InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Septiembre 2017, 02

2.09.17

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – ¡Cuidado con nuestra forma de ser y actuar! Peligro de muerte eterna

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

¡Cuidado con nuestra forma de ser y actuar! Peligro de muerte eterna

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Y Jesús dijo… (Jn  15,22 )

 “Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado.”

 

Es bien cierto que, antes de que Dios se manifestar al hombre (pongamos, por ejemplo, a Abrahám) nadie podía decir que no creía en el Todopoderoso. Es decir, que sin conocimiento no puede haber culpa. Y eso pasa con Jesucristo.

Dios había prometido al ser humano que enviaría a un Mesías, a un Salvador. Y en eso confiaba el pueblo que había sido elegido por el Creador, el judío. Y pasaron los siglos esperanzado tal pueblo con eso. Ellos esperaban que Dios, su protector ante y en el mundo, cumpliera su promesa.

Podemos decir, por tanto, que antes de que eso sucediera nadie podía ser tenido como culpable de una increencia o, lo que es lo mismo, que a nadie se le podía imputar un pecado tan grave como era desconfiar, en cuando a haber enviado a un Mesías, del Todopoderoso.

Pero llegó la plenitud de los tiempos y Dios envío a un Mesías. Y no es que hubiera suscitado, por ejemplo, un gran hombre de los entre ya vivientes. No. Es que envió a su propio Hijo al mundo.

Sabemos que hubo quien creyó en Él. Es más que muchos dieron y darían su vida, a lo largo de los siglos, por Quien había sido enviado, Dios entre nosotros, Emmanuel.

Sin embargo, hubo quien miró para otro lado (incluso muchos de los que sabían, positivamente, por el devenir de su pueblo y por sus Santas Escrituras, que aquel hombre era el Hijo de Dios) y no quiso saber nada de aquel Maestro que, como decían muchos, enseñaba con autoridad y no como otros…

Pues bien, Jesucristo se dirige, lo que dice ahora va destinado, a los que podían haber creído en Él.

Lo dice de una forma bien clara. Y es que hace uso del “si” condicional que, como sabemos, es una forma de decir que podían haber hecho, muchos, otra cosa muy distinta a cuanto hicieron al escuchar a Jesucristo y al ver (amantes como eran de los signos) lo que hacía.

En efecto. Dios podía no haber enviado a su Hijo al mundo. Pero lo envío. Y como lo envió, cumplió una misión que tenían bien definida: instaurar el Reino de Dios y procurar la salvación de sus hermanos los hombres. Y eso lo estaba haciendo y, con su muerte, lo consumó, lo perfeccionó, lo cumplió a rajatabla.

Él había hablado; Él había hecho. Tanto habló diciendo lo que era conveniente saber y entender y tanto hizo mostrando y demostrando que sólo Dios podía hacer ciertos milagros y que si los hacía, como poco, era Enviado de Dios pero cabía la posibilidad de que se encontraran ante Dios mismo hecho hombre…

Ellos, muchos no creyeron. Y tuvieron muchas oportunidades para convertirse y creer en el Evangelio, ser bautizados y manifestarse como discípulos de Cristo. Pero no creyeron.

¿Aquello era pecado? ¿No creer en el hijo de María y de José era un pecado muy grave?

Está de más decir que sí, que no tener en cuenta a Jesucristo era mucho más que un simple olvido o un dejar para mañana lo que podían creer hoy. No. Muchos, viendo y escuchando, no creyeron, simplemente, porque no quisieron. Y desairaron así al Espíritu Santo que, como sabemos, es el único pecado que no perdona ni en esta vida ni en la que ha de venir tras nuestra muerte.

Ellos, aquellos que viendo y escuchando no quisieron creer que aquel Maestro era mucho más que un más de los muchos maestros que había tuvieron culpa muy grave. Es más, aquel pecado era enorme, tanto que, difícilmente podía ser perdonado. Y es que rechazaron, nada más y nada menos que a Dios.

Nosotros, de todas formas, preferimos estar con Jesucristo cuando, en un momento crucial (nunca mejor dicho esto) de su vida le pidió a Dios que los perdonara porque no sabían lo que hacían. Pero ¿nadie lo sabía?

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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