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3.12.09
Era de esperar que el teólogo director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III Juan José Tamayo echara su cuarto a espadas en el nombramiento del Obispo de San Sebastián.
Y a fe que lo ha hecho. Además, donde le corresponde que no es otro sitio que en el diario laicista y abortista “El País”. Muy propio de un católico: allí donde te zahieren, haz lo que quieren.
Sobre el nombramiento del ahora obispo electo de San Sebastián, monseñor Munilla, dice (sobre quién lo lleva a cabo) lo siguiente:
“De la cúpula de la Iglesia católica, organización antidemocrática y fuertemente jerarquizada, en la que todo el poder y todos los poderes son detentados y controlados por una sola persona, el Papa”
Que se sepa la Iglesia católica no es una democracia. Eso no quiere decir que sea, por otro lado, antidemocrática. Lo que pasa es que a Tamayo le gustaría que lo fuera en el sentido puro o, lo que es lo mismo, que los cargos se eligieran en públicas votaciones, que se sacaran los trapos sucios de unos contrincantes contra los otros; que, al fin y al cabo, se reprodujeran los malos comportamientos que se producen en la vida política. Así sería, sin duda, más humana la organización eclesiástica pero sería, entonces, menos divina.
También olvida el teólogo díscolo que, por desgracia para él, Jesucristo no nombró un triunvirato para dirigir la Iglesia sino que llamó, expresamente, a Pedro. Por eso el Papa es una sola persona, aunque, evidentemente, no quiere decir que no tenga a nadie que lo asesore como sabemos que sí lo tiene.
Y, sobre la misma decisión del Santo Padre: “¿Qué esperaban? ¿Que el conservador Benedicto XVI, asesorado por los cardenales fieles al Vaticano Rouco Varela y Cañizares, pusiera los ojos en un obispo crítico, dialogante y con espíritu de reconciliación?”
Eso es lo que le gusta a Tamayo: crítica, “diálogo” y reconciliación.
El problema es que lo que eso encierra es, exactamente, lo contrario de lo que el espíritu de la Iglesia católica representa porque la crítica la entiende como zaherimiento a la Esposa de Cristo; el díálogo lo entiende como sometimiento al mundo y por reconciliación el olvido de la doctrina.
Por otra parte, lo de ahora no puede faltar en el análisis de Tamayo:
“La jerarquía católica española, deben saberlo, está hoy enrocada en posiciones religiosas, éticas y políticas de trinchera contra el nacionalismo, el laicismo, la teoría de género y todo lo que se mueva en dirección a una sociedad plural”.
Todo lo que aquí ataca como propio de la Iglesia católica es, precisamente, lo que la misma tiene que llevar a cabo: manifestarse en contra del ombliguismo o nacionalismo; en contra de lo que la ataca; en contra de una teoría que disminuye el valor de la persona humana y, en general, en contra, de lo que la “pluralidad” supone en boca de un teólogo progre que es, más o menos, que todo vale para que no valga nada. Es decir, relativismo a tutiplén.
Cree, además, “Que monseñor Munilla es uno de los representantes más pertinaces del sector conservador de la Iglesia católica española con inclinaciones integristas. Así lo ha demostrado en sus pastorales y, muy recientemente, al declarar cómplices de asesinato a quienes voten a favor de la futura ley del aborto”.
Conservador, integrista… son términos demasiado manidos en manos de quien se opone a lo que defiende, doctrinalmente hablando, el obispo electo de San Sebastián. Por eso le extraña a Tamayo que diga lo que ha dicho, diciendo verdad, monseñor Munilla sobre la complicidad en el caso de aborto (votación o, simplemente, aceptación de la misma) aunque trate de ridiculizar lo manifestado por el, hasta ahora, obispo de Palencia.
Es cierto que monseñor Munilla es conservador… pero lo es porque trata de conservar su fe; es integrista porque no cede ante el mundo y prefiere mantener íntegro el contenido de su fe. Y eso no gusta a Juan José Tamayo que es, más que nada, disperso en el mantenimiento de la fe que dice que tiene.
Pero, como no podía ser menos, hace de profeta:
“El nombramiento de monseñor Munilla como prelado de San Sebastián va a tener un efecto similar al del líquido inflamable que se arroja al fuego para que se extienda más todavía. ¡Otra ocasión perdida!”
Esto atribuye una voluntad de enfrentamiento al mismo Santo Padre. Sin embargo, y en todo caso, Tamayo ha olvidado, otra vez, que Jesucristo dijo “He venido a prender fuego en el mundo…” (Lc 12, 49) pero tal fuego no es como el que refiere el teólogo sino, muy al contrario, un fuego de amor que, a lo mejor, restaña las heridas que otros obispos dejaron palpables en aquella tierra vasca.
Aunque, esto es cierto, a Tamayo eso no le interese lo más mínimo.
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