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4.04.24

La mirada del monje medieval al misterio de Cristo Redentor

Cristo sonriente, de la Abadía de Lerins

Auróra lucis rútilat,

Cælum láudibus íntonat,

Mundus exsúltans iúbilat,

Gemens inférnus úlulat:

 La aurora embellece al cielo,

y en alabanzas resuena:

triunfante se alegra el mundo,

pávido el infierno tiembla.

 

(Himno de Laudes del Tiempo Pascual)

 

La Abadía de Lérins es un monasterio cisterciense en la isla de San Honorato, una de las islas Lerins, en la Costa Azul. Aunque la construcción de los edificios actuales del monasterio empezó alrededor de 1073, en este lugar hay monjes desde el Siglo V.

 

En la Iglesia de la Abadía, encontramos una escultura cisterciense del Siglo XII, el “Crucificado sonriente”. Esta imagen nos recuerda al tan conocido “Cristo de Xavier”, talla en madera de nogal del Siglo XIII (imagen que sudó sangre de manera milagrosa en el Siglo XVI).

 

El Cristo de Lérins ofrecen una bellísima síntesis del misterio pascual: Jesús está en la cruz, con los ojos cerrados; en su frente está dibujado el triángulo trinitario, signo de su divinidad. Jesucristo, triunfador de la muerte, expresa en una sonrisa apacible y misteriosa la brecha abierta hacia la eternidad bienaventurada.

 

Siendo el arte monástico y la iconografía medieval el fruto de una mirada contemplativa propia, podemos recurrir a otro autor cisterciense del Siglo XII, el beato Guerrico de Igni (+1157), para asomarnos a dicha “mirada contemplativa medieval” en torno al misterio de Cristo Redentor. Dice Guerrico, al final de su tercer sermón para el domingo de Ramos:

 

Que brille siempre sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro (Salm 4,7). Tanto en las tristezas como en las alegrías, este rostro, en sí mismo, está apacible, sereno y plenamente consumado en el secreto de la luz interior; a los justos, se muestra sonriente e incitante: a los pecadores, clemente y benévolo. Fijad, pues, vuestras miradas, hermanos míos, en el rostro sereno de este rey. “En el rostro sonriente del rey es donde está la vida, dice la Escritura, y su clemencia es como lluvia tardía” (Pr 16, 15). Su mirada se posó sobre el primer hombre, y enseguida se animó y respiró un aliento de vida” (Gen 2,7), se volvió hacia Pedro y enseguida se sintió éste afligido y volvió a respirar con la esperanza del perdón (Lc 22, 61-62). En efecto, en cuanto el Señor se hubo vuelto hacia Pedro, este recibió de su mirada tan benévola y clemente “una lluvia tardía”, la de las lágrimas tras el pecado.

 

¡Oh Luz eterna! Job atestigua que la luz de tu rostro no cae hasta la tierra (Jb 29, 24). En efecto, ¿qué hay de común entre la luz y las tinieblas? (2 Co 6, 14). Corresponde más bien a las almas fieles captar sus rayos. Que ella inspire la alegría a las conciencias en paz; que ella sugiera el remedio a las conciencias heridas. En verdad, el rostro de Jesús triunfante, tal como es preciso contemplarlo en esta procesión [de Ramos] es alegría y jubilo; el rostro de Jesús moribundo, tal como lo meditamos en su pasión, es remedio y salvación. “los que te temen me verán, dice, y se alegrarán” (Sal 118, 74), los que se lamentan de sí mismos, me verán y curarán: como miraban hacia la serpiente colgada en una estaca de madera, tras la mordedura de las serpientes venenosas. Es, pues, a ti, alegría y salvación de todos, a quien todos bendicen con sus votos, a quién ven montado en el borrico o colgado del madero. Así te verán sentado en tu trono real y te alabarán por los siglos de los siglos. ¡A ti alabanza y honor por todos los siglos de los siglos!

 

Para terminar, citamos a otro cisterciense del siglo XII, Isaac de Stella:

 

¡Crezca en ti el Hijo de Dios, formado ya en ti, para que llegue a ser, para ti y en ti, ilimitado; entonces será la risa, la exultación y la alegría total, que nadie te arrebatará!

 

Para profundizar en estos temas, recomendamos la lectura del libro “Consideraciones monásticas sobre Cristo en la Edad Media”, de Jean Leclercq, OSB.

21.10.22

Señor, déjame apoyar mi pesada carga en ti

Robert Hugh Benson (+1914)

No puedo elevarme y cantar a mi Señor y mi Amor.

No tengo las alas del águila,

Ni fuerza para alzarme y saludar a mi Rey,

Ni corazón para volar.

Señor, Creador Encarnado, déjame apoyar

Mi pesada carga en ti;

No permitas que mi inmensa debilidad se interponga

Entre tu fuerza y yo.

No puedo conocer tu providencia ni donde estas.

Ni alcanzar vagamente

Qué eres Tú, qué es el hombre,

Y cuál es el final.

En medio de este desierto no puedo encontrar

La senda que pisó el hombre prudente;

Concédeme descansar en Ti, espíritu encarnado

Y verbo de Dios.

No puedo amar, mi corazon está embotado

Y cerrado bajo llave; ¡Ay de mi!

Mi egoísmo me hace estremecer, el pecado

Ha extraviado la llave.

¡Oh! Sagrado Corazon de Jesús, llama divina,

Que arde de deseo,

Mi esperanza está puesta en tu amor,

Profundo abismo de fuego.

No puedo vivir solo ni una hora más.

Jesús, ¡Sé Tú mi vida!

No tengo fuerzas para luchar; sé Tú mi fuerza

¡En toda contienda!

No puedo hacer nada, ni esperar, ni querer, ni temer,

Tan solo tropezar y caer,

Sé Tú mi alma y yo mismo, amado Jesús,

¡Mi Dios y mi todo!

Poema de Robert Hugh Benson


Robert Hugh Benson (nació el 18 de noviembre de 1871, murió el 19 de octubre de 1914) fue el hijo menor de Edward White Benson, Arzobispo de Canterbury. En 1895 fue ordenado sacerdote de la Iglesia de Inglaterra por su padre. A la muerte de este último, Benson fue enviado a un viaje a Oriente Próximo para recuperar su salud. Estando allí, comenzó a cuestionarse el estatus de la Iglesia de Inglaterra y a considerar las proclamaciones de la Iglesia católica. Su conversión al catolicismo en 1903 y ordenación como sacerdote católico en 1904 causó un enorme revuelo, al tratarse del hijo del difunto arzobispo de Canterbury. Al tiempo que continuaba su carrera como escritor, llegó a convertirse en chambelán del papa Pío X en 1910 y obtener el título de monseñor unos años antes de fallecer.

Dentro de su obra literaria, son especialmente conocidas sus novelas apocalípticas Señor del mundo y Alba triunfante.

 

28.04.20

La oración contemplativa, alma del camino de santidad

Kyrie Iesu, eleison me!

Señor Jesús, ten piedad de mi

La oración es para el hombre el más grande de los bienes, decía Dom Prospero Gueranger, fundador y Abad de Solesmes. Todos aquellos que buscamos la unión con Dios como fin único de nuestra vida, estamos implicados en este camino grandioso y por momentos, terrible. En cierto sentido, la oración es el alma de nuestra vida, de nuestra existencia. Si el Vat. II en SC define la Sagrada Liturgia como la cima y la fuente de toda la vida de la Iglesia…, la Santa Misa, la renovación incruenta del único Sacrificio de Cristo en el Calvario, el memorial de su Pasión, muerte y resurrección, debe ser vivido en un clima de oración contemplativa que nace y conduce a la unión con Dios.

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9.10.15

Un camino directo a la santidad, según el Padre Royo Marín

Trinidad

En el presente post , traemos para nuestros lectores una maravillosa Consagración a la Santísima Trinidad compuesta por el gran teólogo dominico Antonio Royo Marín, la cual, de ser plenamente vivida, es poderosa para conducir a un alma a las más altas cumbres de la santidad.

Antonio Royo Marín O.P. (Morella, Castellón, 1913 - Villava, 17 de abril del 2005) conocido religioso dominico español. Influyente teólogo y moralista que conservó y compendió en muchas obras la enseñanza y la espiritualidad católicas, siguiendo la doctrina del Doctor Común santo Tomás de Aquino. Para mayor información, puede verse la reseña que traza el doctor don Eudaldo Forment en https://www.youtube.com/watch?v=faGotanGjZQ


Consagración a la Santísima Trinidad

“¡Oh, Dios mío, Trinidad Beatísima! Sacad de mi pobre ser el máximo rendimiento para vuestra gloria y haced de mí lo que queráis en el tiempo y en la eternidad . Que ya no ponga jamás el menor obstáculo voluntario a vuestra acción transformadora. Que la gracia alcance en mí el grado de desarrollo que me tenéis asignado desde toda la eternidad con vuestra primera intención, y “según la medida de la donación de Cristo”.

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7.02.15

La visión de la esencia divina por parte del hombre

Adoración de la Eucaristía en Monasterio Mater Veritatis

Breve comentario a la Suma Teológica de Santo Tomas, Iª q.12 a.1y ss.

El tema grandioso de la visión de Dios es algo que cuestiona a todo hombre a través de la historia, y muy particularmente a los filósofos. Santo Tomás hablando en un contexto de orden sobrenatural, dice en la solución a las objeciones a la q.12:

 «Como quiera que la suprema felicidad del hombre consiste en la más sublime de sus operaciones, que es la intelectual, si el entendimiento creado no puede ver nunca la esencia divina, o nunca conseguirá la felicidad, o ésta se encuentra en algo que no es Dios. Esto es contrario a la fe».

 Ahora  bien, ningún entendimiento creado puede ver la esencia divina. Esto debiera ser la sentencia común, porque la trascendencia divina hace imposible al entendimiento creado, en el orden natural, aspirar a tal «operación».

 Por tanto no puede afirmarse que el hombre pueda alcanzar naturalmente la visio Dei, porque no existe proporción entre ésta y sus capacidades. Ninguna creatura tiene como objeto adecuado la esencia divina. El objeto del entendimiento humano es el ente; es su horizonte natural. 

 Pero como no hay nada que colme plenamente al entendimiento humano sino la visión beatífica, hace falta, por parte del sujeto el lumen gloriae, esto es un aumento de la capacidad intelectiva que es don y gracia divina que le permita ver a Dios. De aquí que cantemos con el salmista «Señor, en ti está la fuente viva y tu luz (lumen gloriae) nos hace ver la Luz (tu esencia) (Salmo 35).