Serie El Mal, el Diablo, el Infierno - 2 - El Mal se opone al Bien

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Hay temas espirituales que son más difíciles que otros. Es decir, mientras que hablar, por ejemplo, del Padre Nuestro o del Ave María resulta gozoso y a cualquiera le gusta, hacer lo propio con el Infierno, el Mal o Satanás no es plato de gusto de nadie o de casi nadie.  

Sin embargo, hacer como si no fueran importantes o, simplemente, no existieran tales temas es expresión de grave irresponsabilidad. Y si hablamos de un católico, la cosa pasa de simple irresponsabilidad a clara culpa que ha de causar, debería, grave escándalo. 

En realidad, resulta extremadamente curioso que viendo el mundo en el que nos encontramos (y cada época en el que se encontraba) dudar, siquiera, de la existencia del Mal es síntoma claro de vivir muy aislado de la realidad o, lo que es peor, de querer crearse un mundo donde, como suele decirse con error, “todo el mundo es bueno”. Y es que sabemos que, en efecto, no todo ser humano está tocado por la bondad como es fácil apreciar y comprobar. 

El Mal, al contrario de lo que podía pensarse, existe desde aquel Principio en el que Adán y Eva deambulaban felices y contentos de haberse conocido por las praderas del Paraíso. Entonces tomó forma de serpiente, pero bien podía haberla tomado de otro animal o criatura. 

El caso es que todos sabemos lo que entonces pasó. Y que, desde aquel momento, el pecado (ejemplo puro del mismo Mal) entró en el mundo para no irse ni nunca ni jamás. 

El Mal, por tanto, existe y es bien cierto que en demasiadas ocasiones aceptamos las tentaciones que nos viene de su padre, el Demonio, llamado Satanás, Belcebú y de otras tantas maneras. Y por ser el progenitor del Mal, procura hacer todo el daño que puede porque su intención, la verdadera intención del Ángel caído por egoísmo y falta de amor es hacer todo lo posible para que los hijos de Dios se alejen de su Padre y caigan en las malvadas manos de quien todo lo intenta para hacernos caer en sus tentaciones. 

Todo esto, el Mal y el Demonio, colaboran entre sí porque son verdaderos miembros del club de los alejados del Todopoderoso. Por eso procuran llevar a todos los posibles hacía sí. 

El problema, a tal respecto, radica en que quieren que caigamos en la fosa de la que nunca se sale y de la que tanto escribió el salmista. 

Y esta es la tercera pata de este taburete desde el que no se ve el Cielo sino, al contrario, lo otro; algo sobre lo que elevarse para caer hondo, muy hondo. 

Sabemos que “lo otro” tampoco es tema, hoy día, de predilección en las homilías y, ni siquiera, en muchos libros. Y es que el Infierno, que existe, no gusta a nadie. Bueno, a casi nadie porque siempre hay quien, dejándose llevar por el Demonio y por su hijo el Mal encantado se encuentra de caer en tal estado espiritual o lugar que es el Infierno. 

Seguramente este tema parece el que menos cabe prestar atención. Y esto lo decimos porque a nadie le gusta hablar del Infierno por mucho que el Infierno debería estar en las conversaciones de todos aquellos que se quieran salvar y gozar de la vida eterna. 

En realidad, una cosa es hacer como si esto no tuviera importancia y otra, muy distinta, creer que no tiene importancia. Y, ciertamente, muestra gran ceguera quien pretenda borrar el Infierno con el único expediente personal de hacer como si no existiera para que no exista. 

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El Infierno es un destino bien terrible. Es cierto que se lo busca cada uno o, por decirlo de esa forma, la condena al mismo no la impone Dios porque nos tenga manía sino porque ha habido un olvido muy grande de su Amor y un asentimiento al Mal más absoluto. Vamos, que quien es condenado al Infierno se lo ha ganado a pulso y no ha querido que otra cosa pase. 

El Infierno es, ¡quién lo puede dudar!, algo así como la parte negra de nuestra existencia de hombres. Dios, que nos quiere mucho (nos ha creado y mantiene en el mundo) no desea para nosotros un destino tan terrible como el castigo eterno y que nunca termine. No. Prefiere para nosotros el Cielo, pero sabe que muchas veces lo vamos a rechazar. Pero también sabe que es algo que nosotros aceptamos, al parecer, como algo bueno no siéndolo. 

Vale la pena, más que seguramente, hablar y escribir sobre unos temas que tan olvidados están hoy día. Al menos, que no se diga de nosotros que hicimos como el avestruz (si es que eso hace, pero por si lo hace) que, para no ver el peligro, esconde la cabeza bajo tierra o, lo que es más probable, debajo del ala. Pero, claro, de nada le sirve cuando lo mejor habría sido enfrentarlo o huir. Quedarse como si nada… eso nunca resulta conveniente. 

2 -  El Mal se opone al Bien

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“No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien.”

Rm 12, 21)

   

Mal es odiar, Bien es amar. 

Mal es no perdonar, Bien es olvidar. 

Mal es sembrar cizaña, Bien es sembrar verdad. 

Mal es no querer a Dios, Bien es amar al Padre. 

Mal es fomentar la separación, Bien es buscar la unión.

Mal es reírse del mal ajeno, Bien es auxiliar al perjudicado por el sufrimiento. 

Mal es huir de Jesucristo, Bien es ir al encuentro del Hijo de Dios. 

Mal es ser inmisericorde, Bien es ser misericordioso.

Mal es estar sometido a la noche, Bien es querer seguir a la Luz. 

Mal es tentar el corazón del hombre, Bien es huir de la tentación. 

Mal es engañar, Bien es no sostener nunca la mentira. 

Mal es cegar la mente, Bien es dejarse llevar por la voluntad de Dios. 

Mal es procurar el daño al Evangelio, Bien es transmitir la Buena Noticia. 

Mal es perseguir a los hijos de Dios, Bien es acoger santamente a los hijos de Dios. 

Mal es seguir las obras del Diablo, Bien es seguir las obras de Dios. 

Mal es fomentar la venganza, Bien es alimentar la comprensión. 

Mal es adorar lo feo, Bien es adorar lo bello. 

Mal es idolatrar al dinero, Bien es ser generoso con los Bienes. 

Mal es destruir la vida, Bien es defender la existencia del ser humano.

Mal es estar siempre airado, Bien es mantener la calma y la templanza. 

Mal es perder la esperanza, Bien es no perderla nunca. 

Mal es ser egoísta, Bien es ser dadivoso. 

Mal es ser materialista, Bien es fomentar un espíritu limpio y sano. 

Mal es adorar la mundanidad, Bien es tener más en cuenta a Dios. 

Mal es fomentar en exclusiva el tener, Bien es amar el ser. 

Mal es fomentar la animadversión, Bien es buscar la amistad. 

Mal es no buscar el Cielo, Bien huir del Infierno. 

Mal es angustia y desconcierto, Bien es certeza y fe. 

Mal es crueldad, Bien es compasión. 

Mal es hacer daño a sabiendas, Bien es evitar causarlo. 

Mal es sufrir sin ofrecer, Bien es saber ofrecer el sufrimiento por santas intenciones. 

Mal es caer a las más terribles profundidades, Bien es elevarse al Todopoderoso. 

Mal es creer que el Mal no existe, Bien es saber que es vencido por Dios. 

Podemos ver que lo que apenas hemos traído aquí al respecto del Mal y del Bien, de la contradicción que hay entre lo malo y lo bueno, nos puede ayudar a conocer y reconocer que, en efecto, existe el Mal y existe el Bien y que se oponen uno a otro como distinto es el día de la noche. 

El Mal, entendido como la ausencia de Bien, es algo que, contrariamente a lo que se puede llegar a sostener, se sitúa frente a lo que un hijo de Dios entiende como bueno y mejor. Por eso, aceptar el Mal supone rechazar de plano el Bien y, por tanto, oponerse a lo fructífero que hay en hacer las cosas como el Todopoderoso quiere que las hagamos. 

De esto deducimos que aceptar el Mal es una forma bien determinada de enfrentarse a lo que, de lo contrario, sería recomendable para nuestra existencia y en ella. Por eso es manifestación de tozudez espiritual y de cerramiento del corazón. Y es que, como sabemos la oposición entre una y otra realidad supone que nosotros podemos aceptar uno u otro y que según sea nuestra elección provocaremos en nuestro corazón un cerramiento a Dios o una apertura al Padre: Mal en el primer caso; Bien en el segundo. 

La lucha que podemos llegar a mantener entre lo que debería ser tendencia nuestra al Bien pero la caída en el Mal la refleja muy bien San Pablo en este texto de su Epístola a los Romanos (7, 14-24):

 

“Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo,  puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que  está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?”

 

Podemos ver que, según el Apóstol de los gentiles, hay una oposición entre el Bien y el Mal y que, para su/nuestra desgracia suele vencer las más de las veces la parte negativa, nigérrima, de nuestro ser de hijos de Dios. 

A este respecto, el número 1732 del Catecismo de la Iglesia Católica, nos dice esto que sigue:

 

“Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.”

 

Mérito o demérito. Eso supone, para nosotros, situarse en un lado o en otro de la realidad espiritual. Es decir, mereceremos aprobación por parte de Dios si sostenemos el Bien o mereceremos desaprobación del Creador si lo que hacemos es lo propio pero con el Mal. Y esto porque, por mucho que el Mal sea ausencia de Bien no podemos negar que la oposición entre ambos es clara y contundente. 

Y, sobre esto, sobre la importancia que tiene para nosotros que venza el Bien, el número siguiente del Catecismo de la Iglesia Católica (el 1733) nos dice que:

 

“En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado  (cf Rm 6, 17).”

 

Pecado y Mal, Mal y pecado. Son dos términos que van indisolublemente unidos porque el Mal conlleva el pecado y el pecado supone aceptar el Mal en nuestra vida de hijos de Dios. 

No podemos dejar de decir, ya para terminar este apartado, que podemos entender mejor lo que supone que el Mal se oponga al Bien. Es decir, que el primero de ellos viene representado por el Diablo y el segundo de ellos, por nuestro hermano Jesucristo. Así entendemos a la perfección dónde debemos apoyarnos los hijos de Dios y hacia dónde no debemos mirar ni siquiera para darnos cuenta de la existencia de la tentación. Mal y Bien son dos posibilidades a las que podemos optar y son dos medios, además, para llegar al Infierno o al Cielo: el primero de ellos nos hace caer en la fosa de la que tanto habló el salmista; el segundo de los propuestos nos facilita la entrada en la Bienaventuranza y la Visión Beatífica. 

Son, por tanto, muy distintos el Mal del Bien y no podemos hacer como si diera, más o menos, lo mismo, acercar nuestro corazón a uno o a otro. Al contrario es la verdad: sólo podemos y debemos fijar nuestra atención en el Bien dejando el Mal para aquellos que, perdidos sus corazones en el abismo, no son capaces de mirar de cara a lo bueno y mejor que Dios ha enviado al mundo y que, por nombre, llamamos Jesucristo.

Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

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2 comentarios

  
PEDRO
El diablo, el maligno, o satanás, es el igual a “desesperación, desunión, destrucción y degeneración”, esa bestia odia a la criatura humana, a la criatura rescatada por la SANGRE DE CRISTO; hay seres humanos que tientan a la gente, a sus hermanos, pues no todo el mal proviene del maligno, sino también del mundo que nos rodea. ¿Acaso te sientes mejor con tus manos vacías de bien, y olvidas que eres el eslabón de muchas cadenas de salvación? Ay¡¡, si tu fallas o rompes tu eslabón de salvación, que es lo que tú eres, la cadena también se romperá y con ello se condenará mucha gente. Quien salva un alma salva la suya, pues somos instrumentos de Dios, y el que se prodiga colaborando con el mal para otras almas condena la suya. El mundo, el demonio y la carne, son el refugio de mentes que se gozan en este breve mundo creyéndose eternos, cuando la muerte es inevitable, y muchas veces llega de forma imprevista, aun cuando se sea joven. El maligno trabaja más que nunca, a destajo, buscando la condenación, a pesar que aumenta su sufrimiento con la condenación de almas, pero sigue desesperado en tal objetivo. Cúbrete con el Manto de la Virgen María, con la Oración diaria y con el alma pura mediante la Confesión. Dios llamará a " todos " a su juicio, y no habrá apelación posible a su sentencia. Y el terrible infierno, es para siempre y “ jamás” tendrá fin.
12/07/17 1:51 AM
  
@elbuscadorweb
Interesante para la vida eterna la disertación del artículo. Satanás es "el padre de la mentira y el diablo, que significa: calumniador. Y la Biblia incluye, mediante el profeta Ezequiel, una profecia contra Satanás en el libro de Ezequiel 28:11-19 donde describe su pasado, presente, y futuro. Pero el Bien y el Mal en la Humanidad que enseña el artículo es el pecado, como refiere de las palabras del apóstol Pablo, muy similar a lo que enseñan las religiones orientales que creen el "yin y el yang" como enseñanza divina. El mismo apóstol Pablo continúa enseñando por inspiración divina la decisión y ejemplo de los hombres fieles de la antigüedad, ante la encrucijada del bien y el mal, y que es la Fe, en la carta a los Hebreos 11:1-39.
12/07/17 2:10 PM

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