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30.11.17

Una segunda homilía más los avisos interminables

  Lo fáciles que son las cosas y lo difícil y enrevesado que nos gusta volverlas. Bastaría leer y obedecer las rúbricas de la Ordenación General del Misal Romano para tener una liturgia mucho más cuidada y no la anarquía que muchas veces se ve y se padece.

   En concreto, antes de la bendición final de la Misa se puso de moda en algunos soltar una segunda homilía. Pretenden a veces hacer un “resumen” de la Misa, como si la Misa fuera una catequesis o clase pedagógica que hubiera que inculcar con un resumen o síntesis. ¡No! Estamos en el ámbito de la celebración, no de la catequesis, no de la formación, no de la clase de teología. Y sin embargo, antes de la bendición, algunos empuñan con denuedo el micrófono para una intervención que es una segunda homilía, repitiendo conceptos ya dichos en la homilía después del Evangelio o añadiendo todo aquello que antes se le olvidó decir. El fruto es escaso. Todos de pie, sabiendo que no es el momento, apenas prestamos atención.

 ¿Acaso lo permiten las rúbricas? ¿Lo sugieren, lo insinúan, dejan abierta esa posibilidad?

 Sobre el rito de conclusión dice la IGMR 90:

 Al rito de conclusión pertenecen:

a) Breves avisos, si fuere necesario.

b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.

c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.

d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

 Por tanto, después de la oración de postcomunión, en todo caso, “breves avisos, si fuere necesario”. No añade nada de una monición de despedida, ni de unas palabras finales del obispo o sacerdote.

 Lo mismo se dice en IGMR 166: “Terminada la oración después de la Comunión, si los hay, háganse breves avisos al pueblo”.

 Así pues, omítase toda “segunda homilía” en este momento.

 Y ya que estamos, recordemos lo que ha dicho la rúbrica sobre los avisos: “si fuere necesario” (IGMR 90), “breves” (IGMR 90) “breves avisos al pueblo” (IGMR 166).

 Lo primero es la necesidad de hacerlos y segundo la brevedad como cualidad. No puede ser que todos los domingos sean necesarios y extensos. A veces se convierten en el telediario parroquial, dando noticias para toda la semana. Otras veces parece RENFE con los horarios: “el miércoles adelantamos la reunión de adultos a las 17. El jueves todo igual. El viernes tendremos Misas de 19.30 y 20.30. El triduo de la Hermandad comienza mañana con el rosario a las 19, ejercicio del triduo a las 19.30 y luego la Misa. La próxima semana no os olvidéis de que…” Cuando se terminan los avisos ya nadie se acuerda de los días exactos y las horas exactas. Habría que ser sumamente escueto y señalar, en todo caso, que en la puerta hay un cartel anunciando los horarios…

 Todo esto es de sentido común (el menos común de los sentidos) y de fidelidad a las rúbricas.

 

23.11.17

Procesiones para participar en la liturgia (XI)

e) Procesiones

  La liturgia es también movimiento, y por tanto, dentro de ella, la procesión es un movimiento expresivo, significativo. Siempre somos un pueblo en marcha, peregrino, hacia Dios[1]: “La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga” (LG 8).

En procesión caminan los ministros al altar, precedidos por el incensario, la cruz y los cirios y el Evangeliario en procesión, señalando la meta: el altar, el encuentro con Dios, la dimensión peregrina de la Iglesia. Igual procesión –siempre que se pueda- es la que todos realizan al inicio de la Vigilia pascual, una vez bendecido el fuego y encendido el cirio, entrando en el templo por el pasillo central, ya con las velas encendidas en las manos, precedidos del cirio pascual, como columna de fuego que guía en la noche.

  Procesión llena de solemnidad es aquella en que mientras se canta el Aleluya, el diácono porta el Evangeliario hasta el ambón acompañado de cirios e incienso humeante, disponiendo así a todos los fieles a escuchar al Señor mismo por su Evangelio.

 Con cierto orden, no hay por qué temer el movimiento en la liturgia por el valor simbólico que tiene y porque la liturgia es actio, acción, y a veces, por tanto, movimiento.

  A los fieles les compete más directamente, en primer lugar, la procesión de ofrendas. En otros ritos, especialmente orientales, se realiza aquí la Gran Entrada, llevando el sacerdote y el diácono el pan y el cáliz, con incienso y velas, por toda la iglesia, hasta entrar en el santuario, detrás del iconostasio, mientras los fieles se inclinan y cantan, venerando ese pan y ese vino que se convertirán en el Cuerpo y Sangre del Señor. En nuestro rito hispano-mozárabe, saliendo del donario (el ábside a la derecha del presbiterio) los fieles aportan el pan y el vino necesarios, en una procesión solemne con cruz, cirios y el incienso por toda la iglesia hasta el altar.

 La costumbre cristiana es que todos debían aportar algo para la materia del sacrificio eucarístico, el pan y el vino necesarios para todos[2]. Esta aportación de los fieles en algunas regiones, especialmente en África y Roma, dio lugar a una procesión de los oferentes al altar aportando pan y vino mientras la schola entonaba un canto. Lo que se presentaba era sólo el pan y el vino, como señala un Concilio de Cartago: “Que en la celebración de la misa no se ofrezca más que lo que proviene de la tradición del mismo Señor, es decir, el pan y el vino mezclado con agua”[3]. Era una procesión solemne, radiante, la de los fieles llevando todos pan o vino al altar y siendo recibidos por los diáconos que los disponían en la Mesa santa; hecha la ofrenda cada cual volvía a su puesto[4]. Incluso una oración reza: “Colmamos de ofrendas tus altares, Señor”[5]: un altar, por lo general pequeño, se veía repleto de patenas con pan ofrecido y de un cáliz grande lleno de vino para luego comulgar todos con las dos especies.

  El pan y el vino sobrantes servía para las mesas de los pobres y de los sacerdotes; otras posibles ofrendas de alimentos no se llevaban jamás al altar sino que se depositaban antes de la Misa en el donario (rito mozárabe) o en la sacristía.

  Posee un alto significado espiritual expresado ya por san Ireneo (Adv. Haer. IV,18,2[6]). Los fieles en el pan y el vino que ofrecen se dan ellos mismos a Dios, se ofrecen a sí mismos en cuanto miembros del Cuerpo de Cristo. Porque se ofrecen pueden luego comulgar; quienes no podían comulgar, tampoco podían ofrecer. La presentación de los dones es la participación material en el sacrificio por parte de todos los fieles presentes con la cual Cristo quiere contar[7].

  Al altar se lleva el pan y el vino, y esa es la verdadera ofrenda, aportando cuantas patenas, cálices y vino y agua sean necesarios. Se desfigura su sentido y valor con los añadidos creativos (acompañados de moniciones que expliquen) de las llamadas “ofrendas simbólicas” (libros, guitarra, reloj, sandalias…). La ofrenda es el pan y el vino que concentra toda la creación y a todos los oferentes:

 “Este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 47).

  En el pan y vino presentados a Dios para ser consagrados, toda la creación está resumida, concentrada, y apuntando a su término final, la nueva creación:

  “Entonces, al contemplar más de cerca este pequeño trozo de Hostia blanca, este pan de los pobres, se nos presenta como una síntesis de la creación… La creación con todos sus dones aspira, más allá de sí misma, hacia algo todavía más grande. Más allá de la síntesis de las propias fuerzas, y más allá de la síntesis de la naturaleza y el espíritu que en cierto modo experimentamos en ese trozo de pan, la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 15-junio-2006).

  Algunos fieles, en nombre de todos, pueden llevar las ofrendas al altar (pan, vino y dones para la iglesia o los pobres) en procesión, uno tras otro, mientras se entona un canto. Es una noble sencillez, una procesión solemne y sin artificios y así la señala el Misal:

 “Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo…

 En seguida se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que sean presentados por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles, el sacerdote o el diácono las reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes las llevan al altar. Aunque los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual.

 También pueden recibirse dinero u otros dones para los pobres o para la iglesia, traídos por los fieles o recolectados en la iglesia, los cuales se colocarán en el sitio apropiado, fuera de la mesa eucarística” (IGMR 73).

 Además:

 “Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste por la presentación del pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, o de otros dones con los que se ayude a las necesidades de la iglesia o de los pobres… Al celebrante llevan el pan y el vino para la Eucaristía; y él los pone sobre el altar; pero los demás dones se colocan en otro lugar adecuado” (IGMR 140).

 Como ya antes recordábamos con la exhortación de Benedicto XVI, hay que evitar y suprimir definitivamente las “añadiduras superfluas” de las “ofrendas simbólicas” así como la monición que acompaña a cada ofrenda, otro añadido más, que interrumpe el ritmo de procesión e impide el canto. Tampoco es un “pase de modelos”, donde la primera pareja llega al presbiterio, se vuelve “al público” y levanta su ofrenda como un trofeo antes de entregarla, y cuando se retiran, comienza a caminar la segunda pareja por todo el pasillo hasta el altar, llegando girándose y elevando su “ofrenda” para que todos la vean, y así sucesivamente.

 El desarrollo es más sencillo y solemne a la vez:

 -Suena el órgano o se entona un canto de ofrendas

 -Todos en procesión caminan al altar llevando las ofrendas

 -Estas ofrendas serán la materia del sacrificio: todas las patenas o copones necesarios, ya sean dos, seis, diez… y el agua y vino (o bienes para la iglesia, como una casulla, un nuevo mantel, etc., o para los pobres)

 -Al pie del altar o en la sede las recoge el sacerdote que preside

 -Sobre el altar sólo se coloca el pan y el vino; las demás ofrendas siempre en otro lugar, jamás sobre el altar.

  Hay otra procesión, tradicional, en la que participan todos los fieles, es la procesión de la comunión, e ir en procesión, ordenadamente, por el pasillo central para comulgar, es ya participar.  Ciertamente, con orden, sin ser una carrera, ni colarse, ni empezar a ceder el puesto a otros como si fueran los asientos del autobús. Nada nuevo bajo el sol: ya san Juan Crisóstomo tenía que amonestar a sus fieles para que fuesen ordenadamente en procesión, sin atropellarse. Decía:

 “Cuando vosotros os acercáis a la sagrada mesa, no guardáis el respeto debido…: golpeáis con los pies, os impacientáis, gritáis, os injuriáis el uno al otro, empujáis a vuestros vecinos; en suma, armáis un gran desorden… En el circo, bajo el mandato del heraldo, está en vigor una disciplina mucho mayor. Si, por tanto, se observa un orden en medio de las pompas del demonio, cuánto más debiera existir junto a Cristo”[8].

 Es una procesión donde todos, con orden, caminan hacia el altar. “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío” (Sal 41) y el pueblo cristiano acude a la fuente viva del altar; “me acercaré al altar de Dios” (Sal 42) y el pueblo cristiano se encamina para tomar el Pan de la vida. Son los fieles los que se acercan al presbiterio: “Cuando te presentas”[9], “cuando te acerques, no avances con las manos extendidas ni los dedos separados, sino haz de tu mano izquierda un trono…”[10], “el obispo comulgue y luego los presbíteros, los diáconos… y finalmente todo el pueblo en buen orden, con respeto, en adoración y sin ruido”[11].

   La procesión de la comunión es tradicional en todas las liturgias; son los fieles los que se acercan a las puertas del santuario o del iconostasio, los que se acercan al presbiterio, para recibir allí el Cuerpo y la Sangre del Señor. La Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo llama a los fieles que estén dispuestos a que se acerquen: el diácono, teniendo en sus manos el Santo Cáliz, pronuncia: “Con temor de Dios y fe acercaos.”Los fieles se inclinan ante el Santo Cáliz, como ante el mismo Salvador, mientras el coro entona, en nombre de todos: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Dios, el Señor, se nos ha aparecido”. Los fieles que van a comulgar, con una previa inclinación, oran a media voz, acompañando al sacerdote. En nuestro rito hispano-mozárabe, el diácono llamaba a la comunión, ¡qué costumbre tan oriental!, diciendo: “Locis vestris, accedite!” (“acercaos desde vuestros sitios”) y el canto para la comunión se llama “ad accedentes”, es decir, para cuando acceden, se acercan, al altar para la Comunión (“Gustad y ved qué bueno es el Señor…”). El rito romano entonó un salmo con una antífona mientras los fieles avanzaban en procesión para comulgar.

  Comulgaban según los distintos órdenes, es decir, primero el Obispo, luego los presbíteros, diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, ascetas; después a las mujeres de algún modo consagradas a Dios: diaconisas, vírgenes y viudas; después los niños y por último, al resto del pueblo[12].

  Como siempre en la estructura del rito romano, la secuencia ritual es procesión – canto – oración que cierra ese movimiento. Así ocurre en el rito de entrada (procesión, canto y oración colecta), en la presentación de los dones (procesión, canto y oración sobre las ofrendas) y en el rito de comunión (procesión, canto y oración de postcomunión).

  Ahora, nosotros, siguiendo el Misal, recordemos en primer lugar que el modo habitual romano es caminar en procesión para recibir el Cuerpo de Cristo (y la Sangre del Señor, distribuida por el diácono); en segundo lugar, que hay que caminar ordenadamente, sin prisas, sin atropellarse; y en tercer lugar, que se avanzan cantando, participando del canto que ayuda a orar.

 “Mientras el sacerdote toma el Sacramento, se inicia el canto de Comunión, que debe expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de quienes comulgan, manifestar el gozo del corazón y esclarecer mejor la índole “comunitaria” de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga mientras se distribuye el Sacramento a los fieles. Pero si se ha de tener un himno después de la Comunión, el canto para la Comunión debe ser terminado oportunamente” (IGMR 86-87).

 “Índole comunitaria de la procesión para recibir la Eucaristía”: esta procesión de los fieles al altar es ya una participación activa, consciente, interior, plena, fructuosa.

 Por eso, desterremos la idea de que participar es “leer” algo en un atril o intervenir y si no, no se participa. La participación de los fieles en la liturgia también es caminar en procesión, ya sea aportando la materia del sacrificio y sólo la materia del sacrificio (pan, vino y agua), ya sea caminando en procesión para comulgar.

 

 



[1] “Peregrinando todavía sobre la tierra, siguiendo de cerca sus pasos en la tribulación y en la persecución” (LG 7). “Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso” (LG 9).

[2] S. Cipriano amonesta a una matrona que no aportó nada: “Eres rica y acomodada, y te atreves a celebrar la “cena del Señor”, tú que te presentas… sin la ofrenda y que recibes una parte de la ofrenda traída por un pobre. Considera la viuda del evangelio…” (Lib. de op. et eleem., 15). San Agustín recuerda que su madre no pasaba ningún día sin presentar su ofrenda al altar (Conf. 5,9).

[3] Canon 23 (año 397).

[4] “Evidentemente, el gesto de toda una muchedumbre de fieles llevando en las manos, veladas por un cándido lienzo, fanonibus candidis, su correspondiente porción de pan, oblationis coronam, y dirigiéndose ordenadamente hacia el altar para poner la ofrenda en manos del obispo o del arcediano, debía de ser una ceremonia solemne e impresionante. Puede dar una idea la serie de los mártires y de las vírgenes representados sobre las paredes de San Apolinar el Nuevo, de Rávena, que se dirigen, según la visión del Apocalipsis, con sus coronas hacia el altar”, RIGHETTI, M., Historia de la liturgia, BAC, Madrid 1956, p. 270s.

[5] Super oblata, Misa vespertina de la vigilia de San Juan Bautista.

[6] “No se condena, pues, el sacrificio en sí mismo: antes hubo oblación, y ahora la hay; el pueblo ofrecía sacrificios y la Iglesia los ofrece; pero ha cambiado la especie, porque ya no los ofrecen siervos, sino libres. En efecto, el Señor es uno y el mismo, pero es diverso el carácter de la ofrenda: primero servil, ahora libre; de modo que en las mismas ofrendas reluce el signo de la libertad…”

[7] “El milagro realizado por el Señor contiene una invitación explícita a cada uno para dar su contribución. Los cinco panes y dos peces indican nuestra aportación, pobre pero necesaria, que él transforma en don de amor para todos”, Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 7-junio-2007.

[8] S. Juan Crisóstomo, Hom. in bapt. Chr., 4 (PG 49,370).

[9] S. Ambrosio, De Sacr., 4,25.

[10] S. Cirilo de Jerusalén, Cat. Mist. V,27.

[11] Constituciones Apostólicas VIII, 13. 14-17.

[12] Cf. Constituciones Apostólicas, VIII, 13.

16.11.17

¡Qué menos que cantar el sacerdote los textos propios!

  El canto no es un añadido de la liturgia, sino que pertenece a su misma naturaleza. Es expresión de solemnidad, de oración ferviente, de amor al Señor. Así se potencia la vida y la espiritualidad litúrgicas.

 Sería una gran reducción pensar que el canto es algo que atañe sólo al coro parroquial y que hay canto en la Misa si hay coro, y si no, no se canta. Porque antes que los cantos que debe entonar el coro, hay otros elementos que de por sí se pueden cantar y que pertenecen al sacerdote, haya coro parroquial o no lo haya.

 Dice la Ordenación General del Misal Romano:

 40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa,atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas feriales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.

 El primer nivel de canto, la mayor importancia, son aquellas partes en que el pueblo responde al canto del sacerdote y aquellas en que sacerdote y fieles cantan juntos. Hasta aquí todo clarísimo.

 Es lo que ya decía la Instrucción Musicam sacram cuando establecía diversos niveles en el canto. En el primer grado, Musicam sacram señalaba, en el n. 29:

a)      En los ritos de entrada: el saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo. La oración [colecta].

b)      En la liturgia de la Palabra: las aclamaciones al Evangelio.

c)      En la liturgia eucarística: La oración sobre las ofrendas. El prefacio con su diálogo y el Sanctus. La doxología final del canon. La oración del Señor –Padrenuestro- con su monición y embolismo. El Pax Domini. La oración después de la comunión. Las fórmulas de despedida.

   Estos son los primeros y principales elementos, lo menos que se podría cantar en una solemnidad. No dependen del coro, sino del ejercicio ministerial: es el sacerdote, y el diácono, que cantan y reciben la respuesta de los fieles. Y esto se puede hacer en cualquier Misa dominical. Lo que no es comprensible es que siempre, absolutamente, el sacerdote abdique de la posibilidad del canto y todo se reduzca a lo que haga el coro.

  Es extraño, desde el punto de vista litúrgico, celebrar una Misa solemne, con coro y órgano, y que el obispo o el sacerdote no canten los saludos, ni las oraciones, ni el prefacio, ni la doxología… Es realmente algo anómalo.

  Lo mismo que, si no hay coro parroquial, ya por ello no haya canto alguno durante la Misa dominical. ¿Es que los textos propios que corresponden al sacerdote no se pueden cantar? ¿Acaso el canto del ofertorio o de la comunión es más importante e imprescindible que cantar el prefacio un domingo?

   Sugiero que, al menos, en los domingos del Tiempo Ordinario, el sacerdote cante –repito, haya coro o no- algunas de las partes que le corresponden:

-El Prefacio y el Santo

-Las palabras de la consagración (con la notación musical en el Apéndice del Misal)

-La aclamación: “Este es el Sacramento de nuestra fe”.

-La doxología: “Por Cristo…”

 ¡Qué menos que eso!

 Los domingos de tiempos fuertes, sumarle, al menos, las tres oraciones de la Misa: colecta, ofrendas y postcomunión.

En las solemnidades, ir añadiendo más elementos: el canto del saludo inicial de la Misa, las aclamaciones del Evangelio…

 Mejoraría, sin duda, la calidad de nuestras celebraciones litúrgicas, lograría que todos cantasen respondiendo (y eso es participar) y no vincularíamos el canto sólo a la posibilidad de que haya o no un coro parroquial.

9.11.17

Inclinaciones, postura para participar (X)

Prosiguiendo con los gestos y posturas corporales, veremos cómo su variedad permiten expresar en cada momento los sentimientos interiores, el afecto y la devoción, celebrando la liturgia. El cuerpo se expresa en la liturgia a la vez que permite crear disposiciones internas para un culto verdadero.

 Así, participar es estar de pie, sentados, de rodillas… según lo requiere cada parte de la liturgia. Esta participación es sencilla e implica estar atentos y conscientes en la celebración litúrgica, buscando además la unidad en gestos, posturas, palabras y oraciones de todo el pueblo cristiano.

 

            d) Inclinaciones

  La liturgia lleva al hombre a inclinarse ante Dios, reconociéndole y adorándole. No es la postura erguida, de dura cerviz que le cuesta inclinarse ante Dios, sino la del hombre que se inclina, que adora, que se hace pequeño porque él mismo es pequeño ante la grandeza de Dios.

  Es, pues, un modo de adorar al Señor. El criado de Abraham, al encontrar a Rebeca, “se inclinó en señal de adoración al Señor” (Gn 24,26). Los levitas, a petición del rey Ezequías alabaron al Señor con canciones de David, “lo hicieron con júbilo; se inclinaron y adoraron” (2Cron 29,30).

 Es también un modo reverente de saludar a alguien superior o más importante, o simplemente una deferencia cortés, como Abraham ante los hititas para dirigirles su discurso (Gn 23,7) o los hijos de Jacob ante José en Egipto que “se inclinaron respetuosamente” (Gn 43,28). Betsabé saluda al rey David inclinándose ante él y luego postrándose (cf. 1R 1,16) y Betsabé es saludada con una inclinación por su hijo el rey Salomón (1R 2,19). Ya aconseja el Eclesiástico: “Hazte amar por la asamblea, y ante un grande baja la cabeza” (Eclo 4,7).

  Inclinarse es siempre signo de condescendencia, de bondad. Dios mismo se inclina hacia el hombre que le grita en el peligro: “Inclinó el cielo y bajó, con nubarrones debajo de sus pies” (Sal 17,10); “él se inclinó y escuchó mi grito” (Sal 39,2). Dios se inclina, como una madre hacia su pequeño, cuidando a Israel: “fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer” (Os 11,4).

El orante suplica que Dios se incline o que incline su oído a la súplica: “inclina el oído y escucha mis palabras” (Sal 16,6), “inclina tu oído hacia mí; ven aprisa a librarme” (Sal 30,3), “inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado” (Sal 85,1).

 Un hombre bueno, imitando la condescendencia de Dios, inclinará su oído ante el pobre que le suplica: “Inclina tu oído hacia el pobre, y respóndele con suaves palabras de paz” (Eclo 4,8). Jesús mismo, viendo a la suegra de Simón con fiebre, “inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre” (Lc 4,39) y propone al buen samaritano como modelo, que se acerca al hombre herido, lo toma en sus brazos y lo monta en su propia cabalgadura (cf. Lc 10,34).

 Y quien se resiste a inclinarse, es el de dura cerviz, el orgulloso y altanero, que se resiste a Dios y que es incapaz de inclinarse hacia quien sufre con un corazón duro.

 Estos valores, este sentido claro, tan visual, posee la inclinación en la liturgia: es adoración y reconocimiento de Dios, es saludo reverente, es humildad y docilidad. Bien hechas las distintas inclinaciones, provocan un clima espiritual, subrayan la sacralidad de la liturgia; sin embargo, omitir las inclinaciones, hacerlas precipitadamente y sin hondura, empobrecen el aspecto no sólo ritual, sino también espiritual, de la liturgia.

  Todos los fieles participan en la liturgia cuando se inclinan profundamente en el Credo a las palabras “Y por obra del Espíritu” hasta “y se hizo hombre” (IGMR 137).

   Si por causas justificadas –estrechez del lugar, o por enfermedad- están de pie en la consagración, harán inclinación profunda cuando el sacerdote adora cada especie con la genuflexión: “Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración” (IGMR 43).

 En el momento de acercarse a comulgar, todos deben expresar la adoración al Señor, con una inclinación profunda y después acercarse al ministro: “Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas” (IGMR 160).

Por último, y como elemento habitual, en la oración super populum (cada día de Cuaresma) y en la bendición solemne a la que se responde con triple “Amén”, el diácono (o el sacerdote si no hay diácono) advierte “Inclinaos para recibir la bendición” (IGMR 186) y todos participan inclinándose para la bendición final.

 Además, todos cuantos pasan por delante del altar (o del Obispo) para proclamar una lectura, o para hacer la colecta, etc., hacen inclinación profunda o en el momento de entregar las ofrendas al Obispo o sacerdote, hacen inclinación.

  Hay dos tipos de inclinaciones, pensando sobre todo en el sacerdote y los ministros, la inclinación de cabeza y la inclinación profunda (de cintura). El Misal prescribe:

 “Con la inclinación se significa la reverencia y el honor que se tributa a las personas mismas o a sus signos. Hay dos clases de inclinaciones, es a saber, de cabeza y de cuerpo:

 a) La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran al mismo tiempo las tres Divinas Personas, y al nombre de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa.

 b) La inclinación de cuerpo, o inclinación profunda, se hace: al altar, en las oraciones Purifica mi corazón y Acepta, Señor, nuestro corazón contrito; en el Símbolo, a las palabras y por obra del Espíritu Santo o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; en el Canon Romano, a las palabras Te pedimos humildemente. El diácono hace la misma inclinación cuando pide la bendición antes de la proclamación el Evangelio. El sacerdote, además, se inclina un poco cuando, en la consagración, pronuncia las palabras del Señor” (IGMR 275).

  También se hace inclinación profunda antes y después de incensar (al sacerdote, a los fieles, a la cruz) exceptuando las ofrendas en el altar.

 Y es costumbre antiquísima de la Iglesia, que hoy mantienen algunas Órdenes monásticas, saludar al Santísimo en el Sagrario con una inclinación profunda (no simplemente con la cabeza), ya que éste es el gesto más tradicional de la liturgia; el Catecismo lo recuerda:

“En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor” (CAT 1378).

 Estas inclinaciones, tanto las que hacen los fieles como las que realizan los ministros en el transcurso de la liturgia, son un medio de participación de todos.

 

 

2.11.17

El ambón

El ambón: La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles” (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).

En la iglesia ha de haber, de conformidad con su estructura y en proporción y armonía con el altar un lugar elevado y fijo (no un simple atril), dotado de la adecuada disposición y nobleza, que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios… El ambón debe tener amplitud suficiente, ha de estar bien iluminado… Después de la celebración, puede permanecer el leccionario abierto sobre el ambón como un recordatorio de la palabra proclamada (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 15).

 

  La identidad de nuestras iglesias cristianas tiene, además del altar y de la sede, un tercer elemento, cuya importancia significativa puede parangonarse con los dos ya mencionados: el ambón o lugar de la Palabra.

   El uso postconciliar que ha aumentado el número de lecturas bíblicas y el mayor uso de las Escrituras ha influido en la mentalidad bíblica de las asambleas litúrgicas. Pero esta adquisición de lo que representa la Palabra en la liturgia debe manifestarse también, no sólo en la forma de proclamar las lecturas, sino incluso en la materialidad del lugar desde donde éstas se leen en asamblea litúrgica.

            Características del ambón

            1. El ambón es un lugar, no un mueble. No son tolerables un facistol, o un pequeño atril que se mueve y se cambia de lugar. Establece más bien la actual liturgia que sea un lugar, amplio para estar incluso dos lectores, cuyo caso típico sería la lectura de la Pasión (cronista y sinagoga):

  Ha de haber un lugar elevado, fijo… que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios[1].

   De la misma manera que a través de la visión constante de la mesa del Señor se ha de ir captando cómo todo el anuncio evangélico tiende al festín pascual, profecía de la fiesta eterna, así la presencia destacada y permanente de un lugar elevado ante la asamblea debe ir recordando al pueblo que cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es el mismo Señor el que está hablando a su pueblo (SC 7). Con ello irá calando en la comunidad que la liturgia cristiana tiene dos partes imprescindibles: la palabra y el sacramento; a estas dos partes corresponden el lugar de la palabra y la mesa del Señor.

            2. No es un mueble que se quita y se pone. No se traslada a un rincón cuando acaba la celebración. Queda en su sitio igual que el altar, destacando los dos polos de la celebración, los dos polos de la vida cristiana.

            3. Con suficiente separación de la sede y del altar. Pegado a la sede pierde relieve. Los espacios en el presbiterio deben ser amplios y cómodos, que se distingan visualmente.

            4. Debe ser fijo. Pegado al suelo, de material noble. Si no hay más remedio que tener un atril, que sea digno, encima de una tarima, con una alfombra, paños, flores… es un lugar privilegiado de la presencia del Señor.

            5. Visibilidad. Durante la liturgia de la Palabra la asamblea no sólo debe oír bien al lector, sino también verlo con facilidad. Debe tener, al menos, un escalón propio, que sea un lugar elevado, que se domine a la asamblea bien, y que el lector no quede oculto tras la atrilera con el leccionario.

            6. Adornado. El ambón merece cariño y cuidado: paños según los colores litúrgicos, flores… El adorno más expresivo del ambón, cuando éste es una construcción fija, lo constituye el candelabro del cirio pascual. Éste, en efecto, debe colocarse siempre junto al ambón, nunca cerca del altar. Evidentemente, que, si seguimos esta opción, aunque el candelabro permanezca habitualmente junto al ambón, el cirio, en cambio, sólo estará allí durante la Pascua. Este aparecer sólo durante los días de Pascua la columna con su cirio puede ser una manera muy expresiva de significar que la Iglesia tiene su centro en Pascua y que en ningún otro tiempo se siente plenamente realizada como durante la cincuentena pascual.

 

            Para un uso expresivo del ambón.-

            Lo más propio para el ambón es

   a) proclamar los textos bíblicos: las lecturas bíblicas, el canto del salmo responsorial.

   b) El canto del Pregón Pascual es el único texto no bíblico que, desde la más remota antigüedad se canta desde el ambón.

         Menos propio, aunque permitido:

   a) Hacer la homilía. Lo más expresivo es desde la sede, pero se puede hacer desde el ambón, aunque se corre el riesgo de equiparar la homilía con la misma Palabra de Dios.

  b) Las preces: es preferible “otro lugar", tal vez un atril auxiliar. Pero también el diácono las puede hacer desde el ambón.

          Nunca en el ambón (pero sí desde un atril auxiliar, discreto y pequeño):

    a) Las moniciones: son palabras de la asamblea a la misma asamblea. Su lugar no es el sitio de la única Palabra.

   b) Dirección de cantos

   c) Avisos al pueblo.

   d) Oraciones presidenciales

   e) Rosario, viacrucis, devociones, ejercicios del triduo, etc…

 

 



    [1]En esta misma óptica, el reciente documento “Conciertos en las iglesias” insiste en que el ambón no debe retirarse de su lugar cuando el Ordinario permite usar excepcionalmente una iglesia para un concierto. (cf. ORACIÓN DE LAS HORAS, febrero, 1988, pág. 49.).