Serie El Mal, el Diablo, el Infierno - 3 - ¡Cuidado con el Diablo llamado Satanás!

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Hay temas espirituales que son más difíciles que otros. Es decir, mientras que hablar, por ejemplo, del Padre Nuestro o del Ave María resulta gozoso y a cualquiera le gusta, hacer lo propio con el Infierno, el Mal o Satanás no es plato de gusto de nadie o de casi nadie.  

Sin embargo, hacer como si no fueran importantes o, simplemente, no existieran tales temas es expresión de grave irresponsabilidad. Y si hablamos de un católico, la cosa pasa de simple irresponsabilidad a clara culpa que ha de causar, debería, grave escándalo. 

En realidad, resulta extremadamente curioso que viendo el mundo en el que nos encontramos (y cada época en el que se encontraba) dudar, siquiera, de la existencia del Mal es síntoma claro de vivir muy aislado de la realidad o, lo que es peor, de querer crearse un mundo donde, como suele decirse con error, “todo el mundo es bueno”. Y es que sabemos que, en efecto, no todo ser humano está tocado por la bondad como es fácil apreciar y comprobar. 

El Mal, al contrario de lo que podía pensarse, existe desde aquel Principio en el que Adán y Eva deambulaban felices y contentos de haberse conocido por las praderas del Paraíso. Entonces tomó forma de serpiente, pero bien podía haberla tomado de otro animal o criatura. 

El caso es que todos sabemos lo que entonces pasó. Y que, desde aquel momento, el pecado (ejemplo puro del mismo Mal) entró en el mundo para no irse ni nunca ni jamás. 

El Mal, por tanto, existe y es bien cierto que en demasiadas ocasiones aceptamos las tentaciones que nos viene de su padre, el Demonio, llamado Satanás, Belcebú y de otras tantas maneras. Y por ser el progenitor del Mal, procura hacer todo el daño que puede porque su intención, la verdadera intención del Ángel caído por egoísmo y falta de amor es hacer todo lo posible para que los hijos de Dios se alejen de su Padre y caigan en las malvadas manos de quien todo lo intenta para hacernos caer en sus tentaciones. 

Todo esto, el Mal y el Demonio, colaboran entre sí porque son verdaderos miembros del club de los alejados del Todopoderoso. Por eso procuran llevar a todos los posibles hacía sí. 

El problema, a tal respecto, radica en que quieren que caigamos en la fosa de la que nunca se sale y de la que tanto escribió el salmista. 

Y esta es la tercera pata de este taburete desde el que no se ve el Cielo sino, al contrario, lo otro; algo sobre lo que elevarse para caer hondo, muy hondo. 

Sabemos que “lo otro” tampoco es tema, hoy día, de predilección en las homilías y, ni siquiera, en muchos libros. Y es que el Infierno, que existe, no gusta a nadie. Bueno, a casi nadie porque siempre hay quien, dejándose llevar por el Demonio y por su hijo el Mal encantado se encuentra de caer en tal estado espiritual o lugar que es el Infierno. 

Seguramente este tema parece el que menos cabe prestar atención. Y esto lo decimos porque a nadie le gusta hablar del Infierno por mucho que el Infierno debería estar en las conversaciones de todos aquellos que se quieran salvar y gozar de la vida eterna. 

En realidad, una cosa es hacer como si esto no tuviera importancia y otra, muy distinta, creer que no tiene importancia. Y, ciertamente, muestra gran ceguera quien pretenda borrar el Infierno con el único expediente personal de hacer como si no existiera para que no exista. 

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El Infierno es un destino bien terrible. Es cierto que se lo busca cada uno o, por decirlo de esa forma, la condena al mismo no la impone Dios porque nos tenga manía sino porque ha habido un olvido muy grande de su Amor y un asentimiento al Mal más absoluto. Vamos, que quien es condenado al Infierno se lo ha ganado a pulso y no ha querido que otra cosa pase. 

El Infierno es, ¡quién lo puede dudar!, algo así como la parte negra de nuestra existencia de hombres. Dios, que nos quiere mucho (nos ha creado y mantiene en el mundo) no desea para nosotros un destino tan terrible como el castigo eterno y que nunca termine. No. Prefiere para nosotros el Cielo, pero sabe que muchas veces lo vamos a rechazar. Pero también sabe que es algo que nosotros aceptamos, al parecer, como algo bueno no siéndolo. 

Vale la pena, más que seguramente, hablar y escribir sobre unos temas que tan olvidados están hoy día. Al menos, que no se diga de nosotros que hicimos como el avestruz (si es que eso hace, pero por si lo hace) que, para no ver el peligro, esconde la cabeza bajo tierra o, lo que es más probable, debajo del ala. Pero, claro, de nada le sirve cuando lo mejor habría sido enfrentarlo o huir. Quedarse como si nada… eso nunca resulta conveniente. 

3 -  ¡Cuidado con el Diablo llamado Satanás!

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“Si alguno dice que el diablo no fue primero un ángel bueno hecho por Dios, y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino que dice que emergió de las tinieblas y que no tiene autor alguno de sí, sino que él miso es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema.” (Concilio de Braga, 561; Denzinger 237).

 

“Creemos que el diablo se hizo malo no por naturaleza, sino por albedrío.” (IV Concilio de Letrán, 1215, Denzinger 427).

 

“La muerte de Cristo y Su resurrección han encadenado al demonio. Todo aquél que es mordido por un perro encadenado, no puede culpar a nadie más sino a sí mismo por haberse acercado a él.” (San Agustín).

 

“Toda la vida humana, la individual y colectiva, se presenta como una lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”. (Concilio Vat II, Gaudium et Spes #13).

 

“A través de toda la Historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas que, iniciada en los orígenes del mundo, dudará, como dice el Señor, hasta el día final”. (Ibid, #37).

 

Estos textos nos hacen ver (por si hay alguien desnortado) que el Diablo existe y que su realidad es, verdaderamente, cierta. 

Para que no haya lugar a dudas y mantengamos lo que es dogma de fe católica, el Catecismo de nuestra Iglesia dice esto que sigue a tal respecto: 

2850 La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el “nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la Economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en “comunión con los santos".

2851   En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” ["dia-bolos"] es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo. 

2852 “Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44), “Satanás, el seductor del mundo entero” (Ap 12, 9), es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será “liberada del pecado y de la muerte".[136] “Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5, 18-19):

El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8, 31). 

2853 La victoria sobre el “príncipe de este mundo” (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido “echado abajo” (Jn 12, 31) “El se lanza en persecución de la Mujer", pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, “llena de gracia” del Espíritu Santo es librada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). “Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos” (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22, 17.20), ya que su Venida nos librará del Maligno. 

2854 Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquel que “tiene las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1, 18), “el Dueño de todo, Aquel que es, que era y que ha de venir” (Ap 1, 8):  Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.”

 

En fin… cualquier duda al respecto de la existencia del Demonio, llamado Diablo, llamado Satanás, llamado Belcebú, sólo puede llevar a plantearse, debería, la propia fe.

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Sabemos, pues, que el Demonio existe y que es más que real su presencia en el mundo. Entonces, ¿podemos hacer algo contra una realidad tan evidente como se manifiesta en la existencia del propio Mal? 

A tal respecto, San Juan Pablo II, en primer domingo de Cuaresma de 2002, un 17 de febrero de aquel año, sostuvo lo que llamó “armas del cristiano” para combatir contra las sugerencias, las tentaciones, del Maligno. Y dijo entonces que eran tal que así: “la oración, los sacramentos, la penitencia, la escucha atenta de la Palabra de Dios, la vigilancia y el ayuno”. 

Vemos, por tanto, que Dios, que conoce más que bien la existencia del Demonio y de los demonios, no nos abandona ante lo que eso puede suponer a sus hijos. Por eso, haciendo gala de generosidad y dadivosidad, favorece en nosotros aquello que tanto odia Satanás y sus secuaces: el orar, la práctica de los siete Sacramentos, el querer ser perdonados escuchando a Dios y cumpliendo su voluntad o llevar cabo prácticas ascéticas como son, por ejemplo, el ayuno como logro de la virtud. 

Por tanto, de las tentaciones en las que puede querer que caigamos el Demonio, muchos autores espirituales nos han hablado. Traemos, aquí, unos textos que nos pueden ayudar y auxiliar en tales momentos:

 

San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 52. 

“Me dices que por qué te recomiendo siempre, con tanto empeño, el uso diario del agua bendita. Muchas razones te podría dar. Te bastará, de seguro, ésta de la Santa de Ávila: ‘De ninguna cosa huyen más los demonios, para no tornar, que del agua bendita’". 

 

Santo Cura de Ars, Sermón sobre la perseverancia.


“Dios nos envía amigos, ora sea un santo, ora un Ángel, para consolarnos […]; nos hace sentir con mayor fuerza la eficacia de sus gracias a fin de fortalecernos y armarnos de valor. Mas, al recibir los sacramentos, no es un santo o un Ángel, es Él mismo quien viene revestido de todo su poder para aniquilar a nuestro enemigo. El demonio, al verle dentro de nuestro corazón, se precipita a los abismos; aquí tenéis, pues, la razón o motivo por el cual el demonio pone tanto empeño en apartarnos de ellos, o en procurar que los profanemos. En cuanto una persona frecuenta los sacramentos, el demonio pierde todo su poder sobre ella.”

 

San Cipriano, en Catena Aurea, Vol II.

 
“Nada queda ya que deba pedirse al Señor cuando hemos pedido su protección contra todo lo malo; la cual, una vez obtenida, ya podemos considerarnos seguros contra todas las cosas que el demonio y el mundo pueden hacer. ¿Qué miedo puede darnos el siglo, si en el tenemos a Dios por defensor?“

San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 3, 9.

 

“Ningún poder humano puede ser comparado con el suyo y sólo el poder divino lo puede vencer y tan sólo la luz divina puede desenmascarar sus artimañas. El alma que hubiera de vencer la fuerza del demonio no lo podrá conseguir sin oración ni podrá entender sus engaños sin mortificación y sin humildad.”


San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la 1 Epístola a los Colosenses, 35.

 

“Donde se da limosna no se atreve a penetrar el diablo.”

 

Pero la existencia del Demonio la atestigua la misma Biblia:

 

Lc 10, 18.

“He visto a Satanás caer del cielo a manera del relámpago.”

Jn 8, 44.

“Vosotros sois hijos del diablo […]. El fue homicida desde el principio, no permaneció en la verdad.”

2 Pe 2, 4.

“Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, amarrados con cadenas infernales, los precipitó al abismo donde son atormentados.”

Epístola de Judas, 6.

“A los ángeles que no conservaron su dignidad, sino que abandonaron su morada, los echó (Dios) en el abismo tenebroso con cadenas eternas.”

 

Mt 25, 41.

”Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles.”

 

La existencia del Demonio, Diablo o Satanás, queda atestiguada por la influencia que pretende llevar a cabo sobre el ser humano como destino predilecto de sus invectivas. Así nos lo dicen las Sagradas Escrituras:

 

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1 Pe 5, 8. 

“Sed sobrios y vigilantes: porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar.”

 

1 Tes 2, 18. 

“Quisimos pasar a visitaros y en particular yo, Pablo, lo he resuelto varias veces; pero Satanás nos lo ha estropeado […].”

 

2 Tim 2, 25-26. 

“Los que contradicen la verdad […] están enredados en los lazos del diablo, que los tiene presos a su arbitrio.”

 

Lc 22, 31-32. 

“Dijo también el Señor: Simón, mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearos como el trigo. Mas yo he rogado por ti.”

 

Mt 13, 19. 

“El que oye la palabra del reino y no para en ella su atención, viene el mal espíritu y le arrebata aquello que se había sembrado en su corazón.”

 

2 Cor 12, 7. 

“Se me ha dado el estímulo de mi carne, un Ángel de Satanás para que me abofetee.”

 

2 Cor 11, 14-15. 

“El mismo Satanás se transforma en Ánngel de luz, así no es mucho que sus ministros se transfiguren en ministros de justicia.”

 

Lc 22, 3-4; Jn 13, 17.

 

“Satanás se apodero de Judas, el cual fue a tratar con los príncipes de los sacerdotes.”

 

2 Cor 11, 3.

“Temo que así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así sean manchados vuestros espíritus.”

 

Ef 6, 11-12.2. 

“Revestíos de toda la armadura de Dios, para poder contrarrestar las asechanzas del diablo, pues […] nuestra pelea es contra los espíritus malignos.”

 

Ef 4, 26-27.

“Si os enojáis, no queráis pecar […]. No deis lugar al diablo.”

 

Ap 16, 14.

“Éstos son espíritus de demonios, que hacen prodigios y van a los reyes de la tierra para coaligarlos en batalla el gran día del Dios todopoderoso.”

 

Ap 20, 7. 

“Satanás saldrá de su prisión y engañará a las naciones que hay sobre los cuatro ángulos del mundo.”

 

 1 Jn 3, 8. 

“Quien comete pecado, del diablo es; porque el diablo desde el momento de su caída continúa pecando. Por eso vino el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”

 

St 4, 7. 

“Estad, pues, sujetos a Dios y resistid al diablo y huirá de vosotros.”

 

Además de los textos bíblicos aquí traídos, diversos autores espirituales nos hablan también de la influencia que el Demonio tiene o puede tener en el hombre:

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San Agustín, Sermón 6.

“Siempre está ojo avizor contra nosotros el enemigo antiguo; no nos durmamos. Sugiere halagos, pone celadas, introduce malos pensamientos y, para llevarnos a dolorosa ruina, pone delante lucros y amenaza con perjuicios. Todos ahora y cada uno es probado, cada cual a su modo.”

San Juan Cristóstomo en Catena,  Aurea, Vol I.

“Las cosas que proceden de la naturaleza y las que parten de nuestra voluntad, son de poca importancia, comparadas con la guerra implacable que nos tiene declarada el demonio.”

 

Santo Cura de Aras, Sermón sobre las tentaciones.

“Nos dice también San Pedro: Vigilad constantemente, pues el demonio esta rondando cerca de vosotros como león rugiente, que busca a quien devorar. Y el mismo Jesucristo nos dice: Orad sin cesar, para que no caigáis en la tentación: es decir, que el demonio nos acecha en todas partes. De manera que es preciso contar con que, en cualquier parte o en cualquier estado que nos hallemos, nos acompañará la tentación.”

  

San Atanasio, en Catena Aurea, Vol. VI

“Nuestro enemigo el diablo nos rodea siempre, tratando de quitarnos la semilla de la palabra que ha sido puesta en nosotros.”

 

 

Cabe, pues, reconocer la existencia ya no sólo del Mal sino, sobre todo y lógicamente, de quien es el origen del mismo. Y, en contra del mismo, nos corresponde a cada uno, como pedimos tantas veces en el Padre Nuestro, no caer en sus tentaciones. Cristo no cayó y resultó vencedor sobre la muerte y el pecado con su resurrección. 

Eleuterio Fernández Guzmán

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