26.11.16

El Papado, el Papa, el Papanatismo.

Viene a cuento, el título, del protagonismo que, para bien o para mal -cada uno lo señala como cree más oportuno, con razón o sin ella-, ha conseguido este Papa, Francisco; lo haya pretendido o no, que no conozco sus intenciones: solo veo lo que hace, solo leo lo que escribe, y solo oigo lo que dice.

Y, sinceramente, en cada uno de los tres apartados se ha ganado a pulso ese protagonismo; también para bien o para mal de su misma persona, de lo que representa y de la misma Iglesia, de la que es Cabeza visible. Pero que “muy” visible. No creo exagerar ni pizca diciéndolo: constato un hecho evidente, sin juzgar intenciones de nadie; y menos de las suyas.

Son múltiples las críticas que recibe por ello. Y también los aplausos que recibe por lo mismo y a “sensu contrario". No hay término medio, la verdad. Ha conseguido -queriéndolo o no: sigo sin juzgar unas intenciones que no conozco- exactamente esto: que, o se le aplauda, o se le rechace. “A rabiar", si se me permite la expresión.

Las dos cosas son perfectamente constatables, pues no deja indiferente a nadie que le interese la Iglesia Católica, para bien o para mal, que las dos posturas coexisten; pero, además, se han enconado, precisamente por lo que el Papa, hace, dice y escribe…, o calla, que también: un día y otro, sí o sí. En esto hay que reconocerle que no para, y que prácticamente hace casi imposible estar al día con él.

Por esto -y por alguna razón más, que también las hay-, creo que se hace necesario clarificar un poco las cosas, saber dónde estamos, qué terreno pisamos, tener doctrina para tener criterio; no nos pase que pretendamos “ser más papistas que el Papa", o que nos convirtamos en unos “papanatas", o que, simplemente, hagamos daño a la vez que nos hacemos daño a nosotros mismos, con buena o mala intención, que de todo hay en la viña del Señor; y no hay que escandalizarse por ello.

Vamos primero con el “Papado". El Papado es la Institución, es la Dignidad, es lo que encarna en sí mismo la “cualidad” de Papa, es la Misión, es el Oficio, es la Cabeza, es el “Vice-Cristo en la tierra” -como lo llamaba santa Catalina de Siena-, es la Primacía o el Primado… Todo ello dentro de la Iglesia y para servir a la Iglesia, independientemente de la persona concreta que encarne o ejerza tal potestad. El Papado es lo permanente, siendo transitoria la persona que lo encarna en cada momento histórico.

Lo instituye Jesús mismo -de institución “divina”, por tanto, y nunca “invento humano"-, en la persona de Pedro y para todos sus Sucesores: después de la primera pesca milagrosa, cuando Pedro, reconociéndose pecador, se echa a sus pies, Jesús entonces le dice: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

La RAE lo define, con acierto, como “dignidad de Papa"; también como “tiempo que dura el mandato de un Papa". Esta segunda acepción es muy secundaria, en mi opinión, y no aporta prácticamente nada al tema. La primera sí; y es la que acabo de explicar.

Esto significa, en primerísimo lugar, que es el Papado lo que “da” u “otorga” dignidad al Papa, y no al revés, porque es imposible. Ciertamente, la santidad personal de los     Papas -ha habido muchos santos entre ellos; y los que tenemos ya una cierta edad hemos conocido a varios- “demuestra” y “confirma” la insititución divina del Papado; pero un Papa “malo” -si se me permite la “licencia” o la “hipótesis"- ni le quita ni le puede quitar nada al Papado.

Del mismo modo que los muchos pecados de los hijos de la Iglesia no “consiguen” que la Iglesia Católica no sea Santa. O como los cismas tampoco logran que la Iglesia no sea Una: son ellos los que no son iglesia -por mucho que se empeñen en decirlo, o por mucho que desde fuera se les quiera conceder tal condición-, porque se han ido: son los sarmientos que se han desgajado de la Vid, y se secan; y no sirven más que para ser echados al fuego, o para arrear a las bestias (cf. Jn 15, 1-8)..

Vamos ahora con el “Papa". El Papa es la Persona que, cada vez que es históricamente necesario, sucede a Pedro: permanece la “Piedra” -siempre la misma-, siendo sucesivamente cambiante en el devenir histórico la “Persona” -el Papa- que la encarna o que la asume, como tarea y como misión: como “servicio”. Es lo que cambia, la Persona; nunca la Institución.

De ahí una consecuencia inmediata e importantísima: que las “iglesias” que quieran presentarse como tales, como “verdaderas", pero no están en comunión con el Papa, porque no asumen la Primacía ni la Función del Papado, no pueden ser la Iglesia de Cristo, no son “la” Iglesia divinamente fundada, plantada y metida en el devenir histórico de la humanidad: no son la Iglesia que “salva", no son el “Cuerpo de Cristo” porque no tienen a Jesús como Cabeza. Un cuerpo descabezado es un cadáver, un cuerpo muerto…, enterrado o a la intemperie, da lo mismo.

Pero no hay que confundir el “Papa” con el “Papado". El Papa -cada Papa- “ejerce” el Papado, lo asume, pero “no lo es". Es más: la Iglesia “sigue” incluso con “sede vacante"; precisamente para elegir al nuevo. Si Papa y Papado no se “distinguiesen", al morir el Papa “moriría” la Iglesia, cosa que evidentemente no es así. 

Por lo mismo, tampoco todo lo que hace el Papa “dice relación” con el Papado. No es lo mismo, por ejemplo, que el Papa diga que un tema -el que sea- es “un tema cerrado en la Iglesia", o que diga que tal cosa es un tema “abierto", o que diga que, en tal escrito, solo pretende dar su opinión y no definir ninguna doctrina; como no es lo mismo que hable “ex cathedra” y lo declare solemnemente así, a que no lo haga. En unos casos, el asentimiento -la obediencia- que hemos de poner por nuestra parte, Jerarquía y fieles, religiosos y laicos, es total y absoluto; en los demás casos no es así, y el Papa mismo respeta nuestra libertad de hijos de Dios en su Iglesia, que Cristo mismo nos ha ganado.

Libertad de hijos de Dios, incluso para opinar en su contra si hiciese falta. Es la libertad santa de Pablo frente a Pedro, en Antioquía (cf. Ga 2, 11-16) al que resistió en su misma cara porque se había hecho reprobable. Es la libertad santa de Catalina de Siena recordándoles a los Papas la dignidad del Papado, la dignidad de la Iglesia, y su deber de fidelidad a Cristo y de servicio a las almas. Es la misma libertad de Cardenales y obispos para entrarle a lo que ha dicho o escrito el Papa si creen en conciencia -una conciencia en la que pesa lógicamente que el Papa es el Papa- que deben elevar una consulta, como se ha hecho siempre, ante puntos que lo exigen. Es la misma libertad de los fieles laicos -caso reciente de Spaemann, padre e hijo- ante algunas cuestiones de la “Amoris laetitia” que ha levantado tantísima polvareda, y no por gusto de levantar polvo, o de tirar contra el Papa, sino porque el tema lo ha exigido. Yo mismo escribí hace meses que habrá en la Iglesia Católica un antes y un después de la Amoris laetitia. Y lo está habiendo, y mucho antes de lo que yo pensaba.

Como composición y criterio, vienen perfectamente a cuento unas líneas de una carta que Léon Bloy escribió al matrimonio Maritain, Jacques y Raïssa: “Sean cuales sean las circunstancias, poned siempre lo invisible [el Papado, en el caso que nos ocupa] por delante de lo visible [el Papa], lo Sobrenatural [el Papado] por delante de lo natural [el Papa]; si aplicáis esta regla a todos vuestros actos, estamos seguros de que estaréis investidos de fuerza e impregnados de una profunda alegría” (tomado de Card. Robert Sarah en Dios o nada, p. 321. Ediciones Palabra, Madrid 2015).

Todo esto hay que tenerlo muy claro porque, en caso contrario, aplaudir por aplaudir -aplaudir hasta con los piés- aunque no se sepa bien o no se entienda bien lo que ha dicho o escrito el Papa, sin más criterio que “es que lo ha dicho -hecho, escrito- el Papa", exactamente eso es, en mi opinión, un descriterio; y no le hace ningún servicio al Papa, ni a la Iglesia, ni a las almas, porque se antepone el Papa al Papado. Tout court. Y es una aberración.

Como no le hace ningún bien, al mismo Papa en primer lugar, que se diga, por ejemplo, que un texto “es magisterial” cuando él mismo ha escrito exactamente lo contrario: que ni lo es ni lo ha pretendido. Como tampoco le hace ningún servicio dar, por ejemplo, unas clases sobre la “Amoris laetitia", ocultando a la gente los puntos conflictivos -que los tiene-, y presentar esas clases como “lo que es” y da de sí esa Exhortación apostólica: tal postura ni siquiera es honrada intelectualmente hablando. Tampoco moralmente.

Esa postura es lo que llamo el “Papanatismo", tercer punto del título. Papanatismo que el Diccionario de la Lengua Española define como: “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple o poco crítica”

El “Papanatismo” es renunciar a la racionalidad y, por tanto, a la libertad, Y en el tema que nos ocupa -tema de una trascendencia que fácilmente se nos puede escapar- es moralmente insano.

Y “que cada palo aguante su vela”, como dice la sabiduría popular, que se engaña muy pocas veces.

18.11.16

Conexio virtutum/conexio doctrinam

Nuestra Madre la Iglesia Santa enseña con gran Sabiduría, hecha de Palabra de Dios, de Gracia del Espíritu Santo, de Vida de Cristo y de abundantísima experiencia humana -no hay que olvidar que la Iglesia es “experta en humanidad"-, que todas las virtudes, especialmente las virtudes cardinales y las demás virtudes morales, están interconectadas: es lo que se designa con la expresión “conexio virtutum".

Tan es así que, cuando se mejora en una de ellas, se mejora a la vez en todas; y al revés: cuando se descuida una, pierden todas las demás también. Indudablemente, quien mejora o pierde es la poseedora de todas ellas, es decir, la persona humana.

Aunque estrictamente hablando Santo Tomás reduce la “conexión entre las virtudes” a las virtudes cardinales y a las morales -no así a las virtudes llamadas “intelectuales” o a las meras virtudes humanas-, sin embargo y en mi opinión, esto es más un reduccionismo académico -más bien “escolástico", por decirlo de algún modo- que un reflejo de la realidad: en realidad, en el hombre, que es un único ser personal, todo comunica; como lo demuestra, por ejemplo y con absoluta evidencia, la intercomunión intrínseca e inseparable del cuerpo y del alma.

Viene a cuento lo de la “conexión de las virtudes” -conexio virtutum- porque me parece que, en el orden doctrinal y salvando todas las distancias, tampoco son separables los puntos que componen la Doctrina Católica; como no son separables, y se recogen de hecho en un mismo Catecismo de la Iglesia Católica, sus distintas partes: Mandamientos, Sacramentos, Artículos de la Fe y la Vida Cristiana, etc.

Solo son separables “intelectualmente” -metodológicamente, si se prefiere-, pero no en la vida práctica del cristiano -del hijo de Dios, que para vivir como tal, en plenitud de vocación, ha de vivirlas todas-; como tampoco son separables en la práctica “Doctrina y Vida", “Fe y Vida de Fe".

Del mismo modo y a fortiori, menos aún son separables Jesucristo y su Iglesia: pues realmente no se puede escoger a uno/una sin despreciar al otro/otra. Son una unidad: sin Jesucristo no hay Iglesia, porque esta ni habría existido ni puede subsistir sin Cristo.

Tampoco es católico separar “doctrina” -doxa- y “praxis” -"ortodoxia” y “ortopraxis"- como pretendía la ya casposa “teología de la liberación"; y como pretenden algunos, a día de hoy, afirmando que “no se ha tocado la doctrina", y “todo sigue igual” cuando, en la práctica, se admiten y se postulan “praxis” que la contradicen, porque la pisotean, la ningunean y la anulan: convierten la doctrina en papel mojado, en la nada inoperante, como corresponde a la propia “nada” por su ser precisamente “nada".

Por ejemplo: no se puede pretender que para comulgar hay que estar en gracia de Dios, es decir, no tener conciencia de pecado mortal -mucho menos reconocer que “se está en una situación objetiva de pecado grave"- y sostener además que, si se tiene esa conciencia de pecado grave, hay que confesarse antes de comulgar…, para luego, sin más y por mis pistolas, postular en la práctica que esas gentes accedan a la Sagrada Comunión; pretendiendo, para más inri, que esta “pastoral” -eufemismo o sarcasmo más falso que Judas- es una pastoral “católica”. Para añadir -faltaría más-, antes y después, que “no se ha cambiado ni una coma de la doctrina".

Una aclaración. Cuando hablo de “doctrina” me refiero a la doctrina “inmutable", no a si es más oportuno recibir la Confirmación a los 10 o a los 16 años, que esto puede cambiar las veces que haga falta; sino a la pretensión, si la hubiera, de desvirtuar la naturaleza del Sacramento de la Confirmación, por ejemplo. Y volvemos al hilo.

Pero, ¿en qué lógica cabe tal postura? ¿Nos hemos vuelto locos? ¿Hemos renunciado -como lo hacen los del “mundillo"- a la capacidad de nuestra razón para reconocer la realidad -la verdad de las cosas-, y enunciarla como tal? ¿Se pretende, una vez más y en línea con una pseudo filosofía -y la pseudo teología que lo asume-, que la “verdad", la pongo “yo", es decir, “mi” conciencia o “mi” voluntad?

Esto, siempre será encumbrar al “hombre” -al falso hombre, porque del hombre verdadero no queda nada en una postura así- pagando el peaje de “quitar” -no queda otra- a Dios. Y la Iglesia Católica nunca ha sido, ni es ni será una “cosa” así, porque desde su origen y hasta el final de los tiempos está al servicio del hombre, porque está “ad maiorem Dei gloriam": para la gloria de Dios.

Precisamente esto -la defensa de la Iglesia en su finalidad más sobrenatural: la salvación de las almas todas- es lo que han pretendido los cuatro cardenales con su carta al Papa; que han convertido en “carta abierta” -pública y publicada-, dado el silencio administrativo con el que se les ha contestado-; es también lo que pretendieron los bastantes más de cuatro firmantes con la carta que, con ocasión del sínodo de la familia, elevaron al Papa, por si le servía de ayuda; más la carta -ya muchísimo más numerosa en firmas- que un buen número de católicos -con ánimo firme de serlo y de seguir siéndolo- enviaron al Papa para que les aclarase las dudas y las zozobras que les había producido su última exhortación apostólica.

La Iglesia Católica, desde hace ya muchos años, se ha convertido en el último y en el único refugio que le queda al hombre para poder reconocer su dignidad, su origen y su destino. Si la Iglesia le fallase el hombre éste ya no tendría ni a dónde ir en este mundo: se convertiría en un extraño, en un paria: se desconocería a sí mismo y a los demás, por desconocer a Dios.

9.11.16

"..., así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí" (Jn 15, 4 in fine)

De Horacio se cuenta aquella frase que llegó a hacer tal fortuna que ha llegado viva hasta nuestros días: “Y la montaña parió un ridículo ratón” ("Parturient montes, nascetur ridiculus mus"). En España también se hace referencia a ella cuando se habla de "el parto de los montes".

Me ha venido a la cabeza tal sentencia al leer con detenimiento la ya “famosísima” Declaración Conjunta Con Ocasión de la Conmemoración Católico-Luterana de la Reforma, firmada en Lund  (Suecia), el pasado 31 de octubre, fecha exacta de la clavada que se marcó el Lutero en la puerta de la catedral alemana de Wittenberg, abogando ni más ni menos que “por un cristianismo puro". ¡Toma nísperos! ¡No era nada lo del ojo y lo llevaba en la mano…!

Por cierto y sine ‘animus criticandi’: ha pasado siempre -y no solo en el plano eclesial, también en el político o en el de la cultura- que  todos  los  intentos  de  los  hombres  -bienintencionados, segurísimo- de "purificar y restablecer en sus orígenes” -tal como ellos lo ven, claro: pequeño detallito- acaban por “ensuciar” y “destrozar” lo que pretendían -bienintencionada y misericordiosamente-, corregir. Siempre.

Y el caso de Lutero y su “cristianismo puro” no solo no escapa a esta regla sino que es paradigmático: una “foto fija” o mejor todo un icono, ya que estamos en temas de religión. Porque en el luteranismo, de hecho, no ha quedado “títere con cabeza” (Miguel de Cervantes, cap 26 de su “Retablo de Maese Pedro", en su segundo libro sobre don Quijote).

Allí, caso de que hubiese habido algo en los comienzos, como pasó también en su día con los anglicanos -y las dos familias han llegado a lo mismo a día de hoy- no ha quedado ni el recuerdo: ni Sacerdocio, ni Eucaristía, ni Pentencia ni nada de nada; o sea, no han quedado ninguna de las señas de identidad de lo que es la Iglesia: si la Iglesia vive de la Eucaristía -y de Ella vive-, donde no la hay, solo habrá -y en el mejor de los casos- una iglesia “muerta". De pura inanición: consumida y cocida en su propio jugo.

Es lo que les ha pasado y les pasa, tanto a los luteranos como a los anglicanos.. De ahí que el pretendido “ecumenismo” con ellas no tiene más que estos dos caminos posibles: el camino malo, el de “pelillos a la mar", aquí todos guais, y besitos y abrazos, comunión a gogó; o el camino bueno, el que “denunció” Benedicto XVI afirmando que el “ecumenismo” es un tema que está solo en las manos de Dios.

Sin ir más lejos -es más: yendo a lo cercano de la noticia. o mejor: “notición” en campo sueco- la “ordenación” de ministr@s y obisp@s homosexs es el poso tóxico pero real de a dónde han llegado y en qué se han convertido. Algo que nunca debió suceder; pero…, ha sucedido; y como por sus frutos los conoceréis (Mt 7, 20), se han retratado; y el selfy, al no pasarlo por el fotoshop, les ha salido como les ha salido: con lo que hay, con la obispa y los besitos. Por cierto, no sé si será.verdad, pero circulan por ahí unas palabritas de la obispa en las que declara que fue Francisco el que se invitó; y que si quería ir como uno más, pues que fuese, pero que ellos opinaban lo que opinaban del Papa y de la Iglesia.

Bueno, a lo que iba. He leído la Declaración Conjunta (DC, en adelante) en la que “a bombo y platillo", y a falta de otras piezas más jugosas que echarse a la boca -porque no las había: “las uvas aún están verdes"…, “y lo que te rondaré morena"-, han puesto todo el acento en “seguir juntos en el servicio” -¡en castellano, y dicho así, qué expresión más desafortunada!-, “defendiendo los derechos humanos y la dignidad", “trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia".

“Hoy…, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo". “Instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecucion, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo". “Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación (sic) de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable". “Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación” (sic).

“¡¡¡Apaga y vámonos"!!! ¡Sé católico para esto! ¡Hazte cura para esto!

Vamos a ver: ¿que un católico puede firmar esto? Por supuesto. ¿Y un luterano? También. Y un budista, y un moro, y el portero del Madrid, y la pescatera de Santurce, y un intelectual, y un obrero de la construcción, y la misma Doñores; y no digamos la Cifuentes y el Osoro… Pero pretender que la Iglesia Católica está para esto, y además como el primero de sus objetivos…, pues como que no: ¡qué quieren que les diga!

Por cierto y perdón por el inciso: esta DC me ha traído a la memoria otras bienintencionadas “platajuntas” postconciliares, y sus “declaradas” posteriores; de esas “platajuntas” no quedan más que 6 o 7 vejestori@s, y que no han logrado absolutamente nada: nada positivo o bueno, se entiende…, porque contribuir activamente en descristianizar el país y empobrecer a la Iglesia española…, ese granito sí lo han puesto. Y ha dado sus “frutos” con la colaboración necesaria por imprescindible, y viceversa, de una parte notable de los jerarcas que, aplaudieron hasta con las orejas unos y callaron, arrinconados, otros. y una parte de los superiores de todos esos sujet@s que participaron en el tinglado. Pero daño hicieron todo el que quisieron: porque les dejaron decir y hacer todo y de todo.

Luego, en esa DC, se han lanzado también algunos fuegos artificiales -todo apariencia, pero tienen un punto de arte notable, nada despreciable-, que mientras los ves, deslumbran y encandilan; pero son instantáneos; y han ardido también algunos fuegos fatuos (por inflamación de fosforo o metano, principalmente, y suelen oler fatal); hombre, queda uno muy bien al decirlo, pero son meros brindis al sol; para más inri, al sol sueco que comparado con el hispano… pues está todo muy descompensado, porque no hay ni comparación.

La pregunta clave, a mi entender es la siguiente: ¿cómo se ha podido llegar en la Iglesia Católica -y de hecho se ha llegado- del “Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos; el que permanece en Mí, y Yo en él, ese da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada. El que en Mí no permanece será echado fuera y se secará, y lo recogerán y lo echarán al fuego, y arderán […] Permaneced en mi Amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi Amor, como Yo he guardado los mandamientos d mi Padre y permanezco en su Amor (Jn 15, 5-6.10); al “Rogamos [los dos, anglicanos y católicos] por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación (sic)"?

El bajonazo, como se dice en términos taurinos, es impresionante: vamos, de mandarles a la Guardia Civil y que los metan en el cuartelillo a dormirla.

¿Va a ser este el itinerario ecuménico que desde el Vaticano se pretende imponer -por no usar otros términos, que podría- a toda la Iglesia?

Hombre, si se piensa y se declara que el proselitismo es el mayor pecado en estos temas, que es lo peor que puede pasar y que puede hacer la Iglesia Catñolica y sus hijos en este horizonte…, siempre quedarán los besitos y los abrazos y el rogar y el pedir bien juntitos -¡tots junts!, se gritaba por las cataluñas, a caballo entre los 60 y los 70- por la creación (sic)

25.10.16

"Anuláis la Palabra de Dios por vuestra tradición" (Mc 7, 13).

“Si alguno  me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn, 14, 23). Así se manifiesta Jesús en la Última Cena, en esa excelsa “oración sacerdotal” que san Juan recoge en su Evangelio por extenso y al por menor. Y poco antes había afirmado con nitidez: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (v. 21). Por contra, señalará Jesus en ese mismo marco la única alternativa real en la que se embarca el que lo rechaza: “El que no me ama, no guarda mis palabras” (v. 24).

Completa y remata además la verdadera situación -el plano real- en el que estamos inmersos de cara a sus palabras: “la Palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado” (ibid.). Por esto, nadie se la puede apropiar: la Iglesia Católica la tiene en depósito, para defenderla y transmitirla; y los Pastores como administradores, que darán cuenta de su administración, para enseñarla con fidelidad -es lo mínimo que se les pide-, iluminando todas las situaciones, viejas y nuevas, de la vida de los hombres, generación tras generación: para que cada uno se encuentre personalmente con Jesús. Menos aún la tienen para aguarla, tergiversarla, enmudecerla y corromperla.

¿Por qué traigo esto a colación? Porque dentro de la Iglesia se está abriendo todo un frente de batalla para desvirtuar la Palabra de Dios, dejándola sin efecto real: mantener los “sonidos” pero despojándolos de significado, en un primer momento; para luego, y como “sin querer", que pasen a significar cualquier cosa… menos lo que han significado siempre en el seno de la Iglesia. “Flatus vocis", acuñó hace siglos cierta “filosofía".

Para acabar de rematar la faena, entremedias y a la vez se silencian los términos y los conceptos que no convienen a las ideologías reinantes, porque -y según palabras recientes del cardenal Blázquez, en Madrid- “da sarpullido” a la sociedad. Y claro: cualquier silencio -él lo llama “educación"- es bueno para no poner nervioso a nadie, que debe ser uno de los “nuevos pecados” que contempla la “nueva moral” en el seno de la “nueva iglesia” y de la boca de los “nuevos pastores": degradados. aunque no lo reconozcan, en los “nuevos” mercenarios, “perros mudos", “nubes sin agua", “sepulcros blanqueados", en palabras, precisamente, del mismo Jesús, que no tienen desperdicio para el que las quiera entender.

De este modo se ha llevado a cabo la conversión en un erial -"la destrucción de la viña del Señor", donde campan los hierbajos, pulula la cizaña y corretean a sus anchas las liebres-, como si se hubiesen sembrado de sal naciones enteras del mundo occidental de bimilenaria tradición católica: “Anuláis la Palabra de Dios por vuestra tradición” (Mc 7, 13), palabras que daban título a esta entrada.

Los ejemplos son abundantes, y escojo solo unos apuntes de lo publicado esta misma semana en diversas páginas. Ahí van:

1. Cardenal Kasper: “La ‘Amoris laetitia’ no cambia ni una coma de la doctrina, pero lo cambia todo". ¿Y en qué se apoya? En el “Sí, y punto” del papa Francisco. Y tiene razón Kasper: eso lo cambia todo, como publiqué, modestamente, hace meses en este mismo blog. Lo de que “no cambia ni una coma de la doctrina” es un brindis al sol: simplemente la desprecia.

2. Franco Coppola, nuevo Nuncio en Méjico, ante la grandiosa contestación del pueblo fiel a los planes del Presidente del país de legalizar el “matrimonio” homosexs: “Podría responder con la doctrina de la Iglesia pero no es respuesta que como pastor yo tengo que dar". No te lo pierdas: un pastor de la Iglesia Católica no solo no se pone en el mismo bando que el pueblo fiel -católicamente hablando-, sino que se pone al otro lado porque no puede responder a un gravísimo problema moral -con gravísimas connotaciones sociales además-, con la doctrina de la Iglesia. Para más inri, retrata aún más su postura de “pastor” -devenido objetivamente en “mercenario"-: “Puedo repetir simplemente lo que está escrito en los libros, pero esto no es el camino que hay que ofrecer” para responder a las “necesidades, deseos y distancias” que sienten y sufren las personas homosexs. O sea, para este buen señor, la teología moral, la doctrina, la Palabra de Dios, los Mandamientos, son eso… “los libros". Que por lo mismo se arrinconan y se queman: es la “nueva inquisición” que no puede faltar en la “nueva iglesia".

3. Cardenal Blázquez, en su conferencia a los curas de Madrid sobre la “Amoris laetitia” y su aplicación pastoral: se descuelga con que lo importante de la AL no es la comunión a los católicos divorciados y reajuntados en “nuevo emparejamiento” [las comillas son mías esta vez]. ¡Cómo va a ser eso, si eso lo cambia todo según Kasper! No. La AL no cambia nada, dice el cardenal Blázquez: eso es lo importante. Su notabilisimo nivel pastoral lo da su comentario al tema del cambio de sexo que en Andalucía se pretende que lo puedan hacer menores sin consentimiento paterno: “el cambio de sexo es poco serio y no se resuelve con una operación quirúrgica". Sin comentarios por mi parte.

4. David Fernández, sj, rector de la universidad iberoamericana de Méjico: “Dios no solo ama a los homosexuales, sino que le caen bien".  Palabras que no se explican en un sacerdote por muy jesuita que sea, salvo que haya tenido una revelación particular, o haya estado bañándose en tequila: no solo no se inmuta ante tamaña barbaridad sino que remata el discursito añadiendo que la tajante oposición a semejante relación -relaciones homosexuales, se entiende- por parte de la Jerarquía [católica] del país “no es cristiana". Ahora ya, tal como están las cosas y si eres jesuita, o dices una burrada así o no puedes ser rector de ninguna universidad del signo que sea. O incluso puede que no puedas ser ni jesuita cristiano.

Todo esto solo en la última semana. Está la cosa que arde, Pero no hay que preocuparse: “no cambia nada". 

¡¡¡Vaya tropa!!!

14.10.16

La Iglesia Católica y "el poliedro"

Así se explaya Victor Manuel “Tucho” Fernández, obispo titular argentino y actual rector de la UCA en Buenos Aires; gracias, eso sí, a los buenos y directos modos del papa Francisco, toda vez que en la Universidad habían rechazado tiempo ha su nombramiento, dada su deriva “liberal", por decir algo.

Pues este buen señor obispo, en una confe en su uni, se ha marcado lo siguiente: advierto que tales frases pueden herir su sensibilidad, no solo intelectual sino también moral. Ahí van: “Bergoglio siempre rechazó las dialécticas que enfrentan, y su ideal es el poliedro". Y no lo dice a la ligera, sino con conocimiento de causa, porque su trato con el Santo Padre es más que fluído. Ahora bien, ¿ustedes han entendido algo?

Para aclarar el pensamiento del Papa, añade: “No es sano huir de los conflictos, o ignorarlos. Hace falta aceptarlos y sufrirlos hasta el fondo, no esconderlos. Pero siempre con el ideal de resolverlos, de lograr armonizar las diferencias. De dos cosas diferentes se puede hacer nacer una síntesis que nos supere y nos mejore a los dos, aunque los dos tengamos que renunciar a algo. Siempre hay que apuntar a algo nuevo donde se superen las tensiones violentas y los intereses cerrados".

Para mayor precisión acude al mismo Papa: “Aun las personas que pueden ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse” (Evangelii gaudium, 236).

Y remata su intervención con la invitación “a construir el pliedro” del que habla el Papa, conscientes de que “la lógica que se va desarrollando sutilmente en el mundo actual es otra, reconozcamos que es otra. Depende de nosotros no dejarnos engañar por esa lógica mezquina".

Lógica “mezquina", entendámonos, no es la del mundo actual, por fa: ¡nada de demonizar al mundo, faltaría más! Eso estaba muy bien para San Juan -"mundo, demonio y carne", como los enemigos fijos del hombre y de su dignidad humana, y su destino eterno-; nada de eso: es la lógica de la Iglesia Católica -asentada en su Piedra Angular: Cristo-, cuando pretende seguir en la misma Doctrina, en la misma Ley, en los mismos Sacramentos, en la misma Fe, en la misma Verdad: “sin evolución y síntesis enriquecedoras". Incluso con las personas que están en el error, y que se “han hecho” en la heregía; tipo Lutero, por ejemplo. Digámoslo claro: sin “poliedro".

Sinceramente, lo de la “dialéctica” -con su tesis, antítesis y síntesis iluminadora y creadora, moderna y fecunda- es tan viejo como Hegel, por poner un poner, y huele a naftalina podrida ya. Y además está tan equivocado ahora como entonces, cuando se pretende que ese “modus intelligendi” sea la panacea para todo y en todos los horizontes de la persona y de la vida humana.

Porque, sinceramente, entre vivo y muerto, no hay síntesis posible, pues no hay posiciones “intermedias"; entre verdad y mentira, tampoco; entre bien y mal, menos; entre gracia y pecado, nasti de plasti; entre cielo e infierno, qué os voy a decir; entre Dios y dioses, entre puro e impuro, entre casado y arrejuntado o entre casado y soltero, entre hombre y mujer… no hay síntesis que valga: ni enriquecedoras, ni nuevas, ni constructivas, ni poliédricas.

Son términos que designan realidades absolutamente opuestas, que no se pueden “casar"; como no se pueden “casar” dos tíos o dos tías, o como no pueden tener hijos dos tíos entre ellos o dos tías entre ellas. Por eso y cuando quieren tener “hijos” -que nunca lo serán verdadera y cabalmente-, en el caso de los tíos buscan un vientre de alquiler, o en el caso de las tías un suministrador de esperma: porque esa es la realidad y la verdad de las cosas, y ningún “poliedro” se lo arregla o puede esquivarla.

¿Que luego, y poliédricamente, un jerarca les dice a esas parejitas que qué bonito, que qué amor más bello, y que eso lo arregla él en un periquete, y que vayan a comulgar con toda paz…?

Bueno, esto sí pasa ya. Y me remito a lo que escribí hace yan bastantes meses: que en la Iglesia Católica va a haber un antes y un después de la “Amoris laetitia". Y me remito, y me reafirmo, porque ya lo está habiendo. Y la fractura en su seno se está haciendo cada vez mayor como lo demuestra, sin ir más lejos, esta conferencia del “Tucho” Fernández, Víctor Manuel, obispo titular de Argentina, y actual Rector de la UCA de Buenos Aires.