema a la que aspira todo hombre? Y sin embargo la verdad es que esta tentación, como toda tentación, esconde una mentira: «Dios sabe muy bien —dice el demonio— que cuando comáis de ese árbol, se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Así Dios aparece, en la misma mentira de la tentación, como alguien que usurpa algo que nosotros podríamos alcanzar por nosotros mismos y por lo tanto alguien del cual debemos desconfiar lanzándonos por nuestro propio camino. Entrando la desconfianza, la relación se rompe, y una vez rota, ya no hay fe, ni nada: Dios ha pasado a ser nuestro enemigo. Esto ocurre con la tentación y el pecado. Esto ocurre hoy en el mundo.
El Introito de este primer domingo de Cuaresma pone en nuestros labios el Salmo 90 «Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti». Esto es precisamente lo contrario de la desconfianza, y por tanto, el camino por el cual hemos de retornar a Dios. Es un acto de confianza en el cual subsiste fe. «Señor, creo en ti, por eso confío. Señor, te amo, por eso creo en ti. Señor tengo fe de ti, por eso mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo». Y el salmo continúa: «Él te librará de la red del cazador, de la peste funesta. Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás, su brazo es escudo y armadura». Es Dios mismo quien nos cuida como a la niña de sus ojos. Por eso, sigue diciendo el salmo: «no temerás el espanto nocturno, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a mediodía. Caerán a tu izquierda mil, diez mil a tu derecha: a ti no te alcanzará». Mientras confiemos en Dios, no nos alcanzará el pecado. En cambio: «nada más mirar con tus ojos, verás la paga de los malvados, porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por defensa. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones». Y como si fuera poco, Dios mismo responde: “Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré; lo saciaré de largos días y le haré ver mi salvación”».
El demonio puede tentarnos en todo momento a lo largo de nuestra vida, según se lo permita Dios; aún en los momentos de oración y después de la comunión nos puede inspirar pensamientos contra la fe, la esperanza, la castidad y demás virtudes, lanzar nuestra imaginación a la rebeldía, o soliviantar en nosotros todo tipo de pasiones. A este respecto querría recordar la centralidad del camino de la infancia espiritual de Santa Teresa del Niño Jesús juntamente con San Claudio La Colombière: es la confianza y sólo la confianza la que nos elevará a la cumbre de la santidad. Y esa confianza tiene donde apoyarse: Cristo mismo ha rogado por nosotros cuando dijo al Padre, en la oración sacerdotal: «no te pido que los saques de este mundo, sino que los preserves del Maligno» (Jn 17,15). Si creemos en Jesucristo el Señor que ha rogado para que perseveremos en la gracia y no nos apartarnos de El, si desconfiando de nosotros, ponemos nuestra esperanza en El, ya que el Padre nos ve y nos ama en su Hijo, El también nos librará del maligno, y enviará a sus Ángeles buenos que se acerquen a nosotros para servirnos.
Pidamos a la Virgen María, cuya vida transcurrió en un acto ininterrumpido de confianza, que nos alcance el don de confiar en Dios. Que, guiándonos en el camino de la Cuaresma, nos ayude a dejar todo los que nos aparta de la escucha de Cristo y de su palabra de salvación, dándonos la victoria en la hora de la tentación. Amén.
P. Petrus Paulus Mariae Silva
3.02.10

Celebramos hoy con toda la Iglesia la fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la purificación de la Santísima Virgen María. Este episodio, relatado por San Lucas en los primeros capítulos de su Evangelio, contiene gran riqueza espiritual. Contemplamos a la Sagrada Familia que sube a Jerusalén para dar cumplimiento a la Ley de Moisés: Por una parte, el rescate del hijo primogénito que, según lo mandado por la Ley, debía ser consagrado al Señor. Por otra, la purificación de la madre, que al dar a luz quedaba impura. Con toda humildad Madre e Hijo se someten a los mandamientos de la ley, aun cuando la condición divina del Hijo y la pureza virginal de la Madre, no menoscabada por el nacimiento, los hacía quedar exentos de tales prescripciones.
28.01.10
Leo Moulin, un ateo declarado, les dirigía a los católicos estas advertencias: «Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. En cambio, yo, agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo, os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad.» (cf. Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, 17-18)
¿Oscurantismo medieval? Uno de esos blancos preferidos, acribillado por los disparos de una crítica corrosiva ha sido y es Santo Tomás de Aquino. Su pensamiento ha sido asociado al mal llamado «oscurantismo medieval» por obra del anticlericalismo creciente, originado en el mundo protestante, primero (siglos XVI), y en el seno de la Ilustración, después (siglo XVIII). En el Syllabus de 1864 Pío IX condenó una afirmación que decía que los métodos y principios de los antiguos doctores escolásticos no se adaptaban a las necesidades de nuestro tiempo y al progreso científico (Denzinger-Bannwart, 1713). Siguiendo el llamado del agnóstico Leo Moulin, es necesario hoy más que nunca restablecer la verdad en torno a este grandísimo doctor de la Iglesia, cuanto más porque el Magisterio de los últimos seis siglos viene proponiéndolo con insistencia como el único remedio a los graves problemas de la inteligencia que afectan a la Iglesia y al mundo en estos últimos tiempos de la historia.
25.01.10

Celebramos en este día la fiesta de la conversión del Apóstol San Pablo. La Iglesia ha querido celebrar de manera especial el día en que San Pablo, por un don de Dios, ha pasado a ser, de perseguidor de cristianos, en el más grande Apóstol de los gentiles.
En tres pasajes diferentes de los Hechos de los Apóstoles leemos el relato de esta impresionante conversión.Pablo, consumido de odio por los cristianos, luego de aprobar la muerte de Esteban, parte a perseguir a los discípulos de Cristo. Pero por el camino, de forma completamente inesperada, es derribado por el mismo Jesucristo y llevado ciego a Damasco, donde recibe el bautismo. Tenemos ante nosotros un testimonio eminente de la acción gratuita de Dios en un alma, que interviene con su gracia para realizar en ella su plan de salvación. ¿Qué había en San Pablo que lo hiciera merecedor de tan alto llamado? Pues no había nada. Solo una misericordiosa predestinación de Dios para él, como él mismo dice en una de sus cartas: «A los que predestinó los llamó, a los que llamó los justificó, a los que justificó los glorificó».
Es por este llamado misericordioso que San Pablo, como ningún otro, comprendió la gratuidad del don de Dios, que transforma el alma de pecadora en justa. Nos encontramos a lo largo de sus cartas, especialmente en Romanos y Gálatas, expresada con gran fuerza y claridad la doctrina de la justificación. Nadie como él entendió que la justificación viene por la gracia de Dios, sin que ningún mérito humano le preceda. Él, fariseo y celoso por el cumplimiento de la ley, experimentó en su propia vida el don de la misericordia de Dios. Así comprendió que no hay ninguna obra humana, por buena que sea, que merezca la salvación de Dios. Por eso no tiene temor de manifestar a todo el mundo su condición de pecador y el abismo del amor de Dios que le ha rescatado de su proceder inicuo y le ha convertido en piedra fundamental de la Iglesia: “Habéis oído de mi conducta anterior en el judaísmo: cómo perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía…” (Gal 1, 13).
17.01.10
Epifanía, Bautismo y primer milagro de Jesús. En este 2° domingo del tiempo ordinario la Iglesia nos presenta la tercera parte de un tríptico de la Epifanía o Manifestación del Señor. Hemos visto poco tiempo atrás unos magos del Oriente que han venido a adorar al Señor nacido en Belén (Mt 2,1-12). Este gesto, por una parte, es la Manifestación de Cristo, Luz del mundo, a todos los hombres representados por estos magos, y, por otra, prefigura el cumplimiento escatológico del fin de los tiempos, cuando todos los pueblos naciones y lenguas se postren ante el que está sentado en el trono y el Cordero (Ap. 14,4; Sal 86, 9), ante Cristo Alfa y Omega de la historia, Principio y Fin de todo (Ap 22, 13). En el domingo pasado hemos celebrado el Bautismo del Señor en el Jordán donde, en una gran Epifanía trinitaria: el Padre «manifiesta» el Hijo ante los hombres: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo» (Mt 3, 17). En continuidad con estas dos celebraciones, la liturgia de este domingo nos presenta el Evangelio que relata el milagro de las bodas de Caná. Con este hecho histórico Jesús comienza la manifestación de su gloria y la inauguración de los tiempos mesiánicos.
(Santiago de Chile, 1959-). Se formó en una familia profundamente arraigada en la tradición católica de Chile y ligada al campo. Hizo sus estudios de Agronomía en la Universidad Católica de Chile, Santiago. Ingresó en el Monasterio Benedictino de San Benito de Llíu-Llíu, Limache, el 24 de septiembre de 1983. Hizo sus estudios sacerdotales en el Seminario de Lo Vásquez bajo la guía de Santo Tomás de Aquino. Hizo una experiencia vocacional en la Cartuja de Nª Sª Medianera desde 1990-1996. Se reintegró a la Abadía benedictina de la Santísima Trinidad de Las Condes, Santiago, a su vuelta. Estudió filosofía en la Universidad de Los Andes. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Jorge Medina Estévez el 29 de junio de 2005. Fundó en 2008 la Asociación Privada de Fieles Schola Veritatis en la diócesis de Tarazona, España.
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