Serie “Los barros y los lodos”- Los barros – 3 -La voluntad del Mal

 

“De aquellos barros vienen estos lodos”. 

Esta expresión de la sabiduría popular nos viene más que bien para el tema que traemos a este libro de temática bíblica. 

Aunque el subtítulo del mismo, “Sobre el pecado original”, debería hacer posible que esto, esta Presentación, terminara aquí mismo (podemos imaginar qué son los barros y qué los lodos) no lo vamos a hacer tan sencillo sino que vamos a presentar lo que fue aquello y lo que es hoy el resultado de tal aquello. 

¿Quién no se ha preguntado alguna vez que sería, ahora, de nosotros, sin “aquello”?

“Aquello” fue, para quienes sus protagonistas fueron, un acontecimiento terrible que les cambió tanto la vida que, bien podemos decir, que hay un antes y un después del pecado original. 

La vida, antes de eso, era bien sencilla. Y es que vivían en el Paraíso terrenal donde Dios los había puesto. Nada debían sufrir porque tenían los dones que Dios les había dado: la inmortalidad, la integridad y la impasibilidad o, lo que es lo mismo, no morían (como entendemos hoy el morir), dominaban completamente sus pasiones y no sufrían nada de nada, ni física ni moralmente. 

A más de una persona que esté leyendo ahora esto se le deben estar poniendo los dientes largos. Y es que ¿todo eso se perdió por el pecado original? 

En efecto. Cuando Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, lo dota de una serie de bienes que lo hacen, por decirlo pronto y claro, un ser muy especial. Es más, es el único que tiene dones como los citados arriba. Y de eso gozaron el tiempo que duró la alegría de no querer ser como Dios… 

Lo que no valía era la traición a lo dicho por el Creador. Y es que lo dijo con toda claridad: podéis comer de todo menos de esto. Y tal “esto” ni era una manzana ni sabemos qué era. Lo de la manzana es una atribución natural hecha mucho tiempo después. Sin embargo, no importa lo más mínimo que fuera una fruta, un tubérculo o, simplemente, que Dios hubiera dicho, por ejemplo, “no paséis de este punto del Paraíso” porque, de pasar, será la muerte y el pecado: primero, lo segundo; lo primero, segundo. 

¡La muerte y el pecado! 

Estas dos realidades eran la “promesa negra” que Dios les había hecho si incumplían aquello que no parecía tan difícil de entender. Es decir, no era un castigo que el Creador destinaba a su especial creación pero lo era si no hacían lo que les decía que debían hacer. Si no lo incumplían, el Paraíso terrenal no se cerraría y ellos no serían expulsados del mismo. 

Y se cerró. El Paraíso terrenal se cerró. 

Los barros – 3 -La voluntad del Mal

 

Podemos suponer que los Ángeles fueron creados por Dios antes de haber creado al hombre. Y es que sólo así se puede entender que hubiera uno de ellos, caído, que quisiera tentar a Adán y Eva. 

Aquellos Ángeles, algunos de ellos, pudieron haber optado por no desobedecer a Dios. Entonces, ciertamente, la cosa no hubiera sido como luego fue. Pero ellos decidieron, personalmente, oponerse a la voluntad de Dios y caer. Cayeron, por tanto, hacia una profundidad de la que ya no podrían salir nunca ni nunca saldrán porque lo hicieron libremente, optando según el libre albedrío donado por Dios a aquellas criaturas espirituales.  

Ciertamente, había rencor en Satanás. Es decir, un Ángel dotado de bienes y gracias podía hacer mucho bien pero él, aquel que ennegreció su ser por egoísmo, sólo podía hacer el mal. Y tratar de que aquellos “seres inadmisibles” (según su negro pensar) como eran Adán y Eva, amados por Él como no los había amado nunca a ellos (según su errado creer tenía por verdad), debían pagar aquella insolencia de saberse hijos del Creador. 

Pero ¿qué es lo que quería Satanás? 

Ciertamente, nosotros, tantos siglos después de que pasara lo que pasó, tenemos mucha información. Es decir, sabemos (gracias a las inspiradas Sagradas Escrituras) que aquello que entonces sucedió, a lo mejor, no podía suceder de otra forma pero ahora, en nuestro siglo y tiempo, estamos más que seguros que si había alguien que quisiera incidir en la historia del ser humano de forma nada buena ni mejor tal era Satanás. Por eso miramos lo que sucedió, sí, con pena por lo que pudo haber sido el futuro del hombre (y al que, en su momento, haremos referencia sobre lo que hemos perdido en cuanto especie amada por Dios y destinada a ser su heredera) sin aquel pecado original pero, también, de la justa manera con la que se miran las cosas sobre las que nada se puede hacer pero sí meditar. 

Sobre esto, cualquiera sabe (que no sea discípulo suyo) que el hacedor del Mal no podía querer nada bueno con respecto a la relación del ser humano con Dios. Pero, sobre esto, podemos concretar algo más. Pero digamos, para empezar y como general de esta ley, que Satanás tenía una clara voluntad corruptora. Y así actuó.  Y nada que se pueda decir en favor de aquel originador de Mal y negrura podrá hacernos creer que nada, nada de nada, habrá en aquella forma de actuar, que nos pueda hacer pensar que estaba llevada, tal acción, por la Luz sino, al contrario, por el abismo y la noche más larga. 

 

Sembrar cizaña – Separar- Alejar al hombre de Dios

 

Hacer que naciera, en el corazón del ser humano, una voluntad mala y peligrosa. Eso, era, como expresión general de un querer, la voluntad de aquel que cayó en su propia noche y en su propio abismo. 

El Demonio, Satanás o, en fin, el Mal personalizado en aquel animal que engañó al ser humano para que deshiciera lo que Dios había hecho con tanto Amor y Misericordia, quería que, entre Dios y el hombre, creado a su imagen y semejanza, se estableciera un abismo de desamor y desesperanza. 

Aquel hecho, nos referimos al engaño (no exento de la voluntad expresada por Eva y, luego, Adán) de comer del árbol del que no se podía comer, era dejar construido un camino que, en cuanto a la desobediencia, no tenía vuelta de hoja. Es decir, aquello (una vez consumado) no se podía borrar de la realidad como si no hubiese sucedido sino que iba a quedar como una mancha imborrable no sólo para aquellos dos primeros seres humanos sino, luego, para toda la humanidad a excepción del Hijo de Dios y de su Madre, María que iba a nacer con aquel primer pecado, llamado por eso original. Origen, fue, pues, de un daño muy grande hecho a la descendencia de Dios. 

Y lo consigue. Satanás acaba consiguiendo que nuestros Primeros Padres acaben creyendo que no estaba tan mal hacer lo que les dice. Al fin y al cabo (debieron pensar en su inocencia no pecadora hasta entonces) ¿qué va a pasar por comer de ese árbol? 

La cizaña, pues, quedó bien sembrada y a no mucho dio fruto pero que, siendo negro y tenebroso, terminó con el buen trigo que, hasta entonces, había crecido en el corazón de la primera mujer y el primer hombre. Y no podemos decir que hiciera mal Dios al segarla junto con el trigo bueno porque había sido corrompido por ella porque, rota la confianza establecida entre el Creador y su criatura, nada podía haber sido igual de haber quedado, Adán y Eva, en el Paraíso pues supondría que el Todopoderoso habría ido contra su misma Ley y eso no podía hacerlo quien no se engaña ni podía engañar a aquellas dos primeras criaturas humanas. 

El caso es que el Demonio procuró la separación del ser humano de Dios o, por decirlo así de claro, quiso establecer una gran distancia entre Creador y criatura. Aquella distancia no iba, sólo, contra Dios (primera intención de Satanás) sino que buscaba la ruina espiritual e, incluso, material, del hombre. Y es que separado de Dios, el ser humano debía valerse por sí mismo para todo pues no podemos olvidar aquello que Dios le dice al hombre acerca de cómo iba a ganar el pan de cada día (con el sudor de su frente) y, a la mujer, cómo iba a parir los hijos de ahora en adelante (con dolor).  Y eso sólo podía querer decir que, hasta entonces, ni el hombre debía esforzarse para alimentarse ni la mujer, en caso de que hubiera quedado embarazada antes de la traición, hubiera parido con dolor (pensemos, sobre esto, en cómo dio a luz la Virgen María, agraciada, no por casualidad, con lo inmaculado de su ser). 

Y todo esto, sin duda alguna, lo consiguió aquel ángel de noche que era Satanás.

 

Prometer algo imposible de conseguir

 

Es difícil no imaginar a Adán y a Eva siendo de lo más inocente. Es decir, hasta que no aceptaron la propuesta de Satanás, ellos no habían perpetrado ninguna acción mala contra Quien los había creado. No tenían razón alguna para agraviar a quien tanto bien había hecho por ellos. 

Ellos, pues, vivían la mar de bien en el Paraíso. Tan bien vivían que no les importaba andar desnudos. Y no les importaba porque siempre se habían visto así y era su forma natural, original y de principio, de verse y existir. 

Pero Satanás les propone algo que, en su inocencia virginal, no comprenden lo errado de tal propuesta. Y es que les propone ser igual a Dios, ser como Dios, ser, en todo caso, dioses. 

Digamos, en primer lugar, que tal propuesta era totalmente descabellada. 

Estamos seguros de que Satanás se aprovechó más que bien de la inocencia de la que hemos hablado arriba. Y es que si ellos se hubieran parado a pensar en lo que les había propuesto aquel animal rastrero lo primero y único que hubiera dicho era un “no” rotundo. Ellos ¿iban a ser como Quien los había creado? Ni podían pensarlo ni, seguro, hacerlo. Y, es más, ¿tan sólo con comer de un fruto prohibido? 

Ellos, sí, eran inocentes, pero tontos del todo no podían ser. Sin embargo, como sabemos y ha quedado escrito desde hace muchos siglos, les pudo, quizá, el probar sin saber que contra Dios no se puede, siquiera, probar o, mejor, poner a prueba al Creador porque entonces, pasa lo que pasa… 

Aquel ser malvado, dotado de malas artes por propia voluntad, jugaba con gran ventaja porque sabía dominar a aquellas mentes inocentes que sólo había visto y vivido lo bueno de la existencia en el Paraíso y no podía creer (no lo habían visto todavía) que el mal pudiese existir porque se habían encontrado con Dios muchas veces que bajaba del Cielo para estar con ellos y eso sólo podía ser bueno. Es más, estaban seguros de lo que era porque era su estado natural de ser y de estar allí. 

Pero, además, había algo que, al parecer, ignoraba Satanás. Bueno, no sabemos si lo ignoraba o intentaba probar. 

Satanás pretendía hacer daño a Dios procurándole una decepción tan grande como hubiera sido (que fue) la revuelta contra su Creador, el incumplimiento de la prohibición que había quedado establecida, de parte de sus dos primeras criaturas humanas. 

Sin embargo, es más que cierto que Satanás que, como ángel, podía tener conocimiento cierto y veraz del Todopoderoso, no era capaz de comprender que a Dios no se le podía hacer daño de ninguna manera: ningún daño y de ninguna manera. 

Aquel ángel, que podía haber sido bueno, quiso ser malo e, incluso creyendo que no podía inferir daño alguno al Creador (suyo también) actuó como actuó. Y es que debió creer que, dada su situación de ángel caído, no podía perder mucho más de lo que ya había perdido cuando se reveló contra Dios vaya usted a saber por qué. Y se equivocó porque si, hasta entonces, los ángeles caídos eran criaturas venidas a menos por propia voluntad y ahí quedaba la cosa, desde aquel pecado original que causó su intervención en el Paraíso se estableció una enemistad entre el ser humano y Satanás que dura hasta ahora y durará, ya, por siempre. 

 

Suscitar, en el corazón del hombre, la soberbia

 

Procurar, al ser humano, un orgullo y una soberbia desmedida sobre lo que escribiremos más abajo. Apuntamos aquí y ahora, tan sólo, tal intención de Satanás.

  

Someter al hombre a su nigérrima voluntad

 

En suma, Satanás quería que el ser humano se sometiera a su negra voluntad. 

Tal voluntad trataría, mucho más tarde, de incardinarla en Jesucristo cuando lo  tentó en el desierto. Sin embargo, si bien entonces no conseguiría su objetivo, ahora mismo, cuando son Adán y Eva los que son tentados, sabemos que no fueron capaces de sobrellevar la misma y cayeron en la trampa que el Maligno les había tendido. 

Seguramente ellos no entendían haberse dejado dominar por Satanás. Sin embargo, lo bien cierto es que así fue. 

Al buscar tal sometimiento, el príncipe de este mundo, quería, en todo caso, sembrar en el corazón del hombre la rebeldía con la que tantas veces, en lo sucesivo, se expresaría contra su Creado.  Por eso cuando escogió un pueblo, el judío, y lo ayudó a salir de la esclavitud en Egipto, pudo Satanás procurarles una vuelta a los ídolos incitándolos a construirse uno de oro mientras Moisés estaba en el monte recibiendo las Tablas de la Ley de parte de Dios. 

Y así lo haría muchas veces con muchos hijos de Dios que, las más de las veces, ignoran (en el fondo) que están siendo manipulados por el padre de la mentira. 

 

Hacer que la muerte y el pecado entraran en el mundo

 

Había, de todas formas, algo que ansiaba conseguir el Mal al actuar como actuó en el caso de nuestros Primeros Padres. Y es que como Satanás odiaba al ser humano por haber sido hecho por Dios hijo suyo, quería que le afectase la muerte terrible y que el pecado fuera parte de su vida, propiciando, así, un distanciamiento al respecto de Dios, Padre y Creador de su semejanza.

Satanás, engañando a Adán y Eva (o, mejor, al revés) alcanzó, eso sí, una victoria que, para el ser humano, no fue de lo más recomendable porque no era, digamos, demasiado bueno, no obedecer a Quien les había puesto en aquel jardín del que habla el Génesis. Y es que, entonces, entró el mundo el pecado, entró en el mundo la muerte y ni uno ni la otra han desaparecido, ya, de nuestra realidad humana. Aunque, de eso, hablaremos más tarde. 

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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Panecillo de hoy:

De aquellos barros pecaminosos vinieron estos lodos de hoy.

Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

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