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7.03.10
La aprobación de la reciente, y aun más injusta, ley del aborto no debe ser un motivo para dejar de orar por la vida, por el respeto a la vida humana, especialmente a la vida de un ser humano inocente, en cualquier fase de su desarrollo.
Orar ayuda a situarse en la verdad de lo que somos: criaturas de Dios, destinatarios de sus dones. Y, entre estos dones, el primero y fundamental es el don de la vida. No es el bien más importante, pero sí es el más básico, ya que, sin él, no son posibles los otros bienes.
Privar a un inocente de su vida es un homicidio, por más revestimientos lingüísticos que pretendan enmascarar lo que no admite disfraz. Convertir en legal lo que es radicalmente inmoral desprestigia el derecho y corrompe, desde la perspectiva ética, la legitimidad de un sistema político.
Benedicto XVI ha recordado que “sin la dimensión de la oración, el yo humano acaba por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que debería ser eco de la voz de Dios, corre el peligro de reducirse a un espejo del yo, de forma que el coloquio interior se transforma en un monólogo, dando pie a mil auto-justificaciones”.
Sin Dios, sin la referencia a Él, la conciencia se desvirtúa y proliferan, como virus, las auto-justificaciones. No hay mal que no se haya perpetrado sin una causa o sin un motivo. Y, si uno quiere cegarse a la interlocución de la realidad, a la terquedad de los hechos, siempre encontrará supuestas razones para hacer lo que quiere hacer.
Por más que se resalte el valor de la laicidad, si esta “laicidad” equivale a prescindir de Dios comienza, inevitablemente, el proceso de caída libre de todos los valores que sustentan la existencia individual y la convivencia social. “En efecto, no es la presencia de Dios lo que aliena al hombre, sino su ausencia: sin el verdadero Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, las esperanzas se transforman en espejismos, que llevan a evadirse de la realidad”, añade el Papa.
Hoy más que nunca debemos descubrir la dimensión social, y hasta política, de la oración. Sin este anclaje, perdemos el Norte. Quien se abre a Dios en la oración se abre a los demás; también a esos otros que, tímidamente, llaman a las puertas de nuestro mundo y que, por desgracia, se encuentran con la sangrienta bienvenida del rechazo.
Guillermo Juan Morado.
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Guillermo Juan Morado es sacerdote diocesano. Doctor en Teología por la PUG de Roma y Licenciado en Filosofía.
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