IOR, operación transparencia. Fase I.

Su existencia era un secreto a voces. Un especie de tabú. Fueron causa de antiguos y actuales escándalos. Eran casi intocables y quienes las gestionaban lo hacían desde la tranquilidad de nunca tener que dar explicaciones. Herencia de otros tiempos, no tan lejanos. Se trata de las llamadas “cuentas laicas". Posiciones financieras abiertas a través de los años en el Instituto para las Obras de Religión a favor de personajes no fácilmente identificables. Hasta hoy nunca antes se habían reconocido como reales. Sin embargo estaban allí. Imperturbables. Demasiada tentación en tiempos de transparencia obligada.

Logo_IORComo a todo mal enquistado le llega su hora, también le llegó al lastre de las “cuentas laicas". En el IOR del pontificado Francisco no tienen cabida, porque sus titulares no tienen derecho a conservarlas. Por eso era necesario investigar todas y cada una de las “posiciones” abiertas en la “banca vaticana". Identificar aquellas cuyos beneficiarios no cumplían con los requisitos para tenerlas y, simplemente, cerrarlas. Así. Tan fácil, tan difícil.

Creado en 1942 por el Papa Pío XII, desde siempre la misión del IOR ha sido la de gestionar los bienes de las instituciones eclesiasticas utilizados para financiar las obras religiosas y de caridad. Nunca fue ideado como un banco, en el sentido estricto de la palabra. Pero al tratarse de un organismo financiero de un Estado autónomo como el Vaticano, sus arcas se convirtieron en un apetitoso destino para todos aquellos que quisiesen esconder cuantiosas sumas de dinero al control de otros gobiernos, especialmente el italiano.

Habrá sido la falta de control, la flexibilidad en los criterios de asignación o los intereses creados; vaya usted a saber. Lo cierto es que en las últimas décadas, las diversas administraciones del Instituto fueron permitiendo la apertura de estas cuentas a personalidades de todo tipo, políticos y empresarios italianos incluidos. Ellos, a su vez, fueron aparcando allí conspicuas sumas de dinero; lejos de los “ojos indiscretos” de las autoridades tributarias. Demasiada tentación ante un régimen que operaba, en la práctica, como un “paraíso fiscal” en plena Roma.

Ojo, no es cosa de exagerar. Por eso era importante un análisis sistemático y exhaustivo de cada cuenta, cada posición, cada documento. Este ejercicio acaba de concluir y ha sido llamado: “Fase I". El principal responsable de llevarla a cumplimiento es Ernst von Freyberg, presidente del Consejo de Superintendencia del IOR desde febrero de 2013. Su nombramiento fue uno de los últimos actos de gobierno en el pontificado de Benedicto XVI.

Von Freyberg llegó para sustituir a Ettore Gotti Tedeschi, anterior presidente, defenestrado en mayo de 2012 por un voto de censura emitido entonces por el Consejo que él mismo encabezaba. Cuando fue despedido, muchos cargaron contra él las tintas. Le acusaron, incluso, de ser unos de los “cuervos” que filtraban documentos confidenciales en el escándalo “vatileaks". La realidad al final le dio la razón. Gotti salió exonerado incluso de un proceso judicial que lo rehabilitó.

Su principal problema, desde que llegó al puesto, fueron las maniobras de dos personajes que la historia demostró como poco, pero muy poco recomendables: Paolo Cipriani y Massimo Tulli, respectivamente director y vicedirector del IOR. Su doblez lo pude atestiguar personalmente cuando ellos mismos organizaron una visita para un grupo restringido de periodistas a las instalaciones del Instituto, dentro del terrirorio Vaticano. Con una presentación de diapositivas quisieron convencer a los comunicadores que todo era transparencia y buen gobierno en la “banca papal".

Solo que aquel discurso tan optimista se interrumpió abruptamente cuando uno de los colegas preguntó por las ya mencionadas “cuentas laicas". “Se acabó el tiempo para respuestas", se excusó -entonces- el portavoz vaticano Federico Lombardi.

Apenas un año después, en junio de 2013, tanto Cipriani como Tulli renunciaron a sus puestos. Una salida intempestiva, en medio de un enorme escándalo que involucró un intento de lavado de dinero a través de las cuentas de un monseñor, Nunzio Scarano, en el mismo IOR. Una trama en la cual ambos siguen involucrados.

Unos 13 meses más tarde la verdad se hace camino. En un largo informe emitido este martes 8 de julio el IOR puso en claro lo que Cipriani y Tulli se empeñaron en ocultar. Las mentadas “cuentas laicas” existen. Para identificarlas el Consejo de Superintendencia emitió, en julio de 2013, una normativa muy clara respecto de cuáles son los únicos sujetos que pueden acceder a posiciones financieras en el Instituto. Estos son “instituciones católicas, eclesiásticas, empleados o ex empleados del Vaticano titulares de cuentas para salarios y pensiones, además de embajadas y diplomáticos acreditados ante la Santa Sede". Nadie más. Ni políticos, ni amigos de cardenales, ni fundaciones fantasma o grupos de extraña proveniencia.

Realizado un análisis sistemático de todos los documentos de la clientela, entre mayo de 2013 y junio de 2014, se pasó a la acción. Inmediatamente se liquidaron unos 396 clientes, en cuyas cuentas yacían unos 44 millones de euros. Otras 359 cuentas que no responden a los criterios establecidos y por un saldo total de 183 millones de euros, fueron avisadas de una eventual cierre y actualmente están sometidas a ese procedimiento.

Además se cerraron otras dos mil 600 cuentas desde hace tiempo no operativas, conocidas como “durmientes". Mientras se bloquearon las cuentas de mil 329 clientes individuales y de 762 clientes institucionales a la espera que estos entreguen información que falta a sus expedientes.

Una “operación transparencia” fácil y necesaria. Claro, para los clientes interesados el asunto no ha sido muy bien recibido que digamos. Pero más vale cortar por lo sano. Por lo pronto al 30 de junio de 2014 el IOR tenía un total de 15 mil 495 clientes, con seis mil millones de euros en activos y un patrimonio neto de 720 millones de euros.

Esa era la “fase I". Ahora las nuevas autoridades financieras del Vaticano, encabezadas por el secretario de Economía y cardenal australiano George Pell, anunciarán la “fase II". Que empezará por una renovación total del Consejo de Superintendencia del IOR. Saldrán los consejeros y también el presidente von Freyberg. A él lo sustituirá el francés Jean-Baptiste de Franssu.En esta nueva etapa la “banca vaticana” será sensiblemente redimensionada; dejará de lado cualquier tipo de inversión especulativo y en fondos, para dedicarse únicamente a lo que debería haber sido siempre su objetivo principal: ayudar a las instituciones de la Iglesia católica a administrar de mejor manera sus bienes, para la caridad y las obras de religión.

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