Sacrificio de Cristo y nuestro también

Que la Eucaristía sea el sacrificio de Cristo, la actualización del mismo sacrificio de la cruz bajo el velo de los signos sacramentales, implica consecuencias litúrgicas y espirituales para vivir y participar en la celebración de la Santa Misa e incide en nuestra vida cristiana.

  No basta con destacar que la Misa es el sacrificio de Cristo, hay que destacar igualmente que ese sacrificio es nuestro, sacrificio de la Iglesia, en el cual nos ofrecemos nosotros también, nos unimos a Cristo en su sacrificio para alabanza del Padre. Al sacrificio de Cristo-Cabeza se le suman los sacrificios de los miembros de su Cuerpo. El sacrificio del Señor recoge, incluye también, el sacrificio de sus hermanos.

   El culto cristiano es profundamente existencial; es la liturgia viva de la existencia cristiana, no algo exterior y ceremonial a nosotros mismos. Es lo que el Señor calificó de culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) y san Pablo recomendaba en sus cartas: “ofreced vuestros cuerpos como hostia viva, santa… éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1); la vida del cristiano es una ofrenda continua a Dios: “cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31); “todo lo que de palabra o de obra realicéis sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col 3,17); “lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor y no a los hombres” (Col 3,23).

   El cristiano, ungido con el Espíritu Santo mediante el santo crisma, vive ofreciendo y alabando, siendo así su corazón un verdadero altar en el que todo se ofrece a Dios. Lo define así el Catecismo de la Iglesia Católica: “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón del que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar” (CAT 2655).

    El culto cristiano no ofrece como víctimas animales ni cosas; son los cristianos mismos quienes se ofrecen a Dios como víctimas espirituales a imitación de Cristo mismo, quien durante su vida terrena glorifica al Padre mediante su obediencia que llega hasta la muerte redentora en cruz. Cristo es sacerdote, víctima y altar, canta el prefacio V de Pascua… y, con Él, el cristiano también es sacerdote, víctima y altar.

     El Bautismo nos constituye en sacerdotes, profetas y reyes. Para vivir santamente, el sacerdocio bautismal nos constituye en oferentes de nuestra propia vida. Somos sacerdotes por el bautismo para dar gloria a Dios y culto auténtico mediante la propia vida. Esto no es algo nuevo ni moderno ni una moda, sino profundamente tradicional, enraizado en la Revelación. Ya san Pedro escribe: “También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo… Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real” (1P 2,5.9).

  Por el bautismo hemos recibido este sacerdocio real que nos habilita para ofrecer constantemente sacrificios espirituales a Dios. La Tradición lo entendió así. El alejandrino Orígenes predicaba:

  “Cada uno de nosotros tiene en sí un holocausto y él mismo enciende el altar de su holocausto para que continúe siendo prendido. Cuando renuncio a todo lo que poseo, y tomo mi cruz y sigo a Cristo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios. Cuando poseo el amor y entrego mi cuerpo a las llamas y consigo la gloria del martirio, me he ofrecido a mí mismo como holocausto en el altar de Dios. Cuando amo a mis hermanos hasta dar la vida por ellos, cuando peleo hasta la muerte por la justicia y por la verdad, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios. Cuando por la mortificación de mis miembros me conservo libre de toda concupiscencia de la carne, cuando el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios y me convierto yo mismo en sacerdote de mi propio ofrecimiento” (Hom. in Lev., 9,9).

  Muy conocido es el texto de una homilía de san Pedro Crisólogo:

   “¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima

   Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice-, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

    Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque, a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva, la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo…

  Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad, sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu, haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio” (Sermón 108).

            El Concilio Vaticano II, en su constitución dogmática Lumen Gentium aborda asimismo el sacerdocio bautismal:

  “Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamo de las tinieblas a su admirable luz. Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios, ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos.

  El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferente, esencialmente, y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos a su manera participan del único sacerdocio de Cristo… Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante” (LG 10).

  El sacerdocio bautismal marca su impronta en lo que somos y hacemos, en la jornada, en lo cotidiano, en nuestros actos y trabajos. Todo se convierte en ofrenda a Dios. Con ese tono espiritual, por ejemplo, las preces de Laudes son un auténtico ofrecimiento de obras:

-Señor Jesús, Sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales, agradables al Padre.

-Te ofrecemos, Señor, los deseos y proyectos de nuestra jornada, dígnate aceptarlos y bendecirlos como primicia de nuestro día.

-Padre santo, tú que al resucitar a tu Hijo de entre los muertos manifestaste que habías aceptado su sacrificio, acepta también la ofrenda de nuestro día y condúcenos a la plenitud de la vida (Preces Laudes lunes y martes II del T. Ord.; viernes II de Pascua).

  ¿Qué se incluye en estos sacrificios espirituales? Todo, absolutamente todo. En nuestra vida, la escucha mariana de la Palabra (disponibilidad y obediencia), la caridad, la entrega a los demás, la renuncia a uno mismo, la fidelidad en las pruebas más duras, la aceptación serena de las contrariedades de la vida (cf. Preces Laudes común varios mártires), etc., son expresión del sacrificio espiritual en alabanza de Dios.

  Llamados todos a la santidad, las circunstancias y la vocación concreta hacen que se viva de modo distinto. Aquí entra, como sacrificio espiritual en lo cotidiano, el vencimiento del mal con el bien, la renuncia a la venganza, el perdón constante y generoso, la superación del egoísmo con la caridad sobrenatural, la castidad gozosa ante la concupiscencia siempre viva, la amabilidad ante la brusquedad, la modestia evitando la vanidad, la humildad que pisotea el orgullo. Asimismo es sacrificio espiritual las horas de trabajo o de estudio (con empeño, fidelidad y a conciencia), de familia, de amistad, etc., las obligaciones profesionales realizadas con la mayor perfección posible, la dedicación generosa a los demás, las obras de misericordia espirituales y corporales… todo esto es la materia de nuestra santificación cotidiana, el culto espiritual del cristiano.

  Éstas sí son las ofrendas que hemos de presentar al celebrar la Santa Misa, esto sí es participar: incluir nuestros propios sacrificios en el Sacrificio de Cristo, incorporados a su Ofrenda única. En el pan y en el vino presentados estamos cada uno de nosotros incluidos, representados, para ser transformados en Cristo y ofrecidos. También nosotros seremos ofrecidos de modo que al Sacrificio de Jesucristo se le suman nuestros propios sacrificios. No en vano estamos llamados a completar en nuestra carne lo que le falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24).

   La ofrenda de Cristo-Cabeza atrae hacia sí y reclama la ofrenda de la Iglesia-Cuerpo; este sacrificio es asumido por el Espíritu Santo como sacrificio de la Esposa para unirlo al sacrificio de su Esposo. La vida cristiana se vuelve ofrenda y, a la vez, nuestra vida debe corresponder a lo que ofrecemos, viviendo luego santamente.

  La Eucaristía es Ofrenda y Sacrificio; la Iglesia lo declara orando a Dios en la plegaria eucarística: “te ofrecemos, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo” (Canon romano); “te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación” (PE II); “te ofrecemos en esta acción de gracias el sacrificio vivo y santo…” (PE III). Al incluirse ahí nuestros sacrificios espirituales, la vida cristiana queda configurada siempre como sacrificio, desarrollando en lo cotidiano el sacerdocio bautismal: “que él nos transforme en ofrenda permanente” (PE III), “seamos en Cristo víctimas vivas para alabanza de tu gloria” (PE IV).

  Estamos implicados en la dinámica de entrega de Cristo. En la Eucaristía, la Iglesia ofrece y se ofrece dice san Agustín (De Civ. Dei, 10,20); los fieles no sólo ofrecen, sino que se ofrecen también. Hay un gesto ritual muy explícito: la incensación de la oblata, de la cruz y del altar, incluye luego la incensación del sacerdote y de los fieles: no es un signo de honor, sino de ofrenda que nos une, en una misma incensación, a la oblación depositada sobre el altar.

   Ya la constitución Sacrosanctum Concilium, citando a Pío XII en la Mediator Dei, decía: “La Iglesia procura con solícito cuidado que los cristianos no asistan al Misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la Hostia inmaculada” (SC 48). Este plano espiritual y teológico es el que debe orientar la vida litúrgica y la auténtica participación de todos (que no es intervenir y hacer cosas en la liturgia).

  En la santa Misa se realiza la comunión entre nuestra ofrenda y la de Cristo, obteniendo su valor sobrenatural cada uno de los sacrificios que inmolamos a lo largo del día en el altar de nuestro corazón. En la santa Misa se elevan al Padre como sacrificio santo y vivo.

   Esto es lo que hay que recordar, inculcar, enseñar. Sobran los añadidos superfluos (dice Benedicto XVI en Sacramentum caritatis, n. 47) de moniciones a las ofrendas y las ofrendas “simbólicas” (¡cuando siempre han de ser reales: pan y vino, dones para los pobres o la iglesia!), sobran tantas intervenciones con el pretexto de la “participación” (falso concepto de participación)… y falta esta dimensión mística o espiritual: cada uno debe incluir sus propios sacrificios espirituales junto al Sacrificio del Señor. Ésta, sí, será una Eucaristía vivida y participada.

“La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —« hacer sagrado »— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 70).

 

5 comentarios

  
josep
toda la existencia del cristiano se convierta en sacrificio agradable a Dios.
15/09/17 2:19 PM
  
Jose Ignacio
Muchas gracias Don Javier.
15/09/17 2:33 PM
  
maria
Qué maravilla! Gracias P. Javier.
15/09/17 6:56 PM
  
Diácono
Sí, muy interesante el tema de la multitud de ofrendas superfluas que a veces se presentan. Hay verdaderas ridiculeces. No hay misa de aniversario de algo, de primera comunión, confirmación o similar, en la que no se lleve al altar la retahíla de indescifrables ofrendas-símbolo: cartel, libro, trabajos manuales, juguetes, llaves, sal, vela, globos, arroz,... Pseudo ofrendas que convierten luego el altar en un escaparate. Tengo una lucha de años con esto. Y además, cuando dices que en la liturgia no es lo correcto, te miran como si fueses un intolerante y que no dejas participar a los niños, jóvenes, etc. Pero como soy diácono, y por tanto un mindundi, se me ignora como siempre. Así que paz.

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JAVIER:

Un diácono no es un mindundi. Pero, en el tono en que lo dice, lo somos casi todos, hasta los que nos dedicamos a enseñar liturgia, o trabajamos en una Delegación diocesana de Liturgia: nadie nos echa cuenta. Es un mal generalizado.
16/09/17 5:55 PM
  
Margarita

Muchísimas gracias D, Javier por sus escritos tan llenos de sabiduría.
soy una amante de la Liturgia; también es verdad que a lo largo de mi vida he tenido muy buenos maestros respecto al tema, los cuales han contribuído a desarrollar en mi esa tendencia a preferirla entre todas las Pastorales.
A mi tambien me pasa que cuando veo que no hay suficiente conciedncia de lo importante que es esta materia,sufro mucho...
Veo que nos falta mucha formación en algo tan básico y tan importante para el crecimiento de nuestra vida de FE ...
Muy agradecida...y le seguiré leyendo...
24/09/17 12:25 AM

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