La fuerza que mueve el mundo

Desde que el occidental dejó de buscar la salvación del alma como primer destino vital, muchos han sido los impulsos o principios que han movido a hombres y sociedades: el honor, la razón, la libertad, la nación… pero hace mucho que es lugar común afirmar que “el dinero es la fuerza que mueve el mundo”. Y los hombres nos hemos esforzado porque ese axioma se haga realidad, y esa pulsión de la codicia (connatural al pecado original) se eleve hasta convertirse en un rector de la vida privada y pública, no ya tolerado, sino incluso honrado. Emprendedor, pragmático, astuto… son adjetivos que intentan disfrazar de seda la mona del egoísmo materialista desde hace mucho. Y los practicantes del culto a la codicia son cada vez más devotos y numerosos.

¿Todo se puede alcanzar con dinero? ¿Cada hombre tiene un precio? Diríamos que sí, viendo como nos comportamos (sobre todo los más poderosos e influyentes), salvo porque hay una cosa que no se compra ni se vende, y en orden de prelaturas, aquello que es menor siempre va por detrás en la lista.

En la monumental película “La caída del Imperio romano”, en la que se retrata una Roma degenerada por el ansia de poder y la avaricia desenfrenada, cuando ofrecen mucho dinero al personaje del gladiador Vérulo (Anthony Quayle) por acabar con la vida del emperador Cómodo, este contesta: “todo el oro del mundo no puede convencer a un padre para matar a su hijo”.

¡Así es!, no hay fuerza mayor en el mundo que el amor de un padre por su hijo.

Ese es el verdadero motor que mueve a la humanidad. Incluso los más ladrones, los más miserables, los más corruptos, los más trapaceros ¿a quién dejan todo su dinero? ¿Por quién son capaces de padecer, e incluso de entregar en rescate toda su fortuna mal ganada? ¿Por quién daría la vida el más cobarde y egoísta de los hombres?

Con razón la imagen de una madre amamantando a su bebé es un símbolo de vínculo humano en cualquier cultura. Con toda lógica, Jesucristo emplea la figura del Padre para mostrarnos por analogía cuán grande es el amor de Dios.

En nuestra propia experiencia y ante nuestros ojos, de forma cotidiana, tenemos pues, en el mundo natural, la prueba palpable de que es el amor es real, y que es la fuerza motriz del mundo. En el fondo, la prueba palpable de que el mal no puede triunfar finalmente.

La prueba inicial (todo comienza con unos padres teniendo un hijo) y la más importante. A partir de ahí podemos desarrollar toda la filosofía y teología que queramos, en sentido favorable o desfavorable: esa realidad se repetirá machaconamente, contínuamente, sin fin, mientras una madre dé a luz a un hijo. Y hasta tal punto es una verdad, que llamamos desnaturalizados a los padres que no aman o desatienden a sus hijos. Y las leyes siempre les han castigado por ello.

San Juan Pablo II describió el amor en frase particularmente afortunada, como “querer el Bien del amado por encima del Bien propio”. ¡Eso es amor! La indiferencia hacia los demás no es amor. Desear el bien del otro, pero jamás por encima del propio puede ser afecto o cariño, pero jamás amor. El amor se entrega al otro, para que pueda alcanzar su Bien. El amor se da sin esperar recibir. Pero Cristo nos dijo que no había amor estéril, que todo anhelo de Bien al prójimo, toda Caridad, tenía recompensa, en este mundo y en el otro.

Derivado de ese amor aparecen otros tantos amores igual de naturales y también los más frecuentes en la lista: el amor de los hijos por los padres, el de los padres entre sí, el de los hermanos, y luego abuelos-nietos, tíos-sobrinos, primos, etc, etc. En una rápida encuesta, es probable que la mayoría de nuestros amores (no confundir con pasiones, enamoramientos o simpatía) recaigan precisamente en algunas de estas figuras.

Es para mí un tópico que la familia es la base de la sociedad, la raíz de la que crece una comunidad, el nudo a partir del cual se va tejiendo toda la trama de la Humanidad, la columna sobre la que se asienta cualquier civilización. Cualquier asociación que se nos ocurra no es posible sin esta primera sociedad en miniatura; y con frecuencia la reproducen o imitan en alguno de sus aspectos. Promocionar y defender la familia es promocionar el amor y defender la sociedad. Atacarla o devaluarla es promocionar el odio y buscar la disolución social. Como dijo S.S san Juan Pablo II “la familia es una íntima comunidad de vida y amor” y “la familia es la primera escuela de amor” (Ex. Apostolica Familiaris Consortio, 1981). Si deseamos una sociedad donde triunfe el amor (¡y es nuestra obligación como cristianos!) debemos cooperar y proteger a las familias. No meramente promocionando el matrimonio o la natalidad, sino verdaderamente haciendo que las familias resultantes vivan el amor (el respeto, el sacrificio, la paciencia, la alegría, la fidelidad, la ternura, la misercordia, el perdón, la entrega) cada día, y crezcan continuamente en él.

Nauralmente, la fuente de todas estas bendiciones en forma de amor entre seres humanos es el matrimonio. Un compromiso de respeto, cooperación y fidelidad entre dos personas, creado para dar vida y educación a la siguiente generación, connatural a todas las sociedades humanas, protegido y honrado en todas las civilizaciones. Compromiso que Dios sembró en nuestra alma y que Nuestro Señor Jesucristo elevó a sacramento, un acto humano que santifica, y a la vez que signo visible de la acción de la Gracia de Dios.

El matrimonio, la familia, la fraternidad, son eslabones de la misma cadena. Características de la misma institución: aquella balsa que siempre flota en el naufragio de cualquier civilización, y a la que siempre se pueden agarrar los desesperados; cuando todo lo demás falla, no faltará el hogar de una madre, la ayuda de un hermano. Pero ¡atención!, los ataques a la familia no son inocuos: la falta del aprendizaje del amor pudre los matrimonios, deshace las familias, desarraiga a sus miembros. El pecado afecta a los hombres y a las familias. Los usos y costumbres de la sociedad deben reforzar ese vínculo, y las leyes que de ellos emanen, sancionar ese refuerzo. Las leyes no pueden ser neutras ante la familia: lo que no tiende a su bien, tiende a su mal.

Si las leyes consienten o cooperan al mal de la destrucción del amor en las familias, tienen su parte de responsabilidad en la disolución del vínculo tanto conyugal como paterno-filial o fraternal. No se olvidará sin más su culpa ni quedarán sus autores sin castigo.

5 comentarios

  
monchito
Desde mi torpe entender, el post, desarrolla como dos ideas fundamentales, por supuesto, pero que caminan en dirección opuesta.- El dinero es el medio que usamos los hombres para desarrollar la trama de la vida, mientras vivimos.- El dinero tiene su peligro, no todos lo entienden así.- Sin perras no se puede vivir, aunque existe mucha gente sumergida en la miseria más vergonzosa.- El deseo de tener más y más no se sacia nunca, así el hombre se esclaviza y no ve otra cosa que el poder del dinero, es su dios, no conoce ni ama otra cosa que su dinero.- La mayoría de los humanos nos vemos arrastrados por el deseo de tener y tener.- El dinero hace del hombre un muñeco, la fuerza del metal lo trastorna in misericordia.- Este peligro lo tenemos todos y debemos orientar nuestro modo de hacer.-
El amor, es la otra idea de la que nos habla el post.- Claro, el amor es más que el dinero; esto queda un poco oscuro para mucha gente.- Cada cosa tiene su función y necesitamos del dinero, también del amor, pero el amor es lo más grande, bello y hermoso que existe; pregunten ustedes a quien a hecho en su vida bandera del amor y encontrarán una conciencia sin horizontes y radiante de luz.- La familia es la base de la sociedad, pero vivida desde el amor.- Agradezco el contenido del post, porque es muy rico en su contenido.-
19/08/16 12:59 PM
  
paco
el amor
19/08/16 4:25 PM
  
¡Bah...!
Luis:

El artículo está muy bien, mucho, pero no mencionas el amor de los hijos hacia los padres ni una particularidad propia de la familia que es esencial e inherente a ella (precisamente por el amor): el perdón (aunque claro que sin el amor no habrá nada, pero me parece algo fundamental).
De todas formas, cada vez tengo un mayor convencimiento de que la familia es el único "lugar" seguro, humano, fiable, sagrado frente a un mundo hostil, cruel, malvado e inhumano.

Cordiales Saludos.
19/08/16 4:52 PM
  
¡Bah...!
"las familias resultantes vivan el amor (el respeto, el sacrificio, la paciencia, la alegría, la fidelidad, la ternura, la misercordia, el perdón, la entrega)".

Bueno sí, mencionas el perdón, pero me refería a que en mi opinión se debería de tratar con más profundidad tanto ese tema como el resto que lo acompaña, aunque comprendo que un artículo no es una "enciclopedia", pero ¿y si haces una serie de artículos dedicados a cada uno de esos aspectos y dentro del contexto de la familia? (ya lo hiciste con otras cosas, como los visigodos o los mártires valencianos). No sé que te parece la idea.

Cordiales Saludos.

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LA

Me parece una idea interesante. Aunque me siento mucho menos seguro sobre mi saber en ese tema que en el del reino godo.

Cordiales saludos.
19/08/16 5:12 PM
  
Antonio Blasco
Estoy de acuerdo con todo lo que dice el artículo, pero más bien se puede decir que la familia DEBE ser escuela de amor, ya que hay (y ha habido siempre) no pocas familias donde el amor escasea. En el caso de familias sin amor donde se suponía que había Fe, el resultado ha sido un número importante de rebotados que han renegado injustamente de la Iglesia.

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LA

La Iglesia ha de enseñar siempre el camino de perfección, como Cristo le encomendó, aunque todos seamos conscientes de que únicamente con la ayuda de la Gracia se puede seguir.

La familia es pequeña Iglesia doméstica, y tiene las mismas funciones, las mismas obligaciones y recibe la gracia del sacramento para educar a los hijos en el amor a Dios y al prójimo. También en la Iglesia doméstica actúa el pecado.

Saludos.
19/08/16 6:54 PM

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