InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Agosto 2017

26.08.17

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – El mandamiento de Jesucristo

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

 

El mandamiento de Jesucristo

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Y Jesús dijo… (Jn  15, 12)

 

“Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.

 

En una ocasión (seguramente en más), que sepamos, el Hijo de Dios se vio en la obligación de tener que decir que había sido enviado al mundo no, precisamente, a que se derogara la Ley de Dios sino, justamente, al contrario: para que se cumpliera. 

A este respecto, si hay una Ley que podamos considerar la primera, la más importante, en el Reino de Dios (en éste, en el que implantó Jesucristo y en el otro, el definitivo, el Cielo) es, y no por casualidad, la del amor, la caridad. 

Sobre esto ya dijo San Pablo que de las tres virtudes que consideramos teologales (no dijo que fueran sino que así las considera la doctrina católica), la fe, la esperanza y la caridad, la única que prevalece en el Cielo es la caridad, el amor. Y eso porque, estando en la Casa de Dios de nada sirve ni esperar ni siquiera creer o confiar porque ya se está en la Visión Beatífica. 

Bien. Pues eso, el amor, es lo que quiere que se implante Jesucristo entre los suyos. 

A tal respecto, nos referimos al poco extenso del Evangelio de San Juan sobre esto, el que aquí traemos, cualquiera podría decir que lo que hace Jesucristo es implantar un Mandamiento nuevo, como si no valieran los Diez que Dios entregó a Moisés cuando subió al monte, precisamente, para que la Ley del Todopoderoso le fuera entregada en dos tablas. Pero nada más lejos de la realidad porque se trata, exactamente, de lo mismo pero acentuando lo básico, para que todos lo puedan entender. 

A lo largo de la vida de Jesús, el hijo de María y adoptivo de José, el carpintero de Nazaret, si algo había que pudiera caracterizar la existencia de aquel Maestro bueno en obras y palabras fue, precisamente, el amor. Es decir, cada una de sus acciones (y la última, su entrega en la Cruz, es ejemplo claro de eso) estaba regida y lleva por la caridad que tenía por cada uno de sus hermanos que Dios le había entregado para que los cuidara y no se perdieran. Y ninguno se perdió… salvo el hijo de la perdición llamado Judas… 

Bueno. Decimos que el Amor, así escrito con mayúsculas (porque es el de Dios hecho hombre) es lo que quiere transmitir, en su última hora, Quien ha amado más que nadie y hasta el extremo de dar su vida por sus amigos. 

Todo, pues, lo resume en algo sencillo. Es decir, no hace grandes teologías (si es que no es grande la teología del amor, que lo es) sino que, de forma clara y sencilla, repetimos, lo dice: quiere que todo se amen.

Sin embargo, no quieren que se amen de cualquier forma. Es decir, no vale el amor mentido o disimulado que, muchas veces, manifestamos a lo largo de nuestra vida. Tampoco el interesado con egoísmos. No. Lo que dice Jesucristo es que debemos amar, como Él nos ha amado. 

El amor, así, visto desde el punto de vista del Hijo de Dios, alcanza un nivel que, ciertamente, muchas veces resulta inalcanzable para aquellos que caminamos rastreramente por el mundo o, por decirlo de otra forma, para aquellos que no miramos mucho hacia arriba sino hacia los lados; no hacia Dios, sí hacia nuestros semejantes como si no existiera nuestro Creador… 

El amor, en suma, de Quien busca el bien de quien ama y conoce (también de quien no conoce porque va a morir por todos para que muchos se salven) es lo que quiere para aquellos que son sus hermanos, para aquellos que lo confiesan como Hijo de Dios y, por tanto, como Dios mismo hecho hombre. Y es un amor que ya sabemos en qué terminó: entregando su vida para que se abrieran las puertas del Cielo y pudiéramos entrar nosotros, aquellos que Dios había creado y que tantas veces indignos somos de llamarnos hijos suyos. Pero el amor, el Suyo, es que quiere para nosotros. Y es que lleva directamente al Cielo, sin la estación intermedia del Purgatorio-Purificatorio. Directamente, ante Dios. Y por amor, “solo” por amor.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

Para entrar en la Liga de Defensa Católica 

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

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25.08.17

Serie “De Ramos a Resurrección” - III - Aún hay tiempo de creer en Cristo

 De-ramos-a-resurrección

En las próximas semanas, con la ayuda de Dios y el permiso de la editorial, vamos a traer al blog el libro escrito por el que esto escribe de título “De Ramos a Resurrección”. Semana a semana vamos a ir reproduciendo los apartados a los que hace referencia el Índice que es, a saber:

Introducción                                        

I. Antes de todo                                           

 El Mal que acecha                                  

 Hay grados entre los perseguidores          

 Quien lo conoce todo bien sabe               

II. El principio del fin                          

 Un júbilo muy esperado                                       

 Los testigos del Bueno                           

 Inoculando el veneno del Mal                         

III. El aviso de Cristo                           

 Los que buscan al Maestro                      

 El cómo de la vida eterna                              

 Dios se dirige a quien ama                      

 Los que no entienden están en las tinieblas      

 Lo que ha de pasar                                 

Incredulidad de los hombres                    

El peligro de caminar en las tinieblas         

       Cuando no se reconoce la luz                   

       Los ánimos que da Cristo                  

       Aún hay tiempo de creer en Cristo            

IV. Una cena conformante y conformadora 

 El ejemplo más natural y santo a seguir          

 El aliado del Mal                                    

 Las mansiones de Cristo                                

 Sobre viñas y frutos                               

 El principal mandato de Cristo                         

       Sobre el amor como Ley                          

       El mandato principal                         

Elegidos por Dios                                    

Que demos fruto es un mandato divino            

El odio del mundo                                   

El otro Paráclito                                      

Santa Misa                                             

La presencia real de Cristo en la Eucaristía        

El valor sacrificial de la Santa Misa                   

El Cuerpo y la Sangre de Cristo                 

La institución del sacerdocio                     

V. La urdimbre del Mal                         

VI. Cuando se cumple lo escrito                 

En el Huerto de los Olivos                              

La voluntad de Dios                                        

Dormidos por la tentación                        

Entregar al Hijo del hombre                            

       Jesús sabía lo que Judas iba a cumplir       

       La terrible tristeza del Maestro                  

El prendimiento de Jesús                                

       Yo soy                                            

       El arrebato de Pedro y el convencimiento   

       de Cristo

Idas y venidas de una condena ilegal e injusta  

Fin de un calvario                                   

Un final muy esperado por Cristo              

En cumplimiento de la Sagrada Escritura

        La verdad de Pilatos                        

        Lanza, sangre y agua                      

 Los que permanecen ante la Cruz                   

       Hasta el último momento                  

       Cuando María se convirtió en Madre          

       de todos

 La intención de los buenos                      

       Los que saben la Verdad  y la sirven          

VII. Cuando Cristo venció a la muerte        

El primer día de una nueva creación                 

El ansia de Pedro y Juan                          

A quien mucho se le perdonó, mucho amó        

 

VIII. Sobre la glorificación

 La glorificación de Dios                            

 

Cuando el Hijo glorifica al Padre                       

Sobre los frutos y la gloria de Dios                  

La eternidad de la gloria de Dios                      

 

La glorificación de Cristo                                

 

Primera Palabra                                             

Segunda Palabra                                           

Tercera Palabra                                             

Cuarta Palabra                                               

Quinta Palabra                                        

Sexta Palabra                                         

Séptima Palabra                                     

 

Conclusión                                          

 

 El libro ha sido publicado por la Editorial Bendita María. A tener en cuenta es que los gastos de envío son gratuitos.

  

“De Ramos a Resurrección” - II. El principio del fin -  Aún hay tiempo de creer en Cristo.

 

“Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.’ Dicho esto, se marchó Jesús y se ocultó de ellos” (Jn 12, 36).

  

No puede querer otra cosa el Hijo de Dios que todos sus hermanos los hombres se consideren, por serlo de verdad, hijos de luz. Y, ciertamente, para que eso sea posible no basta con que Jesucristo manifieste así su voluntad. Es decir, se hace necesario un quehacer de aquellos que no quieren caminar en tinieblas. Como muchas otras veces dice el Hijo del hombre no siempre iba a estar con ellos:

 

“Entonces él dijo: ‘Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, y me voy al que me ha enviado. me buscaréis y no me encontraréis; y adonde yo esté, vosotros no podéis venir’” (Jn 7, 33-34).

 

Por tanto, tenían un tiempo, digamos, de gracia muy especial de parte de Dios. el haber enviado a su Hijo al mundo no era para que se paseara en gloria por él sino para que hiciera todo lo que estuviese en su corazón para salvar al ser humano. Y Él, que era la Luz, aún estaba entre ellos. aún alumbraba e iluminaba el camino. Por tanto, no debían desaprovechar la ocasión que tenían de conocer la verdadera voluntad de Dios y no la ley que le habían hecho creer a fuerza de imposiciones y tergiversaciones. Pero Jesús pone una condición. no dice, por ejemplo, “sed como queráis y seréis hijos de la luz”. Y es que eso supondría un compromiso excesivamente escaso o menguado. no. Jesús dice que siendo Él la Luz enviada por Dios, aquellos deben creer en Él. 

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24.08.17

El rincón del hermano Rafael – “Saber esperar”- Una gran verdad

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar” -  Una gran verdad

“Busca el Corazón de Dios, que ése es insondable; húndete en Él y no mires y busques otra cosa”

 

Muchas veces los católicos tenemos la tendencia a no saber, exactamente, qué es lo que, en materia de nuestra fe, queremos. Es decir, no es que no sepamos que somos lo que somos sino que no tenemos muy claro hacia dónde debemos mirar y en lo que debemos fijarnos.

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23.08.17

Serie “Un día con siete mañanas. Sobre la Creación - 2 - Dios creó libremente (Actitud de Dios) y cuando quiso (Voluntad de Dios)

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“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”

(Génesis 1, 1)

  

Cuando decimos, porque lo creemos, que Dios creó el cielo y la tierra y repetimos aquello de que al séptimo día descansó, no queremos decir, o no deberíamos entender con eso, que el Creador descansó y, acto seguido, se olvidó de lo creado. Muy al contrario es lo que sucedió y sucede porque Quien todo lo creó todo lo cuida y guía y que, por decirlo pronto, el mundo está en sus manos; que el ser humano no es esclavo de Dios sino amigo e hijo suyo y que, cosa que sucedió con Jesucristo, llega a ser capaz de hacerse débil para salvarnos. 

Creó, pues, Dios. Y, como dice el Apocalipsis (4, 11) “Tú has creado el universo, por tu voluntad, no existía y fue creado”. Por eso estamos en la seguridad de que lo que existe no es producto de la casualidad sino de la puesta en práctica de un diseño inteligente en manos de una mente algo más que inteligente. Y porque “Todo lo creaste con tu palabra” (Sb 9,1) confesamos nuestra fe en tal creación y nos sometemos a ella no sin olvidar que la entregó para que no la dilapidáramos sino para que cuidáramos de misma. 

En los relatos de la Creación (Gen 1,1-2; 2,4-25) podemos constatar que la voluntad de Dios tiene pleno sentido en la comprensión de que lo que crea lo hace, digamos, en beneficio de lo que consideró como muy bueno haberlo creado, su criatura, su semejanza e imagen o, lo que es lo mismo, el ser humano. Somos, por lo tanto, herederos desde que Dios nos crea pues hijos suyos somos y nos dota de alma espiritual, de razón y de voluntad libres. 

Creó, pues, Dios. Y lo hizo con el cielo y con la tierra o, lo que es lo mismo, con todo lo que existe y, yendo un poco más allá, con todas las criaturas corporales y espirituales. Por eso dice el Credo, en su versión de Nicea-Constantinopla, “de todo lo visible e invisible” y por eso mismo se nos concede la posibilidad, don de Dios, de tener presente en nuestra existencia a los seres espirituales que no son de carne como somos los mortales pero que aportan a nuestra existencia de creyentes una solidez insoslayable. 

El caso es que Dios, cuando llevó a cabo la Creación tuvo que pensar, lógicamente, en todos los detalles de la misma. Pero a Él le llevó el tiempo que le llevó. 

En realidad, el día en el que Dios creó lo visible y lo invisible fue uno propio. Queremos decir que el tiempo del hombre y el de Dios no son lo mismo, no duran lo mismo. Por eso la Santa Biblia nos recuerda algo que, para esto, en concreto, es muy importante:

 

“Porque mil años a tus ojos son como el ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche (Salmo 89, 4).

 

“Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, ‘mil años, como un día.’”  (2 Pe 3, 8).

 

Sabemos, por tanto, que si para Dios ha pasado un día, para el hombre han pasado 1000 años. Así, podemos sostener que la Creación de Dios ocupó, en tiempo humano, unos 6000 años mientras que para Dios apenas habían pasado 6 días. Aunque esto, claro, sólo lo sabremos cuando, si Dios quiere y ponemos de nuestra parte, estemos en el Ciel. 

De todas formas, la Creación, obra portentosa de Quien tiene todo el poder, nos ayuda a comprender lo que significa que para Dios nada hay imposible (como le dijo el Ángel Gabriel a la Virgen María en el episodio de la Anunciación y refiriéndose a su prima Isabel –véase Lc 1, 26-38-) y que aquello, la Creación misma, fue el mejor regalo que un Padre podía hacer a quienes serían sus hijos creados, también, por Él. 

Y todo eso pasó y sucedió en un día que, por cosas de Dios, tuvo siete mañanas.


2 - Dios creó libremente (Actitud de Dios) y cuando quiso (Voluntad de Dios)

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Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas. Yo, Yahveh, ese es mi nombre, mi gloria a otro no cedo, ni mi prez a los ídolos. Lo de antes ya ha llegado, y anuncio cosas nuevas; antes que se produzcan os las hago saber.”   (Is 42, 6-9)

 

Estamos de acuerdo, según lo dicho hasta ahora, que Dios creó de la nada y que lo que ahora existe no existía antes de ser creado. Pues bien, dos realidades más hemos de tener en cuenta porque tienen mucho que ver con la misma Creación pero, sobre todo, con lo que Dios podía hacer. 

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22.08.17

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- Estar seguro de Dios

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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A partir de hoy, y con la ayuda de Dios, vamos a dedicar los próximos artículos referidos al Beato Manuel Lozano Garrido, a traer aquí textos de sus libros. Y vamos a hacerlo empezando por el primero de ellos, de título “Mesa redonda con Dios”. 

Estar seguro de Dios

 

“Quiero que me hagas fuerte para afrontar el fracaso y la maledicencia antes que derruir una esperanza o una posibilidad; que me pinchen las manos  como cardos cada vez que me las cruce una tentación de impotencia”. ("Mesa redonda con Dios", p. 78)

 

Muchas veces nos llenamos la boca los creyentes con aquello que somos o, mejor, con aquello que nos gustaría ser. Nos sabemos débiles y, en realidad, nada o poca cosa pero nuestra soberbia nos pone muy por arriba del nivel que, en materia de fe, damos y somos capaces de manifestar. Y es que, como dice el refrán, “quien no tiene pan, sueña bollos”. En fin… 

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