14.12.17

Otros gestos corporales para participar (XII)

Entre los posturas y gestos corporales, los hay más sencillos y tal vez más discretos, pero igualmente son cauces de participación de los fieles en la liturgia de una manera activa, viva. Los gestos exteriores ayudan a vivir lo interior, y lo que vivimos interiormente, a su vez, requieren la expresión, su manifestación externa. Así es como se vive la liturgia.

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7.12.17

Más sobre el altar

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

 El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.

 Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

 Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

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30.11.17

Una segunda homilía más los avisos interminables

  Lo fáciles que son las cosas y lo difícil y enrevesado que nos gusta volverlas. Bastaría leer y obedecer las rúbricas de la Ordenación General del Misal Romano para tener una liturgia mucho más cuidada y no la anarquía que muchas veces se ve y se padece.

   En concreto, antes de la bendición final de la Misa se puso de moda en algunos soltar una segunda homilía. Pretenden a veces hacer un “resumen” de la Misa, como si la Misa fuera una catequesis o clase pedagógica que hubiera que inculcar con un resumen o síntesis. ¡No! Estamos en el ámbito de la celebración, no de la catequesis, no de la formación, no de la clase de teología. Y sin embargo, antes de la bendición, algunos empuñan con denuedo el micrófono para una intervención que es una segunda homilía, repitiendo conceptos ya dichos en la homilía después del Evangelio o añadiendo todo aquello que antes se le olvidó decir. El fruto es escaso. Todos de pie, sabiendo que no es el momento, apenas prestamos atención.

 ¿Acaso lo permiten las rúbricas? ¿Lo sugieren, lo insinúan, dejan abierta esa posibilidad?

 Sobre el rito de conclusión dice la IGMR 90:

 Al rito de conclusión pertenecen:

a) Breves avisos, si fuere necesario.

b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.

c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.

d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

 Por tanto, después de la oración de postcomunión, en todo caso, “breves avisos, si fuere necesario”. No añade nada de una monición de despedida, ni de unas palabras finales del obispo o sacerdote.

 Lo mismo se dice en IGMR 166: “Terminada la oración después de la Comunión, si los hay, háganse breves avisos al pueblo”.

 Así pues, omítase toda “segunda homilía” en este momento.

 Y ya que estamos, recordemos lo que ha dicho la rúbrica sobre los avisos: “si fuere necesario” (IGMR 90), “breves” (IGMR 90) “breves avisos al pueblo” (IGMR 166).

 Lo primero es la necesidad de hacerlos y segundo la brevedad como cualidad. No puede ser que todos los domingos sean necesarios y extensos. A veces se convierten en el telediario parroquial, dando noticias para toda la semana. Otras veces parece RENFE con los horarios: “el miércoles adelantamos la reunión de adultos a las 17. El jueves todo igual. El viernes tendremos Misas de 19.30 y 20.30. El triduo de la Hermandad comienza mañana con el rosario a las 19, ejercicio del triduo a las 19.30 y luego la Misa. La próxima semana no os olvidéis de que…” Cuando se terminan los avisos ya nadie se acuerda de los días exactos y las horas exactas. Habría que ser sumamente escueto y señalar, en todo caso, que en la puerta hay un cartel anunciando los horarios…

 Todo esto es de sentido común (el menos común de los sentidos) y de fidelidad a las rúbricas.

 

23.11.17

Procesiones para participar en la liturgia (XI)

e) Procesiones

  La liturgia es también movimiento, y por tanto, dentro de ella, la procesión es un movimiento expresivo, significativo. Siempre somos un pueblo en marcha, peregrino, hacia Dios[1]: “La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga” (LG 8).

En procesión caminan los ministros al altar, precedidos por el incensario, la cruz y los cirios y el Evangeliario en procesión, señalando la meta: el altar, el encuentro con Dios, la dimensión peregrina de la Iglesia. Igual procesión –siempre que se pueda- es la que todos realizan al inicio de la Vigilia pascual, una vez bendecido el fuego y encendido el cirio, entrando en el templo por el pasillo central, ya con las velas encendidas en las manos, precedidos del cirio pascual, como columna de fuego que guía en la noche.

  Procesión llena de solemnidad es aquella en que mientras se canta el Aleluya, el diácono porta el Evangeliario hasta el ambón acompañado de cirios e incienso humeante, disponiendo así a todos los fieles a escuchar al Señor mismo por su Evangelio.

 Con cierto orden, no hay por qué temer el movimiento en la liturgia por el valor simbólico que tiene y porque la liturgia es actio, acción, y a veces, por tanto, movimiento.

  A los fieles les compete más directamente, en primer lugar, la procesión de ofrendas. En otros ritos, especialmente orientales, se realiza aquí la Gran Entrada, llevando el sacerdote y el diácono el pan y el cáliz, con incienso y velas, por toda la iglesia, hasta entrar en el santuario, detrás del iconostasio, mientras los fieles se inclinan y cantan, venerando ese pan y ese vino que se convertirán en el Cuerpo y Sangre del Señor. En nuestro rito hispano-mozárabe, saliendo del donario (el ábside a la derecha del presbiterio) los fieles aportan el pan y el vino necesarios, en una procesión solemne con cruz, cirios y el incienso por toda la iglesia hasta el altar.

 La costumbre cristiana es que todos debían aportar algo para la materia del sacrificio eucarístico, el pan y el vino necesarios para todos[2]. Esta aportación de los fieles en algunas regiones, especialmente en África y Roma, dio lugar a una procesión de los oferentes al altar aportando pan y vino mientras la schola entonaba un canto. Lo que se presentaba era sólo el pan y el vino, como señala un Concilio de Cartago: “Que en la celebración de la misa no se ofrezca más que lo que proviene de la tradición del mismo Señor, es decir, el pan y el vino mezclado con agua”[3]. Era una procesión solemne, radiante, la de los fieles llevando todos pan o vino al altar y siendo recibidos por los diáconos que los disponían en la Mesa santa; hecha la ofrenda cada cual volvía a su puesto[4]. Incluso una oración reza: “Colmamos de ofrendas tus altares, Señor”[5]: un altar, por lo general pequeño, se veía repleto de patenas con pan ofrecido y de un cáliz grande lleno de vino para luego comulgar todos con las dos especies.

  El pan y el vino sobrantes servía para las mesas de los pobres y de los sacerdotes; otras posibles ofrendas de alimentos no se llevaban jamás al altar sino que se depositaban antes de la Misa en el donario (rito mozárabe) o en la sacristía.

  Posee un alto significado espiritual expresado ya por san Ireneo (Adv. Haer. IV,18,2[6]). Los fieles en el pan y el vino que ofrecen se dan ellos mismos a Dios, se ofrecen a sí mismos en cuanto miembros del Cuerpo de Cristo. Porque se ofrecen pueden luego comulgar; quienes no podían comulgar, tampoco podían ofrecer. La presentación de los dones es la participación material en el sacrificio por parte de todos los fieles presentes con la cual Cristo quiere contar[7].

  Al altar se lleva el pan y el vino, y esa es la verdadera ofrenda, aportando cuantas patenas, cálices y vino y agua sean necesarios. Se desfigura su sentido y valor con los añadidos creativos (acompañados de moniciones que expliquen) de las llamadas “ofrendas simbólicas” (libros, guitarra, reloj, sandalias…). La ofrenda es el pan y el vino que concentra toda la creación y a todos los oferentes:

 “Este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 47).

  En el pan y vino presentados a Dios para ser consagrados, toda la creación está resumida, concentrada, y apuntando a su término final, la nueva creación:

  “Entonces, al contemplar más de cerca este pequeño trozo de Hostia blanca, este pan de los pobres, se nos presenta como una síntesis de la creación… La creación con todos sus dones aspira, más allá de sí misma, hacia algo todavía más grande. Más allá de la síntesis de las propias fuerzas, y más allá de la síntesis de la naturaleza y el espíritu que en cierto modo experimentamos en ese trozo de pan, la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 15-junio-2006).

  Algunos fieles, en nombre de todos, pueden llevar las ofrendas al altar (pan, vino y dones para la iglesia o los pobres) en procesión, uno tras otro, mientras se entona un canto. Es una noble sencillez, una procesión solemne y sin artificios y así la señala el Misal:

 “Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo…

 En seguida se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que sean presentados por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles, el sacerdote o el diácono las reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes las llevan al altar. Aunque los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual.

 También pueden recibirse dinero u otros dones para los pobres o para la iglesia, traídos por los fieles o recolectados en la iglesia, los cuales se colocarán en el sitio apropiado, fuera de la mesa eucarística” (IGMR 73).

 Además:

 “Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste por la presentación del pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, o de otros dones con los que se ayude a las necesidades de la iglesia o de los pobres… Al celebrante llevan el pan y el vino para la Eucaristía; y él los pone sobre el altar; pero los demás dones se colocan en otro lugar adecuado” (IGMR 140).

 Como ya antes recordábamos con la exhortación de Benedicto XVI, hay que evitar y suprimir definitivamente las “añadiduras superfluas” de las “ofrendas simbólicas” así como la monición que acompaña a cada ofrenda, otro añadido más, que interrumpe el ritmo de procesión e impide el canto. Tampoco es un “pase de modelos”, donde la primera pareja llega al presbiterio, se vuelve “al público” y levanta su ofrenda como un trofeo antes de entregarla, y cuando se retiran, comienza a caminar la segunda pareja por todo el pasillo hasta el altar, llegando girándose y elevando su “ofrenda” para que todos la vean, y así sucesivamente.

 El desarrollo es más sencillo y solemne a la vez:

 -Suena el órgano o se entona un canto de ofrendas

 -Todos en procesión caminan al altar llevando las ofrendas

 -Estas ofrendas serán la materia del sacrificio: todas las patenas o copones necesarios, ya sean dos, seis, diez… y el agua y vino (o bienes para la iglesia, como una casulla, un nuevo mantel, etc., o para los pobres)

 -Al pie del altar o en la sede las recoge el sacerdote que preside

 -Sobre el altar sólo se coloca el pan y el vino; las demás ofrendas siempre en otro lugar, jamás sobre el altar.

  Hay otra procesión, tradicional, en la que participan todos los fieles, es la procesión de la comunión, e ir en procesión, ordenadamente, por el pasillo central para comulgar, es ya participar.  Ciertamente, con orden, sin ser una carrera, ni colarse, ni empezar a ceder el puesto a otros como si fueran los asientos del autobús. Nada nuevo bajo el sol: ya san Juan Crisóstomo tenía que amonestar a sus fieles para que fuesen ordenadamente en procesión, sin atropellarse. Decía:

 “Cuando vosotros os acercáis a la sagrada mesa, no guardáis el respeto debido…: golpeáis con los pies, os impacientáis, gritáis, os injuriáis el uno al otro, empujáis a vuestros vecinos; en suma, armáis un gran desorden… En el circo, bajo el mandato del heraldo, está en vigor una disciplina mucho mayor. Si, por tanto, se observa un orden en medio de las pompas del demonio, cuánto más debiera existir junto a Cristo”[8].

 Es una procesión donde todos, con orden, caminan hacia el altar. “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío” (Sal 41) y el pueblo cristiano acude a la fuente viva del altar; “me acercaré al altar de Dios” (Sal 42) y el pueblo cristiano se encamina para tomar el Pan de la vida. Son los fieles los que se acercan al presbiterio: “Cuando te presentas”[9], “cuando te acerques, no avances con las manos extendidas ni los dedos separados, sino haz de tu mano izquierda un trono…”[10], “el obispo comulgue y luego los presbíteros, los diáconos… y finalmente todo el pueblo en buen orden, con respeto, en adoración y sin ruido”[11].

   La procesión de la comunión es tradicional en todas las liturgias; son los fieles los que se acercan a las puertas del santuario o del iconostasio, los que se acercan al presbiterio, para recibir allí el Cuerpo y la Sangre del Señor. La Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo llama a los fieles que estén dispuestos a que se acerquen: el diácono, teniendo en sus manos el Santo Cáliz, pronuncia: “Con temor de Dios y fe acercaos.”Los fieles se inclinan ante el Santo Cáliz, como ante el mismo Salvador, mientras el coro entona, en nombre de todos: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Dios, el Señor, se nos ha aparecido”. Los fieles que van a comulgar, con una previa inclinación, oran a media voz, acompañando al sacerdote. En nuestro rito hispano-mozárabe, el diácono llamaba a la comunión, ¡qué costumbre tan oriental!, diciendo: “Locis vestris, accedite!” (“acercaos desde vuestros sitios”) y el canto para la comunión se llama “ad accedentes”, es decir, para cuando acceden, se acercan, al altar para la Comunión (“Gustad y ved qué bueno es el Señor…”). El rito romano entonó un salmo con una antífona mientras los fieles avanzaban en procesión para comulgar.

  Comulgaban según los distintos órdenes, es decir, primero el Obispo, luego los presbíteros, diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, ascetas; después a las mujeres de algún modo consagradas a Dios: diaconisas, vírgenes y viudas; después los niños y por último, al resto del pueblo[12].

  Como siempre en la estructura del rito romano, la secuencia ritual es procesión – canto – oración que cierra ese movimiento. Así ocurre en el rito de entrada (procesión, canto y oración colecta), en la presentación de los dones (procesión, canto y oración sobre las ofrendas) y en el rito de comunión (procesión, canto y oración de postcomunión).

  Ahora, nosotros, siguiendo el Misal, recordemos en primer lugar que el modo habitual romano es caminar en procesión para recibir el Cuerpo de Cristo (y la Sangre del Señor, distribuida por el diácono); en segundo lugar, que hay que caminar ordenadamente, sin prisas, sin atropellarse; y en tercer lugar, que se avanzan cantando, participando del canto que ayuda a orar.

 “Mientras el sacerdote toma el Sacramento, se inicia el canto de Comunión, que debe expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de quienes comulgan, manifestar el gozo del corazón y esclarecer mejor la índole “comunitaria” de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga mientras se distribuye el Sacramento a los fieles. Pero si se ha de tener un himno después de la Comunión, el canto para la Comunión debe ser terminado oportunamente” (IGMR 86-87).

 “Índole comunitaria de la procesión para recibir la Eucaristía”: esta procesión de los fieles al altar es ya una participación activa, consciente, interior, plena, fructuosa.

 Por eso, desterremos la idea de que participar es “leer” algo en un atril o intervenir y si no, no se participa. La participación de los fieles en la liturgia también es caminar en procesión, ya sea aportando la materia del sacrificio y sólo la materia del sacrificio (pan, vino y agua), ya sea caminando en procesión para comulgar.

 

 



[1] “Peregrinando todavía sobre la tierra, siguiendo de cerca sus pasos en la tribulación y en la persecución” (LG 7). “Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso” (LG 9).

[2] S. Cipriano amonesta a una matrona que no aportó nada: “Eres rica y acomodada, y te atreves a celebrar la “cena del Señor”, tú que te presentas… sin la ofrenda y que recibes una parte de la ofrenda traída por un pobre. Considera la viuda del evangelio…” (Lib. de op. et eleem., 15). San Agustín recuerda que su madre no pasaba ningún día sin presentar su ofrenda al altar (Conf. 5,9).

[3] Canon 23 (año 397).

[4] “Evidentemente, el gesto de toda una muchedumbre de fieles llevando en las manos, veladas por un cándido lienzo, fanonibus candidis, su correspondiente porción de pan, oblationis coronam, y dirigiéndose ordenadamente hacia el altar para poner la ofrenda en manos del obispo o del arcediano, debía de ser una ceremonia solemne e impresionante. Puede dar una idea la serie de los mártires y de las vírgenes representados sobre las paredes de San Apolinar el Nuevo, de Rávena, que se dirigen, según la visión del Apocalipsis, con sus coronas hacia el altar”, RIGHETTI, M., Historia de la liturgia, BAC, Madrid 1956, p. 270s.

[5] Super oblata, Misa vespertina de la vigilia de San Juan Bautista.

[6] “No se condena, pues, el sacrificio en sí mismo: antes hubo oblación, y ahora la hay; el pueblo ofrecía sacrificios y la Iglesia los ofrece; pero ha cambiado la especie, porque ya no los ofrecen siervos, sino libres. En efecto, el Señor es uno y el mismo, pero es diverso el carácter de la ofrenda: primero servil, ahora libre; de modo que en las mismas ofrendas reluce el signo de la libertad…”

[7] “El milagro realizado por el Señor contiene una invitación explícita a cada uno para dar su contribución. Los cinco panes y dos peces indican nuestra aportación, pobre pero necesaria, que él transforma en don de amor para todos”, Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 7-junio-2007.

[8] S. Juan Crisóstomo, Hom. in bapt. Chr., 4 (PG 49,370).

[9] S. Ambrosio, De Sacr., 4,25.

[10] S. Cirilo de Jerusalén, Cat. Mist. V,27.

[11] Constituciones Apostólicas VIII, 13. 14-17.

[12] Cf. Constituciones Apostólicas, VIII, 13.

16.11.17

¡Qué menos que cantar el sacerdote los textos propios!

  El canto no es un añadido de la liturgia, sino que pertenece a su misma naturaleza. Es expresión de solemnidad, de oración ferviente, de amor al Señor. Así se potencia la vida y la espiritualidad litúrgicas.

 Sería una gran reducción pensar que el canto es algo que atañe sólo al coro parroquial y que hay canto en la Misa si hay coro, y si no, no se canta. Porque antes que los cantos que debe entonar el coro, hay otros elementos que de por sí se pueden cantar y que pertenecen al sacerdote, haya coro parroquial o no lo haya.

 Dice la Ordenación General del Misal Romano:

 40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa,atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas feriales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.

 El primer nivel de canto, la mayor importancia, son aquellas partes en que el pueblo responde al canto del sacerdote y aquellas en que sacerdote y fieles cantan juntos. Hasta aquí todo clarísimo.

 Es lo que ya decía la Instrucción Musicam sacram cuando establecía diversos niveles en el canto. En el primer grado, Musicam sacram señalaba, en el n. 29:

a)      En los ritos de entrada: el saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo. La oración [colecta].

b)      En la liturgia de la Palabra: las aclamaciones al Evangelio.

c)      En la liturgia eucarística: La oración sobre las ofrendas. El prefacio con su diálogo y el Sanctus. La doxología final del canon. La oración del Señor –Padrenuestro- con su monición y embolismo. El Pax Domini. La oración después de la comunión. Las fórmulas de despedida.

   Estos son los primeros y principales elementos, lo menos que se podría cantar en una solemnidad. No dependen del coro, sino del ejercicio ministerial: es el sacerdote, y el diácono, que cantan y reciben la respuesta de los fieles. Y esto se puede hacer en cualquier Misa dominical. Lo que no es comprensible es que siempre, absolutamente, el sacerdote abdique de la posibilidad del canto y todo se reduzca a lo que haga el coro.

  Es extraño, desde el punto de vista litúrgico, celebrar una Misa solemne, con coro y órgano, y que el obispo o el sacerdote no canten los saludos, ni las oraciones, ni el prefacio, ni la doxología… Es realmente algo anómalo.

  Lo mismo que, si no hay coro parroquial, ya por ello no haya canto alguno durante la Misa dominical. ¿Es que los textos propios que corresponden al sacerdote no se pueden cantar? ¿Acaso el canto del ofertorio o de la comunión es más importante e imprescindible que cantar el prefacio un domingo?

   Sugiero que, al menos, en los domingos del Tiempo Ordinario, el sacerdote cante –repito, haya coro o no- algunas de las partes que le corresponden:

-El Prefacio y el Santo

-Las palabras de la consagración (con la notación musical en el Apéndice del Misal)

-La aclamación: “Este es el Sacramento de nuestra fe”.

-La doxología: “Por Cristo…”

 ¡Qué menos que eso!

 Los domingos de tiempos fuertes, sumarle, al menos, las tres oraciones de la Misa: colecta, ofrendas y postcomunión.

En las solemnidades, ir añadiendo más elementos: el canto del saludo inicial de la Misa, las aclamaciones del Evangelio…

 Mejoraría, sin duda, la calidad de nuestras celebraciones litúrgicas, lograría que todos cantasen respondiendo (y eso es participar) y no vincularíamos el canto sólo a la posibilidad de que haya o no un coro parroquial.