10.05.17

¡¡Delante de Dios!! (Sacralidad - III)

La liturgia se celebra para Dios, ante Dios, delante de Dios. La liturgia es el actuar de Dios en la Iglesia: sigue hablando-revelándose, sigue comunicando su gracia, sigue entregándose. A Él escuchamos en la liturgia, a Él nos dirigimos y oramos con las oraciones de la liturgia y el canto de los salmos, ante Él estamos en amor y adoración, a Él lo recibimos y acogemos.

Así la liturgia será sagrada y bella cuando lejos de convertirla en un discurso moralista constante, o en una catequesis didáctica, o en una reunión festiva donde nos celebramos a nosotros mismos, reconocemos la presencia de Dios en la liturgia, el primado de Dios, y somos conscientes de que estamos ante Dios mismo. ¡Es obra de Dios la liturgia!

 Esta primacía de Dios en la liturgia se descubre si miramos bien a Dios en la liturgia en vez de mirarnos unos a otros. Sólo Dios puede ser el protagonista de la liturgia y por ello la liturgia se vuelve sagrada y bella, y se cuida:

 “En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es obra de Dios, con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la santa liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres” (Benedicto XVI, Disc. a los monjes de la abadía de Heiligenkreuz, 9-septiembre-2007).

 La naturaleza de la liturgia nos lleva a descubrir gozosamente que es una acción sagrada ante Dios y con Dios, siendo Dios el centro único. La liturgia es la Iglesia en oración con el Señor; de ahí sus oraciones, prefacios, plegarias solemnes con los cuales el único sujeto-Iglesia une a todos en un solo “Yo” eclesial para dirigirse a Dios; de ahí también la importancia de las lecturas bíblicas y del Evangelio mismo con los que Dios habla a su pueblo y el pueblo cristiano responde con la oración, el silencio y el canto.

 Podría decirse que la liturgia es dialógica, es decir, entabla un diálogo orante y de fe entre Dios y su pueblo, entre Cristo y su Esposa. Estamos, con reverencia, con adoración, ante el Misterio mismo de Dios.

 Esta perspectiva queda totalmente desdibujada cuando introducimos una visión muy opuesta: una liturgia que parece más una fiesta en la que la comunidad se celebra a sí misma; en vez de ser Dios el centro, se convierte en centro a la propia comunidad; en lugar de oración-diálogo de Dios con su pueblo, se convierte en diálogo y acción interactiva entre los asistentes como si fuera una puesta en común, un congreso donde se habla, una charla informal entre todos (de ahí: la proliferación y verborrea de moniciones en cualquier momento; las homilías dialogadas; la intervención espontánea de cualquiera en la homilía, en las preces o en la “acción de gracias”, etc). Cuando esto ocurre, se rompe la sacralidad de la liturgia para convertirse en algo humano, en terapia grupal, en un acto que refuerce la identidad del grupo… Los elementos que contribuyen a la solemnidad desaparecen, se omite cualquier silencio sagrado, y las oraciones litúrgicas, dirigidas a Dios, se despachan velozmente porque no se les ve sentido ni función alguna.

 Se pasa así de estar todos mirando al Señor, vueltos a Dios, a estar mirándose la comunidad a sí misma, autocomplaciente, encantada con su “compromiso cristiano”, celebrando lo bueno que son todos. Es palpar cómo la teología se ha pervertido en sociología, la espiritualidad pervertida en espectáculo. Es el dato estremecedor que se ve en muchas liturgias hoy:

“A veces se advierten celebraciones litúrgicas, bellas y atractivas en su desarrollo ritual, pero al final desazonan, porque dan la impresión que el centro de toda la celebración sea, no la gloria del Padre de nuestro Señor Jesucristo, sino la misma comunidad, y no tanto la santificación de las personas, sino su satisfacción grupal” (Rodríguez, P., La sagrada liturgia en la escuela de Benedicto XVI, Roma 2014, 304-305).

 Hay que rebajar el protagonismo de los asistentes en la liturgia y acentuar más el protagonismo del mismo Señor. Hay que dejar de mirarse unos a otros, dando cada cual su opinión o interviniendo “espontáneamente”, para ungir la liturgia con el respeto y la sacralidad, con la mirada de todos hacia un único punto: Dios actuando y santificando.

  Así la liturgia no tiene que estar inventándose una y otra vez, ni introducir algún elemento nuevo para captar la atención y ser creativo, ya que la liturgia no es algo “nuestro”, una actuación humana a gusto de los asistentes, sino que es Dios quien obra, actúa, interviene. Se trata de no quitar a Dios para ponerse en su lugar los asistentes, sino que todos juntos adoran a Dios, lo escuchan, se dejan santificar.

 “Debemos tener presente y aceptar la lógica de la Encarnación de Dios: él se hizo cercano, presente, entrando en la historia y en la naturaleza humana, haciéndose uno de nosotros. Y esta presencia continúa en la Iglesia, su Cuerpo. La liturgia, entonces, no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino que es la presencia viva del Misterio pascual de Cristo que trasciende y une los tiempos y los espacios. Si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, no tendremos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora. Dios obra por medio de Cristo y nosotros no podemos obrar sino por medio de él y en él. Cada día debe crecer en nosotros la convicción de que la liturgia no es un ‘hacer’ nuestro o mío, sino que es acción de Dios en nosotros y con nosotros” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).

 

4.05.17

Mini-vigilias pascuales (y II)

Vigilia Pascual

4.      La música callada

Pérdida y pobreza en la Vigilia pascual, es reducir o minimizar el canto. El canto litúrgico da solemnidad, favorece la contemplación, eleva el espíritu, aúna a los fieles en un mismo corazón, logra una mejor participación, interior y exterior, activa y fructuosa.

Pero también, aquí, hallamos mini-vigilias, o vigilias empobrecidas, que teniendo coro parroquial, se limitan al mínimo, y de un año para otro no tienen voluntad de enriquecerse, aprender más para celebrar mejor.

La procesión inicial es muy sugerente: en la noche, sólo el cirio pascual ilumina y avanza desde el atrio al altar por el pasillo central. Pero si el recorrido es largo, entre las distintas aclamaciones “Lumen Christi-Deo gratias”, se hace un silencio que en este caso resulta casi pesado cuando es una procesión de alegría y alabanza. Mejor sería cantar: “Nada impide que a las respuestas: “Demos gracias a Dios” se añada alguna aclamación dirigida a Cristo” (Carta, n. 83). Podría ser, perfectamente, el antiguo himno griego: “Oh luz gozosa” de forma que la procesión se convierta en algo festivo aclamando a Cristo Luz.

Si ya es habitual reducir el número de lecturas, no digamos nada del modo de realización de los salmos. A algunos ya les parece un grandísimo esfuerzo y todo un logro cantar la respuesta de cada salmo. Pero eso es claramente insuficiente. El canto del salmo responsorial de cada lectura ayuda a la meditación de la historia de la salvación. Lo normal, no lo excepcional, es que un salmista cante cada estrofa. Para eso, de una Vigilia a otra hay un año, donde se puede ensayar y avanzar, máxime si tenemos en cuenta que los salmos son fijos, los mismos en cada Vigilia. Y por supuesto “evítese con todo cuidado que los salmos responsoriales sean sustituidos por cancioncillas populares” (Carta, n. 86).

Cuestión distinta es el órgano. En Cuaresma sólo puede sonar para sostener el canto, a excepción del IV domingo, Laetare que puede resonar anticipando la alegría de la Pascua; el Viernes Santo no suena las campanas ni suena el órgano; así, en el Jueves Santo “terminado el “Gloria” y hasta la Vigilia pascual, es antigua costumbre prescindir totalmente del órgano e instrumentos. El organista dejaba el órgano y se unía a los cantores” (Directorio Canto y música en la celebración, n. 217). Pero ninguna rúbrica hoy prohíbe el órgano en la Vigilia pascual ni determina que esté mudo hasta el “Gloria”. Por tanto, los salmos pueden muy bien ser acompañados con el órgano en una noche tan festiva.

 5.      Efectos teatrales

  Se ha introducido una distorsión, el jugar con las luces eléctricas, exagerando el canto del “Gloria” en el paso de las lecturas del AT al NT. En el tercer “Luz de Cristo” han encendido algunas luces de la iglesia…, pero no todas; ahora, con el canto del “Gloria”, suenan las campanas, encienden los cirios del altar y encienden por fin todas las luces de la iglesia. Pero no es éste el momento.

 El primer rito de la Vigilia pascual es el lucernario, rito con el cual se bendecía a Dios por la luz al encender la basílica para el oficio litúrgico. Este lucernario tan habitual en los primeros siglos –y que hoy permanece en algunos ritos como, por ejemplo, el ambrosiano- en nuestro rito romano ha quedado sólo para la Vigilia pascual. Al tercer “Lumen Christi”, dice el Misal, “se encienden las luces de la iglesia”. Todo queda así ya iluminado desde el principio con este rito y no hay que esperar al canto del “Gloria”.

 ¿Entonces qué hay que hacer durante el canto del “Gloria”? Según las costumbres del lugar, se pueden tocar las campanas –mudas desde el Jueves Santo- anunciando la gloria del Resucitado. Esto es propio del Triduo pascual, que toca las campanas en el “Gloria” del Jueves Santo, y quedan silenciadas hasta el “Gloria” de la Vigilia pascual; imitando esto, como un nuevo abuso, algunos tocan las campanas en la Misa de medianoche de Navidad… Mientras suenan las campanas y todos cantan el himno “Gloria a Dios”, se encienden los cirios del altar (cf. Caeremoniale episcoporum, n. 349).

6.    La parte bautismal para todos

Sabemos bien cómo la Cuaresma es un ejercicio mortificado de renovación interior, de penitencia y expiación para ser renovados en la santa Pascua, haciendo memoria de nuestro bautismo. Llega el momento de hacerlo tras la liturgia de la Palabra. Pero también aquí, en ocasiones, es todo minimizado.

 Si hay bautismos, sea de niños, sea de adultos, una vez cantada la letanía de los santos y bendecida el agua bautismal, se les pide a ellos, sólo a los catecúmenos, la profesión de fe y luego se les bautiza, se les reviste con la vestidura blanca, se les entrega el cirio encendido y, finalmente, se les crisma en la frente recibiendo el sacramento de la Confirmación. Entonces es cuando se procede a la renovación del bautismo de todos los fieles presentes. Pero ocurre que a veces se confunden los momentos y a la vez que a los catecúmenos, se les pide a los fieles su renovación. Son dos momentos distintos (cf. Caeremoniale episcoporum, n. 368).

 Entonces se realiza la aspersión de los fieles mientras se entona un canto apropiado. Sería empobrecedor omitir la aspersión con el agua bautismal a los fieles por las naves del templo (tampoco pasar al otro extremo: que se convierta casi en un recreo festivo, asperjando y saludando…). En la iglesia catedral, por ejemplo, las rúbricas ofrecen la posibilidad de que junto al obispo asperjando, se le unan otros presbíteros que vayan también realizando la aspersión (Caeremoniale, n. 369) de modo que sea un rito ágil y se pueda llegar a todos los fieles.

7.     El rito eucarístico, ¿solemne o precipitado?

Aquí, cuando llega la última parte de la Vigilia pascual, suelen entrar las prisas y el deseo de acelerar, suprimiendo la solemnidad propia de la Eucaristía pascual.

Para empezar, todo lo que es cantable sería conveniente cantarlo: el prefacio, las palabras de la consagración, la aclamación, la doxología final con el solemne “Amén”; también es triste ver en esta noche santísima que se emplee la plegaria eucarística II por ser la más breve, como un día ferial cualquiera, cuando, con diferencia, sería el Canon romano (o Plegaria eucarística I) y sus embolismos propios lo más apropiado.

Finalmente, la santa comunión, donde recibimos al Señor mismo resucitado en las especies consagradas. Es sumamente apropiado en esta noche recibir la comunión con las dos especies. Sin embargo, por ahorrar tiempo, es frecuente que no se haga. Sigamos el consejo de la Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales:

“Es muy conveniente que en la comunión de la Vigilia pascual se alcance la plenitud del signo eucarístico, es decir, que se administre el sacramento bajo las especies del pan y del vino” (n. 92).

Y en general, atender a este principio:

“Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy conveniente que todos los ritos y las palabras que la acompañan alcancen toda su fuerza” (n. 91).

8.      La enseñanza y preparación

Para vivir fructuosamente estos ritos del Triduo pascual y, muy especialmente, de la Vigilia pascual, es necesaria una previa preparación catequética y espiritual. Ya se nos advierte:

“Para poder celebrar la Vigilia pascual con el máximo provecho, conviene que los mismos pastores hagan lo posible para comprender mejor tanto los textos como los ritos, a fin de poder dar una mistagogia que sea auténtica” (Carta, n. 96).

El tiempo de Cuaresma debe estar pendiente y volcado en vivir con fruto el santísimo Triduo pascual. Los tesoros de la liturgia son tesoros de vida espiritual, de vida cristiana, y deben desgranarse, explicarse paso a paso, para que todos y cada uno puedan vivirlo con gozo del alma.

 La preparación del Triduo pascual, y especialmente de la Vigilia pascual, no puede reducirse a la elección de lectores y revisar con el coro los cantos, a las flores y tener velas suficientes para los asistentes, sino que debe incluir, para todos, una preparación mistagógica.

 El hecho mismo de estas mini-vigilias pascuales, sea en el horario, sea en la forma de celebrarla, muestran claramente la insuficiente comprensión de la liturgia:

“Sin duda, estas dificultades derivan de la formación todavía insuficiente, tanto del clero como de los fieles, sobre el misterio pascual en su realidad de centro del año litúrgico y de la vida cristiana” (Carta, n. 3).

  La Cuaresma es el gran tiempo de catequesis: para los catecúmenos, para los bautizados que no han completado la Iniciación cristiana, para todos los bautizados. Durante la Cuaresma se ofrece la preparación a los grandes sacramentos:

“Debe darse, sobre todo en las homilías del domingo, la catequesis del misterio pascual y de los sacramentos, explicando con mayor profundidad los textos del Leccionario y, de modo especial, las perícopas evangélicas, que aclaran los diversos aspectos del bautismo y de los demás sacramentos, así como la misericordia de Dios” (Carta, n. 12).

 Los sacerdotes predicarán más y con más frecuencia, con mayor empeño (cf. Carta, n. 13). Además, “los pastores no dejen de explicar a los fieles, del mejor modo posible, el significado y la estructura de las celebraciones [del Triduo pascual], preparándoles a una participación activa y fructuosa” (Carta, n. 41). Esta tarea parece que está pendiente… Sin embargo, ¡cuánta predicación cuaresmal! Hay que saber aprovecharla: homilías, charlas cuaresmales, predicaciones en quinarios, retiros, etc., así como la catequesis semanal de adultos, sesiones de formación de los grupos, o la catequesis de confirmación y jóvenes, la escuela de catequistas, etc.

 Explicar cada celebración paso a paso, mistagógicamente: su estructura y sus partes, el sentido que tienen, su origen, viendo también cada una de las lecturas bíblicas… y la incidencia espiritual en la vida de cada rito, su significado espiritual. ¡Esto es mistagogia de los ritos! Cuando se hace, son los fieles los que rechazan de plano las mini-vigilias pascuales, y quieren una liturgia válida, amplia, que la puedan vivir y disfrutar, dando gloria a Dios.

 Hagámoslo. Demos estos pasos. Descubriremos cómo la liturgia es verdadera pastoral y conduce a fuentes de agua viva.

 

25.04.17

Mini-vigilias pascuales (I)

Vigilia Pascual

La gran celebración anual de la Iglesia es la santa Pascua de su Señor; una vigilia nocturna que transcurre en su honor, y que recuerda e imita a las vírgenes que, con las lámparas encendidas, aguardaban la vuelta del Esposo (Mt 25). Este oficio anual requiere, por su propia naturaleza, todo el despliegue de solemnidad y de amor de la Iglesia. La Vigilia pascual es un tesoro de fuerza espiritual, litúrgica y pastoral.

El Misal romano, en las rúbricas iniciales de la Vigilia pascual (n. 3), ofrece un resumen hermoso del sentido de esta santísima liturgia:

“Según antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que en ella se celebra para conmemorar la noche santa de la resurrección del Señor, es considerada como la madre de todas las santas vigilias. En ella la Iglesia velando espera la Resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la Iniciación cristiana”.

Hay que ser muy cuidadoso, y tener un gran celo pastoral, para que la Vigilia se celebre correctamente, desplegando la fuerza de su simbolismo, la grandeza de sus ritos, sin minimizarlos, permitiendo que esta liturgia toque el alma y sea vivida por todos con unción y gozo espiritual.

Pero se ve, por aquí y por allá, de una forma o de otra, que la Vigila pascual se está reduciendo, empobreciendo paulatinamente. Se convierten muchas de ellas en mini-vigilias, y esto hay que afrontarlo, corregirlo, porque está en juego el bien de las almas: ¿acaso la pastoral no es buscar este bien?

Veamos algunos elementos, de distinta y desigual importancia, a veces incluso detalles, que hacen que la Vigilia se esté reduciendo en su belleza.

 1.      El carácter nocturno

La Vigilia pascual es un oficio nocturno, se desarrolla cuando no hay luz del día, cuando es de noche. No es un oficio vespertino, al atardecer, sino nocturno, como otros muchos momentos de la vida de la Iglesia, por ejemplo, la Misa de medianoche de Navidad, o la fidelidad de la Adoración Nocturna.

Adelantarlo a la tarde es empobrecer la Vigilia, vaciarla de su sentido y reducir el Sábado Santo robándole horas a un día de oración y espera junto al sepulcro. Convertir la Vigilia pascual en una Misa vespertina más de sábado por la tarde le quita fuerza a su excepcionalidad, a su carácter único.

“Esta regla [la nocturnidad] ha de ser interpretada estrictamente. Cualquier abuso o costumbre contrario que poco a poco se haya introducido, y que suponga la celebración de la Vigilia pascual a la hora en que habitualmente se celebran las misas vespertinas antes de los domingos, han de ser reprobados” (Cong. Culto divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n. 78).

 Incluso el episcopado español, en 1988, por medio de su Comisión permanente, sacó una nota sobre “El horario y otros aspectos de la Vigilia pascual”, en que señalaba:

“La Vigilia pascual debe celebrarse en las horas nocturnas también por su carácter extraordinario. La tendencia actual, que parece extenderse en algunos lugares, de convertir la Vigilia pascual en una misa vespertina, constituye una desvirtuación de aquélla. Hay que reconocer que en algunos lugares se va prescindiendo del simbolismo de la noche y se hace caso omiso de la clara normativa del Misal. En no pocos lugares, en efecto la Vigilia pascual se adelanta tanto y se celebra tan abreviadamente que pierde el carácter de velada de espera y de celebración extraordinaria”.

  Es verdad, y es comprensible, que muchos sacerdotes tienen que celebrar en dos sitios diferentes, y una de las Vigilias ha de comenzarla antes sin más remedio, pero esto debería ser la absoluta excepción, no lo generalizado. Además, en muchas ocasiones, se celebran Vigilias adelantadas a la tarde del sábado para dar abasto en muchos pueblos y aldeas y que cada una tenga su propia celebración pascual, la cual, por muy buena intención que se tiene, resulta pobre: carece de canto, de suficientes lectores y acólitos, etc., cuando lo mejor sería juntar en una iglesia más principal a distintas parroquias pequeñas, disfrutando todos de una Vigilia pascual con mayor despliegue litúrgico.

 La Carta de la Congregación para el Culto divino sobre las fiestas pascuales advertía: “Es de desear que, según las circunstancias, se plantee la posibilidad de reunir en una misma iglesia diversas comunidades, cuando, por razón de la cercanía de las iglesias o del reducido número de participantes no es posible asegurar para cada una separadamente una celebración plena y festiva” (n. 94).

 2.      La reducción dramática

Tradicionalmente, también en la liturgia romana, las lecturas bíblicas eran muy abundantes, doce, y en el estadio más antiguo de la liturgia, cada una de ellas leída en latín y en griego (pensando en los fieles presentes de distinta lengua). Es un desarrollo amplísimo de la liturgia de la Palabra.

Actualmente, siete son las lecturas del AT, y dos del NT, la del Apóstol y el Evangelio, con los correspondientes salmos cantados. No es algo excesivo. Sin embargo, también en este aspecto, estamos viviendo mini-vigilias pascuales. Se da por hecho en todas partes que es mejor reducir lecturas y se ha convertido en el uso habitual en muchas parroquias, en conventos… y hasta en la misma Basílica vaticana de San Pedro.

 Tal vez en algunas parroquias con menor asistencia de fieles, o más pobre espiritualmente, se podrían reducir las lecturas, pero debe ser lo excepcional, no lo normal. En conventos de monjas contemplativas sería un sinsentido: las monjas de clausura disfrutan de la liturgia, y es raro que las monjas mismas quieran quitar lecturas. En las parroquias es cuestión de ir educando y habituando a todos al esplendor de la liturgia y a la escucha orante de la Palabra.

 A veces, con mal criterio “pastoral”, deducimos o imaginamos que la gente se cansa, se aburre, no entiende nada… y decidimos recortar. Tal vez nos sorprenderíamos de lo que los fieles llegan a gustar y entender, más de lo que los “pastoralistas” se imaginan, si la liturgia se hace bien. Pero es que además, aunque volvamos sobre ello más adelante, para eso está la catequesis de adultos, las predicaciones cuaresmales, retiros espirituales, formación, etc., para preparar espiritualmente estos momentos y ofrecer una explicación litúrgica y espiritual.

 Al final, con tanto recorte, la liturgia de la Palabra de la Vigilia no es una meditación de la historia de la salvación con 9 lecturas, sino una liturgia de la Palabra más parecida a la de cualquier Misa dominical (con tres lecturas). ¡Sea abundante la Palabra proclamada y dejemos que el Espíritu Santo con su voz resuene en los corazones!

 El Misal mismo nos ofrece la clave de cómo vivir esta liturgia de la Palabra con la monición obligatoria que dirige el sacerdote (o el obispo), sentado en su sede:

“Hermanos: Con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche santa de la resurrección del Señor. Escuchemos, en silencio meditativo, la palabra de Dios. Recordemos las maravillas que Dios ha realizado para salvar al primer Israel, y cómo en el avance continuo de la Historia de la salvación, al llegar los últimos tiempos, envió al mundo a su Hijo, para que, con su muerte y resurrección, salvara a todos los hombres. Mientras contemplamos la gran trayectoria de esta Historia santa, oremos intensamente, para que el designio de salvación universal, que Dios inició con Israel, llegue a su plenitud y alcance a toda la humanidad por el misterio de la resurrección de Jesucristo”.

 3.      La novedad y el cirio pascual

Resucitando el Señor, todo es nuevo. “He aquí que todo lo hago nuevo” (Ap 21,5) dice Cristo. Aquí y ahora se renueva la faz de la tierra. Esta novedad se plasma en la liturgia de varias formas, una de ellas es el fuego nuevo que se enciende, se bendice y del que se alumbra el cirio pascual. También lo será el agua bautismal que se bendecirá solemnemente en esta noche.

 Pero sobre todo es el cirio el que señala la novedad, la renovación de todo por la santa Pascua. Una mini-vigilia pascual tiende a reducirlo todo, también el simbolismo del cirio. En vez de ser un cirio nuevo, de cera, que va a arder y consumirse en honor del Señor, en algunos lugares se aprovecha cicateramente el cirio pascual del año anterior, raspando sólo el año; en otros lugares, se emplea un cirio falso, de plástico, con el sistema de cera líquida… No parece entonces que el cirio pascual resplandezca con su centralidad y valor litúrgico y espiritual.

 Con estas claves podemos comprender lo que determinan las rúbricas:

“Prepárese el cirio pascual que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nuevo cada año, único relativamente grande, nunca ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo es la luz del mundo” (Carta, n. 82).

 Destacando la cruz, el alfa y la omega, el año en curso (y los granos de incienso clavados, que son optativos), el cirio se puede adornar y pintar pero sin que lo central (la cruz y lo demás) se pierdan o se oculten o se disimulen. Algunos son obras preciosas, y conozco incluso un Monasterio que en el coro alto han conservado dignamente los cirios pascuales de un año y otro.

 

21.04.17

Las abejas, el cirio pascual (y hasta Pío XII)

Las abejas, ¿qué hacen en el Pregón pascual?

Sí, es que están las abejas laboriosas mencionadas en el canto del pregón pascual, aunque algunas versiones cantadas omiten dicho párrafo.

 "En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas.

 Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz,no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

 ¡Que noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra,lo humano y lo divino!”

 Es simpático el párrafo, y es antiguo. La cera pura la ha elaborado la abeja laboriosa, símbolo de la virginidad, y son recordadas en el pregón pascual. 

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17.04.17

El cirio pascual

Cirio pascual

“El cirio pascual, que tiene su lugar propio junto al ambón o junto al altar, enciéndase al menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad de este tiempo, tanto en la misa como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés. Después ha de trasladarse al bautisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados. En las exequias, el cirio pascual se ha de colocar junto al féretro, para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua.

El cirio pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el presbiterio”.(Cong. Culto Divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n. 99).

El cirio pascual es uno de los grandes signos de la Pascua.

La Tradición litúrgica poco a poco le fue dando cada vez mayor realce encendiéndolo de un fuego nuevo en la Vigilia pascual y anunciando la Pascua con la laus cerei o praeconium paschale, el canto del Pregón pascual. El cirio, hermoso, relativamente grande, era depositado en un hermoso candelabro, bien labrado, embellecido con buenos materiales, construido al lado del ambón. El lugar propio del cirio es junto al ambón. Lo vemos incluso en la historia del arte, que del mismo material y corte del ambón fabricaba artísticamente el candelabro del cirio pascual.

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