4.04.17

Ser católico, o el arte de encontrar la armonía de Cristo en mí.

orquesta

Ser “católico", en el sentido pleno de la expresión, es a la vez un desafío y un privilegio. No consiste simplemente en estar bautizado e inscripto en la Iglesia pastoreada por el sucesor de Pedro. Ni solamente aceptar todas las verdades reveladas, transmitidas por la Escritura y la Tradición.

Ser “catòlico” implica, en el plano existencial, vivir buscando el adecuado equilibrio entre algunas actitudes aparentemente contrapuestas que, sin embargo, es posible armonizar, y que sólo “sonando” juntas dan lugar a la verdadera catolicidad.

Porque el seguimiento de Cristo, del verdadero Cristo, implica afirmaciones exultantes, pero también  negativas contundentes. Para nosotros sería mucho más fácil si se redujera todo a un “Sí” continuo a cualquier doctrina o experiencia… o a un permanente “No". Pero la simplificación del cristianismo hacia la opción excluyente por uno de los extremos es siempre mutiladora de la real identidad.

Para expresarlo de alguna manera, y si bien soy un músico apenas amateur, se me ocurría imaginar estos dos componentes de la catolicidad tomando la metáfora de los tonos mayores y menores que suelen o pueden estar en una obra clásica o contemporánea.

 

Católicos de “tonos mayores”

La tentación más actual y común que descubro en este tiempo, tanto en laicos como en quienes somos pastores, es la de ser católicos de “tonos mayores”

Esto significa, como criterio general, subrayar de modo unilateral los aspectos más “amigables” del Evangelio y más acordes al pensamiento del hombre de hoy, y “gambetear” todos los aspectos que puedan parecer negativos o que suenen chocantes a los oídos modernos.

El cristianismo exclusivamente de TONOS MAYORES, sólo se fija en la MISERICORDIA de Dios, pero evitando cualquier referencia a la miseria del hombre y su pecado, y la necesidad del arrepentimiento para alcanzar el perdón.

Evita hablar de la Vida eterna, se propone como un programa de vida intramundana, y si llega a hablar del más allá, lo hace sólo considerando como posibilidad el Cielo: nunca el juicio ni el infierno.

Tiene una mirada ingenua sobre el hombre… confía ciegamente en la bondad de todo y de todos, y olvida la realidad del pecado original y la tendencia al mal que hay en nuestro corazón.

El sentimiento y la emoción definen su vida de fe y sus opciones. Tiene prohibido hacer algo que “no le guste": la espontaneidad y el placer son el criterio de bondad de las decisiones.

Considera que muy pocas cosas pueden llegar a ofender a Dios -si es que algo lo ofende de verdad- y que la máxima y única ley válida es la propia conciencia, autónoma. Esta se termina haciendo cada vez más irrelevante y por ello mismo más esclava de las modas del momento.

 

El cristiano de TONOS MAYORES, en su relación con el mundo,  evita cualquier tipo de confrontación; considera que está prohibida la defensa de la Verdad e incluso su misma mención. Considera el máximo pecado -más que la blasfemia, más que el aborto, más que cualquier otro- el querer “imponer” a otros una manera de ver las cosas.

El cristianismo en TONOS MAYORES tiene un atractivo importante. Es a simple vista más fácil de vivir en el siblo XXI -ya que a nadie molesta- y suele generar simpatía.

Pero la alegría externa con la cual aparece revestido no tiene suficiente raíz, porque parte de una mutilación del mismo Cristo y de su Evangelio; termina dejando vacíos y alejando del verdadero Jesús… y encubre una progresiva corrupción del corazón poco vigilante.

 

Católicos de “tonos menores”

En el otro extremo, y muchas veces como una reacción al modo de entender el catolicismo recién mencionado, surge en nuestras iglesias particulares a veces con fuerza un catolicismo sólo de “tonos menores”

¿Cuál es su rasgo distintivo?

El subrayar del cristianismo y del Evangelio sólo la parte difícil, sólo la Cruz, sólo el esfuerzo. De vivirlo constantemente con tristeza y melancolía, con un sentido trágico permanente.

En esta visión, no siempre explícitamente formulada, se tiende a destacar en la imagen de Dios y de Cristo únicamente la del Creador Omnipotente y la del Juez Justo.

Se suele proponer una virtud vivida estoicamente, como puro esfuerzo voluntarista, con los dientes apretados, con el ceño fruncido y los ojos cerrados.

 

En esta lógica sonreír demasiado está prohibido, divertirse puede ser peligroso. El sentimiento debe quedar completamente excluido de la espiritualidad y de la vida.

La conciencia tiende a volverse escrupulosa, el corazón se estrecha, se desconfía de todo el mundo, se ve con malos ojos todo -absolutamente todo- lo que no lleve el inequívoco sello cristiano.

El catolicismo sólo “en TONOS MENORES” es heroico, tiene un atractivo importante, pero termina agotando al alma, como un arco que está siempre tenso y se termina quebrando… y genera una ruptura interior.

Cuando vemos a los católicos que entienden de un modo o de otro su vida de fe, nos quedamos con la misma sensación que tenemos al oír una bellísima y elaborada composición musical, a la cual el que la ejecuta le roba los tonos más difíciles de hacer, los pasajes, los dominantes, las disonancias y sus resoluciones…

Cuando leemos el Evangelio de Cristo y la vida de los santos -vidas bien escritas, vale aclararlo- tenemos, en cambio, el mismo placer intelectual y moral de quien escucha una bella sinfonía donde cada nota está en el lugar justo, donde los acordes ocupan un sitio no intercambiable con otros, donde la alternancia y la variedad armónica realza la belleza del tema principal.

Vale la pena intentarlo, ¿no?

25.03.17

La Anunciación a María, narrada por Gabriel

Comparto un texto que escribí hace un tiempo, y que puede ayudarlos en este 25 de Marzo.
Es una especie de contemplación del Misterio de la Anunciación y la Encarnación, mirada desde el punto de vista del Arcángel Gabriel
 
En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea…”
 
 

AnunciacióNo me resulta fácil contar esto, por muchos motivos. El principal es que es muy diferente la vida del cielo que la de la tierra; nuestra relación con la historia de los hombres es un misterio para nosotros mismos.

No obstante, desde la Creación, Dios ha confiado a algunos de nosotros algunas misiones en el mundo de los hombres. De hecho, muchos estamos vinculados a ellos porque debemos custodiarlos hasta llegar al Cielo.

En mi caso, también antes de la plenitud de los tiempos tuve una misión. Eran tiempos oscuros, tiempos de crisis para el Pueblo de Israel, y yo tuve que animar su esperanza.

 

Pero seguro que a ustedes les interesa saber otra cosa: cómo fue aquella vez, en la casa de María. Sin embargo, quisiera hacer mención al motivo por el cual fui enviado: la compasión y el amor de Dios por la humanidad.

Una humanidad que gemía bajo el yugo del sufrimiento, del pecado, de la muerte. Una humanidad sumida en la tristeza y en la desesperación, porque todo anhelo, todo esfuerzo parecía condenado al fracaso más rotundo.

Y -esto que les cuento es casi una infidencia- créanme que esta situación hacía sufrir a Dios… A veces los hombres se imaginan que Dios no se inmuta, que es tan perfecto y todopoderoso que nada le afecta. Pero yo les puedo asegurar que el Padre se estremecía ante la humanidad extraviada y hundida en la desesperanza.

 

Hasta que en un momento -al menos así lo vivimos nosotros- el Hijo, que es un eterno reflejo, perfectísimo, del Padre, decidió unirse a los hombres. Esto lo digo así, porque así nos fue dicho, pero no lo comprendo, y sé que jamás lograré comprenderlo. Porque esto estaba ya en los planes del Padre desde antes de la Creación, y sin embargo, se realizó de un modo concreto, en la historia marcada por el pecado de Adán… Sin dejar el seno del Padre, el Hijo se disponía a hacerse un hombre… Increíble, pero real, posible por el infinito Amor, que es el Espíritu Santo.

 

La decisión estaba tomada. Para rescatar al hombre perdido, para buscar a la oveja que se había extraviado, y que yacía herida, en el profundo foso de la muerte, el Hijo se ofrecía: “He aquí que vengo, Padre, para hacer en la tierra tu voluntad…”. Un misterio de Obediencia perfecta, que vendría a reparar la inaudita desobediencia de Adán. Pero más inaudito era aún el camino por el cual Él tomaría la naturaleza humana.

 

Y ahí es donde fui llamado. Una gran misión se me confió. Porque Dios siempre hace las cosas de un modo desconcertante, que nosotros nos acabamos de comprender.

Me presenté, y se me dijo: “tienes que ir a Jerusalén, a anunciar a Zacarías que le nacerá un hijo…” Esta historia ya la conocen, y la incredulidad de Zacarías, y la promesa que se cumplió.

 

Pero el Padre prosiguió: “en el sexto mes debes ir a Nazaret… allí vive una joven virgen, ella será la Madre de mi hijo… debes anunciarle, y recibir, en mi nombre, su consentimiento… será el Espíritu Santo…”

 

Imagínense: ¡Nazaret! Existían cientos de miles de lugares mejores donde el Padre podía realizar su plan, pero, ¡Nazaret!

Y una joven, una joven virgen… el Espíritu Santo.

Pero lo más impresionante fue que el Padre, el Todopoderoso, quería recibir el consentimiento de esta jovencita…

 

Cumplí mi misión en Jerusalén, y, en el sexto mes, obedeciendo el mandato del Padre, realicé la mayor de las misiones. Aquí me quiero detener en los detalles del momento, un momento único, irrepetible

 

Galilea es una región hermosa. A diferencia de Judea, más árida, tiene suaves colinas que, en determinadas épocas del año, se cubren de verde hierba.

Nazaret era apenas una aldea: gente sencilla, algunos creyentes, otros poco piadosos, algunos trabajadores, otros no tanto… muchos pacíficos, pero también algunos rebeldes, casi revolucionarios.

 

La casita era una de tantas, sin nada que la distinguiera. Una casita pobre, de gente trabajadora a la que nunca le había sobrado nada. Paredes austeras, muebles austeros, todo muy ordinario.

 

Pero lo más importante era ella… creánme que se me hace difícil describirla: ¿cómo podría yo?. Sería necesario ser poeta, y yo soy sólo Ángel. Estaba como tantas veces, ocupada en sus labores de niña casi joven. Su rostro expresa tanta discreción como majestad. Sus manos laboriosas trabajaban con precisión y delicadeza.

Mi saludo la sorprendió. Ella siempre se había imaginado ser la última, la más pequeña: se sentía cómoda sintiéndose así. No era amiga de ideas extravagantes, y nunca había pedido a Dios ninguna señal… Todo lo que sucedería era inesperado para María, y, sin embargo, hubo inmediatamente entre nosotros una sintonía singular.

 

Al percibir mi presencia, se puso en cuclillas, profundamente inclinada, con la cabeza baja, de tal manera que al principio no pude ver sus ojos. Por un momento un gesto de preocupación cruzó su frente, desvaneciéndose casi al instante.

“¿Llena de Gracia…, yo?… ¿qué quiere decir?” pensaba en su interior. Su corazón estaba inundado de la Palabra de la promesa, escuchada y meditada desde su infancia. Cada palabra mía activaba en su interior, decenas de imágenes, antiguos oráculos, oraciones del pueblo que ella había aprendido en su casa y en la Sinagoga.

 

Proseguí con lo que el Padre me había enviado: “No temas, María… Dios te ha favorecido… Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

 

Tuve la inmediata sensación de que ella entendía todo. Poco a poco, fue levantanto la cabeza, con una enorme dignidad, pero sin perder la humildad. En verdad ella no temía, no temía a nada, desde el momento en que supo que yo venía de parte de Dios.

Cuando mencioné el hijo, vi como un destello en sus ojos, al igual que al pronunciar su nombre. Ella conocía cada una de las profecías: sabía muy bien que yo le anunciaba que sería la Madre del Mesías. La idea a la vez le parecía imposible y enormemente lógica. Su alma se iba inundando de luz. Se sabía agraciada de una manera singular, y a la vez, cada vez más pequeña ante el misterio que se le anunciaba.

 

En ese momento, vi en su mirada como un momento de vacilación. Ella era tan transparente, que podía casi leer sus pensamientos. Después de un instante de silencio, preguntó:

“¿Cómo puede ser eso… yo no tengo relaciones con ningún hombre?” Parecía extraña esta referencia, y sin embargo era lógica. Pude comprender en ese momento que María, movida por el Señor, había sentido desde pequeña un gran deseo de ser toda de Dios… de permanecer virgen. Ella había hablado de esto con el varón justo a quien sus padres la habían unido, y él la había comprendido, y apoyado. ¿Cómo sucedería entonces ahora? ¿Debía abandonar aquel propósito que había sido como el hilo conductor de su vida? Ella estaba dispuesta a todo, sólo quería comprender mejor…

Ese destello de preocupación desapareció del todo cuando comencé a explicarle: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti… el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. El niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.”

Lo que tuve que decirle era a la vez de una trascendencia infinita y de una sencillez divina. María escuchaba, y con cada nueva Palabra, su rostro se volvía más luminoso. “Hijo de Dios”. Esa Palabra la conmovió, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero siguió tan atenta: todo su ser estaba allí, pendiente de mi anuncio.

El Padre me había autorizado a revelarle el milagro ocurrido en su prima: “también tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes…”

Y concluí mi misión, ser portador de esta buena noticia, diciendo “porque no hay nada imposible para Dios”.

 

Ese momento fue impresionante. Tuve la sensación de que no estábamos solos en esa humilde casita. Me pareció que, de alguna manera, estaban allí Adán, Abel, Abraham… Moisés, Sansón, David… Jeremías, Isaías… Esdras, Judit, Judas Macabeo… y tantos otros… y hasta me animo a pensar que Miguel, Rafael, y todos los coros angélicos, miríadas y miríadas de espíritus celestiales, estaban ahí, con nosotros, pendientes de nosotros, o, mejor dicho, de ella.

 

Todos expectantes, todos pendientes de esta humilde joven, casi niña. La historia del mundo, la salvación del género humano tal como el Padre la había pensado, pendían en ese instante del sí de esta niña. El eterno Pastor, deseoso de salvar a la humanidad descarriada, esperó, paciente, la respuesta de su creatura, la única libre del pecado que Él debía cargar sobre sí.

 

Fueron sólo unos segundos, pero ese instante pareció largo, muy largo. ¿Qué ocurría en su interior? Esto ya no lo puedo saber. Sólo imagino como un combate interior entre la humildad y la disponibilidad. ¿Cómo ella, ella, podría ser madre del Rey? ¿Qué podía significar ser madre del Hijo de Dios? ¿Era digna? ¿Sería capaz? Sólo ansiaba ocultarse, vivir sólo para Dios, pero nunca había imaginado que ese anhelo que abarcaba toda su vida se realizaría de esta manera. Era consciente de que Dios tenía un proyecto , pero que no la forzaba, que tenía que decidir libremente.

“Vivir sólo para Dios”. Tal vez ese fue el pensamiento decisivo para que diera su consentimiento. ¿Reina ella? No podía ser reina. Siempre se había imaginado sirviendo, siempre absoluta disponibilidad. Por eso la expresión de su Sí fue como les cuento. En ese momento, en que casi ni me atrevía a mirarla, pude percibir una sonrisa, tenue, pero luminosa. Una sonrisa que condensaba siglos de espera y el gozo de la nueva libertad que se prometía y realizaba. Una sonrisa llena de radiante belleza, y a la vez solemne, majestuosa, como su consentimiento:

 

“Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

 

Ese instante ya no puede ser descrito. No nos alcanzará la eternidad para escrutarlo.

 

Sólo puedo decir que, en el mismo momento de su respuesta, una fuerza irresistible me hizo postrarme, ante Ella y ante Él, que vivía en Ella.

 

Supe que el Evangelista Lucas, dichoso confidente de María, escribió: “y el Ángel se alejó”. Claro, los ángeles no viven en la tierra, sino en el Cielo.

Pero ¡qué dificil, desde ahora, distinguirlos! Porque el Señor del Cielo vivía en la tierra. Las fronteras, de repente, se desdibujaban. Mucho más imperceptibles aún en la casa y en el corazón de María.

17.03.17

Intentando marianizar mi vida sacerdotal

Con María del Rosario
 
Hace unos días nomás, la Providencia de Dios quiso que mi nombre y mi foto de perfil recorriera alguno de los portales católicos más conocidos -además de mi presencia habitual aquí en Infocatólica-. Aciprensa en español y en Portugués, ReligionenLibertad, Aleteia Italia y ChurchPop en su versión en inglés, se hicieron eco de una carta que escribí en mi muro de facebook con motivo de un acto blasfemo en Tucumán, en mi querida Argentina.
 
He recibido, con motivo de tal difusión, centenares de saludos y agradecimientos, en diferentes idiomas y con variados enfoques. También he recibido el ataque de algunos pocos quienes, no teniendo ningún argumento válido contra mi escrito, se han cebado sobre todo en reprocharme los pecados de los miembros de la Iglesia a lo largo de todos los siglos, y especialmente los abusos sexuales cometidos por miembros del Clero. A varios de ellos les sugerí leer lo que escribí sobre este asunto en diciembre de 2016, publicado aquí en Infocatólica.
 
Lo cierto es que el agravio inaudito perpetrado en tierras argentinas contra el honor de María, sumado a la más diabólica representación y reivindicación del aborto, suscitó -según mi entender- el efecto contrario del que se proponía. Suscitó en muchos cristianos quizá un poco adormecidos una reacción de amor y fervor reparador. En otros, todavía un poco inocentes, un “abrir los ojos” ante la cristianofobia que crece en Occidente, a menudo avalada tácitamente por las autoridades civiles y -es doloroso decirlo- por un cierto buenismo de parte de los cristianos, también de algunos pastores.
 
Lo que más me impresionó y edificó fue recibir tantos testimonios del influjo formativo y del cariño tierno y fuerte hacia María del que tantos hermanos y hermanas de América y Europa me hicieron partícipe.
 
Para algunos, nuestro amor a María puede ser algo difícil de comprender. Y por eso, en la misma línea del testimonio sobre el celibato que compartí días pasados, comparto hoy mi “historia mariana“, los pasos y los momentos en los cuales el Amor del Inmaculado Corazón se hizo más presente y eficaz. Ese amor que me precede y al cual yo simplemente intento responder como mejor me sale, sobre todo, marianizando mi sacerdocio.
 
¿Cuál es esa historia mariana?
 
María ha estado en cada paso de mi vida espiritual con un protagonismo creciente. Y subrayo en primer lugar Su iniciativa, que nunca ha faltado, aun cuando yo no responda siempre bien.
Mi primer recuerdo nítido relacionado con la fe tiene que ver con María. Desde el jardín de infantes fui alumno de un colegio católico, y la congregación de las hermanas estaba consagrada a María, así que su presencia llenaba todos los espacios físicos y espirituales del colegio.
Pues bien, mirando hacia atrás me recuerdo caminando por la calle Juan Perón hacia el lado del puerto, con una flor en la mano para entregar a la Virgen un 13 de Mayo, mientras la señorita nos hacía cantar –y nosotros cantábamos– “Venid y vamos todos con flores a María”.
 
Desde entonces siempre su presencia ha sido importante. Disfrutaba muchísimo cantando sus cantos en las misas y celebraciones en la primaria. En el colegio salesiano, María Auxiliadora era protagonista excluyente; incluso en ese período de mi adolescencia en el cual no estuve tan cerca del Señor, ella no me soltó nunca.
Recuerdo a un gran profesor de catequesis que nos habló con pasión sobre María, y nos dijo que si rezábamos al menos un misterio del Rosario cada día, ella no iba a permitir que nos condenáramos y nos iba a dar la perseverancia final. Yo rezaba un misterio a escondidas en mi casa –tenía terror de que mi hermano y mi mamá supieran– confiando en la palabra de aquél testigo.
 
En mi adolescencia, la Virgen del Rosario –así, con ese nombre entrañable– se metió de lleno en mi vida espiritual, sobre todo desde el ingreso al grupo misionero. Después de mis primeros ejercicios espirituales, comencé a rezar el Rosario cada día. Solo unos días después de Su fiesta, recibí el llamado al Sacerdocio. También mi primera Comunión, mi Confirmación y mi nacimiento sucedieron en el mes del Rosario.
Y al finalizar mi primera misión, junto con muchos otros jóvenes –aunque apenas tenía 15 años y poco tiempo–, pedí a los sacerdotes poder hacer mi primera consagración a Ella.
 
Pero sin duda que mi vínculo con María tiene una etapa áurea en el Seminario Menor. Gracias a nuestros formadores, enamorados de María, pude aprender a vivir en una verdadera relación de hijo. Cada mañana, luego de la oración primera, invariablemente subíamos los escalones del presbiterio y besábamos la mano de la imagen de María, la de manto verde… Imaginen: una cincuentena de adolescentes que realizaban ese rito, no una sino varias veces por día. La mano de la imagen vivía rota y sucia, pero ahí, en ese beso infantil, le confiábamos nuestra vida.
 
El 7 de octubre de 1998 realicé mi Consagración total a María, ya con una conciencia mucho más profunda. Para entonces, había tenido la posibilidad de leer un impactante escrito de Monseñor Tortolo, en el cual él cerraba una homilía diciendo que si le dieran un minuto para hablar a sus sacerdotes antes de ser ejecutado, él les diría: “Orad y marianizad vuestro sacerdocio”. Por eso en unas vacaciones se me ocurrió pintar esa frase luminosa, la cual me acompañó en los últimos años de formación.
 
El Seminario era para mí –con todas sus imperfecciones, entre ellas las mías– el Cenáculo y Nazareth. Y entonces, Ella era una presencia real y concreta.
Por aquel entonces yo rezaba los quince misterios del Rosario, casi siempre caminando, de tal manera que me recorrí cientos, miles de veces las galerías y los caminos de ingreso de nuestra casa de formación. Con el único anhelo de dejarme formar y pidiéndole a María que me purificara, que me hiciera fuerte, que me hiciera fiel.
 
El día de mi ordenación sacerdotal tuve la certeza de que Ella estaba ahí. Al lado mío, o dentro de mí, o yo dentro de Ella, o todo junto. “No temas… yo soy tu Madre”.
 
Y así sigue María, fiel a la misión que el Hijo le dio en la Cruz, recibiéndome como hijo, a pesar de mis miserias. Muchas veces le he sido infiel, he sido poco cariñoso con ella. Casi nunca puedo obrar –según me lo propuse en mi consagración– como María. Ella, como toda Madre, no deja de recibirme una y otra vez.
 
De alguna manera ella sigue siendo protagonista de mi proceso de formación, que continúa hasta la muerte. Y la siento como mi Socia en cada apostolado que emprendo. Trato de no dejar nunca de mencionarla en cualquier acción ministerial que realizo. Intento vivir de acuerdo a esa consigna: “marianizad vuestro sacerdocio”. Lo he intentado hacer de varias maneras: construyendo pequeñas grutas de María en los barrios para luego celebrar allí misas mensuales, incentivando el rezo del Santo Rosario, difundiendo la espiritualidad de San Luis Grignon de Montfort. Mis dos homenajes más sentidos han sido escribir para ella –junto con un gran amigo compositor– la Misa en honor de la Virgen del Rosario; y publicar, el año pasado, el librito “24 horas Santas con María”, donde intento acercar a cada adorador a María, para junto a ella dar culto al Rey de Reyes.
 
Hoy, en mi sacerdocio, en el día a día, le pido que supla mis deficiencias; que me dé un corazón puro; que no permita que se desdibuje en mí la identidad sacerdotal. Le pido también a veces, como Don Bosco: Da animas mihi, coetera tolle (Dame almas, y quítame todo lo demás). Siempre me acompaña una anécdota que este santo cuenta en su autobiografía: cuando llegó el primer niño al que luego sería el oratorio, él lo invitó a rezar un Avemaría. Don Bosco asegura que el fervor con que rezó esa oración fue lo que trajo todo el fruto que, en lo sucesivo, daría su obra.
 
Inspirado en esta anécdota, cientos de veces he estado en situaciones en las cuales no sabía “para qué lado disparar”, y ha sido un Avemaría, rezado en el corazón, el que me ha serenado y traído luz.
También recuerdo que al finalizar sus días, en la última Misa que da con sus hijos espirituales, Don Bosco, entre lágrimas, exclamó: “Todo lo hizo María Auxiliadora”.
Salvando las distancias, tengo la certeza de que todo el bien que el Señor me permita realizar, llegado a mi fin, será solo de la Virgen del Rosario. A Ella le ofrezco mi homenaje de amor, y mi sacerdocio entero.
 
Aquí el video de un concierto de presentación de la Misa de la Virgen del Rosario
 
 

16.03.17

Padre, ¿alguna vez te enamoraste?

OrdenaciónCada tanto, el tema del Celibato sacerdotal se pone “de moda”, ya sea en ambientes eclesiales o en otros más mundanos, a tal punto que incluso en los sitios webs de los diarios, en los programas televisivos de chimentos o en los matutinos radiales se habla de él.

Para abordar la cuestión, suelen llamar a muchos para opinar: a psicólogos, a sociólogos, a historiadores de las religiones, a ex-sacerdotes, sin que falte la opinión de las vedettes de turno o del presentador del programa… Pero casi nunca nos preguntan a nosotros, a los que hemos optado por el celibato, ni suele oírse la voz de un cura que esté encantado con su vida célibe.

Por este motivo, muchos cristianos, incluso con cierta formación, desarrollan ideas equivocadas sobre el celibato sacerdotal. Llegan a ver en el mismo únicamente una norma eclesiástica que se impone desde afuera, una prohibición, una censura a lo más normal para un hombre, para un varón. ¿Qué tiene de malo el amor? ¿Acaso no es el centro de mensaje cristiano? En la mente de muchos aparece asociada la palabra “celibato” a “negación del amor". “Prohibido amar".

Dado este contexto, no es extraño que sobre todo los niños y los jóvenes, cuando tienen oportunidad y con su habitual desparpajo, nos planteen su interés del siguiente modo: ¿qué pasa si te enamorás? O, incluso, ¿alguna vez te enamoraste?

Los documentos de la Iglesia han mostrado con belleza y profundidad la falacia de oponer celibato y amor. Yo, con el paso de los años, he ido encontrando mi propia respuesta, que se ha hecho más y más clara y que hoy creo poder expresar con más soltura y hasta con cierta elegancia.

Es la respuesta que comparto aquí, y que estoy seguro puede ser asumida por cientos de miles de curas y religiosas. Lo cuento más o menos así:

 

Desde niño siempre soñé con encontrar y tener:

a) Una hermosa y buena esposa a quien amar para toda la vida.

b) Muchos, muchos hijos a quienes querer y ayudar a ser felices.

En definitiva: soñaba con una familia, fundada en un amor definitivo, perpetuo.

 

Pero entonces, ¿por qué me “metí de cura", en esta institución en la que “no te dejan casarte"?

Me “metí de cura", y elegí ser célibe, por una única razón: por el llamado de Jesús.

Porque el día en que supe que tenía que ser sacerdote, en ese preciso momento, supe también que Jesús quería que le entreguara toda mi vida, todo lo que soy, todo mi futuro, todos mis sueños. Y esto, no por un tiempo, sino para siempre.

Yo no soy célibe, entonces, porque “la Iglesia no me deja casarme".

Ni mucho menos me metí de cura porque no me “gustaban las mujeres", o porque “me dejó una novia", o porque “nadie me daba ni la hora”

No. Me “metí de cura” por AMOR. Porque descubrí que un Amor infinito me precedía, y ese Amor conquistó mi pobre corazón humano. Me enamoré del amor, y elegí -decidí- amar con la totalidad.

 

Por eso entré en el Seminario -con certezas firmes, que se fueron iluminando cada vez más y solidificando mejor-, y por eso, día tras día, volví a elegir lo mismo que el primer día.

En el Seminario, lejos de presentarnos una realidad ficticia, de ocultarnos las posibles dificultades, o hablarnos mal del matrimonio y de la familia -todo lo contrario-, me dijeron bien clarito, una y otra vez: “el Celibato es un don maravilloso, pero también es exigente. Si estás seguro, adelante. Pero si no estás seguro, estás a tiempo

Me enseñaron que para ser feliz siendo célibe (porque no se trata de aguantar, sino de ser plenos) debía cuidar mi amor por el Señor. Que si mi amor por Jesucristo se mantenía vivo -como en un matrimonio-, si permanecía enamorado de Él, podía ser enormemente feliz, incluso teniendo que renunciar a grandes bienes.

Me enseñaron -y acá viene lo más paradójico y maravilloso de la vida célibe, lo que yo al principio no había imaginado y hoy disfruto- que si vivía mi celibato como expresión de amor, si me abría a la acción de la Gracia y del llamado que se perpetúa en el tiempo, se iban a colmar de modo sobreabundante todos mis anhelos:

a) Iba a ser, verdaderamente esposo, como Jesús es esposo de la Iglesia.

b) Iba a ser, verdaderamente padre, de muchos, muchísimos hijos, a quienes querer y ayudar a ser felices.

Iba a tener una gran familia, fundada en un amor definitivo.

 

Y así lo vivo hoy.

Con la certeza de que no me “vendieron un buzón“, ni me “metieron el perro“, diciéndome vaguedades o con falsos misticismos.

Pero todo es cuestión de Amor. En los días de mi sacerdocio donde el amor por Jesús y mi intimidad con Él han permanecido fuertes, el gozo es inabarcable. Increíble e inexpresablemente intenso. Una alegría del Cielo, como sugiere la etimología de “celibato”

Y sólo en los días donde yo no supe ser perseverante en la búsqueda de su Rostro, donde me aislé de la Gracia, donde anduve sin poner mi norte y mi rumbo en Él, apareció la tristeza, como aparece en un hombre casado cuando va descuidando el amor por su cónyuge.

Por eso las personas célibes, en la medida en que podemos vivir de este modo, no somos “dignas de lástima". No somos “pobrecitos” de la vida, ni fracasados existenciales.

No somos más que una persona casada, pero tampoco menos, porque el más o el menos no se mide por el estado de vida ni por la vocación, sino por la Fidelidad.

Pero quizá alguno dirá: ¿no hace el celibato incompleta la vida de una persona? ¿Cómo se puede ser padre, ser pastor, se maestro, permaneciendo “fuera” de experiencias tan esenciales de la vida como son el matrimonio y la familia?

El tiempo y la vida pastoral me han demostrado que el celibato, lejos de alejarme de la realidad de las personas o de impedirme conocerla y comprenderla, me permite observarla y abordarla desde un ángulo y con un enfoque enormemente enriquecedor. Es cierto que esto lleva algunos años de escucha y estudio que exceden los del Seminario, pero finalmente puedo decir que en muchas ocasiones me puedo sentir un “experto en humanidad” y con una mirada sobre la realidad humana mucho más realista. La vivencia del celibato acarrea consigo en la mayoría de las ocasiones una apertura del corazón por parte de los fieles más sincera, más espontánea y más fecunda que si no lo fuera.

Por el gran don del celibato al que fui llamado, por tanta alegría escondida y misteriosa fluyendo de esta fuente, hoy quiero nuevamente dar gracias al Señor. Y quiero darle gracias a Dios por su Fidelidad, en la cual mi fidelidad y la fidelidad de todos los consagrados es posible.

Y dar gracias también a tantos consagrados y sacerdotes que me han mostrado, mucho antes de que yo fuera capaz de darme cuenta, que hay una felicidad infinita en ser totalmente del Señor.

Con María, como María, desde el Corazón Inmaculado de María.

 

6.03.17

Jesús en el Desierto como nunca antes lo pensaste (p. Diego de Jesús)

Padre DiegoCon autorización del autor, y con el deseo de que sus meditaciones dominicales lleguen aún más y más lejos, comparto el texto que comenta y hace contemplación el Evangelio del Domingo I de Cuaresma.

El padre Diego de Jesús, además de ser un contemplativo, es un poeta, con un admirable dominio del castellano y con una inagotable capacidad de crear imágenes de una potencia poco común.

Si quieren disfrutar de todo esto cada domingo -y por allí adquirir el vino monacal- visiten su página de facebook Monasterio del Cristo Orante


Y EL DESIERTO FLORECIÓ

No siempre tuvieron alas, habrá pensado para Sí, mientras sigue con la mirada el paso rasante de una suerte de fláccido gusano alado que sobrevuela la inerte inmensidad. Hay un algo viscoso en esa oruga gigante de alas gelatinosas que las bate con frenesí mientras se arremolina sobre el Hombre sentado sobre piedra en la arena.

La inmensidad del desierto es escalofriante. Como un precipicio horizontal, abisma en vértigo su invertida profundidad. Su inerte monocromía no es una palabra serena y silenciosa sino un grito estridente, un gemido escalofriante ante la necrosis del orbe. El desierto es la sobreabundancia de vacío, la opulencia de lo vano, casi la apología de la nada. Hay abulia y desgano en cada uno de sus trazos. Lo pueblan mudos aullidos que insisten (con la fatigosa recurrencia de la arena) en ofrecerle una desgarradora gramática a la negatividad, al no-ser. El desierto es la ergástula sin muros.

MonasterioNi el cielo concede vestirse de un azul decente: más bien es de un desteñido celeste grisáceo. Y sobre ese apagado peltre aparece un dragón; alado también éste. A diferencia del gusano, su aspecto era más vertebrado, como un inmenso reptil de los aires. Sólo sus alas muestran cierta cosa más blanda, como húmeda y cartilaginosa, con membranas que van vinculando las falanges de sus alas. Su color es gris oscuro, salvo por algunos tonos más rosados en su abdomen. Su intenso aletear delata un peso descomunal que dificulta su vuelo, decididamente torpe y esforzado. Cruje como los fierros de una maquinaria desvencijada.

Es la hora del ocaso, aunque carezca por completo de la belleza con que suele revestirse el atardecer en el país de la vida. Más que penumbra lo que recubre el mortecino yermo es un agrisado velo, al punto que la dorada arena parece más bien un inmenso mar de tizne y ceniza.

La aterradora creatura, que cuenta con siete ojos espantosamente atentos, vuela en redondo también, con una inquietud feroz, como un carancho sobre el cadáver. Hay una monstruosa avidez en su múltiple mirar. Pero no se abalanza sobre la inerme figura de su supuesta presa, como si un poder invisible lo impidiera. Y en su desesperación sólo atina a vociferar fuego, que alumbra fugazmente el tenebroso escenario y le devuelve, por el instante del bramido, algo del oro perdido a la arena.
Más dragones van poblando de aullidos el tenebroso firmamento. De sus fauces salen, según la especie, bocanadas de fuego, de hielo o pestilentes vahos que cubren de hedionda fetidez el yermo.
El hombre de la arena, impertérrito, vuelve a pensar: no siempre tuvieron alas.

Pero no sólo el firmamento se ha ido poblando de alados reptiles, sino que de entre los peñascos del páramo asoman más y más monstruosos dragones, cual enormes comadrejas pero con piel de reptil. Y en medio de un escalofriante sisear, avanzan entrelazadas miríadas de serpientes en manada, hacia ese centro intocable, hacia ese gallardo hombre sentado en el vórtice mismo de la nada. Sentado en el centro del más atroz laberinto (el más perplejo, el más sutil), del que ningún hombre supo jamás escapar…

De la misma agrisada arena emergen incontables ejércitos de animalias desagradables: meticulosos arácnidos, roedores sarnosos, lagartos granulados con sus lenguas bífida y legiones de brillantes escorpiones con sus ostentosas tenazas. Se abren paso entre el polvo, al que fueron apegados desde la Caída. Castigados a comer polvo por Ése, ese hombre sentado sobre la piedra, en la arena, en el centro del Desierto universal.

En el desolado yermo no hay pájaros del cielo ni lirios del campo. No hay nada que asuma la alabanza, el cántico creatural. Sólo hay resistencia a la luz, resistencia a la vida, hechas forma y figura en los vestigios de la Bestia que hay en esta variedad de seres monstruosos y malignos que se refugian en estos rincones inertes del orbe, auténticas “zonas liberadas” que Dios le concedió a Satán para habitar.

El Señor los conoce. Y sabe bien que carecen de poder sobre Él. Ha ido al Desierto justamente para enfrentarlos. Para liberar la zona liberada. Para confrontar cara a cara. Y no a título personal, sino en orden a resolver el asunto humano. Cristo no se ha internado al desierto a modo de un “retiro”, para prepararse a su misión, como un deportista se concentra. Ni a preparar y repasar su Sermón de la montaña. Nada de eso le hace falta. Cristo se ha internado al desierto para domesticar el desierto. Para someter las huestes del Malo. Para ponerlos por escabel de sus pies. Cristo se ha internado en el desierto para recuperar el desierto. 
Los escribas registraron cuarenta días y cuarenta noches. Lo cierto es que fue eso pero también fue una eternidad. Pues el Hombre de la arena era el Eterno. Por eso quien fuera hoy al desierto lo encontraría aún allí, plantado como una pica en Flandes, sentado sobre una piedra en la arena.

Y sobre el final de la Operación apareció Satán; la Bestia, el oscuro amo del Desierto. No hubo pulseada ni forcejeo ni lucha. Apareció Satán para hacer su penúltima oferta, buscando un arreglo.

Los dragones sobrevuelan con histeria el negro firmamento. Las serpientes han formado un círculo, un trenzado anillo de perversión. Y en su centro, Nuestro Señor, imperturbable, muy sentado sobre la piedra del arenal. Y Satán le camina en círculos alrededor, como un desquiciado moscardón, como un león enjaulado recorre en ocho su impotencia. Su nerviosismo hiperkinético, su discontinua verborrea, su géstica excéntrica, brutal, histriónica… contrasta abruptamente con el hidalgo señorío de Cristo, el aplomado y flamante Señor del Desierto.

No sólo no hay trato. El Señor ha instalado en el epicentro mismo del terreno enemigo sus tres anclajes, sus tres picas, sus tres bastiones: la Palabra, el santo Temor y la Adoración. Ya no hay vuelta atrás: el Desierto jamás volvería a ser el nido de demonios que fuera desde tiempo inmemorial hasta aquel atardecer. El imperturbable León de Judá, el Guerrero victorioso había plantado para siempre su dominio allí. Había cavado tres pozos que manarían aguas vivas para siempre. De ser la desolada nada poblada de histéricos aullidos ha pasado a ser el ámbito del Amor sereno, donde los amantes buscan “hablarse al corazón” como profetizara Oseas.

Satán se alejó esa noche vociferando amenazas de que volvería. Y tras él se replegaron todas sus tropas. Satán se aleja. Cristo permanece para siempre.
Sí, el Señor permaneció sentado, en la misma roca, con las manos sobre las rodillas. 
Levanta apenas la cerviz como la gacela huele la lluvia. 
Luego se inclina y toma un puñado de arena entre sus manos y lo deja caer silenciosamente. Y no lo dice ni tan siquiera lo piensa; pero sabe que acaba de modificar para siempre el Desierto.

Y fue entonces que llegó la aurora… y el desierto floreció. Admirables lirios vistieron los campos de arena; admirables pájaros cantores surcaron los cielos nuevos. Esa inerte vastedad antes poblada de gimientes demonios conoció al alba el dulce canto angélico; y los célicos Principados descendieron para servir a su Dios y Señor, sentado sobre la piedra, en el vasto yermo. El sol desperezándose devolvía, grano por grano, el oro a la arena. Y hubo agua, y viñedo, y sombra de cedros, y zorros y liebres. El yermo mudó en vergel, el árido baldío en Edén. 
Esa aurora nacía el monacato. Un Hombre, tocando la arena con Palabra, Temor y Adoración, hacía brotar sus tres fontanas y así daba a luz el primer Éremo.

Del polvo vienes y al polvo volverás, había sentenciado Dios. Pero no al mismo polvo: procedes del polvo poblado de aullidos, y volverás al polvo dorado, al oro en polvo del desierto hecho paraíso de oración.