Serie el sufrimiento – 6- Oración y sufrimiento

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El tema del sufrimiento tiene mucho que ver con nuestra vida de hombres, de seres creados por una voluntad santa cuyo dueño es Dios mismo, Creador y Todopoderoso. 

Todos sufrimos. Queremos decir que en determinados momentos de nuestra vida somos visitados por alguien a quien no quisiéramos recibir pero que se presenta y no hay forma humana de deshacerse de él. Está presente y no podemos negar que muchas veces se hacer notar y de qué manera. 

El caso es que para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia. 

Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible. 

Dice San Josemaría, en el número 208 de “Camino”, “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es sólo fuente de perjuicio físico sino que el mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios. 

Por eso en “Surco” dice el santo de lo ordinario algo que es muy importante: 

“Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”

Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón; el sufrimiento, una forma de tener el alma más limpia. 

En el sentido aquí expuesto abunda el emérito Papa Benedicto XVI cuando, en una ocasión, en el momento del rezo del Ángelus, dijo que

 

“Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”

 

Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando. 

Entonces,

“Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada –la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos–, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios.”

Fe en Dios. Recomienda el Papa Alemán que no olvidemos lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida y, siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador. 

En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar. 

Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir en oración por el resto de personas enfermas que en el mundo padecen diversos males físicos o espirituales. 

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Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren. 

Y si, acaso, no comprendemos lo que aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, como para darnos cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos: el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer, del mismo, algo gozoso. 

Sufrimos: sí. ¿Podemos cambiar el negativo peso de espada de Damocles sobre nuestra vida que tiene el sufrimiento por liberación del alma?: también podemos responder a esto afirmativamente. Pero no podemos negar, ni queremos, que no es cosa fácil y que es más que probable que nos dejemos ir por el camino con una carga muy pesada. De todas formas, es seguro que podemos caminar mucho mejor sabiendo que tal carga la comparte con nosotros nuestro hermano Jesucristo. No miraremos, así, para otro lado y afrontaremos las circunstancias según las afrontaba el Mesías: de cara para no darles nunca la espalda. 

6 - Oración y sufrimiento

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“¿Sufre alguno entre ustedes? Que ore.”

Santiago 5,13

El sufrimiento de aquí abajo no tiene proporción con la gloria del cielo.

San Pablo, 2 Cor 4, 17

En las Sagradas Escrituras podemos encontrar muchos textos en los que el sufrimiento es preparación para la salvación eterna y, en un sentido más que cierto, es oración. Aquí traemos, al menos, unos cuantos:

El sufrimiento en el Plan de la Salvación

 

Romanos 8, 28-30

 

“Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.”

 

2 Corintios 1, 7

 

“Es firme nuestra esperanza respecto de ustedes; pues sabemos que, como son solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo serán también en la consolación.”

 

Dichosos los que sufren en Cristo

 

Lamentaciones 3, 19-33

“Recuerda mi miseria y vida errante: ¡todo es ajenjo y amargura! Lo recuerda, lo recuerda, y se hunde mi espíritu dentro de mí. Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar: Que el amor de Yahvé no ha acabado, que no se ha agotado su ternura; mañana a mañana se renuevan: ¡grande es tu fidelidad! ‘¡Mi porción es Yahvé, me digo, por eso en él esperaré!’ Bueno es Yahvé para quien lo espera, para todo aquel que lo busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Yahvé. Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su mocedad. Que se esté solo y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que humille su boca en el polvo: quizá así quede esperanza; que ponga la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque no desecha para siempre a los humanos el Señor: después de afligir se apiada según su inmenso amor; pues no se complace en humillar, en afligir a los seres humanos.”

 

1ª Pedro 4, 1-2

 

“Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado, para vivir ya el tiempo que le quede en la carne, no según las pasiones humanas, sino según la voluntad de Dios.”

 

Colosenses 1, 24

 

“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia”


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El Sufrimiento es pasajero y la Gloria, eterna

Filipenses 3, 7-11

 

“Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hecho semejante a él en la muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.”

 

1ª Pedro 5, 10

 

“El Dios de toda gracia, el que los ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, los restablecerá, afianzará, robustecerá y los consolidará.”

El sufrimiento es suplica a Dios

Efesios 1,17

 

“Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos”.

  

Es nuestro ideal

Gálatas 2, 19-20

 

“En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.”

 

Por otra parte, resulta de todo punto ordinario sostener que, para un católico, la oración es el instrumento espiritual a través de cual, mediante el cual, se pueden evitar muchos decaimientos del espíritu en el abismo. 

Esto lo decimos porque en materia de sufrimiento no podemos negar que existen muchas oraciones que nos pueden ayudar mucho en el trance que supone el dolor y, yendo más allá, del propio sufrimiento. 

Empecemos, por decirlo así, por algo que, en sí mismo, podría parecer, contradictorio o, como poco, paradójico. Y es que un creyente católico haya escrito un llamado “Credo del sufrimiento” no deja de sostener que quien eso ha hecho tiene mucha fe en la labor pacificadora del alma que encierra el sufrimiento y, sobre todo, del fruto que se puede obtener del mismo. 

El “Credo del sufrimiento”, debemos decirlo, es obra del Beato Manuel Lozano Garrido, más conocido como Lolo, y expresa, de una forma muy convincente, lo que se puede llegar a creer acerca de algo tan duro como es, tantas veces, el sufrimiento. 

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Credo del Sufrimiento

“CREO en el sufrimiento como en una elección y quiero hacer de cada latido, un sí de correspondencia al amor. 

CREO que el sacrificio es un telegrama a Dios con respuesta segura de Gracia. 

CREO en la misión redentora del sufrimiento. Me acercaré a quien sufre como el relicario que guarda el “Lignum-crucis” de la Pasión. 

Doy un margen de fe al dolor en lo que tiene de poda necesaria y viviré en silencio mi hora de germinación, con la esperanza a punto.

CREO en la función útil de la soledad. Los pantanos se hacen en las afueras, para recoger la fuerza del agua y luego devolverla en luces y energía. 

CREO que la acción y sacrificio cristianos se traban como la era y la lumbre de un cirio. Cuanto más pura es una inmolación tanto más resplandeciente su testimonio. 

CREO que la inutilidad física revierte en provecho espiritual de todos. El arco iris de la Redención se tensa desde la inmovilidad de un niño hasta la invalidez que dan los clavos de una Cruz. 

Daré a Dios los panes y los peces de mi corazón para que ÉL los convierta en milagro de salvación para todos.

Árbol de Dios, con raíces y ramas, viviré con las rodillas atornilladas y las manos metidas en las estrellas, encaramando nuestra savia y porteando hacia abajo la cosecha de la Gracia.”

 

Podemos entrar, ahora que hemos centrado la cuestión del sufrimiento en el justo sentido que tiene el mismo, en otras oraciones que pueden ayudarnos a sobrenadar (en expresión también de Manuel Lozano Garrido) el sufrimiento. Procuraremos, con las mismas, que aquello que nos pueda acaecer y que nos pudiera procurar una actitud agria troque en sentido bien para nuestra vida. 

En realidad, de lo que se trata es de hacer abundante uso y disfrute, vía goce espiritual, de aquello que se nos ha dado para que nos contemplemos en la justa medida y no en una que esté tergiversada y desfigurada por la amargura del sufrimiento y el lacerante apego que, a veces, el dolor tiene con nosotros. Ya podemos suponer que a lo largo de los siglos ha habido muchos hermanos nuestros en la fe que han alcanzado altas cotas de espiritualidad. 

Así, a ellos nos echamos como quien teniendo sed se echa en una fuente de agua fresca. Algo así como la cierva de la que el salmista escribe que busca aguas necesarias para su vida (“Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios”, dice el Salmo 41) y encuentra dónde saciar su sed de vida. 

“Oh Hostia viva, sostenme en este destierro para que pueda seguir fielmente las huellas del Salvador. No te pido, oh Señor, que me bajes de la cruz sino que me permitas perseverar en ella. Deseo ser extendida en la cruz como tú, Jesús. Deseo experimentar todos los tormentos y dolores que tú sufriste; deseo beber el cáliz de la amargura hasta el fondo.”

Santa Faustina Kowalska

 

“Oh mi Jesús, dame fuerza para soportar los sufrimientos y para que mi boca no se tuerza cuando bebo el cáliz de la amargura. Ayúdame tú mismo para que mi sacrificio te sea agradable: que no lo profane mi amor propio. Que te alabe, oh Señor, todo lo que hay dentro de mí: la miseria y la fuerza.”

Santa Faustina Kowalska

 

“¡Dios mío, lo elijo todo! No quiero ser santa a medias; no tengo miedo de sufrir por vos; tan solo temo una cosa: conservar mi voluntad; tomadla, pues; ¡Elijo todo lo que vos queráis!”

Santa Teresita del Niño Jesús

 

“Fuera de la Cruz no hay otra escala por dónde subir al cielo”

Santa Rosa de Lima

 

Aceptación de la enfermedad I

 

“Señor Jesús, la enfermedad ha llamado a la puerta de mi vida: una experiencia dura, una realidad difícil de aceptar. No obstante, te doy gracias por esta enfermedad: me ha hecho tocar con la mano la fragilidad y la precariedad de la humana existencia. Ahora miro todo con otros ojos: lo que soy y lo que tengo, no me pertenece, es un don tuyo. He descubierto qué quiere decir depender, tener necesidad de todo y de todos, no poder hacer nada solo.

He vivido la soledad y la angustia, también el afecto y la amistad de tantas personas.

¡Señor!, aunque me es difícil, repito: ¡Hágase tu voluntad!’.

Te ofrezco mis sufrimientos y los uno a los de Cristo Crucificado.

Bendice las personas que me asisten y las que sufren por mí. Amén.”

 

Aceptación de la enfermedad II

 

“Ayúdame, Señor, a obtener el fruto espiritual que Tú pretendes con esta enfermedad que me has enviado. Haz que comprenda que las enfermedades del cuerpo me ayudan a conseguir un conocimiento más perfecto del mismo, a desprenderme de todo lo creado y me invitan mediante la espontánea reflexión que trae consigo, sobre la brevedad de la vida, a trabajar con más empeño y seriedad en preparar mi alma para la vida futura donde no existe ni enfermedad ni pena, sino el eterno gozo de tu compañía.”

  

Oración del enfermo inválido

Beato Manuel Lozano Garrido ("Lolo")

“¡Señor, nosotros, los enfermos, nos acercamos a Ti!

Somos los ‘inútiles’ de la humanidad. En todas partes estorbamos.

No podemos echar nuestra parte a la economía maltrecha del hogar difícil.

Gastamos y consumimos dolorosamente los pobres ahorros en medicinas, en inyecciones, en apresuradas visitas de médicos.

Todos sonríen, nosotros lloramos en silencio.

Todos trabajan; nosotros descansamos forzosamente. Quietud más fatigosa que la misma labor. No podemos levantar la silla que ha caído, ni acudir al teléfono que suena; ni abrir la puerta cuando toca el timbre… No nos es permitido soñar; ni amar a una mujer o a un hombre; ni pensar en un hogar; ni acariciar con los dedos de la ilusión las rubias cabezas de nuestros hijos.

Y, sin embargo, sabemos… que tenemos reservada para nosotros una empresa muy grande: ayudar a los hombres a salvarse, unidos a Ti.

Haz, Señor, que comprendamos la sublime fuerza del dolor cristiano. Que conozcamos nuestra vocación y su sentido íntimo.

Recoge, Señor, como un manojo de lirios, en tus manos clavadas, nuestra inutilidad, para que les des una eficacia redentora universal.

La salvación del mundo la has puesto en nuestras almas.

Que no te defraudemos.”

  

Oración del enfermo I

 

“Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Tú que en todos estás presente y lo llenas todo con el consuelo de tu Espíritu Santo, ven a fortalecernos en nuestras angustias y preocupaciones.

Tú, que por tu Hijo Jesucristo saliste al encuentro de los enfermos, tocaste las llagas de los leprosos, consolaste a los afligidos, defendiste a los pobres y resucitaste a los muertos: ven a dar sentido a nuestros males, ven a sanar nuestros corazones, ven a darnos vida abundante y alivio a nuestros sufrimientos.

Que animados por la Fe, llenos de amor y de esperanza, completemos en nuestros cuerpos lo que falta a la pasión de Cristo, por el bien de la Iglesia y de toda la humanidad. Amén.”

 

Oración del enfermo II

 

“Señor Jesús, Te agradezco por el don de la vida. Tú conoces las personas y las circunstancias que me han formado ya sea física como emocional y espiritualmente. Ellas, y las más íntimas experiencias de mi mente y de mi corazón, me han hecho la persona que soy ahora.

Perdóname, Señor, por todas las veces que te he fallado, por mis fallos contra mí mismo y los demás. Al mismo tiempo, perdono a todos los que me han fallado de alguna manera y me han herido.

Ayúdame a ver que mi enfermedad tiene una parte muy importante en mi vida. Ella me ayudará a ser plenamente la persona que Tú quieres que yo sea. No permitas que yo pierda o desperdicie lo que Tú quieres hacer conmigo para hacer completa mi vida en esta tierra y para preparar mi vida contigo en el Cielo.

Ahora yo no puedo orar de la manera que quisiera (estoy dolorido, cansado confundido…). Te pido que aceptes cada respiro como un acto de amor y de confianza en Ti.

Tú eres mi Salvador. Yo quiero descansar sobre tu amante Corazón en la seguridad y en la paz, como un niño en los brazos de su padre. Yo sé que Tú no me abandonarás.

Te amo, mi Señor, quisiera amarte como Ella te amó.” 

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Creo en ti

 

“Cuando llega la dificultad y las pruebas, en los momentos de angustia, de duda o enfermedad, es bueno decir al Señor que seguimos creyendo en El.

 

1. Señor, Tú siempre me has dado

la fuerza necesaria,

y, aunque débil,

Creo en Ti.   

 

2. Señor, Tú siempre me has dado

la paz de cada día,

y, aunque angustiado,

Creo en Ti.   

 

3. Señor, Tú siempre me has guardado

en la prueba,

y, aunque estoy en ella,

Creo en Ti.

 

4. Señor, Tu siempre has alumbrado

mis tinieblas,

y, aunque no tengo luz,

Creo en Ti.”

  

Oración en el sufrimiento

 

“Padre Dios. Tú nos has hecho

para que vivamos en Ti

y estemos en Ti.

Nosotros sufrimos

tantas veces por nuestros defectos,

por aquello que nos pasa,

por lo que hacemos.

Nosotros sufrimos tantas veces

por falta de fe,

por alejarnos de Ti,

por querer volar solos

con nuestros pies de barro…

Padre Dios. Tú quieres amarnos siempre

y te pedimos auxilio

en nuestras caídas,

ayuda en nuestras equivocaciones, comprensión en nuestras noches oscuras.

Padre Dios. Tú nos quieres a tu lado

y prefieres, para nosotros tus hijos,

el fin de nuestro sufrimiento

pero nosotros no siempre lo entendemos.

Padre Dios. Danos fuerza en la tribulación,

esperanza en el silencio del espíritu,

perseverancia en la oración de súplica.

Amén.”

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

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