21.09.16

Sobre la necesaria coherencia del voto “pro-vida”

La defensa de la vida humana, desde sus inicios hasta la muerte natural, es, así lo creo, una causa justa. Se ha avanzado mucho en la protección de los animales. No nos parece bien, en general, que, sin motivo, se haga padecer dolor a los animales.

Si esta sensibilidad se extiende a los humanos, deberíamos ser aún más exigentes. Un ser humano es alguien similar a mí. Y si yo no quiero que me traten mal, por coherencia, no desearé que se trate mal a otro ser humano, semejante a mí.

Una muestra de discriminación y de maltrato hacia los seres humanos es el aborto. Un feto humano es un ser humano, en sus primeros pasos. No es una planta ni un animal. Es un ser humano en sus iniciales etapas de desarrollo. Será muy pequeño, le faltará mucho para llegar a adulto y será muy dependiente. Pero pequeños, dependientes y necesitados de crecimiento son todos los bebés, ya nacidos, y, en general, todos los niños. Y todos los hombres y mujeres.

El aborto, la aceptación social del aborto, es un error del que, con el tiempo, todo el mundo será consciente. A mí me parece que es algo comparable a la aceptación social de la esclavitud, en su momento. Hoy, a nadie en su sano juicio, le parecerá razonable aceptar que unos han nacido para amos y otros para esclavos. Es una distinción contraria al sentido común.

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3.09.16

Santa Teresa de Calcuta

Una vez pude saludar personalmente a la madre Teresa de Calcuta. Me regaló una medallita, después de trazar sobre ese objeto piadoso una especie de bendición.

Cualquier creyente, y más si ha vivido entre la miseria, tiene dificultades para creer. La fe no es obvia. La fe es un don de Dios; pero un don que, humanamente, resulta costoso.

Muchas realidades cuestionan la fe. No en último lugar el constatar la inanidad de lo humano. ¿Merece la pena que un Dios, que lo es todo, fije en nosotros su mirada? ¿Por qué no pensar en un Dios feliz en sí mismo que se desentiende del mundo, y de esos peculiares habitantes del mundo que somos los hombres?

Escandaliza más un Dios creador, providente y redentor que la misma idea de Dios. Dios, puede ser. Pero Dios y nosotros; Dios encarnado -Belén, Nazaret y el Calvario-, es mucho Dios o ningún Dios. La razón sola, en su autosuficiencia, puede admitir el deísmo o la nada.

Podemos caer en la ligereza de dar la fe por descontada. Lo paradójico de la fe consiste en ser gracia. Es imposible creer sin la ayuda de Dios, sin su auxilio interior, sin que Él mueva nuestro corazón, abra los ojos de nuestro espíritu y nos conceda el gozo de aceptar la verdad.

El Catecismo dice que la fe, «luminosa por aquel en quien cree, […] es vivida con frecuencia en la oscuridad […] El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura» (n. 164).

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30.08.16

Calendario 2017

Calendario 2017

 

Me gusta mucho, cada año, elaborar y poner a disposición de los fieles de mi parroquia un almanaque o calendario. Casi siempre, de modo más claro o más sutil, sigo un programa iconográfico.

El del próximo año es, de momento, muy mariano. He escogido una Madonna de Sassoferrato. Una imagen piadosa de la Virgen, pero, a la vez, muy bella. Y no hay contradicción necesaria entre una cosa y la otra. El pintor supo crear unas imágenes devocionales que no ofenden el buen gusto. A mí esas síntesis me encantan: Entre teología y espiritualidad, entre arte y devoción, entre la “idea” y la realidad cotidiana.

Pero, buscando un poco más a fondo, he encontrado una obra de Andrea Mantegna que me ha dejado absolutamente impactado: “La Virgen con el Niño y querubines". Es un cuadro que obliga a pararse un poco. Casi nada puede superarlo.

Andrea Mantegna murió en Mantua en 1506. Mantua es una ciudad no muy grande, pero muy recomendable. Merece la pena visitar su imponente palacio ducal, de la familia de los Gonzaga, una obra maestra del Renacimiento.

Cada año salen unos 300 o 400 almanaques. De momento, he decidido los motivos de los dos primeros. Espero que los que sigan, uno o dos más, estén a la altura.

Conviene que los feligreses tengan, en sus casas, una imagen asociada a la dirección de la Parroquia y al horario de la Santa Misa.

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27.08.16

Extremar la prudencia (y la seguridad)

Todos podemos ser víctimas de un robo, o de un robo con agresión, o de lo que sea. No se trata de caer en una especie de pánico generalizado, pero, no obstante, todas las prevenciones que se adopten serán, sin duda, pocas.

Me contaba hoy un sacerdote, que pasa ya de los ochenta años que, a principios de este mes, sufrió un intento de robo en el despacho parroquial. Quisieron inmovilizarlo con una cinta adhesiva, tapándole los ojos y la boca. El intento quedó en intento y, gracias a Dios, no fue a más. Se ve que los presuntos ladrones eran principiantes o, tal vez, no excesivamente desalmados. Porque, hasta en el mal, existe siempre una escala que va de lo malo a lo peor.

Parece que la hora del ataque era sobre las 16.30. En pleno calor de agosto, una hora muy apropiada, si el despacho parroquial resultaba – como era el caso – algo aislado y poco accesible a las miradas de los vecinos.

Muchas personas, cuando se enfrentan por primera vez a un hecho de este género, suelen reaccionar argumentando un razonamiento que a mí, aunque me parece comprensible, me resulta, en el fondo, completamente absurdo: “Nunca había pasado”.

Claro, las cosas “nunca” pasan hasta que pasan. Uno “nunca” se muere hasta que se muere. Y así, todo. Una persona sola, en este caso, un párroco en un despacho aislado, no puede permanecer tranquilamente en el mismo pensado en que, como “nunca” ha pasado, “nunca” va a pasar. Habrá que cerrar la puerta y que comprobar, por la ventana, si el que llama es fiable o no.

Y es evidente que no culpo al párroco – las víctimas no son los culpables - , pero sí alerto. Si algo nos sucede, que no se deba a falta de precaución. Hay que intentar ir un poco por delante de los malos.

No se puede decir públicamente si vamos a estar en la Parroquia o nos ausentamos. No se puede quedar hablando con alguien extraño en la sacristía cuando ya todos los feligreses se han ido. En caso de duda, es preferible hablar a la puerta de la iglesia. Siempre tratando de maximizar la publicidad y de minimizar el riesgo.

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7.08.16

Procesión del Cristo y ciudadanía no mutilada

Cada primer domingo de agosto tiene lugar en Vigo un hecho, la procesión del Cristo de la Victoria, que como tal hecho merece una atenta reflexión, un mínimo de interpretación. Animaba Husserl a llegar a la realidad en toda su pureza, a ir “a las cosas mismas”.

Por ello interpreto esta procesión sorprendente como una especie de manifestación de protesta de la naturaleza humana,  de la ciudadanía – es decir, de la condición política, en el sentido aristotélico, del ser humano  - frente a  recurrentes arbitrarios intentos de “mutilación”, o de amputación, no justificados.  Y es muy difícil que una amputación esté justificada. Jamás sería, esa medida, en una adecuada práctica médica, la primera a tomar. Más bien sería la última.

El hecho es que, ese día, en Vigo, multitud de personas salen a las calles acompañando en procesión, en manifestación pacífica, la imagen de Cristo. Gentes de todo tipo y condición. Como una especie de colmena humana – evocando a Camilo José Cela - que no se avergüenza de expresar externamente lo que, en alguna parcela de su interior, alberga como un bien preciado.

Esa multitud no quiere ser privada de su dimensión religiosa. Muchos teóricos de la Modernidad postularon, en su día, el fin de la religión. Pero la religión vuelve porque, en realidad, no se ha ido nunca. El hombre es, decía un filósofo ateo, el “animal divino”. La vuelta, la permanencia de la religión, el eco continuo de los “rumores de ángeles”, no debe llevarnos a bajar la guardia. No todo lo aparentemente religioso es bueno. No es buena una religión, o una deformación de la misma, asociada a la violencia y enemiga de la razón. La religión verdadera debe pasar el filtro de la razón – de la armonía con la ética – y, añado como religioso católico, también debe superar el contraste con Jesús de Nazaret. Y Jesús no desafía ni la razón ni la ética. Más bien las lleva, a ambas, a su plenitud. Pero si es irracional una religión arbitraria y violenta, no lo es menos la imposición de un ateísmo que se disfrace, falsamente, con la falsedad de todo disfraz, de la única postura racional y ética.

Esa multitud que sale el domingo a la calle no quiere ser privada de su dimensión emocional y sensitiva. La vida humana, y la religión, tiene mucho que ver con la razón, pero también con las emociones y con los sentimientos. Con el alma y con el cuerpo. La distancia cartesiana entre cuerpo y espíritu no es compatible con la lógica sacramental de lo cristiano: “El Logos se hizo carne”. No somos ángeles ni meros animales, somos “espíritus encarnados”, que diría K. Rahner. Orar no es solo dirigir el alma hacia Dios; es también caminar, encender una candela, oler el incienso, ver cómo arden los cirios, oír el murmullo del rezo de los otros…. Los sentidos y la fe. El ámbito sacramental, encarnado, como espacio propio de transmisión de la fe.

Esa multitud tampoco quiere ser privada de su dimensión social. Los “otros” no son, contra Sartre, el “infierno”. El yo y el tú, y la suma de cada yo y cada tú, forma el “nosotros”, que es el espacio esencial de la ciudadanía y, no por casualidad, el de la Iglesia. No caminamos solos, no vivimos solos, sino que, en esa “nueva ciudad” que Cristo nos invita a construir, caminamos los unos junto a los otros.

Ni la fe, ni la ciudadanía, es cosa de la sola conciencia individual. Porque la conciencia es una facultad “humana”, y el hombre es religioso, es racional y emocional, y es también, inevitablemente, un ser social, un “animal político”.

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