Serie el sufrimiento – 2- Dios y el sufrimiento del hombre

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 El tema del sufrimiento tiene mucho que ver con nuestra vida de hombres, de seres creados por una voluntad santa cuyo dueño es Dios mismo, Creador y Todopoderoso. 

Todos sufrimos. Queremos decir que en determinados momentos de nuestra vida somos visitados por alguien a quien no quisiéramos recibir pero que se presenta y no hay forma humana de deshacerse de él. Está presente y no podemos negar que muchas veces se hacer notar y de qué manera. 

El caso es que para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia. 

Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible. 

Dice San Josemaría, en el número 208 de “Camino”, “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es sólo fuente de perjuicio físico sino que el mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios. 

Por eso en “Surco” dice el santo de lo ordinario algo que es muy importante: 

“Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”

Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón; el sufrimiento, una forma de tener el alma más limpia. 

En el sentido aquí expuesto abunda el emérito Papa Benedicto XVI cuando, en una ocasión, en el momento del rezo del Ángelus, dijo que

 

“Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”

 

Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando. 

Entonces,

“Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada –la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos–, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios.”

Fe en Dios. Recomienda el Papa Alemán que no olvidemos lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida y, siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador. 

En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar. 

Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir en oración por el resto de personas enfermas que en el mundo padecen diversos males físicos o espirituales. 

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Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren. 

Y si, acaso, no comprendemos lo que aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, como para darnos cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos: el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer, del mismo, algo gozoso. 

Sufrimos: sí. ¿Podemos cambiar el negativo peso de espada de Damocles sobre nuestra vida que tiene el sufrimiento por liberación del alma?: también podemos responder a esto afirmativamente. Pero no podemos negar, ni queremos, que no es cosa fácil y que es más que probable que nos dejemos ir por el camino con una carga muy pesada. De todas formas, es seguro que podemos caminar mucho mejor sabiendo que tal carga la comparte con nosotros nuestro hermano Jesucristo. No miraremos, así, para otro lado y afrontaremos las circunstancias según las afrontaba el Mesías: de cara para no darles nunca la espalda. 

2 - Dios y el sufrimiento del hombre

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Se podría pensar que Dios, cuando ve sufrir al hombre, nada hace para procurarle una existencia menos dificultosa. Sería como sostener que al Creador no le importa para nada que su descendencia habite en el mundo sin una existencia donde el sufrimiento no esté presente. 

Las cosas, sin embargo, nada tienen que ver con eso sino con, justamente, lo contrario. 

A lo largo de la historia de la salvación, Dios ha sometido al hombre a muchas pruebas, a sufrimientos que lo han hecho padecer mucho. En realidad, eso lo ha llevado a cabo el Todopoderoso no con personas cualesquiera sino con aquellas que sabía le serían fieles.  

Así, por ejemplo, vemos en estos casos: 

 

Gen 22, 1-2 (Sufrimiento del padre que ha de cumplir la voluntad de Dios) 

“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: ‘¡Abraham, Abraham!’ El respondió: ‘Heme aquí.’ Díjole: ‘Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga’”. 

Job 1, 8-11 (Sufrimiento del fiel a Dios en todas las circunstancias) 

“Y Yahveh dijo al Satán: ‘¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal!’ Respondió el Satán a Yahveh: ‘¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!’” 

 

Job 2, 5 (Sufrimiento insistente de Job) 

“Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!’”.

 

Tob 12, 13 (Dios somete a prueba al hombre)              

“Cuando te levantabas de la mesa sin tardanza, dejando la comida, para esconder un cadáver, era yo enviado para someterte a prueba.”

 

Jr 15, 10 (Sufrimiento de quien se sabe perseguido por sus enemigos)

 “¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz varón discutido y debatido por todo el país! Ni les debo, ni me deben, ¡pero todos me maldicen!”

 

Pero en el Nuevo Testamento, una vez el Hijo de Dios viene al mundo y, cuando llega el momento oportuno, predica acerca de la salvación de la Buena Noticia, el sufrimiento del ser humano también está presente. 

Así, por ejemplo, lo vemos en los siguientes textos:

 

Mt 9,36 (Sufrimiento de los que siguen al Maestro) 

“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.”

 

Mt 14,14 (Sufrimiento de los enfermos) 

“Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.”

 

Lc 7, 12-131 (Sufrimiento de la madre que se queda sin el único hijo) 

“Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: ‘No llores.’”

 

Lc 15,20 (Sufrimiento del padre que espera) 

“Y, levantándose, partió hacia su padre. ‘Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.’”

 

Jn 11, 21 (Sufrimiento ante la muerte de un ser querido) 

“Dijo Marta a Jesús: ‘Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.’”

    

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Vemos, en estos casos, que el ser humano ha sufrido mucho porque Dios ha probado su fidelidad y, estando seguro de ella, nadie de los probados le ha desalentado. 

De todas formas, la relación que tiene Dios con el sufrimiento del hombre, criatura suya hecha a su imagen y semejanza, tiene mucho que ver con lo que existe entre el corazón del Todopoderoso y su descendencia. 

Con esto queremos decir que, si bien el hombre sufre no por eso deja de ser comprendido por Dios que, conocedor (por ser Creador nuestro) de la naturaleza pecadora del ser humano, no duda de forma alguna que, bien por causa propia o ajena, el hombre sufre, ha sufrido y sufrirá. De aquí, que el escritor inglés, C.S. (Autor, entre otras, de “Mero cristianismo”, “Dios en el banquillo” o las “Crónicas de Narnia”) escribe, en su libro “El problema del dolor”, que si tratamos  “de excluir la posibilidad de sufrimiento que el orden de la naturaleza y la existencia de voluntades libres implican”, encontraremos que hemos “excluido la vida misma”. 

Pero, al fin y al cabo, ¿Dios quiere el sufrimiento del hombre? 

Sobre esto, tenemos que decir algo.  

Por decirlo pronto, no es posible que nuestro Creador encuentre gozo en el sufrimiento de su descendencia. Y es que, al crearnos por Amor, también es el Amor el que rige su pensar y su hacer. Entonces, podemos poner sobre la mesa algo que es una gran verdad: es en la Cruz, la de Cristo y la que cada uno podamos llevar, donde se encuentra el sentido exacto de la salvación del ser humano. Así, como Cristo murió por toda la humanidad para que se salve quien crea en Él y sin rehuir el sufrimiento y el dolor que le inferían sus enemigos, lo mismo debemos hacer nosotros con nuestros padecimientos que, seguramente, serán de una intensidad mucho menor. Y como Cristo murió por amor, lo mismo debemos hacer nosotros con nuestro sufrimiento: ofrecerlo a Dios por santas intenciones que sean de su agrado y gozo. 

A este respecto, es bien cierto que el sufrimiento es una realidad misteriosa. Es decir, el hecho mismo de sufrir ¿puede ser entendido de forma cabal y absoluta? 

Seguramente, habrá quien crea que el origen de nuestros diversos sufrimientos es perfectamente detectable: una enfermedad, un accidente si hablamos de la materia o, bien, si hablamos del alma algún tipo de decaimiento o duda espiritual. 

Sin embargo, la misma esencia del sufrimiento, el fin último que se busca (si se es capaz de escapar de la materia en exclusiva) con él no es nada fácil ni sencillo de entender ni de comprender. ¿Tiene sentido, para Dios, nuestro sufrimiento? 

Lo bien cierto es que la última pregunta aquí planteada tendría que haberse hecho de otra forma: ¿Tiene sentido, para nosotros, el sufrimiento si lo ponemos en relación con la bondad de Dios?

No se podrá decir que esto no es, precisamente, muy y que muy misterioso. 

Pues bien, el caso es que el sufrimiento, el nuestro y el de tantos hermanos nuestros que también sufren, es un buen camino, puede ser un buen camino, para encontrar a Dios, Padre Nuestro. Así, por ejemplo, hay muchos de los que son conscientes de ser hijos de Dios que, con su sufrimiento han recorrido la senda que los ha llevado al definitivo Reino del Padre, de una forma admirable. 

Pero la admiración que han suscitado y suscitan no radica en haber sabido sufrir sin, digamos, menoscabar a nadie, sino que han sabido sufrir sabiendo que su sufrimiento era vía y camino, luz y guía de otros muchos hermanos que, en su misma situación, no eran capaces de salir de un largo túnel de tiniebla. Por eso San Pablo se permitió el lujo gozoso de escribir, en su Epístola a los Colosenses (1, 24) que se alegraba (como ya hemos dicho antes) 

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“Por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. Y tal es el comportamiento de quien, aun sufriendo o, seguramente, por eso mismo, ha comprendido que Dios, Padre suyo y nuestro, no ha querido (si no lo ha querido) que eso se produjera sino que, produciéndose, ha procurado que su descendencia se sintiera acompañado en tal tribulación física o espiritual. Y por eso envío al mundo a su Hijo. 

En todo caso, que Dios permita el sufrimiento de sus hijos no es nada que tenga que ver con un gozo enfermizo o, lo que es lo mismo, porque le guste. No. Lo bien cierto es que lo permite para que acaezca una purificación del alma. Es, digamos, una oportunidad de acortar nuestro Purgatorio o Purificatorio que, de llegar a ser tal nuestro destino tras nuestro Juicio Particular (“Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio” se dice en Hebreos, 9,27), podría verse acortado el tiempo de estancia en él por haber, precisamente, sufrido y ser conscientes de lo que eso podía significar aparte del propio sufrimiento.   

Al fin y al cabo, a nosotros, los hijos de Dios que somos conscientes de serlo y que nos preciamos de serlo, ante el sufrimiento y el dolor sólo debemos y podemos decir aquello que Cristo enseñó cuando también sufría y veía venir lo que le vino (Mt 26, 39):

 

“Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.’”  

 

Sólo eso que, además, es más que suficiente para sembrar en nuestros corazones una semilla de fidelidad de la que, como luego veremos, sólo puede salir buen fruto. 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

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