27.08.16

Extremar la prudencia (y la seguridad)

Todos podemos ser víctimas de un robo, o de un robo con agresión, o de lo que sea. No se trata de caer en una especie de pánico generalizado, pero, no obstante, todas las prevenciones que se adopten serán, sin duda, pocas.

Me contaba hoy un sacerdote, que pasa ya de los ochenta años que, a principios de este mes, sufrió un intento de robo en el despacho parroquial. Quisieron inmovilizarlo con una cinta adhesiva, tapándole los ojos y la boca. El intento quedó en intento y, gracias a Dios, no fue a más. Se ve que los presuntos ladrones eran principiantes o, tal vez, no excesivamente desalmados. Porque, hasta en el mal, existe siempre una escala que va de lo malo a lo peor.

Parece que la hora del ataque era sobre las 16.30. En pleno calor de agosto, una hora muy apropiada, si el despacho parroquial resultaba – como era el caso – algo aislado y poco accesible a las miradas de los vecinos.

Muchas personas, cuando se enfrentan por primera vez a un hecho de este género, suelen reaccionar argumentando un razonamiento que a mí, aunque me parece comprensible, me resulta, en el fondo, completamente absurdo: “Nunca había pasado”.

Claro, las cosas “nunca” pasan hasta que pasan. Uno “nunca” se muere hasta que se muere. Y así, todo. Una persona sola, en este caso, un párroco en un despacho aislado, no puede permanecer tranquilamente en el mismo pensado en que, como “nunca” ha pasado, “nunca” va a pasar. Habrá que cerrar la puerta y que comprobar, por la ventana, si el que llama es fiable o no.

Y es evidente que no culpo al párroco – las víctimas no son los culpables - , pero sí alerto. Si algo nos sucede, que no se deba a falta de precaución. Hay que intentar ir un poco por delante de los malos.

No se puede decir públicamente si vamos a estar en la Parroquia o nos ausentamos. No se puede quedar hablando con alguien extraño en la sacristía cuando ya todos los feligreses se han ido. En caso de duda, es preferible hablar a la puerta de la iglesia. Siempre tratando de maximizar la publicidad y de minimizar el riesgo.

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7.08.16

Procesión del Cristo y ciudadanía no mutilada

Cada primer domingo de agosto tiene lugar en Vigo un hecho, la procesión del Cristo de la Victoria, que como tal hecho merece una atenta reflexión, un mínimo de interpretación. Animaba Husserl a llegar a la realidad en toda su pureza, a ir “a las cosas mismas”.

Por ello interpreto esta procesión sorprendente como una especie de manifestación de protesta de la naturaleza humana,  de la ciudadanía – es decir, de la condición política, en el sentido aristotélico, del ser humano  - frente a  recurrentes arbitrarios intentos de “mutilación”, o de amputación, no justificados.  Y es muy difícil que una amputación esté justificada. Jamás sería, esa medida, en una adecuada práctica médica, la primera a tomar. Más bien sería la última.

El hecho es que, ese día, en Vigo, multitud de personas salen a las calles acompañando en procesión, en manifestación pacífica, la imagen de Cristo. Gentes de todo tipo y condición. Como una especie de colmena humana – evocando a Camilo José Cela - que no se avergüenza de expresar externamente lo que, en alguna parcela de su interior, alberga como un bien preciado.

Esa multitud no quiere ser privada de su dimensión religiosa. Muchos teóricos de la Modernidad postularon, en su día, el fin de la religión. Pero la religión vuelve porque, en realidad, no se ha ido nunca. El hombre es, decía un filósofo ateo, el “animal divino”. La vuelta, la permanencia de la religión, el eco continuo de los “rumores de ángeles”, no debe llevarnos a bajar la guardia. No todo lo aparentemente religioso es bueno. No es buena una religión, o una deformación de la misma, asociada a la violencia y enemiga de la razón. La religión verdadera debe pasar el filtro de la razón – de la armonía con la ética – y, añado como religioso católico, también debe superar el contraste con Jesús de Nazaret. Y Jesús no desafía ni la razón ni la ética. Más bien las lleva, a ambas, a su plenitud. Pero si es irracional una religión arbitraria y violenta, no lo es menos la imposición de un ateísmo que se disfrace, falsamente, con la falsedad de todo disfraz, de la única postura racional y ética.

Esa multitud que sale el domingo a la calle no quiere ser privada de su dimensión emocional y sensitiva. La vida humana, y la religión, tiene mucho que ver con la razón, pero también con las emociones y con los sentimientos. Con el alma y con el cuerpo. La distancia cartesiana entre cuerpo y espíritu no es compatible con la lógica sacramental de lo cristiano: “El Logos se hizo carne”. No somos ángeles ni meros animales, somos “espíritus encarnados”, que diría K. Rahner. Orar no es solo dirigir el alma hacia Dios; es también caminar, encender una candela, oler el incienso, ver cómo arden los cirios, oír el murmullo del rezo de los otros…. Los sentidos y la fe. El ámbito sacramental, encarnado, como espacio propio de transmisión de la fe.

Esa multitud tampoco quiere ser privada de su dimensión social. Los “otros” no son, contra Sartre, el “infierno”. El yo y el tú, y la suma de cada yo y cada tú, forma el “nosotros”, que es el espacio esencial de la ciudadanía y, no por casualidad, el de la Iglesia. No caminamos solos, no vivimos solos, sino que, en esa “nueva ciudad” que Cristo nos invita a construir, caminamos los unos junto a los otros.

Ni la fe, ni la ciudadanía, es cosa de la sola conciencia individual. Porque la conciencia es una facultad “humana”, y el hombre es religioso, es racional y emocional, y es también, inevitablemente, un ser social, un “animal político”.

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3.08.16

El Seminario de Dublín: ¿Hasta dónde vamos a llegar?

He leído en Infocatólica: “Plaga de homosexualidad promiscua en el seminario de Dublín”. Obviamente, Infocatólica no se ha inventado la noticia, sino que se remite a la agencia Efe.

Y leo la noticia y me entran muchísimas dudas. Dice, la noticia, que la Archidiócesis suspenderá temporalmente el ingreso de nuevos estudiantes, ante la sospecha de que se ha extendido, en ese Seminario, una cultura “gay”.

Y yo me pregunto: ¿Qué es eso de suspender temporalmente el ingreso de nuevos estudiantes? ¿Es una cuarentena? ¿Merece el honor de los nuevos estudiantes el que se pase por encima de los actuales estudiantes?

Que manden a los nuevos estudiantes a Roma, está muy bien. ¿Pero, los que ya están en el Seminario de Irlanda, merecen ser señalados públicamente como personas “dudosas” en el ámbito moral?

Yo me imagino que, los alumnos del Seminario de Irlanda, puestos bajo sospecha, se irán. Vamos, no les queda otra opción. Por mucha vocación que tengan, no les cabe otra opción. Se irán.

Tendrán que irse. Son, hagan lo que hagan, sospechosos.

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26.07.16

P. Jacques Hamel

Los  valientes “soldados” del Daesh han llevado a cabo una acción “heroica”: asesinar, arrodillado, a un sacerdote de 84 años. Con el morbo añadido de filmar ese crimen.

Algo pasa en una religión cuando, en su nombre, se perpetran salvajadas de ese calibre. La relación entre religión, razón y violencia es un parámetro que merece ser analizado. No cabe decir: “yo apoyo esa religión, pero no la violencia”. No cabe apoyar ese tipo de violencia nunca. Y si hay que revisar la religión, debe ser revisada. La actitud cómplice de “no lo comparto, pero lo comprendo” no ayuda nada.

Pero no solo hay “religiosos” complacientes – no violentos, pero que “comprenden” la violencia - , sino que hay también – muchos – ignorantes y estúpidos que no mueven un dedo a favor de nada positivo, pero sí manejan su teclado para exculpar a los culpables: Que si los violentos son pobres, que si han bombardeado Siria, que si no llueve café en el campo…Cualquier cosa les vale para cubrir de razón a quien nunca la tiene. Hoy he leído incluso un comentario en Internet – y yo no les concedo apenas valor a esos comentarios – que, ante la muerte del sacerdote, decía: “Un pederasta menos”.

El nivel de miseria moral de los terroristas es muy alto. Son muy miserables. El nivel de los “comprensivos” es igualmente alto, en miseria, en degradación. Ese tipo de gentuza es la que, ante un asesinato, piensa: “Algo habrá hecho el asesinado”. Se satisfacen culpando a las víctimas. No creo que el P. Jacques Hamel haya combatido en Irak o en Siria. No porque sea malo combatir con las armas el mal, que es el lo que hay que hacer, sino porque era una persona anciana que no podía hacerlo de ningún modo.

Le ha tocado, hoy, a él. Lo curioso del destino es que matan a un sacerdote porque lo identifican con “los cristianos”. Para ellos, para esos terroristas, “los cristianos” son los europeos, sin más. Quizá no hayan sabido que Europa ya no es cristiana, sino apóstata. Pero el martirio redimirá, tal vez, muchas apostasías.

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11.07.16

Mejor, no amargados

Experimentar la amargura, la pena, la aflicción y el disgusto, es compatible con la fe. Vivir amargados, resentidos, frustrados, creo que no lo es.

Nadie nos ha dicho que seguir a Cristo sea fácil. El Señor es más bien exigente: “El que pierda su vida…la encontrará”.

“Perder” y “ganar”. La fe no es, en absoluto, fácil. Consiste en fiarse, de modo razonable y libre, de Dios, con la ayuda de la gracia.

Fiarse de Dios es equivalente a desconfiar un poco de uno mismo. La última y decisiva palabra no es la nuestra, sino la de Dios.

Dios – solo Él – es el contenido, el motivo y el fundamento de la fe. La Iglesia, en todo ese proceso, cumple un papel necesario, pero, en cierto modo, instrumental; ya que es, por voluntad divina, signo e instrumento.

No cabe superar lo sacramental, sino integrarlo. Pero lo sacramental acerca y aleja, facilita y hace difícil, en esa lógica compleja de la Encarnación, la apertura a Dios.

Dios sigue siendo Dios. Se nos acerca y se escapa al mismo tiempo. Dios, a veces, creo yo, pone a prueba nuestra fe. Nos pregunta, simplemente, si se basa en Él, en su Palabra – que es Cristo – , o en otras cosas.

La geografía de la fe no suele ser confortable. Y menos en un mundo dominado por la secularización, por la aparente autosuficiencia. Los creyentes, hoy, han de acostumbrarse a un entorno hostil. Ya no tanto a un jardín pacífico, sino a una especie de jungla en la que todo, o casi todo, puede estar envenenado.

No sobreviven, en entorno hostil, los débiles, sino los sabios. Y sabio es aquel que teme a Dios y confía en Él, en los días plácidos y en los menos plácidos.

Comprendo a los cristianos probados, hasta desorientados, pero me resulta más complicado aplaudir a los amargados.

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