InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Septiembre 2017

5.09.17

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- Darse por completo

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

Resultado de imagen de Mesa redonda con Dios

 

A partir de hoy, y con la ayuda de Dios, vamos a dedicar los próximos artículos referidos al Beato Manuel Lozano Garrido, a traer aquí textos de sus libros. Y vamos a hacerlo empezando por el primero de ellos, de título “Mesa redonda con Dios”. 

Darse por completo

 

“Hazme humilde en los triunfos y fuerte en los fracasos, que nunca me carcoma el remordimiento de haber dado mi ciencia con cuentagotas.”

 

Que, cuando nos van bien las cosas sintamos que Dios está a nuestro lado y cuando nos van mal creamos que nos ha abandonado no es, digámoslo ya, una forma extraña de actuar. Seguramente es la más ordinaria porque somos así, los creyentes, y afirmamos cosas que, en realidad, no creemos.

Creyentes como el Beato Manuel Lozano saben lo que deben ofrecer al Todopoderoso porque, sí, se trata de ofrecer y de pedir lo que nos conviene. Y es que pedir a lo loco sin saber lo que es mejor para nosotros no está nada lejos del comportamiento espiritual de muchos hijos de Dios.

Eso, sin embargo, no le pasa a Lolo que parece conocer a la perfección el sentido elemental, pero tan difícil de comprender, de lo que Dios quiere de nosotros.

Digamos que Manuel Lozano Garrido no pide nada difícil pero sí que es difícil pedirlo. Es decir, quiere nuestro Beato cosas sencillas (con la sencillez de las personas a las que Dios revela las cosas más importantes, Jesucristo dixit) que marcan un sí o no en nuestra fe católica.

Pide humildad.

La humildad que pide Lolo es la que pocas veces estamos dispuestos a mostrar. Es decir, en los triunfos, ser humilde no es lo más común porque lo más común es ser soberbio, venirnos arriba en el mal sentido y olvidar a Quien ha hecho posible tales triunfos. Y es que dejar de lado al Todopoderoso, sabiendo, además sabiendo, que gracias a Él somos lo que somos, es la forma más ordinaria de actuar.

Pero Lolo pide humildad. Y la pide porque sabe que a Dios no le gusta nada de nada los soberbios. Y no le gustan nada de nada porque muestra la faz terrible del olvido del Creador y muestran, los que así actúan, cuan ciegos son.

Pero pide, también, ser fuerte.

La fortaleza es una virtud que nos permite seguir adelante cuando pudiera parecer que se puede seguir adelante. Por eso el Beato de Linares (Jaén, España) le pide a Dios que cuando llegue el momento del fracaso (que llegará…) sepa ser fuerte, con la fortaleza de espíritu y de alma que hace posible no aceptar el fracaso sin oponer resistencia espiritual.

Por otra parte, pudiera parecer que con esto, con pedir humildad y fortaleza es más que suficiente como para llevar una vida santa. Pues no. A Lolo le parecer que, aún, tiene algo que pedir que es muy importante y que se refiere a lo que hace con sus talentos.

Los talentos, como sabemos por cierta parábola así llamada, no son dados por Dios para que los escondamos debajo de cualquier celemín o para echarles siete candados para que nunca afloren a la realidad del hijo de Dios. No.

Lolo, a tal respecto, sabe que debe darse por completo y que, además, su conciencia no le diga que ha hecho mal dándose así, como él se da, como se daba el Beato Lolo, es manifestación de correspondencia entre lo que se cree y lo que se hace.

El caso es que dar, lo que se puede dar a manos llenas, de forma rácana no es propia de los santos hijos de Dios. Y, claro, Lolo era hijo de Dios y santo. Por eso pide que eso no le pasa a él. Y, lo bien cierto, es que no le pasó nunca.

 

 Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

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4.09.17

Serie Venerable Marta Robin – Aceptar la misericordia de Dios

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

Por eso, nos vamos a acercar a su obra espiritual a través del contenido del libro “Le secret de Marthe Robin” escrito por el P. Jacques Ravanel" palabras que, con ayuda de Dios y del diccionario, hemos procurado traducir. 

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Aceptar la misericordia de Dios

 

“Los designios del Padre son tan admirables y todas sus misericordias se cumplen tan exacta y perfectamente que sólo debemos superabundar en alegría incluso aunque esa Voluntad sea que suframos. “ (Cuaderno 18, p. 18)

 

No podemos negar que, en materia de fe, una cosa es lo que decimos que creemos y otra, muy distinta muchas veces, lo que eso supone para nosotros.

Es bien cierto, al respecto de esto, que no en pocas ocasiones hay una separación tan grande entre la creencia que tenemos y lo que hacemos en nuestra vida ordinaria que bien podría decirse que nuestra fe es una ficción.

En realidad, no basta con decir que se tiene fe sino, como sabemos (¡y lo malo es que lo sabemos!) que hay que ser consecuentes.

Sobre esto, la Venerable Marta Robin sabía mucho. Queremos decir que comprendía muy bien lo que era ser hija de Dios. Y queremos decir que no hacía distinción entre lo que creía, lo que decía que creía y, en fin, en cómo era, pensaba y actuaba.

Al respecto de esto, cuando creemos en Dios Todopoderoso como Creador y como Padre del Cielo, no podemos olvidar algo esencial y que tiene todo que ver con que somos nosotros y, en general, con lo que deberíamos ser: Dios tiene una voluntad.

Que Dios tiene voluntad propia cae por sí solo. Es decir, no hace falta explicar nada a tal respecto: quien todo lo puede… pues todo lo puede porque tiene una determinada y particular voluntad.

La voluntad de Dios no es ni existe, así, en abstracto sino que se concreta, y mucho, en lo que quiere para sus hijos, para las criaturas que creó, hombre y mujer los creó, para las que, por decirlo pronto, sólo quiere lo mejor.

Que Dios quiere lo mejor para nosotros no puede ponerse en duda porque ¿qué padre, a quien su hijo le pide pan le da una piedra o si le pide un pescado le da una serpiente?

Estamos, pues de acuerdo en que Dios quiere lo mejor para nosotros. Sin embargo, no siempre lo que quiere Dios es lo que nosotros queremos…  Y es que nosotros somos, no lo neguemos, esencialmente egoístas. Por eso los designios de Dios, su santa Providencia, la apartamos de nosotros cuando no coincide con nuestros egoístas intereses. Y eso, ciertamente, no nos interesa para nada.

Marta Robin, que tanto sufrió físicamente en vida, tenía muy claro una cosa: Dios es  eternamente misericordioso y, como no podía querer nada malo para ella, debía aceptar sus santos designios, lo que quería a su respecto, lo que, en fin, le convenía como hija del Todopoderoso.

Es seguro que mucho de aquello, sus sufrimientos físicos o espirituales, podía no ser entendido por muchos. Pero ella, como bien nos dice y demuestra que aceptó en vida, sabe que Dios tiene una visión de nuestra existencia que va más allá de la que nosotros, que sólo nos miramos al ombligo y no vemos mucho más allá de nuestras narices, solemos tener. Por eso acepta todo lo que Dios le envíe.

¿Que no es posible aceptar el dolor y el sufrimiento?

La Venerable Marta Robin, ciertamente, debía ser una mujer hecha de una pasta muy especial porque lo acepta todo con humildad y sumisión absoluta a la voluntad de Dios.  Y no era una mera pose sino, al contrario, una verdad que demostraba día a día durante aquellos años en los que sufrió lo indecible.

Ella aceptó todo porque todo venía de su Padre Dios.  Y es que, seguramente, comprobó muchas veces que lo que Dios quería para ella se cumplía exacta y certeramente.  Pero todo, todo.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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La Venerable Marta Robin es buen ejemplo de lo que se puede llegar a ser: hija de Dios.

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3.09.17

La Palabra del Domingo - 3 de septiembre de 2017

    

 Mt 16, 21-27

 “21  Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. 22 Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: ‘¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!’ 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ‘¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!’ 24 Entonces dijo Jesús a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 25   Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. 26 Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? 27 ‘Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno  según su conducta.’”

        

 

COMENTARIO

 

La vida que vale la pena vivir

 

Las cosas claras, podemos decir pues, de otra forma, puede llevar a engaño lo que se pueda decir aunque lo diga el mismo Hijo de Dios. 

El caso es que Jesús no le gustaban las medidas tintas ni el lenguaje, tan de moda ahora, políticamente correcto. Es más, conocedor de la misión que debía cumplir por habérsela encomendado su Padre, no deja de hacer lo que le corresponde hacer. Nadie, por tanto, va a limitar su cumplimiento. 

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2.09.17

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – ¡Cuidado con nuestra forma de ser y actuar! Peligro de muerte eterna

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

¡Cuidado con nuestra forma de ser y actuar! Peligro de muerte eterna

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Y Jesús dijo… (Jn  15,22 )

 “Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado.”

 

Es bien cierto que, antes de que Dios se manifestar al hombre (pongamos, por ejemplo, a Abrahám) nadie podía decir que no creía en el Todopoderoso. Es decir, que sin conocimiento no puede haber culpa. Y eso pasa con Jesucristo.

Dios había prometido al ser humano que enviaría a un Mesías, a un Salvador. Y en eso confiaba el pueblo que había sido elegido por el Creador, el judío. Y pasaron los siglos esperanzado tal pueblo con eso. Ellos esperaban que Dios, su protector ante y en el mundo, cumpliera su promesa.

Podemos decir, por tanto, que antes de que eso sucediera nadie podía ser tenido como culpable de una increencia o, lo que es lo mismo, que a nadie se le podía imputar un pecado tan grave como era desconfiar, en cuando a haber enviado a un Mesías, del Todopoderoso.

Pero llegó la plenitud de los tiempos y Dios envío a un Mesías. Y no es que hubiera suscitado, por ejemplo, un gran hombre de los entre ya vivientes. No. Es que envió a su propio Hijo al mundo.

Sabemos que hubo quien creyó en Él. Es más que muchos dieron y darían su vida, a lo largo de los siglos, por Quien había sido enviado, Dios entre nosotros, Emmanuel.

Sin embargo, hubo quien miró para otro lado (incluso muchos de los que sabían, positivamente, por el devenir de su pueblo y por sus Santas Escrituras, que aquel hombre era el Hijo de Dios) y no quiso saber nada de aquel Maestro que, como decían muchos, enseñaba con autoridad y no como otros…

Pues bien, Jesucristo se dirige, lo que dice ahora va destinado, a los que podían haber creído en Él.

Lo dice de una forma bien clara. Y es que hace uso del “si” condicional que, como sabemos, es una forma de decir que podían haber hecho, muchos, otra cosa muy distinta a cuanto hicieron al escuchar a Jesucristo y al ver (amantes como eran de los signos) lo que hacía.

En efecto. Dios podía no haber enviado a su Hijo al mundo. Pero lo envío. Y como lo envió, cumplió una misión que tenían bien definida: instaurar el Reino de Dios y procurar la salvación de sus hermanos los hombres. Y eso lo estaba haciendo y, con su muerte, lo consumó, lo perfeccionó, lo cumplió a rajatabla.

Él había hablado; Él había hecho. Tanto habló diciendo lo que era conveniente saber y entender y tanto hizo mostrando y demostrando que sólo Dios podía hacer ciertos milagros y que si los hacía, como poco, era Enviado de Dios pero cabía la posibilidad de que se encontraran ante Dios mismo hecho hombre…

Ellos, muchos no creyeron. Y tuvieron muchas oportunidades para convertirse y creer en el Evangelio, ser bautizados y manifestarse como discípulos de Cristo. Pero no creyeron.

¿Aquello era pecado? ¿No creer en el hijo de María y de José era un pecado muy grave?

Está de más decir que sí, que no tener en cuenta a Jesucristo era mucho más que un simple olvido o un dejar para mañana lo que podían creer hoy. No. Muchos, viendo y escuchando, no creyeron, simplemente, porque no quisieron. Y desairaron así al Espíritu Santo que, como sabemos, es el único pecado que no perdona ni en esta vida ni en la que ha de venir tras nuestra muerte.

Ellos, aquellos que viendo y escuchando no quisieron creer que aquel Maestro era mucho más que un más de los muchos maestros que había tuvieron culpa muy grave. Es más, aquel pecado era enorme, tanto que, difícilmente podía ser perdonado. Y es que rechazaron, nada más y nada menos que a Dios.

Nosotros, de todas formas, preferimos estar con Jesucristo cuando, en un momento crucial (nunca mejor dicho esto) de su vida le pidió a Dios que los perdonara porque no sabían lo que hacían. Pero ¿nadie lo sabía?

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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1.09.17

Serie “De Ramos a Resurrección” - IV- Una cena conformante y conformadora – El ejemplo más natural y santo a seguir.


De-ramos-a-resurrección

En las próximas semanas, con la ayuda de Dios y el permiso de la editorial, vamos a traer al blog el libro escrito por el que esto escribe de título “De Ramos a Resurrección”. Semana a semana vamos a ir reproduciendo los apartados a los que hace referencia el Índice que es, a saber:

Introducción                                        

I. Antes de todo                                           

 El Mal que acecha                                  

 Hay grados entre los perseguidores          

 Quien lo conoce todo bien sabe               

II. El principio del fin                          

 Un júbilo muy esperado                                       

 Los testigos del Bueno                           

 Inoculando el veneno del Mal                         

III. El aviso de Cristo                           

 Los que buscan al Maestro                      

 El cómo de la vida eterna                              

 Dios se dirige a quien ama                      

 Los que no entienden están en las tinieblas      

 Lo que ha de pasar                                 

Incredulidad de los hombres                    

El peligro de caminar en las tinieblas         

       Cuando no se reconoce la luz                   

       Los ánimos que da Cristo                  

       Aún hay tiempo de creer en Cristo            

IV. Una cena conformante y conformadora 

 El ejemplo más natural y santo a seguir          

 El aliado del Mal                                    

 Las mansiones de Cristo                                

 Sobre viñas y frutos                               

 El principal mandato de Cristo                         

       Sobre el amor como Ley                          

       El mandato principal                         

Elegidos por Dios                                    

Que demos fruto es un mandato divino            

El odio del mundo                                   

El otro Paráclito                                      

Santa Misa                                             

La presencia real de Cristo en la Eucaristía        

El valor sacrificial de la Santa Misa                   

El Cuerpo y la Sangre de Cristo                 

La institución del sacerdocio                     

V. La urdimbre del Mal                         

VI. Cuando se cumple lo escrito                 

En el Huerto de los Olivos                              

La voluntad de Dios                                        

Dormidos por la tentación                        

Entregar al Hijo del hombre                            

       Jesús sabía lo que Judas iba a cumplir       

       La terrible tristeza del Maestro                  

El prendimiento de Jesús                                

       Yo soy                                            

       El arrebato de Pedro y el convencimiento   

       de Cristo

Idas y venidas de una condena ilegal e injusta  

Fin de un calvario                                   

Un final muy esperado por Cristo              

En cumplimiento de la Sagrada Escritura

        La verdad de Pilatos                        

        Lanza, sangre y agua                      

 Los que permanecen ante la Cruz                   

       Hasta el último momento                  

       Cuando María se convirtió en Madre          

       de todos

 La intención de los buenos                      

       Los que saben la Verdad  y la sirven          

VII. Cuando Cristo venció a la muerte        

El primer día de una nueva creación                 

El ansia de Pedro y Juan                          

A quien mucho se le perdonó, mucho amó        

 

VIII. Sobre la glorificación

 La glorificación de Dios                            

 

Cuando el Hijo glorifica al Padre                       

Sobre los frutos y la gloria de Dios                  

La eternidad de la gloria de Dios                      

 

La glorificación de Cristo                                

 

Primera Palabra                                             

Segunda Palabra                                           

Tercera Palabra                                             

Cuarta Palabra                                               

Quinta Palabra                                        

Sexta Palabra                                         

Séptima Palabra                                     

 

Conclusión                                          

 

 El libro ha sido publicado por la Editorial Bendita María. A tener en cuenta es que los gastos de envío son gratuitos.

  

“De Ramos a Resurrección” - IV- Una cena conformante y conformadora – El ejemplo más natural y santo a seguir.

 

 

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo,

los amó hasta el extremo“

(Jn 13, 1).

 

Antes de que todo se consumara, de que todo lo que es taba escrito, en efecto, se cumpliera, Jesús debía comer la Pascua cosusdiscípulomás allegados. Siendo imposible hacerlo con todos los que podía tener dispersos por Israel, se hace acompañar por los doce y, seguramente, por algunas mujeres y niños que asistirían, atónitos, a lo que allí estaba pasando. Aquella cena fue más que una simple comida. Ni siquiera el recuerdo que se hacía del tiempo antiguo en el pueblo judío salió de Egipto iba a quitar importancia a que el cordero de Dios se entregara del todo a sus amigos. Por eso nos dice el texto bíblico que hizo lo que debía hacer y que era, al fin y al cabo, lo máximo, lo más extremo. 

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