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8.10.08

En una primera impresión, para los desavisados o tergiversadores profesionales, puede parecer que el Obispo de Segovia, Mons. Ángel Rubio Castro, ha dicho gran barbaridad: que los católicos que no sean practicantes, reconsideren la posibilidad de contraer matrimonio católico.
El documento “Orientaciones Catequéticas y Pastorales para la Preparación Y Celebración de los Sacramentos en la Diócesis de Segovia” se refiere, entre otras cosas, al Sacramento del Matrimonio y viene a clarificar algo que, muchas veces, se tiene la tendencia a olvidar: por ser Sacramento, signo de Dios en el mundo, no puede ser tomado a la ligera.
Es cierto que en ReL ha sido, ya, tratado el tema (ayer mismo, por ejemplo, se refirió a él Luis Fernando Pérez Bustamante pero creo que en un caso tan especial como el del matrimonio, como suele decirse en valenciano, “tota pedra fa paret” (o sea, que todo aporte sirve de fundamento al asunto de que se trate)
En primer lugar, sabemos que el cumplimiento de lo que refiere el Sacramento del Matrimonio no puede suponer la disociación de la misma palabra: cumplo y miento sino, muy al contrario, la confirmación de una voluntad expresada ante Dios.
En “Es Cristo que pasa“ (11) habla, San Josemaría, de la “unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios”
Tal concepto, unidad de vida, tiene, aquí, una importancia tan vital cuyo incumplimiento denota una falta de nervio católico que debería ser tenido en cuenta a la hora de contraer matrimonio. Es adecuado, por tanto “Apartarse de la tentación, tan frecuente (…) de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas” (Conversaciones, n 114), como dice San Josemaría.
Es aquí donde se encuentra, seguramente, lo que el Obispo de Segovia ha venido a querer decir: si “los novios no son creyentes o manifiestan una fe llena de contradicciones y desean y piden casarse por la Iglesia, los sacerdotes deben examinar cada caso, sin caer en una actitud rigorista, ni tampoco, en una benevolencia rutinaria, y los mismos novios tendrían que reconsiderar su actitud y reflexionar con sinceridad sobre su postura”.
Por tanto, lo único que dice don Ángel Rubio Castro es que a la hora de contraer matrimonio no basta con manifestar que se quiere hacer tal cosa sino que, en aplicación de la citada unidad de vida, no se puede pretender que, con una fe en la que primen los pensamientos dubitativos sobre la misma o, incluso, cuando los novios sean creyentes, digamos, por haber acudido recibir los sacramentos previos al matrimonio pero, en realidad, no practiquen la fe católica de ninguna de las maneras, pueda ser admitido tal matrimonio.
No puede verse, aquí, ningún tipo de exageración. Muy al contrario, esto es, ni más ni menos, el cumplimiento exacto del contenido de lo que el matrimonio católico supone.
Ahora, que también es comprensible (según y cómo) que la sociedad descreída en la que vivimos fomente que muchas de las uniones matrimoniales católicas no pasen, sino, de ser una mera ceremonia pero que no encierra, en el fondo, ningún compromiso mínimamente serio porque ex ante el convencimiento de los contrayentes era, digamos con bastante caridad cristiana, bastante mejorable.
Pero toda la crítica tácita que encierra lo dicho por el Obispo de Segovia tiene una causa que se debería convertir en motivo de una manifestación de voluntad matrimonial: “Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, de tal manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mt. 19: 5-6)
Pero muy significativo es lo que dice Cristo inmediatamente antes: Él respondió: “¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer” (Mt 19:4)
Y es que, en realidad, cuando la referencia directa es el mismo Dios el que, al crear al hombre y a la mujer los destinó a ser, por eso mismo, marido y mujer y a abandonar a su padre y a su madre, etc. no se puede ridiculizar tal verdad espiritual por atenerse a lo vistoso de la ceremonia o lo “estético” de la misma.
Pero eso depende, seguramente, de la conciencia religiosa de cada cual… y, por desgracia, en muchas ocasiones, es tan escasa…
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