2.02.17

Dios ha hablado, y su palabra no es en vano

Los seres humanos, muchas veces, hablamos por hablar, sin que lo que decimos tenga mucho contenido o apoyo. De Dios no podemos pensar lo mismo: Él habla, sí, pero nunca en vano. Toda la teología y toda la fe se fundamentan en este hecho razonable: Dios ha hablado, se ha comunicado con nosotros en Jesucristo.

Nada que tenga que ver con Jesucristo, centro de la revelación, es en vano. Sería un error muy grave considerar que lo que la revelación divina – testificada en la Escritura, leída en la Tradición e interpretada autorizadamente por el Magisterio - nos dice sobre María, la Madre de Jesús, es secundario.

En María “todo es relativo a Cristo”: “En la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de Él: en vistas a Él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro” ( Pablo VI, Marialis cultus, 25).

Las madres tienden a defender a sus hijos – y, en buena lógica, los hijos a sus madres -. La verdad sobre María es un escudo protector que ayuda a los creyentes a preservar la verdad sobre Cristo. Dios, al revelarse, al acercarse a nosotros, no ha dejado de ser Dios, ni los misterios – las realidades concernientes a lo divino – han dejado de ser misterios. Pero esos misterios se han aproximado a nosotros para que pudiésemos, nosotros, acercarnos eficazmente a Dios. “Si Él no se revela, nosotros no llegamos hasta Él”, dijo en París el papa Benedicto XVI el 12-9-2008, en un “Discurso al mundo de la cultura”.

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1.02.17

Un teólogo excomulgado por negar, sobre todo, los dogmas marianos

El 2 de febrero de 1997, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la fe, el papa Juan Pablo II aprobaba una Notificación sobre una obra del del p.Tissa Balasuriya, O.M.I, en la que se declaraba que “el p.Tissa Balasuriya se ha desviado de la integridad de la verdad de la fe católica y, por tanto, no puede ser considerado teólogo católico, y además ha incurrido en excomunión latae sententiae (canon 1.364, § 1)”.

Se decía en esa Notificación que el teólogo Balasuriya no erraba solo en su teología, sino que patinaba en la fe, hasta el punto de ser objeto de la pena de excomunión.

Principalmente, la Congregación le recriminaba que llegase a negar “en particular los dogmas marianos. No reconoce la maternidad divina de María, su inmaculada concepción y virginidad, al igual que su asunción corporal al cielo, como verdades pertenecientes a la palabra de Dios. Al querer dar una visión de María que esté libre de todas las «theological elaborations, which are derived from a particular interpretation of one sentence or other of the Scriptures», de hecho, priva de todo carácter revelado la doctrina dogmática sobre la persona de María santísima, negando la autoridad de la Tradición como mediación de verdad revelada”.

Resultaba casi irónico – en la ironía del mal – que este sacerdote y teólogo excomulgado perteneciese a los Oblatos de María Inmaculada. Una paradoja no menor que la de un Lutero - perteneciente a la Orden de San Agustín, el doctor de la gracia - que peca, no obstante (Lutero), por tergiversar la doctrina de la gracia.

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28.01.17

No hay que hacer las cosas simplemente de otro modo, hay que hacerlas mejor

Estamos asistiendo a una transformación del mundo. Los ideales de las democracias occidentales parece que ya no convencen a todos. Y no escasean los motivos para el descontento: las desigualdades sociales, que perviven, y una cada vez mayor invasión ideológica que tiende a erigir lo “políticamente correcto” en norma absoluta, que no admite la disidencia.

Ya casi, o sin “casi”, es delito discrepar de la opinión de que el Estado financie, con nuestros impuestos, el aborto; de que se equiparen, a todos los efectos, las uniones homosexuales a lo que, hasta ahora, era el matrimonio; de que se haga normativa la llamada “ideología de género”, etc. La democracia puede llegar a ser muy “totalitaria”, puede llegar a ocupar todos los espacios y a no dejar ninguna posibilidad para la discrepancia y la objeción de conciencia.

La iniciativa de algunos ayuntamientos de borrar de la lista de las calles de la ciudad aquellas que lleven como nombre el de un santo, o el de alguien o algo vinculado a la fe católica, es una muestra más de este afán totalitario. Los políticos no son los dueños de la sociedad, ni de sus recursos económicos, ni son, tampoco, quienes han de decidir sobre fe o ateísmo, sobre inmanencia o trascendencia. Los políticos están para escuchar a la sociedad y para servirla, no para imponer a una parte de ella lo que ellos creen que representa a otra parte.

La fe católica no es respetada si simplemente se tolera la profesión privada y se obstaculiza su manifestación pública. Porque los ciudadanos que somos católicos tenemos el derecho a ser respetados, no como el resultado de una concesión graciosa, sino como un derecho humano. Y no solo a ser respetados en el ámbito privado, sino también, y para eso está la autoridad, en el ámbito y espacio público.

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26.01.17

Trump

Manuel Erice (con la colaboración de Muni Jensen), “Trump. El triunfo del showman”, prólogo de Javier Ruipérez, ed. Encuentro, Madrid 2017, 240 p., 20.00 euros.

Sin duda el personaje que acapara el mayor número de noticias en este momento es el recientemente elegido presidente de los EEUU, Donald Trump. Su apellido – “Trump” – significa “triunfo”. Y ha triunfado, en su pretensión política, de un modo inédito e inquietante.

En el año 2011, en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, el presidente Obama se burlaba, con ironía, de un magnate inmobiliario y personaje televiso, Donald Trump, también presente en ese evento: “Trump – comentaba Obama – ha estado diciendo que va a presentarse a las elecciones como  republicano. Lo cual es sorprendente, porque sencillamente asumí que se presentaba como una broma” (p. 191).

Al final, la broma no resultó tanta broma y Obama, quizá a su pesar, ejerció como adivino. El periodista Manuel Erice Oronoz, corresponsal del diario “ABC” en Washington, nos ofrece en el libro que reseño un recorrido por la asombrosa campaña electoral que llevó a la proclamación de Donald Trump como presidente de los EEUU.

Se trata de una obra muy bien escrita, muy ágil, que combina lo que podemos considerar una crónica periodística con el ensayo reflexivo sobre los acontecimientos de la actualidad.

En doce capítulos, el autor nos ayuda a entender un poco mejor lo que ha pasado en los EEUU – y lo que pasa en el mundo – para que un empresario ajeno al ámbito de la política termine siendo investido como presidente del país más poderoso de la tierra. Me limito a enunciar los títulos: I. Un populismo de marca americana. II. El muro, los “violadores” y el enemigo externo. III. Los medios engordan al “monstruo”. IV. La prensa cruza la línea roja. V. Hillary, una candidata perdedora. VI. La siniestra alianza Putin-WikiLeaks. VII. Ni las denuncias sexuales hunden a Trump. VIII. Los evangélicos pactan con el “diablo”. IX. La venganza de los “deplorables”. El trumpismo. X. Obama, el burlador burlado. XI. Las redes, al servicio de la “posverdad”. XII. Trump, Podemos y el club de los populistas.

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17.01.17

La falsa magnaminidad de Podemos (y de otros similares, al menos en esto)

Según parece Podemos, ese partido político que pretende ser “nuevo”, ha dado muestra, una vez más, de su, literalmente increíble, “grandeza” y “elevación de ánimo”. Podemos será – quizá por el efecto del Año de la Misericordia, ya clausurado – “condescendiente” hasta “tolerar” que, en cinco años, la Iglesia Católica se autofinancie completamente; es decir, que viva, exclusivamente, de las cuotas que paguen sus feligreses. Me siento muy conmovido por ello.

Y la razón que da un partido tan ilustrado, tan amante de la cultura, tan solícito del bien común y del de los más pobres, es muy clara: “la práctica religiosa no es un servicio público que beneficie a toda la ciudadanía”. No sé qué se entiende por eso de “beneficiar a toda la ciudadanía”. Ni se acaba de entender – ¡oh maldita ligazón entre conocimiento e interés! -  qué se puede considerar como “público”. No sé si a toda la ciudadanía le beneficia subvencionar a los partidos políticos, a las autonomías, a los sindicatos, o al cine; pongamos por caso.

Lo que sí sé es que, allí donde se respeta la libertad religiosa, hay más libertad. Y, si se respeta la libertad religiosa, nada impide que el Estado colabore con las confesiones religiosas permitiendo que, los ciudadanos, no el Estado, destinen una parte de los impuestos que ya pagan a sostener a la Iglesia (o a las confesiones que hayan establecido acuerdos con el Estado).

Ojalá que a mí, como contribuyente, se me permitiese marcar la “X” en contra del aborto, por desgracia subvencionado en hospitales públicos. O que se me diese la posibilidad de optar o no a favor de ayudas a otras causas que, a mi juicio, son nefastas, o innecesarias.

Los de Podemos – y no solo ellos - no ven esos “detallitos”. Que se financie a los partidos  - obligatoriamente a costa de todos los ciudadanos - les parecerá de lujo. Que los  (ciudadanos) que quieran hacerlo ayuden a sostener a la Iglesia Católica, les parecerá, dentro de cinco años, intolerable. Será que les gustan más las mezquitas o los museos del ateísmo. Pues que propongan sendas “X” a favor de unas o de otros. Ya sabemos de los antecedentes de estos genios de la ciencia política.

La prisa es una mala consejera. Podemos y Ciudadanos y quizá, con menor presión en contra, el PSOE y el PP, se equivocan, a mi modo de ver. La sociedad no gana nada perdiendo la mayor parte del patrimonio artístico, que se sostiene porque alguien de la Iglesia abre la puerta y la ventana de las muchas iglesias de nuestro país.

Es tan sencillo como eso: las puertas y las ventanas de la mayor parte de los edificios del patrimonio cultural se abren porque el párroco se preocupa de que se abran. Sin el párroco, a corto o a largo plazo, esos edificios se arruinarán, se vendrán abajo.

La sociedad, encima, no gana nada impidiendo que los mandamientos de la Ley de Dios suenen, aunque desde muy lejos, como un freno, frente a la ley del más fuerte. Ni pierde nada, la sociedad, por el hecho de que la dignidad de la persona humana sea apuntalada por un nuevo motivo: el haber sido creados a imagen y semejanza de Dios.

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