17.04.17

El cirio pascual

Cirio pascual

“El cirio pascual, que tiene su lugar propio junto al ambón o junto al altar, enciéndase al menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad de este tiempo, tanto en la misa como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés. Después ha de trasladarse al bautisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados. En las exequias, el cirio pascual se ha de colocar junto al féretro, para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua.

El cirio pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el presbiterio”.(Cong. Culto Divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n. 99).

El cirio pascual es uno de los grandes signos de la Pascua.

La Tradición litúrgica poco a poco le fue dando cada vez mayor realce encendiéndolo de un fuego nuevo en la Vigilia pascual y anunciando la Pascua con la laus cerei o praeconium paschale, el canto del Pregón pascual. El cirio, hermoso, relativamente grande, era depositado en un hermoso candelabro, bien labrado, embellecido con buenos materiales, construido al lado del ambón. El lugar propio del cirio es junto al ambón. Lo vemos incluso en la historia del arte, que del mismo material y corte del ambón fabricaba artísticamente el candelabro del cirio pascual.

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13.04.17

Estilo de la Oración de los fieles (III)

Las intenciones se proponen a los fieles para que ellos oren, por tanto, es un lenguaje que tiene por interlocutor a la asamblea santa. Se trata de señalar la intención, marcar la dirección de la oración, sin grandes artificios y, por supuesto, sin convertir este momento en una catequesis o en un discurso para explicar lo que hay que pedir. Normalmente lo más adecuado serían fórmulas así:

  1. Encabezadas “Por…”: “Por la Iglesia, por el papa, por el colegio episcopal, los presbíteros y diáconos. Roguemos al Señor”.
  2. Encabezadas señalando el fin de la petición “Para que…”: “Para que los pobres sean socorridos, los enfermos aliviados. Roguemos al Señor”.
  3. O como fórmula diaconal: “Oremos por…”, “Pidamos por…”: “Oremos por los enfermos y quienes los atienden, por los hospitalizados y por los agonizantes”; “Pidamos por los catequistas y por sus grupos; pidamos por los padres y madres de familia”.

Estos son los tres modos que hallamos en las intenciones de diferentes rituales y celebraciones litúrgicas, que, por tanto, sirven de pauta y modelo para todos.

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7.04.17

Jesús no abolió lo sagrado (Sacralidad - II)

Una mala teología, de influencia protestante liberal, insiste y repite que Cristo abolió lo sagrado y ya no hay diferencia ni distancia entre lo sagrado y lo profano. Por eso la liturgia cristiana debería despojarse de sacralidad, solemnidad y belleza, y se profana, simplista, convencional, más parecida a una reunión de amigos y colegas, sin un lenguaje litúrgico sino tomando las expresiones coloquiales de la vida cotidiana, los gestos de lo cotidiano, y cuanta menos diferencia exista, mejor.

¿Responde esto a la verdad de la fe? ¿La sacralidad de la liturgia es un invento humano y ya fue abolida por Jesucristo? ¿Lo sagrado de la liturgia es una barrera, un impedimento, un obstáculo? ¿Cuánto menos sagrada sea la liturgia y más informal y populista, es más fiel al deseo e intención de Cristo?

Aporta mucha luz a esta cuestión la palabra de Benedicto XVI:

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3.04.17

¡Cuidado con las partículas!

Bandeja de comulgar

Tomando pie de un texto conocidísimo, un clásico, del teólogo y exégeta alejandrino Orígenes, del siglo III, podríamos hacer unas cuantas reflexiones que nos ayuden a mejorar nuestra vida litúrgica y sacramental, o sea, en definitiva, nuestra vida espiritual.

En una de las homilías sobre el libro del Éxodo, predica:

 “Sabéis, vosotros que soléis estar presentes en los misterios divinos, cómo, cuando recibís el cuerpo del Señor, lo conserváis con toda cautela y veneración, para que no caiga la mínima parte de él, para que no se pierda nada del don consagrado. Os consideráis culpables, y con razón, si cae algo por negligencia. Ahora bien… ¿por qué creéis que despreciar la Palabra de Dios es menor sacrilegio que despreciar su cuerpo?” (Ex., h. 13, 3).

 1) El primer dato que salta a la vista: la práctica habitual durante siglos fue recibir la sagrada comunión en la mano. Es lo que testimonia Orígenes que conoce tanto la práctica de su Iglesia natal, la de Alejandría, como la de Cesarea de Palestina. Comulgar en la mano, es decir, recibir del ministro en las propias manos el Pan santísimo.

 Para la Iglesia de los Padres, recibir al Señor en las manos no era una irreverencia ni una falta de adoración. Orígenes en el texto resalta el sumo cuidado que tenían los fieles en que no cayera ni la más mínima partícula al suelo, que no se perdiera nada del don consagrado. Los fieles sabían bien a Quién recibían y lo hacían con “cautela y veneración”, con conciencia clara, sin pensar que recibían algo, un símbolo, una cosa.

 Hoy, para nosotros, deberíamos sacar una lección práctica: quienes según el uso permitido comulgan en la mano, deben hacerlo delante del sacerdote y vigilar que no quede ninguna partícula en su mano, y si la hay, consumirla inmediatamente. Es verdad que ahora es más difícil con las obleas que si fuera pan fermentado o pan ázimo, pero el cuidado debe extremarse, como lo hicieron generaciones de hermanos nuestros antes de nosotros.

 2) Y, ya que estamos, hemos de pensar la seriedad del acto de comulgar. Hay que discernir en la conciencia si podemos o no acercarnos al sagrado banquete para evitar comer y beber la propia condenación, según amonesta el Apóstol (cf. 1Co 11,29). Jamás en pecado mortal podemos acceder a la Mesa santa. No se trata del gusto personal, o de si sentimos o no necesidad piadosa de comulgar, sino de examinar realmente la vida y ver si estamos o no en pecado mortal, si tendríamos más bien que ir al confesionario en vez de al comulgatorio.

 De nuevo un texto de Orígenes a este respecto; comentando un salmo, se dirige a los pecadores diciendo:

 “¿No temes comulgar el cuerpo de Cristo al acercarte a la Eucaristía, como si fueras inocente y puro, como si no hubiera nada en ti indigno, y en todo esto te persuades de que escaparás del juicio de Dios? ¿No te acuerdas de lo que está escrito que “entre vosotros hay muchos impedidos, y enfermos, y durmientes”? ¿Y por qué muchos impedidos? Porque no se juzgan a sí mismos, no se examinan, no comprenden lo que es comulgar con la Iglesia y acercarse a un misterio tan excelente y tan sublime” (Ps. 37, 2, 6).

 3) Si tanto cuidado es necesario para que no se pierda nada del Cuerpo del Señor al comulgar, el mismo cuidado es necesario –recalcaba Orígenes- con la Palabra del Señor que se lee en la sagrada liturgia.

 En cualquier versículo, en cualquier lectura, en el canto del salmo, etc., puede el Señor derramar su gracia y su luz sobre el alma. Cuando se proclama la Palabra de Dios es imprescindible el recogimiento, la actitud serena del alma atenta a lo que el Señor pueda y quiera darle. La distracción durante las lecturas de la Escritura hace que caigan al suelo y se pierdan partículas de la Palabra. No digamos nada de quienes habitualmente llegan tarde a la Santa Misa y entran ya por el Evangelio. ¡Quién sabe lo que el Señor hoy y aquí, en esta lectura, en este versículo, quiere darme a mí!

 Así que… ¡cuidado con las partículas! ¡Que no se pierdan ni del Cuerpo eucarístico de Cristo ni de su Palabra!

 

27.03.17

Más sobre la Oración de los fieles (II)

En su solemnidad, ¡los bautizados oran movidos por el Espíritu intercediendo por la Iglesia, el mundo y los que sufren!, el desarrollo ritual es sencillo:


* El sacerdote invita a todos a la oración.

* Un diácono o un lector proponen la serie de intenciones para orar.

* Los fieles oran respondiendo a cada intención.

* El sacerdote concluye recitando una breve plegaria con las manos extendidas.


De nuevo la IGMR que marca la pauta (obligatoriamente) para todos:

“Dicho el Símbolo, en la sede, el sacerdote de pie y con las manos juntas, invita a los fieles a la oración universal con una breve monición. Después el cantor o el lector u otro, desde el ambón o desde otro sitio conveniente, vuelto hacia el pueblo, propone las intenciones; el pueblo, por su parte, responde suplicante. Finalmente, el sacerdote con las manos extendidas, concluye la súplica con la oración” (IGMR 138).

 “Las intenciones de la oración de los fieles, después de la introducción del sacerdote, de ordinario las dice el diácono desde el ambón” (IGMR 177).


Por si fuera poco:

“Pertenece al sacerdote celebrante dirigir las preces desde la sede. Él mismo las introduce con una breve monición, en la que invita a los fieles a orar, y la termina con la oración. Las intenciones que se proponen deben ser sobrias, compuestas con sabia libertad y con pocas palabras y expresar la súplica de toda la comunidad.

Las propone el diácono, o un cantor, o un lector, o bien, uno de los fieles laicos desde el ambón o desde otro lugar conveniente.

Por su parte, el pueblo, de pie, expresa su súplica, sea con una invocación común después de cada intención, sea orando en silencio” (IGMR 71).

 Cuando se oye decir que “van a participar en la oración de los fieles”, se suele estar diciendo más bien, no que los fieles van a orar ya que esa es la participación, sino que cada intención la va a leer una persona distinta, convirtiendo este momento orante en un movimiento de personas y micrófono, pensando que eso es participar en la oración de los fieles. ¿Pero no hemos quedado en que son los fieles los que oran y así participan? Pues acabamos confundiendo los términos, dejamos de pensar en que los fieles oren y hacemos que cada intención la lea una persona distinta soñando equivocadamente que eso es participar, ¡y no lo es!
Las Orientaciones pastorales de la Comisión Episcopal de Liturgia ya advertían que “de suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones, salvo que sea conveniente usar más de una lengua en las peticiones a causa de la composición de la asamblea. La formulación de las intenciones por varias personas que van turnándose, exagera el carácter funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta importancia a la súplica de la asamblea” (n. 9).

El Misal, garantizando el orden y el decoro, insiste más en la oración como tal de los fieles que en los lectores de las intenciones: un diácono, y si no lo hay, un cantor o un lector: en todo caso, una sola persona señala a todos los fieles los motivos y necesidades para que oren.

Los niños de Primera Comunión, o los jóvenes recién confirmados, o una cofradía en una Novena, por ejemplo, no participan más porque 6 lectores enuncien uno a uno las intenciones, sino que participan más cuando juntos oran a lo que un diácono o un lector les ha invitado. Y es que participar no es sinónimo de intervenir, ejerciendo un servicio o un ministerio.