19.12.16

Jesús también quiere a los ricos... (Primera parte)

Hace años, muy poco después del Vaticano II, dentro de la Iglesia Católica hubo una especie de “convulsión” que propuso como objetivo pastoral y evangelizador prioritario -para bastantes de los deslumbrados, único ya- la así llamada por aquel entonces, “opciòn preferencial por los pobres".

En ese terreno, y con ese leitmotiv por bandera, se mostraron especialmente “motivados” -pero que “muy motivados"- los jesuitas, muy como en bloque, por cierto; a esa bandera se sumaron también algunas otras ramas religiosas, aunque en menor medida y con menor repercusión; también se apuntó algún que otro sacerdote diocesano suelto.

Los más “tocados” por ese “tic nervioso pseudoprofético” fueron desde incorporarse militarmente a las guerrilas, y alguno murió en tales avatares, cosa no sólo previsible sino casi segura; hasta significarse políticamente contra los regímenes de derechas, próximos a intentonas militares…, y alguno murió asesinado por sus posturas políticas, cosa también previsible, y que se convirtió en segura porque los mismos “paras” se lo advirtieron con tiempo.

Más en los adentros de la Iglesia -aunque sin ¨heroísmos noveleros¨ o así- como “ideología de cabecera” o “precipitado doctrinario", se acuñó la autollamada “teología de la liberación", que fue condenada y fulminada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, a cuyo frente estaba entonces el cardenal J. Ratzinger; de los componentes de este último grupillo que han muerto lo han hecho de muerte natural.

Por supuesto, y aunque quizá no haría falta señalarlo, voy a darme el gustazo de hacerlo: NUNCA la “opción preferencial por los pobres” ni la “teología de la liberación” se pusieron en marcha contra regímenes totalitarios marxistas. Nunca, SIN EXCEPCIÓN. Aquí, en estos ámbitos donde el personal se jugaba literalmente el pellejo, sin eufemismos y sin cámaras por medio, únicamente la Iglesia Católica ha tenido que apechugar -ella sola, como siempre- en la atención a los pobres, a los enfermos, a los abandonados, a los desechados y tirados en estercoleros…; y eso, a pesar de tener mermada su capacidad de movimientos en el interior de todos esos regímenes marxistas.

Casualmente, acaba de morirse uno de los más lonjevos dictadores marxistas, al que se le ha colocado una fortuna que competía o incluso ganaba a la de la Reina de Inglaterra. Fortuma, todo hay que decirlo, que no han enterrado con él, ni la han metido tampoco en el crematorio del comandante, por supuesto. Que los jerifaltes marxistas no tienen un pelo de tontos, ni en la barba ni en la coleta.

Y es que un buen marxista nunca falla, ni da puntada sin hilo: “To pa’l pueblo", recordamos de aquí en España…, y dejaron 5.000.000 de parados; y se forraron todos sin excepción, a “pellón” por maletín. “Tonto el último” es el eslogan que mejor viven todos estos que se decantan por la “liberacion” de los pobres. Y ¡vayan si los liberan! Especialmente de su dignidad personal y, como no puede ser menos en el mundillo marxista, de la posibilidad de salir de pobres.

Toda esta “infección vírica” se ha recrudecido en los últimos años, como si un nuevo y terrible “ébola” se hubiese infiltrado en la corriente sanguínea y linfática de la Iglesia, y la estuviese destruyendo todas sus defensas, pretendiendo convertirla -y hay sitios donde ya lo ha logrado- en una sombra de lo que era; cuando no la ha aniquilado, literal y espiritualmente hablando.

Y no lo digo “a humo de pajas". Todo lo contrario. Y me voy a explicar sin más dilación, porque el asunto “quema": el “humo” se está convirtiendo en auténtico “fuego"; y si no se le ataja pronto, puede arrasar con todo: fuerza trae. Y, además, soplan malos vientos, que no van a ayudar en nada precisamente.

Porque toda esta “vociferante machaconería” -por decirlo suave y caritativamente- con los pobres, pero con los “materialmente pobres", sin una palabra de aliento para todos los demás “pobres de solemnidad” espiritualmente hablando -que, por cierto, somos mayoría en la Iglesia-, con una indigencia que es, sí, menos “visible” -sobre todo si no se la quiere ver, claro; más aún si se la pretende ocultar y silenciar, convirtiéndonos a los que la padecemos en los nuevos “apestados” que hay que ignorar y desechar-, pero muchísimo más nociva por más corrosiva y destructora que la mera pobreza material…, este inútil griterío, tan sonoro como vacío de vida espiritual -pues la tergiversa y la anula-, no es de Cristo. Por no estar, no está ni en el Evangelio. Luego: NO ES CRISTIANA.

Es más, es una “nueva” IDOLATRÍA.

Pero esto ya para la próxima sesión, Dios mediante.

17.12.16

Católicos de médicos/ médicos de católicos

Después del desaguisado de los católicos metidos en política y convertidos en políticos profesionales o así, hay tres estamentos más -influyentes donde los haya-, y que han contribuído sobremanera no solo a la descristianización tan total que padecedemos -con la consiguiente corrupción de las conciencias-, sino también a la “ingeniería social” que pretende traer e instalar la cruel deshumanización que se ha establecido en las relaciones humanas y en toda la sociedad.

Me refiero al estamento médico, al estamento judicial y a los medios de comunicación. Hoy nos vamos a ocupar solo del primero: los médicos; por supuesto, desde la órbita católica y desde el humanimismo que defiende, en un respeto total y absoluto por la dignidad de la persona humana: la única institución -la Iglesia Católica- que sirve a la totalidad de la persona, sin trocearla ni mucho menos aniquilarla. Porque la Iglesia sabe bien que “el hombre es el lugar de la Iglesia” y, por tanto, el hombre es “su vocación": está hecha para el hombre; y así da a Dios toda la gloria.

Por cierto, y aprovecho ya: todas las acusaciones, falsas e interesadas ellas, contra la Iglesia de “rigorismo", de "fanatismo", de “inmisericorde", etc., solo porque no cede a las presiones del NOM (Nuevo Orden Mundial), a las ideologías -en especial la “ideología de género"- y a los lobis -especialmente del loby homosex y asimilados-, además de patéticas en sí mismas, los que las vocean hacen el ridículo no solo ante los demás, sino directamente ante el espejo: no digamos ante una mínima confrontación en el plano intelectual, que no resisten: se desmoronan. Y, por si alguno no lo tiene claro aún, son moralmente deleznables.

Pues vamos con los católicos metidos a médicos, o con los médicos que quieren seguir siendo y viviendo como católicos.,

No lo tienen fácil, porque presiones, lo que se dice presiones, tienen y muchas, tanto desde dentro del mundillo médico -la “formación” que se les da; las directrices que reciben desde sus jefes, médicos y políticos-, como desde fuera: los mismos pacientes y la propia sociedad y sus voceros.

Pero “ser católico” es aprender a “nadar contra corriente", es querer “ser sal y luz", además de “levadura". Y por encima de todo: es buscar ser fiel a Cristo, gastando su vida como un hijo queridísimo de Dios en su iglesia y en el mundo, ejerciendo cada uno su profesión para “poner a Jesucristo en la cumbre de todas las actividades humanas", para que realmente Él señoree y viva efectivamente en medio de nosotros: Yo, para esto he venido (Jn 18, 37). De este modo se cumplirá aquel "descubrimiento” que Jesús mismo nos revela al anunciárnoslo: El Reino de Dios está en medio de vosotros (Lc 17, 121: “Regnum Dei intra vos est"). Descubrimiento que todos los católicos hemos de convertir en el leitmotiv de toda nuestra vida.

La medicina -y sus profesionales-, se deshumaniza cuando “técnicamete" pierde de vista a la persona; y lo hace precisamente cuando rechaza a Dios: cuando Dios “ya no está” porque “se le ha echado", al ser el único verdadero y real refugio que le queda al “hombre total” en este mundo, todos los ámbitos de los que se le arroja  se deshumanizan irremediablemente, y se vuelven necesariamente contra el mismo hombre al que deben servir. No lo pueden evitar aunque quieran; pero además es que ya ni se puede querer ni se quiere de hecho. Y se empieza, en el ámbito médico, a tratar al paciente como a una “cosa” -con perdón-, aunque no se lo plantee así; aunque quizá sea mucho suponer.

La medicina y sus profesionales están para “intentar CURAR” o al menos ALIVIAR a la PERSONA ENFERMA: se debe poner por tanto a su servicio, y solo adquiere la dignidad que le corresponde cuando se dedica honrada y profesionalmente a ello. A veces se podrá totalmente, otras solo parcialmente, otras solo acompañar dignamente hasta el desenlace final; porque los médicos no son Dios y, por tanto, no pueden evitar que un paciente se les muera, por mucha dedicación y profesionalidad que hayan puesto.

Por la misma razón, tampoco pueden pretender “dar la vida” ex novo -fuera de los cauces de la misma naturaleza-; ni pueden “ensañarse” con un paciente; ni pueden “experimentar” -sean con embriones, con fetillos, con niños o con adultos- con prácticas que atenten contra la dignidad de la persona que es “intocable"; mucho menos la pueden matar.

Y todo esto se da: por lo directo, por lo indirecto, a las claras, a las oscuras, con la ley en la mano o forzando la ley… Ahí están las cifras de los abortos, de las eutanasias -encubiertas o no-, de los cambios y recambios de sexo, las fecundaciones in vitro, las píldoras abortivas y las píldoras anticonceptivas, las esterilizaciones, los dius, la negación de asistencia no ya sanitaria: ni siquiera humanitaria: hidratar -darle agua- a un moribundo… Si a un perro se le deja morir de hambre y de sed, viene el SEPRONA y se te cae el pelo: pues esto se hace CON PERSONAS y, para mayor escarnio, con permiso judicial, incluso aunque la familia del enfermo o moribundo no quiera.

¿Y quién la deshumaniza? Todos los estamentos -las personas que los integran- que, bien por acción u omisión, concurren a que no se vea al paciente como PERSONA. Cuando un paciente se considera como una “cosa” -iba a poner como “animal", pero sería mentir: hoy día, los animales tienen más derechos que las personas y se protejen mucho más que a estas últimas-, se le tratará como tal; y a esos profesionales les acabará pareciendo lo más normal que se actúe así.

Claro que el que no ve la diferencia entre una persona -sea mujer u hombre- y una “vaca” o una “piedra", tiene un grave problema: visual, intelectual y moral. Y si sigue sin “poder distinguir la diferencia", debería “reorientar” su horizonte profesional y hacerse veterinario o sacamantecas o picapedrero: seguro que las autoridades probas, democráticas, progresistas y competentes prodrían habilitar un curso puente o un máster para ponerlo fácil y al alcance.

Pero se deshumaniza porque se descristianiza. ¿Cómo? Cuando los médicos-católicos o los católicos-médicos, CEDEN ante esas personas que pretenden imponer una crueldad inhumana en el ejercicio de una profesión que está señalada precisamente por el servicio a la persona -precisamente cuando esta está más necesitada, más débil y más indefensa-, tomada en su integridad y en su totalidad. Nunca como vaca o cosa.

Pero, ¿por qué ceden? Las respuestas no son fáciles, y cada persona es un mundo. Pero se pueden señalar algunas posturas o situaciones generales.

La primera: esos católicos médicos/médicos católicos, por la deficiente formación católica que han recibido, no están en condiciones -ni quieren, tampoco- de dar la batalla al paganismo anticatólico que, disfrazado de ideología, pretende que no se aviste ni una sola señal de Dios, ni de su Iglesia, ni de sus hijos católicos en este mundo. 

También puede ocurrir que habiendo recibido una buena formación católica, las "circunstancias” personales -las personales debilidades- acaben haciendo infructuosa esa formación, o esa vida en cristiano que se había vivido anteriormente con toda paz.

El resultado de las dos situaciones es la misma: “dejarse llevar” y “ceder". Pero eso no solo no es católico -ni siquiera es aceptablemente humano-, sino que es la negación de lo católico: es pasarse al enemigo en cuerpo y alma. Algo que grava muy pesadamente el alma, y hay que rendir cuentas a Dios; mucho más importantes que las que se puedan rendir -o deban: que igual, en conciencia, no se deben- a unos jefes…

¿Cómo se reconstruye el alma católica en este ámbito? ¿Cuáles son los puntos principales en los que los profesionales de la medicina deben dar la batalla, para dignificar -y santificar- la profesión y dignificarse -y santificarse- a sí mismos?

El primer campo es el respeto a la vida en su totalidad, desde su concepción hasta su defunción, respetando los límites del orden natural. De ahí que lo mismo que no se puede matar -abortar, eutanasiar, cortar la cabeza-, no se puede tampoco fecundar artificialmente; por poner dos momentos que, a día de hoy, son de plena actualidad.

El respeto a la vida, por tanto, exige la no intervención en el orden no-natural de la fecundación, sustituyendo a los progenitores con fármacos o técnicas que esterilicen, o recurriendo a la fecundación “in vitro". 

Porque lo mismo que una persona no puede sustituir el orden natural, y evitar o adelantar la muerte de nadie -ni la suya propia-, tampoco puede hacerlo cuando se le descubre una esterilidad o una disfunción grave que le impide totalmente la procreación. Es muy loable el sentimiento de ser madre/padre, pero no se puede conseguir de cualquier manera, y los médicos no están para eso. Como no están para conseguir un niño-medicina, o un clon del niño fallecido; mucho menos un nene para una parejita homosexs o lesbis.

Hay más temas; pero simplemente con que en el mundillo médico se respetase la vida humana de un modo total y absoluto, la sociedad sería otra, se protegería efectivamente a la familia, y se ayudaría a reconocer y respetar la dignidad de la persona, empezando por reconocer cada uno su propia dignidad.

También la del médico -y demás profesionales de la medicina-, católico o no, como médico.

4.12.16

Católicos de políticos/ políticos de católicos

Es uno de los más graves problemas que tiene la Iglesia Católica en el mundo occidental: los católicos que, siéndolo -o eso creen-, se meten en política; primero como miembros de un partido político dudosamente democrático -en la práctica diaria de sus postulados, de sus declaraciones, de sus manejos internos y externos-, para luego, y si es el caso, como miembros de un gobierno, también dudosamente democrático por las mismas razones que las señaladas anteriormente, agravadas todas ellas al convertirse en praxis gubernamental.

La Iglesia Católica -no solo en España, por supuesto- no ha estado al quite; quizá ni se le ha pasado por la imaginación. Y, si lo ha intentado, ha debido ser tan tarde, tan tímidamente y tan deslabazadamente, que los resultados ahí están: los católicos, como tales, han desaparecido de la vida política, pues no se distinguen en nada de ningún otro político al uso: todos están cortados por el mismo patrón, nunca mejor dicho. Todos fococopias impresentables; que más indignan cuanto más de católicos “van". Ejemplos hay a mansalva: sobran. Es más: de hecho, no hay ninguno que “choque” pretendiendo ser coherente con su catolicismo, y se salga del molde, y se le pueda señalar como tal. Ninguno.

Digo que es uno de los más graves problemas, porque todos los ataques efectivos -tienen los mejores medios, y los tienen más ampliamente, y los pueden manejar sin dar cuenta a nadie en este mundo: en el otro, eso ya es “otro cantar", y lo verán- contra la dignidad de la persona, contra la familia como célula básica de la sociedad, contra la vida, y contra la salvaguarda del bien común -que es el ámbito propio de la vida política-, respetando desde el poder el principio de subsidiariedad, que es el que legitima moralmente -hace justo, obra según justicia- el uso del poder político y gubernamental, todos los ataques vienen de ahí: de los gobiernos al uso.

A estos “temas” habría que añadir -como denuncia, naturalmente- el uso “obligatorio” de la mentira en la vida pública, la “obligación” imperiosa de enriquecerse personalmente aún a costa de arruinar, empobrecer y endeudar -para generaciones y generaciones- países enteros, y la “necesidad” de construir “estructuras de corrupción” en todos los horizontes de las realidades que tocan los políticos: gobiernos, partidos y sindicatos primeramente; y que luego, como una gangrena progresiva e imparable -porque nadie se va a autoimputar ningún miembro- se van extendiendo a todos los sectores de la sociedad, al grito de “tonto el último".

Y como la primera gangrega que se instala necesariamente es la GANGRENA MORAL -de ahí la corrupción instalada oficialmente desde los poderes para matar las conciencias desde la más tierna infancia-, de ahí mi denuncia de que la Iglesia ha estado como mínimo poco “lista” para verlo venir: lo moral, lo justo es la esencia de lo católico. Y  ahora, claro, se tiene  que  quejar -bien que tímidamente, eso sí: ya no hay arrestos, quizá ya ni autoridad para hacerlo de otra manera- de que se la ataca, de que se la quiere silenciar -cuando la primera “mudita” ha sido ella-, o pretendiendo defender unas clases de religión que ya nadie sabe cómo hay que darlas -no se puede “adoctrinar": dicho por un obispo católico de la católica España en una circular oficial de su diócesis-, y por otro lado, ya nadie pretende que a través de ellas se les enseñe a vivir en cristiano. Y así estamos.

Y vamos al tema, que esto han sido más unas premisas para entrarle a lo que nos ocupa: un católico coherente hoy, es decir, fiel a su condición de hijo de Dios en medio del mundo, y con el encargo divino -vocacional: vocación cristiana- de santificarse y santificar las estructuras temporales, ¿cómo debe actuar en política para ser lo que debería pretender: que su Fe eche raíces y fecunde todo aquello en lo que está metido -el quehacer político- por Voluntad de Dios?

No tengo más respuesta -ni mejor- que las palabras del testamento de Shahbaz Bhatti, político católico pakistaní, muerto a causa de su Fe en un atentado en marzo de 2011: “Me han propuesto altos cargos de gobierno y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso poniendo en peligro mi vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Solo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mí y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte que consideraría un privilegio que, en este esfuerzo y en esta batalla por ayudar a los necesitados, a los pobres, a los cristianos perseguidos de Pakistán, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir por Cristo y quiero morir por Él".

Nos deja mudos de asombro, de entusiasmo, de ejemplaridad, de virtud, de amor a Jesucristo y a su Iglesia, y de decación hasta el finala imitación de Cristo.

Un católico, en un partido o en un gobierno no puede pretender que su conciencia esté al margen de lo que en ese partido se propugna, o en ese gobierno se perpetra, aunque hava votado en contra vez tras vez. Pero mucho menos si su silencio al respecto es notorio y público. Debería declarar inmediata y públicamente su disconformidad moral y su voto en contra.

Escandaliza sobremanera. Y con su silencio -con su conducta- contribuye notablemente a que se desdibujen los perfiles de lo que es ser católico y, por tanto, también de la doctrina que sustenta y explicita esa vida. Hace traición a su Fe, a la Iglesia, a sus hermanos en la Fe, y a todos los hombres de buena voluntad: porque ven cómo su vida práctica desautoriza todo lo que el católico representa: a Cristo mismo.

Tampoco pueden escudarse en que si ellos no estuvieran allí -cobrando, por cierto; más complementos, que los habrá seguro- habría otro que haría las cosas mucho peor, y el mal sería mucho mayor. No cuela. Cuando el mal que se instiga son 120.000 abortos al año, 230.000 embriones congelados, la historia del “principito” con sus niñas con vulva y sus niñas con pene, con sus leyes LGTBI, con los niños de 12 años enganchados al alcohol, al sexo y a las drogas, con los abortos de niñas y los cambios de sexos de menores sin consentimiento paterno, cuando se destruye la familia y la sociedad, cuando se saquean países enteros…, ¿dónde queda el recurso al mal menor? Eso es de un fariseísmo que apesta. Y si se está ahí es porque se está muy a gusto con todo eso -talmente y hacia fuera da esa impresión-, aunque se comulgue todos los días. A esto hemos llegado.

Un último apunte: de los cientos de miles de católicos y de cristianos perseguidos en Irak y Siria, con miles y miles de muertos -mártires, por supuesto- no se conoce ni un solo caso de nadie que haya apostatado por defender su patrimonio, su familia o su vida personal. Ni uno solo. Nadie se ha apuntado al mal menorCuando pasa esto, ¿cómo se va a tener derecho a estar ahí metido, con los bolsillos bien cubiertos y pretender además mantener “sana” y “a salvo” la conciencia? ¡Menudo chollo, papi!

Si alguien lo sabe, agradecería respuestas. A los de la CEE no les pregunto nada porque están muy ocupados celebrando sus 50 años de silencio, de nada.

26.11.16

El Papado, el Papa, el Papanatismo.

Viene a cuento, el título, del protagonismo que, para bien o para mal -cada uno lo señala como cree más oportuno, con razón o sin ella-, ha conseguido este Papa, Francisco; lo haya pretendido o no, que no conozco sus intenciones: solo veo lo que hace, solo leo lo que escribe, y solo oigo lo que dice.

Y, sinceramente, en cada uno de los tres apartados se ha ganado a pulso ese protagonismo; también para bien o para mal de su misma persona, de lo que representa y de la misma Iglesia, de la que es Cabeza visible. Pero que “muy” visible. No creo exagerar ni pizca diciéndolo: constato un hecho evidente, sin juzgar intenciones de nadie; y menos de las suyas.

Son múltiples las críticas que recibe por ello. Y también los aplausos que recibe por lo mismo y a “sensu contrario". No hay término medio, la verdad. Ha conseguido -queriéndolo o no: sigo sin juzgar unas intenciones que no conozco- exactamente esto: que, o se le aplauda, o se le rechace. “A rabiar", si se me permite la expresión.

Las dos cosas son perfectamente constatables, pues no deja indiferente a nadie que le interese la Iglesia Católica, para bien o para mal, que las dos posturas coexisten; pero, además, se han enconado, precisamente por lo que el Papa, hace, dice y escribe…, o calla, que también: un día y otro, sí o sí. En esto hay que reconocerle que no para, y que prácticamente hace casi imposible estar al día con él.

Por esto -y por alguna razón más, que también las hay-, creo que se hace necesario clarificar un poco las cosas, saber dónde estamos, qué terreno pisamos, tener doctrina para tener criterio; no nos pase que pretendamos “ser más papistas que el Papa", o que nos convirtamos en unos “papanatas", o que, simplemente, hagamos daño a la vez que nos hacemos daño a nosotros mismos, con buena o mala intención, que de todo hay en la viña del Señor; y no hay que escandalizarse por ello.

Vamos primero con el “Papado". El Papado es la Institución, es la Dignidad, es lo que encarna en sí mismo la “cualidad” de Papa, es la Misión, es el Oficio, es la Cabeza, es el “Vice-Cristo en la tierra” -como lo llamaba santa Catalina de Siena-, es la Primacía o el Primado… Todo ello dentro de la Iglesia y para servir a la Iglesia, independientemente de la persona concreta que encarne o ejerza tal potestad. El Papado es lo permanente, siendo transitoria la persona que lo encarna en cada momento histórico.

Lo instituye Jesús mismo -de institución “divina”, por tanto, y nunca “invento humano"-, en la persona de Pedro y para todos sus Sucesores: después de la primera pesca milagrosa, cuando Pedro, reconociéndose pecador, se echa a sus pies, Jesús entonces le dice: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

La RAE lo define, con acierto, como “dignidad de Papa"; también como “tiempo que dura el mandato de un Papa". Esta segunda acepción es muy secundaria, en mi opinión, y no aporta prácticamente nada al tema. La primera sí; y es la que acabo de explicar.

Esto significa, en primerísimo lugar, que es el Papado lo que “da” u “otorga” dignidad al Papa, y no al revés, porque es imposible. Ciertamente, la santidad personal de los     Papas -ha habido muchos santos entre ellos; y los que tenemos ya una cierta edad hemos conocido a varios- “demuestra” y “confirma” la insititución divina del Papado; pero un Papa “malo” -si se me permite la “licencia” o la “hipótesis"- ni le quita ni le puede quitar nada al Papado.

Del mismo modo que los muchos pecados de los hijos de la Iglesia no “consiguen” que la Iglesia Católica no sea Santa. O como los cismas tampoco logran que la Iglesia no sea Una: son ellos los que no son iglesia -por mucho que se empeñen en decirlo, o por mucho que desde fuera se les quiera conceder tal condición-, porque se han ido: son los sarmientos que se han desgajado de la Vid, y se secan; y no sirven más que para ser echados al fuego, o para arrear a las bestias (cf. Jn 15, 1-8)..

Vamos ahora con el “Papa". El Papa es la Persona que, cada vez que es históricamente necesario, sucede a Pedro: permanece la “Piedra” -siempre la misma-, siendo sucesivamente cambiante en el devenir histórico la “Persona” -el Papa- que la encarna o que la asume, como tarea y como misión: como “servicio”. Es lo que cambia, la Persona; nunca la Institución.

De ahí una consecuencia inmediata e importantísima: que las “iglesias” que quieran presentarse como tales, como “verdaderas", pero no están en comunión con el Papa, porque no asumen la Primacía ni la Función del Papado, no pueden ser la Iglesia de Cristo, no son “la” Iglesia divinamente fundada, plantada y metida en el devenir histórico de la humanidad: no son la Iglesia que “salva", no son el “Cuerpo de Cristo” porque no tienen a Jesús como Cabeza. Un cuerpo descabezado es un cadáver, un cuerpo muerto…, enterrado o a la intemperie, da lo mismo.

Pero no hay que confundir el “Papa” con el “Papado". El Papa -cada Papa- “ejerce” el Papado, lo asume, pero “no lo es". Es más: la Iglesia “sigue” incluso con “sede vacante"; precisamente para elegir al nuevo. Si Papa y Papado no se “distinguiesen", al morir el Papa “moriría” la Iglesia, cosa que evidentemente no es así. 

Por lo mismo, tampoco todo lo que hace el Papa “dice relación” con el Papado. No es lo mismo, por ejemplo, que el Papa diga que un tema -el que sea- es “un tema cerrado en la Iglesia", o que diga que tal cosa es un tema “abierto", o que diga que, en tal escrito, solo pretende dar su opinión y no definir ninguna doctrina; como no es lo mismo que hable “ex cathedra” y lo declare solemnemente así, a que no lo haga. En unos casos, el asentimiento -la obediencia- que hemos de poner por nuestra parte, Jerarquía y fieles, religiosos y laicos, es total y absoluto; en los demás casos no es así, y el Papa mismo respeta nuestra libertad de hijos de Dios en su Iglesia, que Cristo mismo nos ha ganado.

Libertad de hijos de Dios, incluso para opinar en su contra si hiciese falta. Es la libertad santa de Pablo frente a Pedro, en Antioquía (cf. Ga 2, 11-16) al que resistió en su misma cara porque se había hecho reprobable. Es la libertad santa de Catalina de Siena recordándoles a los Papas la dignidad del Papado, la dignidad de la Iglesia, y su deber de fidelidad a Cristo y de servicio a las almas. Es la misma libertad de Cardenales y obispos para entrarle a lo que ha dicho o escrito el Papa si creen en conciencia -una conciencia en la que pesa lógicamente que el Papa es el Papa- que deben elevar una consulta, como se ha hecho siempre, ante puntos que lo exigen. Es la misma libertad de los fieles laicos -caso reciente de Spaemann, padre e hijo- ante algunas cuestiones de la “Amoris laetitia” que ha levantado tantísima polvareda, y no por gusto de levantar polvo, o de tirar contra el Papa, sino porque el tema lo ha exigido. Yo mismo escribí hace meses que habrá en la Iglesia Católica un antes y un después de la Amoris laetitia. Y lo está habiendo, y mucho antes de lo que yo pensaba.

Como composición y criterio, vienen perfectamente a cuento unas líneas de una carta que Léon Bloy escribió al matrimonio Maritain, Jacques y Raïssa: “Sean cuales sean las circunstancias, poned siempre lo invisible [el Papado, en el caso que nos ocupa] por delante de lo visible [el Papa], lo Sobrenatural [el Papado] por delante de lo natural [el Papa]; si aplicáis esta regla a todos vuestros actos, estamos seguros de que estaréis investidos de fuerza e impregnados de una profunda alegría” (tomado de Card. Robert Sarah en Dios o nada, p. 321. Ediciones Palabra, Madrid 2015).

Todo esto hay que tenerlo muy claro porque, en caso contrario, aplaudir por aplaudir -aplaudir hasta con los piés- aunque no se sepa bien o no se entienda bien lo que ha dicho o escrito el Papa, sin más criterio que “es que lo ha dicho -hecho, escrito- el Papa", exactamente eso es, en mi opinión, un descriterio; y no le hace ningún servicio al Papa, ni a la Iglesia, ni a las almas, porque se antepone el Papa al Papado. Tout court. Y es una aberración.

Como no le hace ningún bien, al mismo Papa en primer lugar, que se diga, por ejemplo, que un texto “es magisterial” cuando él mismo ha escrito exactamente lo contrario: que ni lo es ni lo ha pretendido. Como tampoco le hace ningún servicio dar, por ejemplo, unas clases sobre la “Amoris laetitia", ocultando a la gente los puntos conflictivos -que los tiene-, y presentar esas clases como “lo que es” y da de sí esa Exhortación apostólica: tal postura ni siquiera es honrada intelectualmente hablando. Tampoco moralmente.

Esa postura es lo que llamo el “Papanatismo", tercer punto del título. Papanatismo que el Diccionario de la Lengua Española define como: “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple o poco crítica”

El “Papanatismo” es renunciar a la racionalidad y, por tanto, a la libertad, Y en el tema que nos ocupa -tema de una trascendencia que fácilmente se nos puede escapar- es moralmente insano.

Y “que cada palo aguante su vela”, como dice la sabiduría popular, que se engaña muy pocas veces.

18.11.16

Conexio virtutum/conexio doctrinam

Nuestra Madre la Iglesia Santa enseña con gran Sabiduría, hecha de Palabra de Dios, de Gracia del Espíritu Santo, de Vida de Cristo y de abundantísima experiencia humana -no hay que olvidar que la Iglesia es “experta en humanidad"-, que todas las virtudes, especialmente las virtudes cardinales y las demás virtudes morales, están interconectadas: es lo que se designa con la expresión “conexio virtutum".

Tan es así que, cuando se mejora en una de ellas, se mejora a la vez en todas; y al revés: cuando se descuida una, pierden todas las demás también. Indudablemente, quien mejora o pierde es la poseedora de todas ellas, es decir, la persona humana.

Aunque estrictamente hablando Santo Tomás reduce la “conexión entre las virtudes” a las virtudes cardinales y a las morales -no así a las virtudes llamadas “intelectuales” o a las meras virtudes humanas-, sin embargo y en mi opinión, esto es más un reduccionismo académico -más bien “escolástico", por decirlo de algún modo- que un reflejo de la realidad: en realidad, en el hombre, que es un único ser personal, todo comunica; como lo demuestra, por ejemplo y con absoluta evidencia, la intercomunión intrínseca e inseparable del cuerpo y del alma.

Viene a cuento lo de la “conexión de las virtudes” -conexio virtutum- porque me parece que, en el orden doctrinal y salvando todas las distancias, tampoco son separables los puntos que componen la Doctrina Católica; como no son separables, y se recogen de hecho en un mismo Catecismo de la Iglesia Católica, sus distintas partes: Mandamientos, Sacramentos, Artículos de la Fe y la Vida Cristiana, etc.

Solo son separables “intelectualmente” -metodológicamente, si se prefiere-, pero no en la vida práctica del cristiano -del hijo de Dios, que para vivir como tal, en plenitud de vocación, ha de vivirlas todas-; como tampoco son separables en la práctica “Doctrina y Vida", “Fe y Vida de Fe".

Del mismo modo y a fortiori, menos aún son separables Jesucristo y su Iglesia: pues realmente no se puede escoger a uno/una sin despreciar al otro/otra. Son una unidad: sin Jesucristo no hay Iglesia, porque esta ni habría existido ni puede subsistir sin Cristo.

Tampoco es católico separar “doctrina” -doxa- y “praxis” -"ortodoxia” y “ortopraxis"- como pretendía la ya casposa “teología de la liberación"; y como pretenden algunos, a día de hoy, afirmando que “no se ha tocado la doctrina", y “todo sigue igual” cuando, en la práctica, se admiten y se postulan “praxis” que la contradicen, porque la pisotean, la ningunean y la anulan: convierten la doctrina en papel mojado, en la nada inoperante, como corresponde a la propia “nada” por su ser precisamente “nada".

Por ejemplo: no se puede pretender que para comulgar hay que estar en gracia de Dios, es decir, no tener conciencia de pecado mortal -mucho menos reconocer que “se está en una situación objetiva de pecado grave"- y sostener además que, si se tiene esa conciencia de pecado grave, hay que confesarse antes de comulgar…, para luego, sin más y por mis pistolas, postular en la práctica que esas gentes accedan a la Sagrada Comunión; pretendiendo, para más inri, que esta “pastoral” -eufemismo o sarcasmo más falso que Judas- es una pastoral “católica”. Para añadir -faltaría más-, antes y después, que “no se ha cambiado ni una coma de la doctrina".

Una aclaración. Cuando hablo de “doctrina” me refiero a la doctrina “inmutable", no a si es más oportuno recibir la Confirmación a los 10 o a los 16 años, que esto puede cambiar las veces que haga falta; sino a la pretensión, si la hubiera, de desvirtuar la naturaleza del Sacramento de la Confirmación, por ejemplo. Y volvemos al hilo.

Pero, ¿en qué lógica cabe tal postura? ¿Nos hemos vuelto locos? ¿Hemos renunciado -como lo hacen los del “mundillo"- a la capacidad de nuestra razón para reconocer la realidad -la verdad de las cosas-, y enunciarla como tal? ¿Se pretende, una vez más y en línea con una pseudo filosofía -y la pseudo teología que lo asume-, que la “verdad", la pongo “yo", es decir, “mi” conciencia o “mi” voluntad?

Esto, siempre será encumbrar al “hombre” -al falso hombre, porque del hombre verdadero no queda nada en una postura así- pagando el peaje de “quitar” -no queda otra- a Dios. Y la Iglesia Católica nunca ha sido, ni es ni será una “cosa” así, porque desde su origen y hasta el final de los tiempos está al servicio del hombre, porque está “ad maiorem Dei gloriam": para la gloria de Dios.

Precisamente esto -la defensa de la Iglesia en su finalidad más sobrenatural: la salvación de las almas todas- es lo que han pretendido los cuatro cardenales con su carta al Papa; que han convertido en “carta abierta” -pública y publicada-, dado el silencio administrativo con el que se les ha contestado-; es también lo que pretendieron los bastantes más de cuatro firmantes con la carta que, con ocasión del sínodo de la familia, elevaron al Papa, por si le servía de ayuda; más la carta -ya muchísimo más numerosa en firmas- que un buen número de católicos -con ánimo firme de serlo y de seguir siéndolo- enviaron al Papa para que les aclarase las dudas y las zozobras que les había producido su última exhortación apostólica.

La Iglesia Católica, desde hace ya muchos años, se ha convertido en el último y en el único refugio que le queda al hombre para poder reconocer su dignidad, su origen y su destino. Si la Iglesia le fallase el hombre éste ya no tendría ni a dónde ir en este mundo: se convertiría en un extraño, en un paria: se desconocería a sí mismo y a los demás, por desconocer a Dios.