InfoCatólica / María Lourdes Quinn / Categoría: .... 3) S. Lucas

7.03.15

Los problemas visuales de 5 grandes maestros del impresionismo

Es una gran tragedia perder la vista, pero más trágico aún podría ser perderla cuando uno tiene la capacidad de usarla para expresar sobre ásperos lienzos una luminosidad que transforma lo visto en visión. Por eso algunos grandes maestros del impresionismo sufrieron con mayor intensidad sus problemas ópticos.

Edgar Degas se lamenta en una carta a su amigo James Tissot: “Qué cosas más hermosas podría haber hecho, y rápidamente, si la luz brillante del día fuera menos intolerable para mí. Ir a Louisiana para abrir los ojos de uno, no puedo hacerlo. Pero todavía los mantenía lo suficientemente medio abiertos para ver hasta saciarme.” (18.II.1873)

Lo mismo se podría decir de las almas en pecado mortal, sobre todo las almas de los que han sido hechos hijos de Dios por medio del Bautismo. Estas almas están llamadas a la santidad, y es una lástima cuando el pecado mortal les separa de la amistad con Dios, de tal forma que les moleste Su Luz, aunque sienten en el fondo ansias de esa Luz.

Degas declaraba a James Tisson que después de dolerle en los ojos el reflejo de la luz brillante del sol, se pasaba las semanas de recuperación: “temblando todo el tiempo por si permaeciera así” (30.IX.1871, París). Él sufría de retinopatía desde los 36 años, pero ¿cuántos de los que padecen de la oscuridad del pecado se dan cuenta de su problema?

Se preocupaba mucho Degas de quedar ciego y escribía: “A veces siento un estremecimiento de horror” (1873), “Mis ojos están muy mal. El oculista… me ha dejado trabajar sólo un poco hasta que envíe mis cuadros. Lo hago con mucha dificultad y la mayor tristeza” (1874). ¿Nos preocupa de la misma forma el no poder gozar de la Visión de Dios por toda la eternidad? ¿Nos damos cuenta de que el pecado entorpece nuestras mejores obras?

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25.11.10

¿Cómo distinguir entre el santo temor de Dios y los escrúpulos?

Le dice el Buen Ladrón al otro malhechor crucificado con el Señor enel Evangelio de la Solemnidad de Cristo Rey [21.11.2010]: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio?” (Lc. 23, 40) Más debemos temer perder a Dios por nuestros pecados que la muerte física, y ese Buen Ladrón, alcanzado por la gracia divina, lo comprendió.

Explica el Bto. Papa Juan Pablo II: “Esté siempre vivo en vuestros corazones ‘el temor de Dios’. Este es el ‘principio de la sabiduría’ (cf. Sal 110 (111), 10). Y de la sabiduría nace el ‘amor’.” (Homilía del 12.10.1984) Sta. Catalina de Alejandría era muy inteligente, pero fue su temor de ofender a Dios lo que le llenó de sabiduría para poder confirmar su amor en el martirio. “El amor perfecto echa fuera el temor” (1 Jn. 4, 18), y por eso su amor de Dios le llenaba de paz, como a los primeros cristianos. “La Iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaría. Se consolidaba y caminaba en el temor del Señor y crecía con el consuelo del Espíritu Santo.” (Hechos 9, 31)

En cambio, los escrúpulos: “Son como espinas, que no dejan al alma reposar y sosegar en Dios y gozar de la verdadera paz.” (S. Pedro de Alcántara, “Tratado de la oración y meditación”, II,3).

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Un lector Alberto, tras leer el post “10 mandamientos para los escrupulosos” escribe con una duda sobre los escrúpulos:

“…tuve relaciones sexuales [con diferentes mujeres] y ahora me viene la duda por saber si tuvieron un hijo y me da ganas de ir a preguntarles, pero … mi director espiritual que es mi confesor también me dice que no tengo que averiguar nada, pero a mí me da la idea de que si no pregunto puede haber un hijo mío dando vueltas y del cual no me responsabilizo cometiendo un pecado grave y por lo tanto merecedor de infierno. ¿Es esto último un escrúpulo?

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24.11.10

¿Cuánto deseamos el martirio?

Entre S. Andrés Dung-Lac y 116 Compañeros Mártires de Vietnam, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia, se encuentran laicos, religiosos, y sacerdotes. Uno de ellos es S. Jean-Louis Bonnard (1824-1852), un misionero francés que no brillaba precisamente por sus cualidades intelectuales, pero sí en su amor de Dios y en su generosidad sirviéndole al Señor.

Le describe así un compañero de su infancia: “Piadoso, alegre, de carácter tranquilo, apacible, nunca se enfadaba; de talento mediocre, incluso quizás menos que mediocre”. Como S. Juan Vianney, este santo tuvo mucha dificultad aprendiendo el latín y también con el resto de sus estudios, por lo cual le reprendían sus profesores. Pero eso no detuvo su vocación temprana al sacerdocio, ni sus grandes deseos de ofrecer su vida en testimonio de su fe, de ser mártir.

Su vida y escritos nos podría hacer pensar: “¿Cuánto deseamos nosotros ser mártires? ¿Cuánto nos ponemos a disposición del Señor en todo lo que hacemos?

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23.11.10

¿Ha dicho el Papa Benedicto XVI que no existe el Purgatorio?

En una carta que remonta a la época de los primeros cristianos, el Papa S. Clemente I (Papa entre los años 93-101) tercer sucesor de S. Pedro, exhorta a los corintios:

“El rebaño debe vivir en paz bajo la obediencia y tutela de los presbíteros y los miembros del Cuerpo de Cristo no deben estar separados de su cabeza. Abandonemos, pues, las investigaciones hueras y vanas y sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición.”

En la Iglesia Católica, los Papas ejercen la suma autoridad respecto a materias de fe cuando hablan desde la Cátedra de S. Pedro como Vicarios de Cristo en el mundo. No es de extrañar, entonces, que sean blancos de tergiversaciones mediáticas que acaben confundiendo a los fieles respecto a temas como la cuestión por la cual escribe un lector, José:

“[…]resulta que hace algunos días escuchó mi hermana en las noticias que según un reportaje el Papa Benedicto XVI había dicho que el purgatorio no existe o que él decretaba que ya no existiera. No recuerdo las palabras precisas y quisiera saber si eso es cierto.”

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22.11.10

¿Por qué no consideramos mágicas las reliquias de los santos?

El Evangelio de la Solemnidad de Cristo Rey [21.11.2010] nos muestra a un malhechor crucificado con el Señor que le decía: “Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc. 23, 39). Precisamente en ese momento estaba el Señor padeciendo por él y por el resto de la humanidad, pero ese malhechor no se dio cuenta al burlarse de Él, aunque seguro que en el fondo le hubiese gustado mucho que Jesucristo le hubiera salvado de la muerte física.

Quizá se pensó: “¿No es ese Hombre coronado de espinas y clavado sobre una cruz el mismo que curó a una mujer con hemorragia que apenas había tocado Su manto? ¿Es que ya no tiene poderes mágicos?” Y como muchos que han buscado de Dios a lo largo de los siglos soluciones instantáneas a los problemas de este mundo, se podría haber perdido de vista el Cielo que Jesucristo, verdadero Dios, nos ofrece.

Como en los tiempos del Señor, es normal que deseemos soluciones milagrosas en momentos difíciles, y que recemos ante reliquias de santos para pedirles su intercesión ante el Señor. Si Dios ha concedido milagros por medio del manto de Elías (II Reyes 2, 9-14), los huesos de Eliseo (II Reyes 13, 21) y los pañuelos usados por S. Pablo (Hechos 19, 11-12), ¿por qué no esperar gracias de los huesos de mártires, por ejemplo, como si fueran varitas mágicas?

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