16.06.16

Mucha presencia católica y poco efecto en los programas

La revista “Vida Nueva” ha encargado una encuesta para sondear la intención de voto de los católicos en España.  El 39,8% respaldaría al partido de Mariano Rajoy el próximo 26 de junio; el 23,8% se decantaría por los socialistas; el 15,5% por el partido de Albert Rivera; y un 14% por la coalición Unidos Podemos.

¿Pues qué quieren que les diga? Que, como católicos, no votamos. Votaremos, en todo caso, como ciudadanos que, además, somos católicos. El catolicismo en este caso, el del voto, es adjetivo y no sustantivo. Como católicos mucho me temo que no podríamos votar a nadie. Pero el reino de Dios no es de este mundo. A la hora de votar, nos encontramos con una triste opción: votar entre lo malo y lo peor. O no votar. O votar a quien nadie vota.

Obviamente, entre quienes son más agresivos contra los católicos y quienes lo son menos, estaré a favor de los segundos. El martirio es una gracia, pero buscar el martirio, por gusto, suena a otra cosa, no precisamente muy católica. Por otra parte, la mayoría de los votantes es gente mayor – así está la natalidad en España – y es, entre la gente mayor, donde más se conserva la fe.

Es impensable creer que los católicos – tan diversos entre nosotros, tan libres, en suma – votemos al unísono. Pero es surrealista que, transversalmente, como se suele decir, no seamos capaces de apoyar lo que el papa Benedicto XVI llamaba “valores no negociables”.

Y citemos al papa Benedicto: “Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana”.

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15.06.16

Totalitarios y ridículos

El Diccionario define el “totalitarismo” de la siguiente manera: “Doctrina y regímenes políticos, desarrollados durante el siglo XX, en los que el Estado concentra todos los poderes en un partido único y controla coactivamente las relaciones sociales bajo una sola ideología oficial”.

La sociedad controlada, sometida. El Estado como máximo poder, como único poder. Y un solo “partido” – que, en la práctica, pueden ser más de uno, pero dentro de la “norma” - que regula y dirige absolutamente todo: el pensamiento, la palabra, las acciones y las relaciones.

Que asalten una capilla no es, al menos en Galicia, novedad. Lo hacen cada día. Iglesias y capillas rurales son objeto habitual de robos y de atentados contra la religión, la propiedad y el patrimonio. Normalmente, no parece que exista, en estas actuaciones vandálicas, una carga ideológica. A veces, sí, como se ha podido comprobar recientemente en unas iglesias de Narón.

La profanación de la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid es un ataque claramente motivado por una obsesión ideológica, a la vez totalitaria y ridícula. Entrar a la fuerza en una capilla para llenarla de pintadas en las que se lee “educación laica” y “aborto libre” es una muestra de intolerancia que denota, al mismo tiempo, muy poca inteligencia. Sería como manifestarse en agosto en Sevilla pidiendo: “¡que haga calor!". O en Santiago, durante casi todo el año, implorando: “Que llueva, que llueva”

Quienes perpetran esas agresiones no defienden su libertad de pensar de otro modo. No. Pretenden que nadie pueda discrepar de ellos. Quieren que todo el mundo apueste – independientemente de sus convicciones – por lo que llaman una “educación laica” – léase “atea” – y por un “aborto libre” – léase “obligatorio” - . No admiten, como totalitarios que son, que alguien pueda pensar, con buenas razones, que la educación ha de incluir el cultivo intelectual de la dimensión religiosa del ser humano. Y que la escuela pueda ser sensible a ese deseo, a ese derecho, de los padres y de los alumnos. Esa mínima posibilidad de discrepancia, de libertad, ni la contemplan.

Tampoco conciben, ni se les pasa por la cabeza, que alguien normal muestre sus motivos a favor del derecho a la vida de los seres humanos concebidos y aún no nacidos. Preguntar, simplemente preguntar, si no hay que pensárselo dos veces antes de matar a un embrión humano, es un reto que les ofende profundamente. La duda, para ellos, ofende. Ante la duda, aborto. Ante la duda, muerte.

Pero, además de estar adornados por este cariz totalitario, quienes perpetran estas acometidas son, encima, muy ridículos. ¿Reivindicar la educación laica en España? Ya lo es. Para encontrar un mínimo espacio de religión en el ámbito educativo hay que pedir – en la escuela pública – la clase de Religión, que es un derecho de los padres, o bien apuntarse a una escuela confesional. Quien no quiera ni oír hablar de religión lo tiene más fácil que quien busque una enseñanza en la que se tome en cuenta la religión.

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14.06.16

Blasfemos y cobardes

Faltar públicamente al respeto a Dios o, por extensión, a la Virgen María, a los santos o, incluso, a la Iglesia, se ha convertido, parece, en un recurso fácil de promoción personal o de agitación política, por parte de “artistas” con afán de notoriedad o de grupos radicales igualmente necesitados de que se hable de ellos.

Es ciertamente lamentable que estas cosas sucedan. Y uno, que las repudia, siempre se ve, a la hora de repudiarlas, en una especie de dilema. No se sabe qué es mejor o peor. Darle notoriedad a un blasfemo – persona o colectivo - es propiciar que se hable de él, que es, en el fondo, lo que busca. Callar del todo tampoco es coherente con la fe y con el honor que debemos tributar a Dios y a lo sagrado.

No creo que haya que callarse. Hay que protestar contra eso. Sobre todo, desagraviando, que equivale a una reparación ante Dios. Muchos ofenderán, o querrán hacerlo, a Dios. Si desagraviamos, estamos presentando nuestra protesta ante lo que es absolutamente injusto. Y no hay mayor injusticia que ofender a Dios.

También los católicos, y los demás creyentes, debemos pedir el amparo de las leyes que, en última instancia, se apoyan, o dicen hacerlo  – con un mayor o menor grado de incoherencia – , en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que habla de la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Y esa Declaración Universal, en lo que tiene de mejor, se basa en la ley moral natural.

A mí me ofenden todas las blasfemias. Pero, si alguna me resulta especialmente aborrecible, es la blasfemia contra María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios. Hay que ser de lo peor para ofender a la Madre de Jesucristo.

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4.06.16

Intentos de unidad: Conmemorar la Reforma

No han faltado, en la historia de la Iglesia, serios intentos de restablecer la unidad con los que, en algún momento, se habían separado de la comunión con Roma. Recordemos, por ejemplo, el Concilio II de Lyon  (1274) o el Concilio de Florencia (1445).

De cara a la conmemoración conjunta luterano- católico romana de la Reforma, en 2017, no podemos hablar de un concilio, pero sí de un momento importante, que ha sido preparado por un documento, titulado “Del conflicto a la comunión”, del que se hacen responsables la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

Es un texto bastante extenso y solo voy a fijarme en el capítulo sexto del mismo, en el que se señalan “cinco imperativos ecuménicos”:

1. “Católicos y luteranos deben comenzar siempre desde la perspectiva de la unidad y no desde el punto de vista de la división, para de este modo fortalecer lo que mantienen en común, aunque las diferencias sean más fáciles de ver y experimentar”.

Obviamente, lo que hay en común es algo muy serio, el Bautismo, que incorpora al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

2. “Luteranos y católicos deben dejarse transformar a sí mismos continuamente mediante el encuentro de los unos con los otros y por el mutuo testimonio de fe”.

No es malo que, los bautizados, nos esforcemos por convertirnos cada día más a Cristo.

3. “Católicos y luteranos deben comprometerse otra vez en la búsqueda de la unidad visible, para elaborar juntos lo que esto significa en pasos concretos y esforzarse continuamente hacia esa meta”.

La unidad se rompió en el siglo XVI. Esa no era la voluntad de Cristo. Hay que hacer lo posible para recuperarla.

4.“Católicos y luteranos deben juntamente redescubrir el poder del evangelio de Jesucristo para nuestro tiempo”.

Los cristianos tenemos que ser misioneros, y la división entre nosotros dificulta esa tarea misionera.

5. “Católicos y luteranos deben dar testimonio común de la misericordia de Dios en la proclamación y el servicio al mundo”.

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3.06.16

El cardenal Cañizares y la intolerancia

Parece que si un obispo habla y dice lo que, en conformidad con el patrimonio doctrinal y moral de la Iglesia, puede y debe decir, se arma la marimorena. Y suelen ser los mayores defensores de la diversidad, de la tolerancia y de la inclusión los que menos soportan la discrepancia. No están dispuestos a que nadie los contradiga.

Como saben que no tienen razón – en el fondo de sí mismos quizá sepan que están equivocados  – , no les queda otro recurso que el de la presión y el de la fuerza, el de la amenaza y el de la condena a la muerte (de momento, civil) de quien no esté dispuesto a comulgar con ruedas de molino. El recurso al ruido y a los gritos. El recurso a la confusión.

No hace falta ser obispo ni cardenal para tener muchas reservas, hasta para oponerse, a lo que uno ve, en conciencia, que atenta contra las exigencias éticas fundamentales y, por consiguiente, contra el bien integral de la persona.

No hace falta ser obispo ni cardenal para tener muchas reservas, hasta el punto de oponerse a leyes civiles que permitan el aborto o la eutanasia. Incluso los países menos totalitarios prevén la objeción de conciencia para los profesionales que pudiesen verse implicados, sin su deseo, en ese tipo de “prestaciones”.

No hace falta ser obispo ni cardenal para tener muchas reservas, hasta oponerse a leyes que no protejan ni respeten los derechos del embrión humano. Y los países menos totalitarios no obligarán, por ejemplo, a los médicos a practicar todo tipo de experimentos con embriones, aunque estos experimentos estén aprobados por las leyes civiles.

Lo mismo vale con relación al matrimonio y a la familia. Es perfectamente legítimo pensar y defender públicamente en un Estado no totalitario lo que uno considera que es verdad: por ejemplo, a la familia, basada en el matrimonio monogámico entre hombre y mujer, o la libertad de los padres en la educación de sus hijos.

También es perfectamente legítimo defender, en un Estado no totalitario, que el ser varón o mujer forma parte de la naturaleza humana, sin que quepa reducir la diferenciación sexual a una especie de opción de la libertad que haga abstracción de lo que somos por nacimiento.

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