Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – La demostración de que todo estaba escrito

Hoy, 13 de mayo, celebramos (y este año de una forma muy especial) a la Virgen de Fátima. 

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

La demostración de que todo estaba escrito

Resultado de imagen de Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo

Y Jesús dijo… (Jn 10, 17-18  )

“‘Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.’”

“Por eso”. Así concreta el Hijo de Dios las circunstancias de su vida. Es decir, no dice, por ejemplo, “a lo mejor” o “podría ser” sino que dice lo exacto y lo justo: es, exactamente por lo que luego dice por lo que Dios, su Padre, lo ama.

Esto, así dicho, cualquiera diría que está muy bien decirlo por parte de Quien es Hijo de Dios pero que, para nosotros, el común de sus hijos, es algo excesivo. Sin embargo, creer eso es no ver las cosas según deberían ser.

Cristo dice que Él, en el momento decisivo de escoger entre la voluntad de su Padre y la suya no optó por la primera, sino que, al contrario, hizo lo propio con la segunda.

En realidad, Jesucristo era libre para haber dicho que no en el Huerto de los Olivos, pero no hizo eso, sino que, al contrario, pronunció aquello de “se tu voluntad y no la mía”. Es más, dice, sale eso de su propia boca, tenía poder para entregar su vida y, en efecto, eso es lo que hace.

Lo que hace Cristo cuando escoge la muerte infamante de la Cruz es trazar un camino y fijar una meta: el camino que lleva al definitivo Reino de Dios y la meta de la vida eterna.

A tal respecto, muchos pensaron que habían sido ellos, persiguiendo al hijo de María y del carpintero José, con sus maquinaciones y mentiras y, en fin, creyendo que hacían un bien al pueblo escogido por Dios, los que, con tales acciones habían conseguido la muerte de quien consideraban un blasfemo y alguien indigno de ser considerado hijo de Dios. Sin embargo, muy otra era la verdad: aquel hombre, que nada iba a decir cuando fuera llevado al matadero (como diría el profeta Isaías) había escogido beber hasta la última gota del cáliz que su Padre le había ofrecido. Pero ellos ignoraban muchas cosas y, en realidad, no sabían lo que hacían…

Pero es que, además, el Hijo de Dios, con las palabras que dice ahora, en este preciso momento, termina de raíz con ciertos pensamientos que sostienen que no sabía ni que era el Hijo de Dios ni que iba a morir de la forma en la que iba a morir. No. De todo eso era consciente. No obstante, nos dice que tiene poder para dar y para recobrar la vida. Y, es más, que por eso mismo su Padre lo ama de una manera tan especial.

El caso es que el final de Jesucristo estaba escrito en las Sagradas Escrituras que el pueblo judío tenía como suyas. Y no es nada pudiera hacer para evitar eso sino que no quería hacer nada en contra de lo que estaba escrito. Por eso, camino de Emaús, luego de su resurrección, diría a Cleofás y a su amigo que todo aquello que había pasado estaba escrito en los profetas…

De todas formas, lo mejor de todo es que Jesucristo sabía que después de dar su vida la iba a recobrar y que no sería como fue la resurrección de Lázaro, de la hija de Jairo o de aquella vida a la que devolvió su único hijo muerto. No. Él resucitaría para no volver a morir nunca más.

Y eso era lo que nos prometía a nosotros. 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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